Paradojas de la rebelión

20.02.2015 03:38

Paradojas de la rebelión

Emergencias y retornos

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

Paradojas de la rebelión.pdf

issuu.com/raulpradaalcoreza/docs/paradojas_de_la_rebeli__n

 

 

 

 

 

Contenido:

Emancipación o sujeción                      

Subversión o sumisión                          

 
Hemos reunido un conjunto de escritos críticos y polémicos, elaborados en la fase impugnación del “proceso de cambio”.

 

 

EMANCIPACIÓN O SUJECIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice:

 

La Constitución y sus descontituciones

El espíritu constituyente                                  

Exorcismo político                                           

Ceremonialidad y comedia política                  

Consciencia desdichada y dialéctica colonial    

Poniendo los puntos sobre las íes

Retórica y realidad del discurso gubernamental      

El dedo en la llaga                                          

Estado-nación versus Estado plurinacional      

Incertidumbres y vicisitudes políticas              

La gobernabilidad tramposa                            

Capitalismo andino amazónico

e ilusión estadística                                        

Síntesis incongruente                                      

Un discurso anacrónico                                    

Interpretaciones estrambóticas                       

La concepción desfachatada de la economía    

La concepción mercantil de la política              

La “metafísica” del fracaso                             

La simulación política

Figuras de la impostura                                       

 

La lucha por el porvenir                        

 

Contradicciones en el “proceso de cambio”

Los alfiles y caballos del modelo

colonial extractivista                                               

Las ficciones del realismo político                   

La política como campo de fuerzas                  

Los tejidos y manejos del poder                      

¿Quiénes son los enemigos?                           

Reflexiones sobre el “proceso” de cambio               

Consciencia desdichada y dialéctica colonial    

La ruta del naufragio

de la apología del fracaso                                       

Alucinación del poder

Los émulos de Correa                                      

Los apologistas                                                       

Crítica de la “razón” nacionalista                    

Estelas políticas del Quijote

Critica de la racionalidad justiciera                 

 

Las formas del capitalismo

y geopolítica del sistema-mundo

La inclinación “progresista”

por el capitalismo verde                                  

Una cartografía de un poder periférico            

Una prospección política                                  

Bloques electoralistas                                     

Crisis militar y colonialidad                             

Dirigencia de llunk’us                                      

 

Itinerario de un atropello:

la mueca grotesca

de una “consulta” impuesta                 

La deriva de una cenicienta política                 

 

Coyuntura y balance político

Reelección del presidente:

¿Debate leguleyo o constitucional?                  

Reflexiones en torno a una diatriba                 

 

 

 

 

 

 

         

La Constitución y sus descontituciones

El espíritu constituyente

 

En el Capítulo Sexto, Tribunal Constitucional Plurinacional, del título III de la parte correspondiente al Órgano Funcional del Estado, el artículo 196 dice:

 

I.El Tribunal Constitucional Plurinacional vela por la supremacía de la Constitución, ejerce el control de constitucionalidad, y precautela el respeto y la vigencia de los derechos y las garantías constitucionales.

 

II. En su función interpretativa, el Tribunal Constitucional Plurinacional aplicará como criterio de interpretación, con preferencia, la voluntad del constituyente, de acuerdo con sus documentos, actas y resoluciones, así como el tenor literal del texto.

 

La voluntad constituyente se refiere a lo que también se nombra como espíritu constituyente. ¿Qué es el espíritu constituyente? Ciertamente se trata de una metáfora cuando se habla del espíritu; la metáfora se remite no sólo a la voluntad, sino al sentido de lo escrito. También se refiere al contenido subjetivo del texto constitucional. Ahora bien, el espíritu no se desajusta, no se desentiende del cuerpo escrito, no entra en contraposición con la escritura. Precisamente es el significado del significante, si recurrimos a Ferdinand de Sausurre. Lo curioso del uso oficial de este artículo es que se pretende remitir el espíritu constituyente al texto constitucional aprobado en Oruro. Se puede decir que el espíritu constituyente de ese texto era precisamente que el conteo de la secuencia permitida por la Constitución comenzaba desde la promulgación de la nueva Constitución. El texto se cambió en el Congreso convertido en constitucional, que revisó el texto aprobado en Oruro; el texto dice:

 

Los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones.

 

¿Cuál es entonces el espíritu del constituyente? ¿De cuál de los textos? Si volvemos al texto de Oruro, entonces, la consecuencia necesaria es que se debería volver a todo el texto aprobado en la ciudad del Pagador. La consulta al Tribunal Constitucional tendría que ser sobre hacer válida la Constitución aprobada en Oruro e invalidar la Constitución aprobada en el Congreso. Si no se hace esto, entonces hay una comprobada incoherencia y manipulación al sólo quererse remitirse a un artículo de los 411 aprobados y promulgados. Querámoslo o no el texto constitucional aprobado por el 64% del pueblo boliviano es el que contiene el artículo 196 citado. Entonces el sentido buscado debe ser el del escrito de la Constitución promulgada. No hay donde perderse. ¿Este sentido es o no la voluntad del Constituyente? No, pues la Constitución aprobada en Oruro tenía otro contenido. El 30% de la Constitución aprobada en la ciudad del Pagador fue cambiado. Entonces lo que dice este artículo no es lo que expresaba la voluntad del Constituyente. Se cambió por los acuerdos políticos en el Congreso. El sentido dado a este artículo y otros cambiados es otro, distinto al espíritu constituyente. ¿Qué se hace en este caso para interpretar la Constitución promulgada? El parágrafo II dice que la interpretación debe darse con preferencia, de acuerdo a la voluntad del constituyente, contando entonces con sus documentos, actas y resoluciones, así como el tenor literal del texto. Esto se entiende como que el uso de los documentos, las actas y resoluciones no debe desfasarse del tenor literal del texto. ¿De cuál texto? Obviamente del texto promulgado, no del aprobado en Oruro, aunque este texto haya perdido en la parte interpretada el espíritu del constituyente, sustituido por el sentido del acuerdo político, expresado en el artículo 196.

 

¿Se puede desconocer lo escrito en el texto promulgado? No, sin un referéndum que plantee el retorno a la Constitución aprobada en Oruro. En este caso se volvería a la voluntad del Constituyente expresada en el texto de Oruro. Así tendría que ocurrir con los otros artículos cambiados por el Congreso constitucional. ¿Qué clase de voluntad se encuentra en el artículo 196 de la Constitución promulgada? La voluntad de los congresistas. Al final se transfirió la voluntad de los constituyentes a la voluntad de los congresistas; después, el texto aprobado en el Congreso, fue ratificado por el referéndum constituyente. Este fue el resultado del decurso de la construcción dramática del pacto social, querámoslo o no.

 

Desde todo punto de vista no es aconsejable ni comprensible lo que hacen los voceros del gobierno y de la mayoría de Asamblea Legislativa, embrollar la interpretación de la Constitución promulgada. Es meterse en una encrucijada al desconocer el texto promulgado. Por este camino, ponen en peligro la misma Constitución. Esto lo hacen con fines electorales. No les importó interpretar a su manera, sin respetar el espíritu constituyente, cuando aprobaron y promulgaron leyes que resultaron inconstitucionales. Como dijimos en otro artículo[1], llama la atención que al oficialismo le importe el debate constitucional y haga alusión al espíritu constituyente en el tema de la reelección, cuando esto no aconteció para nada cuando se trataron las leyes que deberían ser fundacionales.

 

Si a un constituyente de mayoría le preguntaran ¿con qué Constitución se queda, con la aprobada en Oruro por la Asamblea Constituyente o con la aprobada en La Paz por el Congreso Constitucional? Con seguridad respondería con la aprobada en Oruro por la Asamblea Constituyente. ¿Quiénes descartaron el espíritu constituyente? Los del Congreso Constitucional. Esta fue la estrategia del gobierno. Nunca se preguntó a los constituyentes qué es lo que se debería hacer antes del referéndum constituyente. Con una falta total de consideración a la Asamblea Constituyente, al poder constituyente, el poder constituido, el ejecutivo y el Congreso, decidieron revisar la Constitución aprobada por los constituyentes y efectuar los cambios que les parecieron convenientes, en el marco de acuerdos políticos. Ahora, estos mismos que decidieron descartar el espíritu constituyente piden volver a esta voluntad para interpretar el artículo 196 de la Constitución promulgada. ¿Quién entiende este comportamiento?

 

El argumento de interpretar desde el espíritu constituyente no está bien fundamentado, tampoco es honesto. No miden las consecuencias, sobre todo la de poner en peligro la validez de la misma Constitución promulgada. Tampoco les interesó el espíritu constituyente a la hora de elaborar, aprobar y promulgar leyes, que resultaron inconstitucionales. Sólo les interesa la reelección. El peso de la decisión política gravita en este tema. Esta inclinación devela su compulsión electoral; se encuentran muy lejos de una preocupación por las transformaciones estructurales e institucionales, muy lejos de la interpretación integral de la Constitución y de su aplicación. No se dan cuenta que no está en cuestión la posibilidad de reelección del presidente; lo que se discute es el modo como se habilite la misma; forzando una interpretación estrambótica o acatando la Constitución. Esta conducta no parece ser un apoyo efectivo al presidente para su reelección, sino todo lo contrario. Lo empujan a una situación inconstitucional, des-cualificando su postulación, debilitándola desde la circunstancia de des-legitimación. La excesiva muestra de llunkirio termina mermando la fuerza de una reelección. ¿Por qué inclinarse hacer las cosas torcidas? ¿No es mucho mejor que el pueblo termine decidiendo en un referéndum la reforma parcial a la Constitución? ¿No es acaso este comportamiento que espera el pueblo de un presidente que responde a la Constitución, sobre todo al sistema de gobierno constitucional que es el de la democracia participativa? ¿Por qué generar conflictos desgastantes?

 

Este problema no es generado por la reelección del presidente, sino por la reelección del vicepresidente. El Congreso del MAS sólo eligió a Evo Morales Ayma como candidato a la presidencia; la candidatura a la vicepresidencia estaba pendiente. La astucia de la mayoría de la Asamblea Legislativa es mandar una consulta al Tribunal constitucional donde se incluye al vicepresidente. Con esto zanjan el tema del vicepresidente saltando el Congreso del MAS.

 

No sabemos qué va a responder el Tribunal Constitucional. Su dilema es grave; o resuelve confesar la subordinación al ejecutivo y validar un proyecto de ley interpretativo estrambótico e inconstitucional, o resuelve interpretar la Constitución como corresponde, asumiendo las condicionantes establecidas en la Constitución promulgada. Aunque el Tribunal Constitucional nos tiene ya acostumbrados a resoluciones ambiguas, ésta resolución pendiente no parece fácil de zafarse. Está en juego la existencia misma del Tribunal Constitucional, de una manera o de otra. Si resuelve lo primero, habrá evidenciado su condición inconstitucional al subordinarse al capricho del ejecutivo; si resuelve los segundo, es probable que el ejecutivo decida liquidarlo o, en todo caso, arrinconarlo, poniéndolo como en suspenso.

 

El senador por Cochabamba Adolfo Mendoza saca una tesis insólita semántica, dice que si bien la letra del artículo 196 establece que los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones; el espíritu de este escrito quiere decir que los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución no serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de función. Es decir, todo lo contrario[2]. En otras palabras el senador sugiere que el espíritu del cuerpo escrito es precisamente lo contrario de lo expresado. A esto se reduce el espíritu del constituyente. Este malabarismo y prestidigitación es digna de un mago; no importa lo que está escrito, lo que importa es la interpretación de acuerdo al espíritu del constituyente, aunque se diga que tiene que estar de acuerdo al tenor literal del texto.

 

Ahora bien, este malabarismo semántico es síntoma de algo, es síntoma de la forma cómo se ejerce mayoría en el Congreso, en las políticas públicas, en la práctica política oficialista. Se cree que la mayoría absoluta otorga impunidad, otorga potestad como para cambiar las reglas lógicas y lingüísticas, que se puede acudir al espíritu constituyente cuando conviene y cuando no conviene no, que se puede hacer de todo pues el poder produce verdades. Se puede volver al texto constitucional aprobado en Oruro en un artículo sobre la reelección y no en los otros artículos de la Constitución. En otras palabras, se puede hacer lo que se quiere, de acuerdo al interés político del momento. Esta forma de hacer política es decadente; expresa la degradación de una práctica de gobierno, de la práctica política oficial, que desprecia además el sentido común de la gente, no sólo desprecia a la opinión pública. Se puede demostrar lo contrario de lo que está escrito en la Constitución promulgada. Estas demostraciones espantosas tienen que ser escuchadas por el público, con la pretensión, además de que sean aceptadas. Lo que llama la atención de todo esto, no es sólo que se efectúe este malabarismo semántico, sino que después de decirlo se sientan satisfechos, como después de haber cumplido una labor. ¿Qué clase de labor es esta? El objetivo principal es conservar el poder; en esto no hay sorpresa, lo hacen todos los gobiernos, de “derecha” o de “izquierda”. Lo que sorprende es que se busque conservar el poder, cosa que es comprensible, con los argumentos más insólitos. Hay un exceso de actuación ante el jefe, una búsqueda estridente de llamar su atención, de decirle yo estoy contigo en todo, en tus aciertos y en tus errores, que para mí no son errores, sino una muestra de tu grandeza. Puedo hacer lo que sea por ti, adulterar una interpretación, manipular el significado de lo escrito, de tal manera que diga lo contrario. Este llunkirio que de por sí es desagradable e indigno, es la muestra de que se ha perdido todo principio de realidad, toda coherencia discursiva; se ha caído ya no en la retórica política sino en una adulación sin límites y en una desbordante manipulación sin ningún decoro. No es necesario caer en esta degradación para lograr la reelección del presidente.

 

¿Cuál es el interés de los llunk’u que medran a la sombra del caudillo? Mantener la proyección de su sombra que los cubre. Se constata el interés de la clase política oficial de mantenerse, de conservarse en sus puestos, de seguir ejerciendo en los espacios de dominio ganados. Poco importa lo que pase con el “proceso de cambio” mismo; se soslayan sus contradicciones y se opta por la propaganda, de la que parecen convencidos. Se puede llegar a comprender que este “pragmatismo” de sentido común, este realismo político, que cada vez más se parece al oportunismo, haya reducido el “proceso de cambio” a la mera conservación del poder y la eterna campaña electoral. Lo que no se comprende es que no avizoren, estos voceros oficiales, que lo que hacen al final vulnera y debilita su objetivo, conservación del poder. Esta práctica no sólo que no es legal, no es constitucional, sino que deslegitima, resta credibilidad, descalifica la misma función de gobierno y el ejercicio de la mayoría del Congreso. Este exceso está demás para cumplir con el objetivo, conservación del poder, concretamente lograr la reelección.

 

Dejemos estos contrasentidos ahí, en su propia desesperación. Volvamos a la reflexión sobre el espíritu constituyente, que es lo que ciertamente se debe rescatar en la interpretación y aplicación de la Constitución.

 

 

Interpretación desde el espíritu constituyente                            

 

Para Henri Bergson el espíritu tiene que ver con la duración y la memoria, con la cualidad y la subjetividad; en términos más amplios con la intuición, que para Bergson es el método de precisión de la metafísica. En el caso que nos toca, el espíritu constituyente, el espíritu se acerca a la voluntad; lo que quiso decir el constituyente, el sentido que quiso darle al texto constitucional. Este espíritu se encuentra expresado en el prólogo, en los 11 primeros artículos, en la estructura integral de la Constitución. En el preámbulo se escribe:

 

Dejamos en el pasado el Estado colonial, republicano y neoliberal. Asumimos el reto histórico de construir colectivamente el Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, que integra y articula los propósitos de avanzar hacia una Bolivia democrática, productiva, portadora e inspiradora de la paz, comprometida con el desarrollo integral y con la libre determinación de los pueblos.

 

Los dos primeros artículos de la Constitución son fundacionales:

 

Artículo 1°.- Bolivia se constituye en un Estado Unitario Social de Derecho Plurinacional Comunitario, libre, independiente, soberano, democrático, intercultural, descentralizado y con autonomías. Bolivia se funda en la pluralidad y el pluralismo político, económico, jurídico, cultural y lingüístico, dentro del proceso integrador del país.

 

Artículo 2°.- Dada la existencia precolonial de las naciones y pueblos indígena originario campesinos y su dominio ancestral sobre sus territorios, se garantiza su libre determinación en el marco de la unidad del Estado, que consiste en su derecho a la autonomía, al autogobierno, a su cultura, al reconocimiento de sus instituciones y a la consolidación de sus entidades territoriales, conforme a esta Constitución y la ley.

 

El espíritu constituyente se encuentra en la constitucionalización de los derechos fundamentales y los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, además de contener implícitamente en el postulado del vivir bien los derechos de los seres de la madre tierra. El espíritu constituyente responde a cuatro modelos fundacionales; el modelo político de Estado plurinacional comunitario y autonómico; el modelo territorial que se configura en el pluralismo autonómico, teniendo como su característica fundamental las autonomías indígenas; el modelo económico, que se abre al horizonte de la economía social y comunitaria, comprendiendo las condicionantes ecológicas, prohibiendo la exportación de materias primas, definiendo a los recursos naturales como no mercantilizables, destinados al vivir bien; el macro modelo civilizatorio del vivir bien, que articula los modelos anteriores y se definió, en la Conferencia de los Pueblos contra el Cambio Climático de Tiquipaya-Cochabamba, como modelo alternativo al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo. El espíritu constituyente se encuentra en el entramado de competencias autonómicas, exclusivas, privativas, concurrentes y compartidas. El espíritu constituyente es la decisión y la inclinación por el pluralismo, que se encuentra en el pluralismo jurídico, que comprende tres jurisdicciones, la ordinaria, la indígena originaria campesina y la agroambiental. El espíritu constituyente se expresa en la definición del sistema de gobierno como de la democracia participativa, el ejercicio plural de la democracia, directa, representativa y comunitaria; así mismo y como consecuencia en la participación y control social; en la construcción colectiva de la ley, de la decisión política de la gestión pública. El espíritu constituyente se encuentra en la exigencia de la equidad de género y la alternancia. También podemos decir que el espíritu constituyente se encuentra en la transversal de interculturalidad.

 

Como se puede ver, este es el espíritu constituyente explicitado en el texto constitucional, este es el espíritu constituyente que ignoran el gobierno, la Asamblea Legislativa, los voceros oficialistas. Sólo se refieren al espíritu constituyente cuando quieren imponer una forma de reelección que no se encuentra en la Constitución promulgada. Hay una forma de reelección posible, incluso si se busca realizarla por tercera vez. Pero esto es lo que no se quiere. ¿Qué clase de espíritu es este? Obviamente no es el espíritu constituyente convocado; se trata del espíritu de resentimiento de la “consciencia desdichada”[3]. Los voceros oficiales sustituyen el espíritu constituyente por el espíritu de resentimiento de la “consciencia desdichada”. El malabarismo semántico e interpretativo de los voceros deriva en esta suplantación “espiritual”. Nada más canallesco para exorcizar el espíritu constituyente.

 

Retomando nuevamente el tema sugerente del espíritu constituyente, que el acontecimiento subjetivo del acontecimiento político que es la Constitución, es la constitución de la duración, de la memoria, de la cualidad histórica de la percepción política de las multitudes, del proletariado nómada, de las naciones y pueblos indígenas originarios, del pueblo boliviano. Se da como un plegamiento subjetivo e imaginario; pliegue, despliegue y repliegue de la constitución subjetiva descolonizada, emancipada y liberada.  Es este espíritu el que tiene que animar a la interpretación de la Constitución, en la aplicación de la Constitución, que transmite el mandato de la abolición del Estado-nación y la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Esto es precisamente lo que no hace el gobierno, la Asamblea Legislativa, los órganos del Estado; han optado por restaurar, consolidar y defender el Estado-nación, dispositivo colonial del sistema-mundo capitalista y del orden mundial de la dominación imperial. ¿Con qué moral pueden hablarnos del espíritu constituyente?   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Exorcismo político

 

Se dice del exorcismo que es una práctica religiosa o mágica, como un ritual, para expulsar al espíritu maligno que posee el cuerpo de la persona afectada. Usamos esta metáfora para aludir la práctica de los políticos oficialistas de exorcizar el espíritu constituyente del cuerpo inscrito de la Constitución, así como de los cuerpos de las multitudes y de los movimientos sociales, que forman parte integral e inmanente del poder constituyente. Lo primero que hace el oficialismo, una vez aprobada la Constitución en Oruro por la Asamblea Constituyente, es hacer revisar el texto constitucional aprobado en Oruro, revisión efectuada por el Congreso, convertido en constitucional. El poder constituido suplantaba las funciones y atribuciones del poder constituyente. Los voceros del oficialismo no dijeron nada, más bien aplaudieron. Incluso el vicepresidente, en un discurso, declaró que se mantuvo el núcleo de la Constitución, reconociendo las revisiones. El gobierno y la Asamblea Legislativa iniciaron la elaboración de leyes sin atender a los condicionamientos de la Constitución, que establece, de manera clara, la construcción colectiva de la ley. Tampoco tomaron en cuenta la interpretación integral de la Constitución, el espíritu constituyente, menos los mandatos transformadores exigidos en la transición. Todas las leyes promulgadas por el presidente son inconstitucionales; en vez de ser fundacionales, restauraron el Estado-nación; no fueron la base jurídico-política de la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Los voceros oficialistas no dijeron nada, tampoco convocaron al espíritu constituyente. En el conflicto del TIPNIS desconocieron flagrantemente la Constitución, los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, la consulta con consentimiento, previa, libre, e informada. Lo siguen haciendo con las leyes que siguieron, al desconocer los acuerdos con el Pacto de Unidad, que elaboró el Anteproyecto de Ley de la Madre Tierra, logrando consensuar un proyecto de ley instrumental, que contenía el espíritu del anteproyecto. En vez de aprobar la ley consensuada y puesta en agenda en la Asamblea Legislativa, el gobierno y la Asamblea Legislativa prefirieron destrozar esta ley de la madre tierra y elaborar un bricolaje de ley, donde introducen como marco el desarrollo integral, subordinando a la madre tierra al desarrollo. Después elaboran un proyecto de Ley Marco de Consulta que tiene las caracterizas evidentes de una ley colonial que reitera el etnocidio.  Ante estos hechos, que desconocen abiertamente el espíritu constituyente, el gobierno, la mayoría de la Asamblea Legislativa, los voceros oficialistas, no dijeron nada. Ahora, cuando se requiere ir a la reelección del presidente, ante las condicionantes y limites que establece la Constitución, desesperados proponen una interpretación estrambótica de los artículos relativos a la reelección, a las disposiciones transitorias y a la interpretación del Tribunal Constitucional. Su principal argumento es volver al espíritu constituyente; llama la atención que recién recurran a esta convocatoria en un tema menor, en comparación con los temas estratégicos que contemplan las leyes que deberían ser fundacionales.  También llama la atención que se lo haga de una manera que, mas bien, se parece al exorcismo del espíritu constituyente, siguiendo su costumbre vulneradora de la Constitución. Vamos a detenernos nuevamente a analizar estos síntomas de una práctica política que combina demagogia y violencia estatal, simbólica y física, violando sistemáticamente la Constitución y desconociendo el espíritu constituyente, el sentido transformador y descolonizador del texto. 

 

El artículo 196 de la Constitución, correspondiente al capítulo sexto, Tribunal Constitucional Plurinacional, relativo al título III, Órgano judicial y Tribunal Constitucional, dice:

 

 

En su función interpretativa, el Tribunal Constitucional Plurinacional aplicará como criterio de interpretación, con preferencia, la voluntad del constituyente, de acuerdo con sus documentos, actas y resoluciones, así como el tenor literal del texto.

 

Éste es el artículo que usan los voceros oficiales para pretender demostrar que el artículo 411, correspondiente a la quinta parte de la Constitución, Jerarquía normativa y reforma de la Constitución, relativa a Disposiciones transitoria, en el parágrafo II, donde el tenor literal es:

 

Los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones.

 

Quiere decir, de acuerdo a la “voluntad del constituyente”, de acuerdo con sus documentos, actas y resoluciones, así como el tenor literal del texto, lo contrario, es decir, que:

 

Los mandatos anteriores a la vigencia de esta Constitución NO serán tomados en cuenta a los efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones.

 

El tenor literal del texto no contiene esa negación; ¿de dónde sale esta? La frase es afirmativa, no negativa. Los documentos, actas y resoluciones, tienen que estar de acuerdo al tenor literal del texto. El espíritu constituyente no puede desfasarse del cuerpo de la inscripción inscrita. Si ocurriera esto muere la vida del sentido de la inscripción. Ya no hay posibilidad de interpretación de ninguna clase ente la muerte. Ante el cadáver del texto literal los voceros oficiales quieren convocar el espíritu constituyente, que ya se ha alejado del cuerpo que lo cobijaba. Lo único que acompaña ante el cuerpo inerme de lo escrito, aprobado por el pueblo boliviano y promulgado, es la pronunciación insólita de un discurso que le dice al cadáver: tu espíritu constituyente decía NO en Oruro, aunque tu texto inscrito dice SI. Despierta Lázaro con el espíritu constituyente, vuelve a la vida. 

 

Por cierto, esta es una “interpretación” forzada, que adultera el tenor literal del texto. Como dijimos, cuando se separa sentido de significante, espíritu de inscripción, significación de escritura, muere la posibilidad de interpretación. Lo que hay es una turbia y manipulada “interpretación” de un texto muerto, que es en lo que queda el parágrafo del artículo sobre disposiciones transitorias, debido al uso perverso que hacen de éste los voceros oficiales, que más se parecen a unos prestidigitadores.

 

Como escribimos en un texto anterior, es el gobierno popular y el Congreso constitucional los que extirparon el espíritu constituyente en un 30% de lo aprobado en la Constitución de Oruro, suplantando el espíritu constituyente por el espíritu de los congresistas, que básicamente era un acuerdo político. Lo grave de lo que hicieron, fuera de violar las competencias del poder constituyente por un poder constituido, es introducir los términos de nación boliviana, república, haber sacado la posibilidad de la reforma agraria, incorporando en lo cambiado un sentido conservador. Frente a este hecho consumado, los voceros defensores del “espíritu constituyente” no dicen nada; callan y callaron. Ahora lanzan sus gritos al cielo y se desgarran escandalosamente las vestiduras cuando se tiene que discutir la forma de viabilizar la reelección. Esta conducta perturbada asombra por sus pretensiones y sus poses. Pretende que el sentido de lo escrito es todo lo contrario del tenor literal, hace gala de fidelidad al jefe y convoca ritualmente al espíritu constituyente, cuando ellos fueron los que lo exorcizaron, no sólo con la modificación congresal, sino en la violación sistemática de la Constitución a lo largo de lo que viene de la segunda gestión de gobierno, promulgando leyes inconstitucionales, restaurando el Estado-nación, dispositivo colonial del orden mundial del sistema capitalista. Esta falaz y estridente pose cae por su propio peso.

 

Si se quiere volver al texto constitucional en Oruro, cosa que los constituyentes de mayoría estaríamos de acuerdo, entonces hagamos una reforma total de la Constitución promulgada; esto equivale a convocar a la Asamblea Constituyente, lo que implica también llevar la Constitución de Oruro a un referéndum constitucional. Sin embargo, esto no lo van a hacer; no están interesados en ninguna consecuencia. Sólo emiten demagogia en relación a un artículo de la Constitución, artículo que no es de lo más importante del texto y de la estructura constitucional. Con esta actitud de llunkirio extremo colocan al presidente en una situación no sólo incomoda sino peligrosa. Quieren llevarlo a la reelección en contra de las disposiciones normativas de la Constitución, cuando se puede ir a la reelección respetando estas disposiciones, convirtiendo una reforma parcial a la constitución y el referéndum consecuente en parte de una buena campaña electoral. Estas improvisaciones torcidas, malabaristas, lo único que hacen es deslegitimar la reelección del presidente. El llunkirio ha llevado al proceso de cambio al abismo y al presidente al peligro de su deslegitimación. A los llunk’u no les interesa meditar sobre estos temas, sobre estas consecuencias políticas; lo que les interesa es mantenerse en los espacios privilegiados donde se encuentran, usufructuando del poder.

 

Ahora bien, la pregunta es: ¿Por qué se hace todo este teatro? ¿Cuál es la estrategia, la táctica, el objetivo, o lo que se llame? ¿Se quiere más elecciones consecutivas, hasta el 2025? ¿Si fuese este el caso, por qué no se presenta una reforma parcial de la Constitución en este sentido? ¿Por qué se ocultan las cosas, para volver más tarde, en las subsiguientes elecciones a volver a repetir los escándalos? ¿Por qué esta falta de honestidad y transparencia? Al parecer los llunk’u creen en la astucia, prefieren la manipulación y el engaño como medio de táctica de sorpresa. Por medio de estos procedimientos han convertido al ejercicio de gobierno, al ejercicio legislativo, al ejercicio del poder, en un laberinto sin salida.

 

¿Cómo explicar este desatino inescrupuloso, que lo único que hace es embrollar las cosas y complicar la situación?  ¿Hay como una costumbre de hacer esto, de aprovecharse de las circunstancias, las mínimas ventajas comparativas, las confusiones revueltas a propósito? Esta opción aparentemente astuta, que no es otra cosa que una maña tramposa, se da cuando no hay una estrategia política, no se tiene un proyecto político, pues se ha renunciado a éste, que es la Constitución. Cuando no se tiene un programa político, como lo entiende el marxismo, entonces se recurre a estas ambivalencias, a estos juegos puntuales que pretenden astucia. La apuesta es por el sensacionalismo, la bulla, la escenificación, la propaganda, la publicidad y la permanente campaña electoral. Con estas prácticas el ejercicio de la política ha perdido perspectiva; se trata de agotar en el momento el alcance de las acciones. ¿Qué se construye con estas constantes improvisaciones? El panorama de la incertidumbre; es como un juego al azar, con la diferencia de que no es la teoría de los grandes números la que termina encontrando regularidades en la misma secuencia de irregularidades, sino son las estructuras de poder local, regional y mundial, las que condicionan la marcha de los hechos, empujándolos a los objetivos históricos de estas estructuras, la acumulación ampliada de capital, el despojamiento y desposesión de los recursos naturales, la colonización interna de territorios y cuerpos, modulando y construyendo subjetividades afines a la reproducción del capital y del poder. Por eso, al orden mundial no le preocupa las fintas anti-imperialistas, mientras no sean otra cosa que puestas en escena, tampoco le preocupan las improvisaciones de los gobiernos progresistas, sabe que todo vuelve a su curso por el peso específico y el campo gravitatorio de las estructuras de dominación enclavadas en el orbe.

 

El indicador que se obtiene de una discusión tan estridente como la de la reelección, a la que le prestan mucha atención, tanto oficialistas como opositoras, así como los medios de comunicación, es que lo que ocurre indica la pobreza política de oficialistas y de oposición, así como la profunda debilidad informativa y comunicativa de los medios. Como dijimos en otro artículo[4], el problema no es la reelección sino la crisis profunda del proceso de cambio, el desajuste entre la práctica gubernamental y la Constitución. El tema de la reelección se puede resolver constitucionalmente; lo que tiene que resolverse políticamente es la crisis del proceso; esto no ocurre sin la participación de los movimientos sociales anti-sistémicos. Una discusión sobre la reelección no se aclara si no se la visualiza desde un contexto mayor, el de la crisis del proceso. Quedarse a discutir lo que permite o no la Constitución es inútil; es un debate de abogados. Lo que importa y es imprescindible es avizorar una salida a la crisis del proceso, que no se resuelven con reelección o con otra salida electoral, sino con el cumplimiento de las transformaciones estructurales e institucionales que exige la Constitución.

 

 

Ceremonialidad y comedia política

 

 

 

De aquí a un tiempo atrás la práctica política se ha convertido en una comedia. Sólo que el teatro donde se efectúa es grande, todo un país. La comedia se nombra como la trágica historia del Estado plurinacional comunitario y autonómico. Es la increíble y triste historia de un proyecto no realizado, cercenado antes de nacer; este crimen se comete a nombre de la misma semilla que se impide germinar. Es una tragedia digna de Sófocles; no es el hijo que mata al padre; son los encargados de hacer germinar la semilla los que la matan, en sus inicios. ¿Por qué lo hacen? ¿Valga a saber? Los asesinos no reconocen su crimen; dicen más bien, que dejaron que crezca la planta, la presentan señalando que está ahí, gozando de la luz del sol. Lo que muestran es el viejo árbol del Estado-nación, una anciana señorona vestida con traje nativo, adecuado para una adolescente. El cuadro no podía ser más grotesco.

El 22 de enero se festeja el “nacimiento” del Estado plurinacional. Toda una ceremonialidad del poder, todo un regocijo por casi el quinquenio de vida del “Estado plurinacional”. Este festejo coincide con un golpe certero y mortal a la organización indígena de tierras altas, el CONAMAQ. ¿Se celebrará también la intervención desdichada a la sede de CONAMAQ y la usurpación de su representación por unos comediantes, prebendalistas vendidos al mejor postor, ex-sindicaleros, que ungen de nada menos que de autoridades originarias?  Ambos festejos coinciden; la “victoria” inescrupulosa y artera en contra de una organización, que supo defender la Constitución, los derechos de las naciones y pueblos, los territorios indígenas. Una comedia repetida cada año, sobre el cadáver del germen del Estado plurinacional.

Este es el guion de una trama refrendada en las “revoluciones”, tanto nacional-populares como socialistas, con contadas excepciones; excepciones que confirman la regla. El poder, si podemos hablar así, con el gran peligro de convertirlo en un sujeto, que no es, es despiadado. Después de victimar a la potencia social, se vanagloria a su nombre. La historia política es dramática. Los pueblos parecen no aprender, se ilusionan con sus propias criaturas; los mitos, los caudillos, los políticos, que dicen representarlos. Hay pues una concomitancia entre usurpadores y usurpados. No podría sino explicarse la reiteración de esta trama política, repetida tantas veces. ¿Esta es la condena? ¿No se puede salir de ella, como de una fatalidad inscrita?

Es difícil saberlo. Empero, no se puede renunciar a romper con esta trama, a desafiar la “fatalidad”. Ese es el acto heroico. Es posible, que de tanto insistir, se quiebre el tejido antiguo de la trama del poder. Cuando desaparece esta voluntad creativa, desaparece también la posibilidad concreta de desafiar al entramado político. La voluntad desafiante muta en una voluntad de sumisión, renunciando a la creación, optando por el “pragmatismo” de las pequeñas cosas. Esto parece preponderar en el ambiente. Este es el secreto de gobiernos demagógicos; los gobernantes saben jugar con la miseria humana.

Alison Spedding una vez, tiempo atrás, cuando se daba lugar la movilización prolongada, criticó a Comuna, diciendo que las vanguardias de hoy se convierten en los amos de mañana. No sé si esta apreciación es de todo acertada respecto de Comuna; empero, este no es el tema. Es una apreciación lúcida. Alison Spedding tenía razón. ¿Dónde lleva este enunciado? ¿No hay vanguardias? ¿Toda vanguardia incuba la serpiente? ¿Todos, al final, luchan por lo mismo, el poder? Hay que sacar las consecuencias de este enunciado.

Las “revoluciones”, hablando en general, buscando en la figura de las experiencias extremas, sin hurgar en las gradaciones, son paradójicas; están preñadas de pasado. El pasado es gravitatorio, atrapa. Las “revoluciones” cambian el estado de cosas, la situación de las estructuras de poder, la correlación de fuerzas; empero, cuando lo hacen, es para edificar una nueva estructura de poder, nuevas formas de los viejos dominios. Nuevos aditamentos de la máquina fabulosa del Estado. Las “revoluciones” no son puras, como sus propagandas pretenden hacerlas parecer. Las “revoluciones” son mezclas pavorosas; los sueños emancipadores se cruzan con los proyectos de poder. Para los más sagaces todo se resume a cambiar la élite, a sustituirla por otra élite. De lo que se trata es de gozar de los privilegios que otros tuvieron. ¿Tienen razón, no tienen razón? ¿La “verdad” es tan cruda, que a eso se reduce la lucha social?

Este cinismo, pues no es otra cosa, supone lo que los teóricos burgueses políticos del Estado conjeturan: que el hombre es el lobo del hombre. En otras palabras parten de la tesis del mal. Aunque este cinismo no tenga el alcance teórico de estos cientistas políticos, dicen, al final, lo mismo. Una conclusión de esta tesis es que nunca saldremos del círculo vicioso del poder. La trama se repetirá en distintos escenarios, en distintos contextos, con distintos personajes, con otras indumentarias y más tecnología.

El gran error de esta tesis es no solamente suponer el mal, como esencia explicativa de la historia política; supuesto moralista, basado en la discriminación de los condenados de la tierra, los explotados, los pobres. Esta tesis no toma en cuenta, la raíz del poder, la violencia usurpadora, que instaura la legitimidad institucionalizada de la dominación. El gran error de esta tesis es obviar la energía y la fuerza de la que se alimenta el poder, la potencia social. Los poderosos no son nada sin la fuerza derivada de la potencia social; no existirían. Los poderosos están donde están, usufructuando del poder, porque los y las que contienen la potencia social y la despliegan creen que son indispensables. ¿Indispensables para qué? ¿Para gobernar? Este es el imaginario social conservador, que sustenta esta subordinación.

¿Cómo destruir este imaginario social? ¿Cómo sustituirlo por un imaginario radical? Este es el quid pro quo. Los imaginarios no son solamente ilusiones, constelaciones de ideas; se sostienen en materialidades institucionales, en prácticas reiterativas, en relaciones repetidas. No es un problema de convencimiento, no es un problema de demostración racional, como creen ciertas “vanguardias”; es un problema integral. Si no se demuele la materialidad institucional, si no se abolen las prácticas, si no se desplazan las relaciones, sobre las que se sostiene el imaginario conservador de la subordinación, es imposible transformar el imaginario conservador por un imaginario radical. El problema es que las “revoluciones” no quieren cambiar el mapa institucional; quieren modificarlo, pero no abolirlo. En el mejor de los casos, el de las “revoluciones socialistas”, trastrocaron el mapa institucional; empero, para edificar otro mapa institucional de poder.

Nadie dice que no se ha “avanzado”, usando esta palabra tan discutible; las “revoluciones” cambian el mundo, el mundo no será lo que fue antes; pero, las “revoluciones” se hunden en sus contradicciones. No está en discusión la incidencia de la “revoluciones” en la historia; lo que está en discusión es su decurso sinuoso, contradictorio, ambiguo y, finalmente contra-revolucionario.

Como dijimos antes, no se puede renunciar a la utopía; no solamente entendida como el no-lugar, en ninguna parte, sino como el lugar que hay que crear. En la revisión histórica, no sólo nos encontramos con la repetición de la trama política, sino también con los nacimientos de las nuevas rebeliones. La historia - el peligro de hablar así, es convertirla en un sujeto, que no es - parece jugar a los dos lados, a la condena y a la esperanza. No hay fatalidad. Lo que reaparece es una constante lucha entre poder y potencia social, entre “pragmatismo” oportunista y sueño utópico.

Las nuevas generaciones de combatientes parecen aprender de la historia. Ya no quieren ser “vanguardias”, pues observan que allí se incuba la serpiente. Buscan nuevas formas de convocatoria, formas colectivas y participativas de orientación de las prácticas políticas. Cuestionan las representaciones y las delegaciones, como usurpaciones de la voz y la palabra. Tal parece, que en el nuevo horizonte de luchas, la perspectiva es una guerra prolongada contra las formas polimorfas de reproducción del poder, la creación de matrices sociales, políticas, culturales, de formas de consenso y participación.

Lo acaecido, el desenlace político de la movilización prolongada, su salida populista y nacionalista, que no es otra cosa que conservadurismo estatal, no es el fin; como creen graciosamente los voceros del gobierno, sobre todo su ideólogo, considerando a lo que está más allá de ellos es nuevamente “derecha”. Lo que denota una falta de imaginación. No hay fin, ninguna “revolución” es el fin; que es la misma tesis, usada por otros, que la del teórico conservador Francis Fukuyama. Hay recomienzo, nuevos nacimientos; la vida no deja de fluir. Son estos jóvenes rebeldes que se levantan en las ciudades en defensa de la educación, derecho común; son los jóvenes y pueblo que se levantan por el pasaje libre, el uso del transporte gratuito, pues se trata de un bien común; son los pueblos indígenas que defienden sus territorios contra las trasnacionales extractivistas, defensa de la madre tierra; son los pueblos del mundo que se levantan contra la opresión inaudita del sistema financiero internacional. Una nueva revolución mundial se abre en el horizonte, esta vez de todos los pueblos del mundo contra sus gobiernos y estados, contra el imperio, la opresión mundial, que forman parte del mismo orden mundial de dominaciones.   

         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Consciencia desdichada y dialéctica colonial

 

 

Consideraciones preliminares

 

Hay un problema inherente a las palabras, los conceptos, los discursos, las teorías, los lenguajes; terminan de apoderarse del “espíritu”, por así decirlo, de los referentes, que pueden ser comprendidos como relaciones, como ámbitos de relaciones, hasta como órdenes de relaciones. Desde que se construyen los significados, los sentidos, las representaciones, los conceptos de los referentes, ya no se habla de éstos desde la dinámica misma de los referentes, sino a partir de los sentidos y conceptos construidos. Una vez establecidos los leguajes, discursos, teorías, los lenguajes se refieren a los lenguajes, los discursos a los discursos, las teorías a las teorías. Se crean metalenguajes, meta-discursos y meta-teorías. Se producen entonces el distanciamiento respecto de la experiencia de las dinámicas moleculares, respecto del acontecimiento de las singularidades. Estas son absorbidas en representaciones generales y en universales. Empero, no se trata sólo de meta-teorías y metalenguajes, no se trata de una “metafísica”, pues no sólo se trata de representaciones, pues no se sostendrían los discursos; se evaporarían. Esta meta-teoría, incluso las teorías mismas, estos metalenguajes, incluso los leguajes mismos, éste meta-discurso, incluso los discursos mismos, se sostienen por y en la materialidad de las instituciones. Son estos agenciamientos concretos de poder, que reúnen discursos y articulan fuerzas, los que sostienen el flujo de los discurso y que éstos sean creíbles, hacen que éstos transmitan su verdad.

El problema entonces es que se nombran conceptos como modernidad, colonialidad, capitalismo, Estado; conceptos que suponen teorías, formaciones enunciativas, formaciones discursivas; los conceptos se vuelven sujetos, como tuviesen vida misma. Se olvida que estos conceptos no son otra cosa que representaciones, cuyo referente son dinámicas moleculares, composiciones de estas dinámicas, procesos singulares y devenires. Estos referentes continúan su propia vida, independiente del decurso de las teorías y los discursos, aunque las mismas teorías y discursos sean dispositivos de poder que inciden en la captura de las dinámicas moleculares, orientando esta captura a la reproducción institucional.

Por eso se hace problemático hablar de modernidad, colonialidad, capitalismo y Estado, pues cuando se lo hace, estas entidades aparecen como sujetos, cuando de los que se trata es comprender los ámbitos de relaciones referenciales. Relaciones que no se dan entre sujetos exactamente, sino entre singularidades, entre dinámicas moleculares singulares. Los sujetos, los sujetos sociales, responden al concepto de sujeto y al concepto de sociedad; cuando se habla de relaciones sociales o de relaciones de sujetos sociales, estas relaciones suponen sujetos constituidos, suponen una sociedad conformada; las relaciones entonces terminan siendo relaciones entre conceptos, no relaciones entre singularidades. Cuando hablamos de esta forma, podríamos decir que nos encontramos ante la producción abstracta de la economía política generalizable, economía que ocasiona fetichismos de toda clase, no solamente el fetichismo de la mercancía. Por lo tanto, economía política que produce “ideología”, además de sus producciones concretas y de la propia producción de relaciones. La des-fetichización pasa por la crítica de la economía política generalizable; pasa por retornar al análisis de las relaciones entre singularidades. Entonces se trata de comprender los fenómenos o, mejor dicho, la fenomenología, de la modernidad, de la colonialidad, del capitalismo, del Estado, a partir de acontecimientos concretos y singulares.

A pesar de esta introducción, ahora no nos vamos a ocupar de las epistemes o las epistemologías de las formaciones discursivas de las que hablamos, tampoco de una crítica de las epistemologías en cuestión, ni de una crítica general de la epistemología. Esto queda pendiente. Trataremos de abordar dos grandes temas; uno relativo a la constitución de subjetividades, que llamamos consciencia desdichada; término por cierto hegeliano, pero usado connotativamente, en su diseminación connotativa, a la manera de la de-construcción. El otro gran tema es el que nombramos como dialéctica de la colonialidad, retomando la tradición crítica de la dialéctica del iluminismo, mejor aún, la dialéctica de la modernidad. Estos temas no van a ser tratados como corpus teóricos, como tesis elaboradas, sino a partir de ciertos síntomas y ciertos eventos anecdóticos. Entonces, trataremos de hablar de estos temas a partir de la ilustración que permiten la descripción de síntomas y el ejemplo de anécdotas.

 

Consciencia desdichada           

 

Antes de seguir aclararemos lo que queremos decir al usar el concepto de consciencia desdichada. Hegel usa este concepto en Fenomenología del espíritu[5], entendida como Ciencia de la experiencia de la consciencia. La consciencia desdichada o desventurada, según las traducciones del alemán al castellano, aparece en Fenomenología del Espíritu después de recorrer minuciosamente la experiencia de la consciencia; se encuentra en la “esfera” de la autoconciencia, en la verdad de la certeza de sí mismo. La certeza de sí mismo comprende la autoconciencia en sí, la vida, el yo y la apetencia; estos son los movimientos de la dialéctica de la autoconciencia; el momento de la contradicción entre autoconciencia en sí y la vida; el momento de la superación, el yo y la apetencia. Después Hegel se concentra en la dialéctica de independencia y sujeción de la autoconciencia; señorío y servidumbre. También tiene tres movimientos, el momento de la contradicción entre la autoconciencia duplicada y la lucha de las autoconciencias contrapuestas, el momento de la superación, señor y siervo. Este momento comprende el señorío, el temor y la formación cultural. Una vez expuesta la dialéctica de independencia y sujeción, el filósofo expone la dialéctica de la libertad de la autoconciencia, que comprende el estoicismo, el escepticismo y la consciencia desventurada. En la introducción de esta parte anota: la fase de consciencia a que aquí se llega: el pensamiento. La consciencia desventurada es precisada como subjetivismo piadoso. Hegel define la consciencia desventurada así:

Esta consciencia desventurada, desdoblada en sí misma, debe ser, por lo tanto, necesariamente, puesto que esta contradicción en su esencia es para sí una sola consciencia, tener siempre una consciencia también la otra, por donde se ve expulsada de un modo inmediato de cada una, cuando cree haber llegado al triunfo y a la quietud de la unidad. Pero su verdadero retorno a sí misma o a su reconciliación consigo misma se presentará como el concepto del espíritu hecho vivo y entrado en la existencia, porque ya en ella es, como una consciencia indivisa, una consciencia doble; ella misma es la contemplación de una autoconsciencia en otra, y ella misma es ambas, y la unidad de ambas es también para ella la esencia; pero, para sí no es todavía esta esencia misma, no es todavía la unidad de ambas[6].

Llama la atención que el término, no el concepto, de consciencia desdichada se haya usado en sentido de descalificación, adjetivando, calificando negativamente, a la referencia a la que se aplica. Se hace hincapié en la condición desdichada, en tanto desdicha. Este uso está muy lejos del concepto hegeliano de consciencia desdichada. Incluso René Zavaleta Mercado la usa en este sentido calificador cuando se refiere a la casta señorial, casta de gamonales y propietarios mineros[7]. En todo caso, si se hace un uso histórico para referirse a las dominaciones efectivas dadas en la historia política de Bolivia, en un periodo determinado, habría que referirse a las autoconciencias contrapuestas, la gamonal y la del pongo, la de los propietarios mineros y la de los mitayos o, en su caso, del proletariado minero, la de la casta señorial y la del pueblo indígena y mestizo. La consciencia desdichada concurre en ambas, en su duplicación, en su contradicción, en su lucha, en su extrañamiento e inversión, así como después, en la superación de esta contradicción, como pueblo. Sin embargo, no hay que olvidar que cuando Hegel expone la dialéctica de la autoconciencia se refiere al pensamiento, pero, todavía a un pensamiento no logrado. Es posible la metáfora de la consciencia desdichada, su metaforización, su paráfrasis; empero, habría que hacerlo de manera completa, no parcial, menos usar el término de manera adjetiva, descalificadora. Ese no es el sentido dialéctico, puede serlo en otro discurso. El sentido es de desgarramiento, también de inacabamiento, de tensión y desventura. Tampoco hay que olvidar que la consciencia desdichada se define como subjetivismo piadoso, no agresivo, no racial. La casta señorial no se destaca por la piedad, al contrario, expresa un discurso racial, agresivo y descalificador de lo indígena para justificar su posición dominante. No es tan apropiado usar el término de consciencia desdichada para referirse sólo a la casta señorial. En cambio, resulta útil el manejo de la dialéctica de señorío y servidumbre, su transferencia a otras figuras contrapuestas de dominación y subordinación, en todo su desplazamiento. 

Alexandre Kojève también desarrolla la interpretación filosófica de esta parte de la Fenomenología del espíritu en su libro Dialéctica del amo y el esclavo. Kojève hace hincapié en la dialéctica de la dominación. Es sugerente esta interpretación e iluminadora de las relaciones de dominación; sin embargo, no hay que olvidar que Hegel expone la dialéctica del pensamiento, aunque supone en la demanda de reconocimiento de las autoconciencias, su lucha a muerte, la relación de poder en la que deriva esta lucha, por temor a perder la vida. Por otra parte, los términos de amo y esclavo, usados metafóricamente, no en sentido estricto, haciendo referencia a las relaciones de poder en distintas formas, pueden llevar a aplicaciones no históricas. La referencia histórica de Hegel no es la del amo y el esclavo de la época esclavista griega o romana, tampoco se refiere al fenómeno de la esclavización africana, el comercio de esclavos, en la conformación extendida de la colonización y las sociedades coloniales, como base de la compuesta acumulación originaria de capital. La referencia histórica de Hegel es la relación de dominación feudal, aunque no la use sociológicamente, tampoco económicamente, sino como figura filosófica. Esto es importante, pues Hegel teoriza sobre la dialéctica de la libertad, teniendo en cuenta la experiencia de la revolución francesa.

La consciencia desdichada es la consciencia desgarrada, la consciencia escindida, la que sufre de extrañamiento, sufre de enajenación, empujada a exteriorizarse; añora con volver a su interioridad, a su intimidad, a su mismidad indeterminada, cuando esto ya no es posible después de experimentar el trabajo abstracto de la determinación. Su retorno no puede ser otro que la negación. Este momento de la consciencia dialéctica aparece como consciencia colonial, tanto en el colonizador como en el colonizado, ambos como momentos de la contradicción colonial, como momentos de la dialéctica colonial. Ocurre como en la dialéctica entre señorío y servidumbre, dialéctica del señor y el siervo, donde el señor domina, pero sólo es la consciencia cosificada; no puede acceder al conocimiento del movimiento, la consciencia de la cosa en sí y de la consciencia para sí. En tanto que el siervo es la consciencia enajenada, sólo puede ver a través de los ojos del señor, sólo puede querer ser señor, sustituir al señor; en estas condiciones tampoco puede tener consciencia del movimiento, convertirse en consciencia para sí. Para la dialéctica esta consciencia se logra cuando el siervo se descubre como productor, cuando descubre que la cosa en sí, el producto, el objeto de la apetencia del señor, es producto de su trabajo. El señor tiene que renunciar al goce inmediato del objeto de su apetencia, pues si lo hace, si goza, éste desaparece de un solo golpe; es destruido sin posibilidad de reaparición. Por eso la dominación, para poder reproducirse como dominación, es mediada por la economía, por el trabajo del siervo.

Sobre el substrato de la relación de poder entre el señor y el siervo, se estructura la relación económica entre el propietario absoluto y el absolutamente no-propietario. Hay que hacer notar que la relación de dominación no es la misma relación económica, aunque ésta última la suponga. Tampoco son los mismos sujetos de la relación, aunque los sujetos de la relación económica se constituyan sobre los sujetos de la relación de dominación. Se puede decir entonces que hay una fenomenología subjetiva, una fenomenología de la consciencia; hay una historia y una memoria subjetiva. La consciencia económica, en sus dos momentos contradictorios, el sujeto como propietario y el sujeto como no-propietario, forma parte de una esfera más concreta, que contiene la esfera más abstracta, que contiene un desarrollo mayor de determinaciones; comprende, por lo tanto, el desarrollo anterior, la esfera anterior, la consciencia desdichada, en sus dos momentos contradictorios, la consciencia cosificada del señor y la consciencia enajenada del siervo. No es por lo tanto ni el mismo momento ni la misma estructura de contradicción. La consciencia desdichada se constituye en la experiencia de la violencia inicial, que se manifiesta en el riesgo, en el desafío a la muerte, por un lado; sobre el miedo, el temor a la muerte, la renuncia a arriesgar la vida, por el otro lado. La consciencia económica se constituye sobre la base de la relación contractual, que supone el camino de la indeterminación-determinación de la libertad.

Ahora bien, la esfera económica no comprende solamente la relación contractual entre el propietario y el no propietario, sino también la relación de trabajo, que se efectúa como relación de trabajo, entre el trabajador y el objeto de trabajo. La relación productiva se da entre el productor y el producto, entre el trabajador y el objeto de trabajo. En esta relación la parte activa la constituye el productor, en tanto que la parte activa en la relación de dominación la constituía el señor. Sin embargo, el señor sólo alcanzaba a la consciencia desdichada en su forma de consciencia cosificada, en tanto que el siervo la alcanzaba como consciencia enajenada. De manera diferente, el trabajador, el productor, al ser el creador del producto, descubre que su ser en se realiza en el producto; esta experiencia de trabajo, de producción, constituye la consciencia productiva, la consciencia trabajadora, en tanto que el propietario sólo puede acceder a la consciencia económica, en su forma de consciencia propietaria, consciencia que no deja de ser una consciencia cosificada, aunque la cosificación se dé a otro nivel, en la esfera económica. En esta experiencia el productor, el trabajador, pierde el temor a la muerte, se libera del miedo, se libera de las ataduras de la consciencia enajenada; la libertad indeterminada se convierte en libertad determinada. De la consciencia económica se pasa a la consciencia política, a la experiencia de la libertad.

Hegel llega hasta allí, teniendo como referente la experiencia de la revolución francesa; Marx retoma esta dialéctica histórica, concibe la política como lucha de clases, pasa de la consciencia en sí económica a la consciencia para sí política. El productor, el trabajador, el proletariado, es elevado a consciencia histórica. La realización de la dialéctica histórica no se efectúa en la realización de la libertad en el Estado, que puede ser representado como república, para el caso de Francia, o como monarquía constitucional, para el caso de Alemania, como ocurre con Hegel, sino en la abolición del Estado, en la destrucción del Estado[8]. La realización de la dialéctica de la libertad se da en la superación de la contradicción entre Estado y sociedad; Estado como unidad y sociedad como pluralidad; superación que destruye el Estado para dar lugar a la sociedad emancipada, en tanto asociación de productores libres. Se puede decir que habríamos pasado de la consciencia desdichada a la consciencia dichosa, a la consciencia comunista, que habría dado el salto de la experiencia del reino de la necesidad a la experiencia del reino de la libertad.

En este sentido, en el sentido de la interpretación histórica, Marx continúa siendo dialéctico, continúa la ruta desarrollada por Hegel. La dialéctica histórica no deja de ser dialéctica de la modernidad, dialéctica de la ilustración. En este sentido Marx no abandona los horizontes de la dialéctica hegeliana, los horizontes de la modernidad, los horizontes de la ilustración; se encuentra al interior de estas dialécticas, que no dejan de ser y conformar la dialéctica del modo de producción capitalista, la dialéctica de la acumulación de capital, en su forma recurrente originaria y en su forma ampliada. Tomando en cuenta la experiencia histórica, la diferencia efectiva radica en que ya no es la burguesía la que administra la acumulación de capital, sino paradójicamente el Estado, aunque esta experiencia histórica vaya contra los postulados históricos de Marx.

El problema epistemológico, por así decirlo, es el que se encuentra en la propia formación enunciativa y discursiva de la dialéctica, en la propia forma de pensamiento dialéctico. Michel Foucault demostró que la dialéctica es la teoría histórica más lúcida de la burguesía; teoría dialéctica, también teoría política, que supera la contradicción entre el modelo jurídico-político, como teoría de la soberanía, y el modelo histórico-político, basada en la teoría de la guerra como matriz del Estado, de las leyes, de la propiedad[9]. La dialéctica política republicana convierte a la revolución en la última guerra, después viene la paz, el fin de la historia de la lucha de clases, el comienzo de la soberanía transferida al pueblo. Desde esta perspectiva, lo que hace el marxismo es seguir la ruta del pensamiento burgués, trasladar la última guerra a la revolución socialista y convertir la soberanía popular en autodeterminación de los productores y trabajadores, la realización de la autogestión de los productores. Una soberanía de productores, una soberanía productiva.

La dialéctica es profundamente teleológica, los hilos de las finalidades aparecen desde un principio, dese el origen mismo de las contradicciones; la historia es comprendida a partir de los fines inscritos en su desenvolvimiento. La dialéctica es notablemente moderna, es la forma de pensamiento que expresa de la manera más adecuada a las dinámicas duales y binarias de la economía política generalizada. Los límites de la dialéctica se encuentran aquí, en su pensamiento teleológico; los problemas de la dialéctica se pueden interpretar como problemas inherentes de la economía política generalizada, de la cuál es su expresión radical. Por eso, la dialéctica no puede convertirse en una alternativa a la modernidad, no puede constituirse en una alter-modernidad[10], pues no sale de la dialéctica de la modernidad, dialéctica de la contradicción entre antimodernidad-modernidad, donde la modernidad se supera, realizándose más enriquecida y ampliada[11].         

 

Dialéctica colonial

 

Nos toca hablar de la dialéctica colonial. Quizás sea el estrato más fuerte de la “geología” de la modernidad; no hay modernidad sin colonialidad. El nacimiento de la modernidad supone la conquista, el colonialismo y obviamente la formación del sistema-mundo capitalista.  La dialéctica colonial no sólo es una forma de pensar, una teoría, una interpretación histórica, una hipótesis sobre los orígenes de la modernidad, sino también es una experiencia social. Imaginario y experiencia social entonces de la vertiginosidad, del trastrocamiento de las estructuras y de las relaciones sociales, sobre todo de la experiencia dramática de la destrucción de pueblos, culturas y sociedades singulares. Sociedades locales, sociedades regionales, sociedades territoriales, tan distintas a la sociedad universal, a la sociedad moderna, conformada como suspensión de los valores y estructuras tradicionales de las sociedades locales. Una sociedad cohesionada por el mercado, el consumo generalizado; la producción, la circulación, la distribución, la comercialización y el consumo de mercancías. Una forma de sociedad mundializada, a pesar de la heterogeneidad local y regional, una sociedad moderna estructurada por procesos de homogenización, disciplinamiento, control y simulación. Una sociedad moderna estructurada por estrategias de individualización y la trans-valorización, donde los valores se relativizan o se suspenden, haciendo posible el juego desnudo de los intereses. Estamos ante la emergencia de una cultura, si se pude hablar así, nihilista; la valorización de la suspensión de valores. La comprensión de que los valores existen por convención, por acuerdo; no hay ninguna sustancialidad de los valores. 

La dialéctica colonial enfrenta la contradicción de lo local y lo general, de lo particular y lo universal. Lo general y universal se produce primero por comparación, por identificación de analogías y diferencias, se produce por destrucción de la diferencia, por subsunción de la singularidad, sobre todo por colonización de lo local, lo regional, lo territorial. Colonización que implica la desterritorialización, la decodificación, la suspensión de los códigos, de las plusvalías de códigos, por lo tanto, la liberación de los flujos de-codificados. El tumulto y la mezcla de códigos, la inserción de los cuerpos en la división del trabajo y del mercado internacional. Sobre todo la instauración de instituciones disciplinarias, sobre la base de la racialización de las relaciones sociales. La dialéctica colonial, tiene que superar, desde un principio, la contradicción de lo que aparece como lo no-moderno y los que aparece como proyección de modernidad. El discurso colonial nombra como “salvaje” y “bárbaro” a lo que se opone a la generalización y la modernización.  La “ideología” colonial concibe la “civilización” europea como el paradigma de la “modernidad”, cuando la modernidad se hace posible como civilización mundial. La modernidad no es europea sino mundial, se construye a partir de la circulación violenta de los fragmentos civilizatorios y culturales que estallan con la conquista y la colonización. Si bien los conquistadores tienen a mano sus lenguajes, sus culturas, sus instituciones, su religión, no pueden sino inventar nuevos lenguajes, experimentar la emergencia de una cultura universal, la conformación de instituciones extraterritoriales, que puedan administrar los inmensos territorios conquistados y sus propios territorios, que también sufren los cambios ocasionados por los procesos de mundialización.

La modernización es la superación de la contradicción entre anti-modernidad, en tanto resistencias múltiples, y proyecto emergente de mundialización. La colonización entonces concurre primordialmente en los territorios y poblaciones conquistadas; sin embargo, no acontece sólo en éstos, pues tiene que acaecer también en los territorios y poblaciones de los países conquistadores. Las monarquías absolutas, los estados de entonces, al momento de la conquista, se transforman en estados modernos, obligados por las exigencias administrativas de los territorios conquistados. El Estado moderno es un producto colonial. La modernización tiene como operador principal a la colonización, a la conformación de la colonialidad. La dialéctica colonial es la matriz, el substrato profundo, de la dialéctica de la modernidad y de la dialéctica de la ilustración.

En su nacimiento la dialéctica colonial supera la contradicción entre sociedades, culturas, civilizaciones, poblaciones, enfrentadas, con la construcción de una síntesis social, cultural, civilizatoria y poblacional global, aunque controlada por los referentes jerarquizados de la sociedad, cultura y civilización de los conquistadores. Después de este nacimiento la dialéctica colonial se prolonga como superación de las contradicciones entre anti-modernidad y modernidad, logrando síntesis que incorporan la anti-modernidad a formas enriquecidas y heterogéneas de la modernidad. La dialéctica colonial se despliega y desenvuelve como colonización recurrente y reiterada de la diferencia, de las resistencias, inscribiendo en los cuerpos modulaciones homogéneas, disciplinamientos, domesticaciones, como inducciones de comportamientos y conductas, como constituciones de subjetividades. La colonialidad se constituye como sociedad global racializada, como estructura de poder racializada, como saber jerarquizado; diferenciando ciencia de saberes puestos en la sombra.

 

Ilustraciones anecdóticas

 

Como dijimos, ahora vamos a ilustrar sobre los perfiles singulares de estos grandes problemas abordados, a partir de la descripción puntual de singularidades ocasionales y el ejemplo anecdótico de eventos provisionales. Vamos a seleccionar al azar algunos, y buscar en su manifestación particular y esporádica las múltiples e indefinidas formas que adquieren las singularidades, la composición de singularidades, los hechos cotidianos, reunidos como pertenecientes a los grandes problemas enunciados. Este pequeño grupo de eventos puntuales y anécdotas sueltas tiene connotaciones políticas.

 

Anécdota 1

Comenzaremos con una: El discurso del presidente de Bolivia en Tiquipaya-Cochabamba, al inaugurar la Conferencia de los Pueblos contra el Cambio Climático y Defensa de la Madre Tierra, en 2009. Después del discurso del presidente en Copenhague ante la Cumbre Social paralela a la Cumbre de Naciones Unidad sobre el Cambio Climático, en la misma ciudad, discurso dado ante cien mil activistas ecologistas y sociales, donde se declaró la guerra al capitalismo en defensa de la Madre Tierra, el presidente - habló en Tiquipaya-Cochabamba - del daño que causan la Coca-Cola y los pollos con hormonas, haciendo hincapié en los efectos, en la caída del cabello, calvicie, y en la transformación de los hombres en homosexuales, gay. Parte del público asistente, sobre todo extranjeros, que asistieron emocionados y solidarios a la Conferencia, se salió desconcertado al escuchar semejante discurso. Los demás escucharon atónitos el discurso; mucha gente de las organizaciones sindicales campesinas escuchó el discurso y le pareció gracioso, como que el presidente hacia broma. Después del acto, que dejó un sabor indescifrable, pocos comentaron el discurso, muchos prefirieron no hacerlo. En el coliseo de una escuela, donde fueron a almorzar las organizaciones sociales, sirvieron en la mesa pollo con Coca-Cola; los dirigentes se miraron sorprendidos, luego se rieron, tardaron un tiempo en comer lo que se encontraba en la mesa.

Las resoluciones de la Conferencia terminaron de declarar la guerra al capitalismo en defensa de la madre tierra, prohibir la tala de bosques, la exploración y explotación extractivista en los territorios boscosos y en los territorios indígenas, criticar y atacar al modelo extractivista, proponer su sustitución por un modelo basado en la soberanía alimentaria. La Conferencia planteó la lucha por una civilización alternativa al capitalismo y a la modernidad, la defensa de los equilibrios ecológicos, el pago de la deuda histórica de los países centrales por costos de depredación y contaminación, por deuda colonial a los pueblos indígenas y a los países periféricos. También se propuso la transferencia tecnológica y cambio de tecnología contaminante a tecnologías limpias, la disminución de los gases de efecto invernadero en un 50%, la exigencia que los países firmantes de la Convención de Kioto cumplan con sus compromisos y que los países contaminantes que no firmaron lo hagan. La Conferencia hizo un llamado a formar una internacional de los pueblos en defensa de la madre tierra y en lucha contra el capitalismo.

 

La homofobia está bastante extendida en la fraternidad masculina; el terror a la alteridad sexual, a la otredad, a lo que está fuera de los cánones establecidos, de los constructos culturales victorianos. La dominación masculina burguesa no sólo se basa en el dominio sobre las mujeres, en el dominio minucioso del cuerpo de la mujer, sino también en la exclusión y represión de subjetividades no-masculinas, no-femeninas, aunque en el fondo esconda su homosexualidad implícita y hasta la practique a ocultas. El dominio del cuerpo de la mujer implica su ocupación, su modulación, su conversión en objeto de intercambio, en objeto de los escenarios de poder; la estética, la belleza, es llevada a la teatralización del poder. El cuerpo de la mujer es lo que se puede comprar, forma parte de los abalorios de la riqueza; durante el esplendor de la burguesía y el desborde consumista de las formas de reproducción del capital, la mujer es símbolo publicitario, una invitación al comprador a través de la seducción del paraíso terrenal. El cuerpo del homosexual si no es martirizado como en otros tiempos, forma parte de los ejemplos del castigo religioso, Sodoma y Gomorra. En el imaginario popular forma parte del chiste y de la burla.

Las activistas del feminismo radical de-colonial dicen que si no se toca profundamente y críticamente este tema, si no se entra a fondo en las raíces y los alcances del Estado patriarcal, se está lejos de afectar las condicionantes mismas de la colonialidad. Los grandes temas de las luchas sociales contemporáneas, la descolonización, la crítica de la modernidad, la lucha contra el capitalismo, las luchas de los pueblos indígenas, las emancipaciones femeninas, las emancipaciones de las subjetividades diversas, la defensa de los derechos de los seres de la madre tierra, las luchas por la democracia participativa y por las autogestiones sociales, están íntimamente articuladas. No es posible separar unas luchas de otras, concentrarse en unas, dejando pendiente las otras. Cada una de las luchas tiene que ver con las otras, los logros de unas repercute en los logros de las otras. Todos los frentes están ensamblados, forman parte de la guerra prolongada contra las dominaciones polimorfas, que se refuerzan también mutuamente. Es la crítica y la lucha integral contra la economía política generalizada, la economía política restringida y la economía política ampliada a la economía política del cuerpo, a la economía política del poder, a la economía política del signo, a la economía política colonial. La lucha contra el Estado patriarcal, contra la dominación masculina y la homofobia forma parte de la lucha contra el sistema-mundo capitalista y la colonialidad. No se puede pues sostener que se puede ser anticapitalista y anticolonial, por un lado, y machista, además homofóbico por otro.

 

 

Anécdota 2

 

El vicepresidente escribe, publica y difunde masivamente un libro que titula Geopolítica de la amazonia[12]. El libro pretende demostrar que la Amazonia del Beni, departamento del noreste de Bolivia, cuya geografía comprende los extensos llanos inundables y el llamado monte alto de la Amazonia, está dominada por latifundistas y ONGs, que la materia de esta dominación son los pueblos indígenas; primero, por los terratenientes, quienes los explotan y esclavizan; segundo, por la ONGs, que los engañan y utilizan, teniendo como escusa programas ecologistas incorporados en el capitalismo verde. El libro también es una defensa de la tesis del gobierno de que la carretera que cruzaría el núcleo del TIPNIS es parte de una geopolítica que recupera la soberanía de la Amazonia, frente al control que ejerce la oligarquía cruceña sobre esta vasta región y la ocupación virtual de la Amazonia por parte de ONGs, que responden a la estrategia imperialista. El libro no es elocuente en geopolítica, menos en una descripción de la Amazonia, aunque sólo exprese la hipótesis de que la carretera integra al país y conecta territorios fragmentados y dispersos. Es un texto político cuyo eje argumentativo tiene que ver con la propuesta de la necesidad de desarrollo; por otro lado, el texto no se guarda descalificaciones de las marchas indígenas de defensa del TIPNIS, así como de las ONGs que apoyan estas marchas.

 

Uno de los grandes temas de la crisis actual del capitalismo es la consciencia catastrófica de la crisis ecológica. A lo largo de la historia del capitalismo, las luchas anticapitalistas han venido transformándose; se pasó de la lucha del proletariado por alternativas sociales y políticas a la sociedad capitalista y al Estado moderno, durante el siglo XIX, a las luchas antiimperialistas, durante el siglo XX, pasando a luchas ecologistas contra la destrucción del planeta efectuada por el modo de producción capitalista, en lo que va del siglo XXI. Las formas de luchas anticapitalistas anteriores no han desaparecido, se combinan con las nuevas formas de luchas aparecidas, configurando una gama y un conglomerado de luchas anticapitalistas más complejo y variado. El desmontaje del sistema-mundo capitalista abarca distintos planos constitutivos, diferentes campos organizativos, productivos y reproductivos, distintos ámbitos problemáticos. La problemática ecológica se ha convertido en uno de los tópicos de más recurrencia crítica al capitalismo, a la modernidad y a la colonialidad. Descalificar este tratamiento por parte de activistas y organizaciones ecologistas y de demandas sociales es situarse en un terreno altamente conservador, ponerse del lado de los depredadores, contaminadores y extractivistas, es ponerse de lado de las empresas trasnacionales abocadas al extractivismo minero e hidrocarburífero. Aludir, en defensa de esta tesis “geopolítica”, al paradigma del desarrollo es situarse, en el mejor de los casos, en la ilusión desarrollista de la primera media centuria del siglo XX, incluyendo la década de los sesenta. Esta apuesta se explica por el imaginario modernista de las corrientes socialistas de entonces, así como de los nacionalismos y populismos periféricos, apoyados en la crítica de la teoría de la dependencia. La dramática construcción del socialismo, la caída de los estados socialistas de la Europa oriental, el contradictorio decurso de los nacionalismos y populismos, su fracaso, la constatación de no salir del círculo vicioso de la dependencia, mostraron los límites y contradicciones de este desarrollismo, su concomitancia con la acumulación ampliada de capital, el orden imperial y la forma de dominación y hegemonía del sistema del capital financiero. Volver a este desarrollismo de una manera tan acrítica es dejar pendientes los grandes problemas constatados, reducir las luchas actuales a la elemental tesis de la contradicción de desarrollo y subdesarrollo. Es levantar el fantasma de las antiguas luchas para no comprometerse con las luchas contemporáneas. Hoy en día, una posición anti-ecologista es francamente reaccionaria y pro-capitalista.

 

Anécdota 3

 

Cuando el ministerio de gobierno presenta a la cámara baja el proyecto de ley sobre extinción de bienes, la comisión respectiva, la cámara baja, de diputados, la entonces presidenta de la cámara de diputados, deciden revisar el proyecto de ley,  respondiendo a sus atribuciones constitucionales, entre ellas la de deliberar y fiscalizar, además de legislar. El proyecto de ley es revisado en un sesenta por ciento. La mayoría del país, que conforma la economía llamada informal, protesta contra el proyecto de ley del gobierno; la denuncian como atentatoria y en contra de los derechos propietarios constitucionalizados. Sobre todo gremialistas y transportistas hacen conocer su protesta. El Ministro de Gobierno entra en debate con la entonces presidenta de diputados y la descalifica diciendo que no está a su altura intelectual. El presidente acusa a los transportistas y gremialistas de estar a favor de los narcotraficantes por no apoyar el proyecto de ley. Por último, ante la magnitud de la resistencia y el debate encarado en el mismo parlamento, enfrentando la imposición autoritaria del ejecutivo, el presidente se ve obligado a mandar el proyecto de ley al Tribulan Constitucional.

 

El proyecto de ley de expropiación de bienes exige que se demuestre que los bienes que se tienen corresponden a los ingresos declarados, son bienes adquiridos por la economía legal y formal, por el propio trabajo, y no de ingresos extraordinarios, de la economía ilegal. Esta ley supuestamente va dirigida contra el narcotráfico, el contrabando y el lavado de dinero ilícito. ¿Qué impacto tiene esta ley en un país donde la mayor parte de la población económicamente activa se mueve en la economía informal? No es casual que los transportistas y gremialistas se hayan levantado contra el proyecto de ley. Al parecer esta ley tiene que ver con compromisos del Estado con organismos internacionales para contar con dispositivos legales contra el lavado de dinero. Pero, ¿qué hay respecto a los derechos fundamentales y el conjunto de generaciones de derechos consagrados en la Constitución? ¿Acaso no se cuentan ya con dispositivos legales que cumplen con esos objetivos mencionados? ¿Por qué una ley específica sobre la extinción de bienes? Echándole el ojo a otras leyes promulgadas, sin discutir su pertinencia constitucional, como, por ejemplo, la Ley Marcelo Quiroga Santa cruz, cuyo objeto de la ley es la lucha contra la corrupción, ¿se puede decir que ha logrado sus objetivos? Lo paradójico de esta ley es que, a pesar de sus drásticas disposiciones, que convierten al funcionario de antemano en culpable, la ley ha inmovilizado más aún la actividad del aparato público. Nadie quiere comprometer su firma con facilidad. Por otra parte, lejos de detener la corrupción, está se ha expandido mucho más. ¿Por qué sucede esto? ¿Cuáles son los objetivos implícitos de este tipo de dispositivos legales?

Está demostrado que el principal dispositivo de lavado de dinero es el sistema financiero, es la banca; también se sabe que los gobiernos prefieren optar por el control y contención del narcotráfico, que por una lucha frontal; muchas veces optan por el controlado lavado de dinero. No hay dispositivos legales en contra del flujo financiero especulativo, ni contra el gigantesco y a gran escala lavado de dinero institucionalizado. Se puede crear dispositivos de control contra operadores menores; empero, es muy difícil que se lo haga respecto a los grandes operadores y grandes operaciones financieras. La famosa ley 1008, impuesta por el imperio, recae también en los eslabones más débiles de la cadena del narcotráfico; las cárceles están llenas de los operadores menores, los “burros” y “mulas” de carga, que también son víctimas, en medio del fuego cruzado, entre los carteles y los aparatos represivos. Al final este tipo de leyes forman parte de estructuras jurídicas descomunales ineficaces, que amparan operativos represivos, acompañados de gran publicidad, que para lo único que están es para justificar el presupuesto, el gasto, la existencia de aparatos en una guerra de antemano perdida contra el narcotráfico.             

 

Anécdota 4

 

Ante el debate abierto entre la entonces presidenta de la cámara de diputados y el ministro de gobierno, el vicepresidente declara que en el MAS no hay “libres pensadores”, todos son “soldados”; los que quieren ser “libres pensadores” pueden irse. En el informe final de la presidenta de la cámara baja, que dejaba sus funciones, dice que en la Constitución los constituyentes se olvidaron poner, en principios y valores, el código moral de ama llunk’u, además del ama llulla, ama quilla y ama sua. Los voceros de la Asamblea Legislativa lanzan el grito al cielo y airados dicen que la ex–presidenta de la cámara de diputados habla por resentimiento. 

 

Emmanuel Kant considera que la ilustración corresponde al uso crítico de la razón, cuando la razón se convierte en la única autoridad, cuando el uso de la razón manifiesta madurez; pero, sobre todo libertad. Las luchas sociales no solamente hacen uso crítico de la razón, sino que usan la razón como crítica y la crítica es expresión de libertad. No podría darse el uso crítico de la razón y el uso de la razón como crítica sin esta condición primordial que es la libertad. El pensamiento está asociado a la libertad; ser libre es pensar; pensar es devenir[13]. Cuando se prohíbe el libre pensamiento, ocurre como si se retrocediera a una etapa anterior a la ilustración; se exige obediencia por parte de una autoridad irracional, una autoridad que no es la razón sino el mito de una verdad carismática. El gran patriarca exige obediencia, fidelidad, lealtad, sumisión. El gran patriarca ha convertido a sus súbditos en menores de edad; lo único que puede hacer esta minoridad es obedecer. No puede pensar. En estas condiciones se descartan las luchas sociales; la política se ha reducido a la alabanza y a la repetición tautológica de las órdenes. Cuando se cuentan con “soldados” y no con “libre pensadores”, no se está ante un partido político, sino ante un cuartel. Se ha confundido la práctica política con el servicio militar. Algo parecido pasa con los “soldados” políticos que con los soldados del servicio militar; éstos obtienen su libreta y adquieren ciudadanía, aquellos obtienen el permiso de usufructuar del poder y son reconocidos como miembros natos del partido.   

 

Anécdota 5

 

Un senador del MAS por el departamento de La Paz lanza una inédita tesis política: No importan los derechos, no se trata de respetar derechos, sino de obedecer la dirección de la línea política.

 

¿Qué se puede esperar de personas que declaran que no importa que se vulneren derechos, lo que importa es lo que decide la bancada? En esta declaración por lo menos hay dos rasgos sintomáticos; uno es el relacionado a la suspensión de los derechos; el otro es mantener la línea política, pese a quien pese, pase lo que pase, vulnere o no derechos. En el primer rasgo vemos claramente la manifestación desenvuelta y desmesurada del poder; lo real es el poder, los derechos son simplemente enunciados. En el segundo rasgo tenemos el ejemplo más evidente de la complicidad y concomitancia; la bancada, los “nuestros” han decidido. La línea del partido como determinación. Ciertamente esta declaración tiene distintas connotaciones dependiendo de dónde se la emita. En relación al segundo rasgo, no estamos ante un discurso leninista, por así decirlo; no es el partido de vanguardia que define una estrategia insurreccional para la toma del poder por parte de los trabajadores. No hablamos de esta línea política, tampoco de esta situación. El poder ya está tomado, por así decirlo, o, por lo menos, ya se es gobierno. No es un partido de vanguardia el que se plantea una línea política insurreccional o, en su caso, de medidas transformadoras, estructural e institucionalmente. Se trata de un “movimiento” que no ha llegado a construirse como un instrumento político de las organizaciones sociales; tampoco su perfil es de un partido de gobierno. Se trata de un “instrumento político” que no gobierna; nunca se le consulta sobre la estrategia a seguir, las tácticas con las que se va operar, menos sobre las políticas públicas que despliega el gobierno. Es un “movimiento” político reducido a la convocatoria electoral. La línea política la decide el ejecutivo, donde no necesariamente se encuentra la gente del “movimiento” popular, sino los hombres y las mujeres de confianza del presidente o del vicepresidente. A estas alturas del partido, ya da lo mismo. 

El discurso se emite en el escenario del Congreso; el tema es minúsculo, contratos de personal de senadores. ¿Puede haber una línea política sobre esto? Hay un reglamento, está la Constitución, además de contar con el derecho de los senadores a conformar su equipo. Ocuparse de esto, tener una reunión de bancada para decidir sobre temas reglamentados y constitucionalizados, no solamente mostraría las grandes ocupaciones del “partido”, fuera de atentar contra los procedimientos administrativos. Más grave aún es haberse inventado una reunión de bancada, que nunca se dio. Esta improvisada e inventada declaración muestra más desesperación que determinación, más banalidad que algo de seriedad. Ciertamente esto no es una muestra de madurez en quien divide la sociedad entre adultos mayores y “niños”.

El Congreso no puede ser, por lo menos no está destinado para eso, un lugar donde se pisoteen derechos, aunque esto ha venido ocurriendo en relación a los derechos fundamentales y los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, en relación al derecho del pueblo a participar en la construcción colectiva de las leyes, como dice la Constitución. Que un senador diga que no importan los derechos ya habla mucho de este senador. ¿Qué lleva a decir semejante cosa? ¿Cuál es la psicología que se manifiesta en esta declaración? El Congreso, que además se nombra como Asamblea Legislativa Plurinacional, debe garantizar el sistema de gobierno de la democracia plural y participativa, el ejercicio plural de la democracia, directa, representativa y comunitaria.  Debe garantizar el cumplimiento de los derechos. Que se emita una declaración del tipo no importan los derechos precisamente en el Congreso, ya habla mucho del respeto que se tiene por esta Asamblea Legislativa Plurinacional.

Lo que se puede constatar es que no hay línea política de partido, no hay consulta de bancada; lo que hay es un conjunto de decisiones arbitrarias del pequeño grupo dominante del partido, seleccionado como el de los más leales y obedientes. Se vislumbra también los perfiles de una psicología desconcertada, una psicología que no encuentra punto de apoyo. Ha perdido sus referentes pasados, sindicales, de lucha campesina; se encuentra en un espacio de poder donde para mantenerse en la jerarquía se tiene que ser sumiso y obedecer, no la línea que discute y construye la bancada, sino la línea decidida por el otro grupo, de mayor jerarquía y poder, de clarividentes del ejecutivo. ¿Qué pasa en el alma, por así decirlo, de un ex-dirigente campesino que ya no puede hacer valer su voz, ni discutir, tampoco consulta a sus bases, más bien es cuestionado por ellas, que, en vez de esto, tiene que someterse a las determinaciones del mando que no se discuten? Hay como la experiencia de la desdicha en todo esto. Una sensación de navegar sin rumbo, una decisión de mejor no preguntarse sobre esta deriva. Lo que queda es tener fe en las órdenes de los mandos supremos, no cuestionar nada; lo importante es mantenerse en el grupo privilegiado de voceros, aunque la vocería se reduzca a la transmisión de ventrílocuo; lo que importa es contar con las direcciones, el control de comisiones y representaciones. Este “pragmatismo” de sentido común, que más bien es un oportunismo, vacía el contenido de los discursos políticos y las declaraciones de los representantes, de los hombres que han escogido este camino de la sumisión y la obediencia.

Es triste constatar lo que ha hecho el poder con los dirigentes sindicales; les ha quitado su orgullo, la dignidad que tenían, ha evaporado de su memoria la historia de las luchas en las que participaron. El poder los ha vuelto llunk’u. Entonces estamos hablando de una destrucción moral, ética y psicológica. A este paso ya no quedaran dirigentes que puedan defender el proceso y acompañar su profundización; sólo tendremos “soldados” al mando de generales que llevan al proceso al abismo, generales constructores de la derrota de la guerra anticolonial y anticapitalista. Amerita una reflexión profunda lo que sucede con quienes han sido luchadores y combativos en los tiempos de las resistencias, en los tiempos de la ofensiva popular, en los tiempos de la movilización general, tiempos de apertura del proceso que nos toca vivir ahora. ¿Por qué se vuelven tan sumisos, tan obedientes, tan oportunistas, tan títeres? ¿Qué ha sido de su estructura subjetiva rebelde? ¿Se ha desestructurado? ¿Se ha desmoronado con tanta facilidad; sólo bastó gozar de los privilegios que otorga el poder?

 

Dialéctica de la rebelión

 

Aparte de la hipótesis de que el poder transforma, que el poder toma a los que acceden al poder, que hemos venido utilizando en varios textos, deberíamos preguntarnos también: ¿Qué hace a una rebelión radical? ¿Son los objetivos que se plantea? ¿Es la profundidad de su interpelación que tocan los cimientos mismos del poder? Esta pregunta es importante para evaluar el alcance de las rebeliones campesinas en el Altiplano. Nos concentraremos en dos periodos de la rebelión campesina contemporánea; una, la que se dio después de la masacre del valle (1974), en Cochabamba,   que alcanzó a irradiarse en el Altiplano, sobre todo del departamento de La Paz; la otra, durante el 2000, que volvió a repercutir el 2003. En los dos casos la forma de organización principal fueron los sindicatos campesinos, organizados ya en 1945 en Ucureña; empero, expandidos después de la Revolución de 1952.

En el segundo quinquenio de la década de los setenta el control de la organización sindical campesina pasó de manos del Estado al control independiente de la nueva expresión de la organización campesina, el katarismo. “ideología” y proyecto político cultural indianista, anticolonial, cuyas raíces se encuentran en el Partido Indio fundado por Fausto Reinaga. La resistencia campesina a la dictadura militar, la lucha por un sindicalismo independiente de la tutela estatal, se transformó en un proyecto político que retomaba como matriz y referencia histórica los levantamientos indígenas pan-andinos del siglo XVIII. La radicalidad del katarismo se encuentra en su interpelación al Estado boliviano y a la sociedad boliviana, al llamado colonialismo interno, planteando un proyecto político descolonizador. Se vuelve a plantear el problema de la tierra, después de la reforma agraria de 1953; pero, ahora se lo hacía a partir de un discurso descolonizador y haciendo referencia a la comunidad indígena. Que este proyecto político y cultural haya derivado en la formación de partidos políticos kataristas, que incursionan en elecciones nacionales, que forman parte de frentes políticos, uno, el MRTK, con Genaro Flores a la cabeza, aliado al frente de “izquierda” de la UDP, el otro, bajo la dirección de Macabeo Chilla, aliado al frente de “derecha”, que propuso la candidatura a la presidencia de Paz Estensoro, habla de las contradicciones inherentes al katarismo de entonces. No podemos olvidar que uno de los ideólogos del katarismo, Victor Hugo Cárdenas, terminó siendo el vicepresidente de Gonzales Sánchez de Lozada, el presidente neoliberal más connotado, que en su segunda gestión de gobierno fue expulsado del país por la movilización de la guerra del gas (2003).

La lucha sindical y la competencia política entre kataristas van a fragmentar al movimiento político cultural en pedazos. La radicalidad anticolonial y descolonizadora del katarismo quedará en el discurso, el mismo que va a encarnarse, más tarde, en otros movimientos indígenas, mientras la práctica política destroza a las organizaciones kataristas. El desmembramiento del movimiento político y cultural de-colonial es ocasionado no solamente por la lucha de liderazgos y facciones, sino por su rápida adaptación a las formas y prácticas políticas peculiares del periodo republicano, posterior a la guerra del Chaco y a la revolución de 1952. ¿Qué pasó con el radicalismo? ¿Por qué llegó tan rápido el “pragmatismo” político? ¿Se debe al condicionamiento de la organización sindical, moderna y maleable, como dicen los críticos involucrados en el proyecto de reconstitución de los ayllus, proyecto que reaparece durante la década de los ochenta? ¿O las razones y causas se encuentran en las contracciones inherentes a los movimientos indigenistas y campesinos, como plantean otros? Vamos a asumir las dos hipótesis; la del condicionamiento de la estructura sindical; y la de las contradicciones de los movimientos indígenas y campesinos.

La reforma agraria de 1953 al entregar la propiedad privada de la tierra a familias campesinas, descartando una reforma agraria comunitaria, y al institucionalizar la forma de organización sindical en el área rural, introduce una relación de representación y mediación con el Estado de carácter moderno, donde prepondera la filiación partidaria. Por otra parte, incorpora también prácticas clientelares de convocatoria electoral. Los sindicatos son permeables a las lógicas de las luchas políticas externas a la comunidad. No ocurre necesariamente esto en el ayllu, donde prepondera el circuito dual de la cohesión comunitaria; la filiación es, mas bien, consanguínea y territorial. Los sindicatos son absorbidos por el Estado, son integrados a la reproducción estatal, a la zona periférica de los aparatos de Estado. Aunque se conforme una Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia Tupac Katari independiente (CSUTCB), es vulnerable y permeable a las políticas de cooptación del Estado.

La línea que separa radicalismo y “pragmatismo” político es, a veces, imperceptible; esta línea se la cruza sin darse cuenta, sin que se haga notar este traspaso. Los dirigentes políticos y sindicales pueden seguir considerando que siguen con la misma posición de antes, radical e interpeladora, cuando en los hechos ya cedieron, ya se trasladaron a una política de pactos. En estos momentos se da un desfase entre discurso y práctica política. El discurso anticolonial es usado, a partir de determinado momento, para acumular fuerzas y prestigio, usados después con fines “pragmáticos”. ¿El “principio de realidad” es más fuerte que el principio utópico? El “principio de realidad” se vuelve condicionante precisamente debido a la presencia gravitante de las lógicas y prácticas sindicales. En estos momentos de desfase, los dirigentes se encuentran ante un dilema: continuar con el radicalismo u optar por el realismo político. Generalmente, no en todos los casos, se opta por lo segundo. El desfase entonces convierte al discurso en meramente convocativo, mas bien retórico, sin consecuencias prácticas, convierte a la práctica política efectiva en una consecuencia gravitante; el movimiento rebelde se termina incorporando a las formas de reproducción del Estado.  ¿Cómo explican los dirigentes este traslado de un lugar a otro del escenario político? Esta pregunta hay que inquirirla a los que fueron dirigentes del sindicalismo katarista, también a los actuales dirigentes campesinos convertidos en gobernantes y en asambleístas.

La segunda rebelión campesina contemporánea reciente estalla a fines de siglo XX y comienzos de siglo XXI. Ya durante la segunda década de los noventa se dan lugar la resistencia y las marchas de las Federaciones Campesinas del Trópico de Cochabamba en defensa de la hoja de coca. En abril y septiembre de 2000 se desata la rebelión campesina del Altiplano y se extiende a todo el país. En abril se inician los bloqueos de caminos, en apoyo a la rebelión de la guerra del agua en Cochabamba; en septiembre se da lugar el bloqueo de caminos a nivel nacional y el sitio de cuatro ciudades, El Alto, La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. La CSUTCB dirige esta rebelión campesina, que recuerda a los levantamientos indígenas anticoloniales del siglo XVIII, también se conecta, en la historia reciente, con el bloqueo de caminos nacional efectuado por la CSUTCB en 1979. El bloqueo de caminos de 1979 fue dirigido por el sindicalismo katarista del que hablamos, bajo la dirección del legendario líder Genaro Flores. En cambio, el bloqueo de caminos de 2000 fue dirigido por un sindicalismo compuesto por distintas fuerzas sindicales regionales y, se podría decir, diferentes “ideologías” campesinas. Disputaban la dirección de la CSUTCB el sindicalismo del trópico de Cochabamba con el sindicalismo campesino del valle de Cochabamba; disputa que se presentó como la competencia entre dos líderes campesinos, Evo Morales Ayma, de las Federaciones del Trópico de Cochabamba, y  Alejo Veliz de los sindicatos del valle de Cochabamba. El peso de ambos sindicalismos regionales era equivalente; ambas fuerzas sindicales no se pusieron de acuerdo, la amenaza de división de la Confederación sindical campesina era evidente. Ante esta perspectiva peligrosa, se optó por buscar una tercera fuerza sindical y a un tercer líder campesino, que pueda mediar, manteniendo la unidad del sindicalismo campesino. Se consensuó con que esta tercera fuerza sea la del sindicalismo campesino del Altiplano de La Paz, bajo el liderazgo de Felipe Quispe, quien se encontraba encarcelado por alzamiento armado. En esta coyuntura, el sindicalismo campesino más radicalizado era éste, el del Altiplano, influenciado por los Ayllus Rojos, organización campesina irradiada por el Ejército Guerrillero Tupac Katari (EGTK). Felipe Quispe pertenecía a esta agrupación guerrillera y era el principal líder de los Ayllus Rojos. En la CSUTCB de entonces queda a la cabeza el líder campesino guerrillero, aunque la dirección sindical se conforma con la composición de las fuerzas sindicales regionales mencionadas. En gran parte, la radicalidad de los acontecimientos del 2000 en el campo, particularmente en el Altiplano, que vuelven a repetirse el 2003, con su prolongación hasta el 2005, se explica por la presencia de los Ayllus Rojos y la dirección carismática de Felipe Quispe. El punto más alto de la rebelión campesina fue indudablemente el bloqueo de caminos de septiembre de 2000, tanto en el terreno de las acciones como en la puesta en escena del discurso. Como dijimos, el sitio de las ciudades, de septiembre de 2000, recuerda al sitio de La Paz de 1781, efectuado por parte de las fuerzas indígenas dirigidas por Tupac Katari. Es, durante el sitio de septiembre de 2000, cuando el líder campesino de la provincia de Omasuyo lanza su tesis de las dos Bolivia; la indígena y la criolla-mestiza. El país se encontraba virtualmente ante el preludio de una guerra civil.

En las postrimerías de las elecciones de 2002, contando con el prestigio adquirido por Felipe Quispe, los Ayllus Rojos, al parecer también el EGTK, deciden, no sin desacuerdos y con fuerte discusión interna, conformar un partido para participar en las justas electorales de 2002, el Movimiento Indio Pachacuti (MIP). El MIP logra obtener seis diputados, cuando el MAS se convierte en la segunda fuerza en el Congreso. La experiencia parlamentaria destroza al MIP, movimiento indígena y campesino que termina dividiéndose, por último desaparece del escenario político. En cambio el MAS va a ser la opción electoral, no solamente del campo sino también urbana, en las elecciones de 2005, que llevan a la presidencia a Evo Morales Ayma por mayoría absoluta. La pregunta es: ¿Por qué los Ayllus Rojos y el EGTK, que estaban más cerca del levantamiento armado en el campo, abandonan la posibilidad de dirigir una guerra civil y terminan optando por formar un partido político para participar en las elecciones nacionales; es decir, terminan prefiriendo una solución pacífica? ¿A qué se debe el cambio? ¿Razones prácticas? ¿Tácticas de coyuntura o una estrategia no-consciente inscrita como lógica de estatalización?

La historia parece repetirse como una condena; todo parece como si el Estado, como matriz republicana, como acumulación institucional, es decir, como reproducción política, también como telos estructural, termina venciendo a sus adversarios, termina incorporándolos a sus ciclos cortos, medianos y largos de reproducción del poder. ¿Es así o se trata de resistencias diferidas y dilatadas, que efectúan una guerra prolongada contra el Estado? Por el momento todo parece confirmar lo primero. Lo mismo ha ocurrido con el proyecto de instrumento político de las organizaciones sociales, el MAS; su resistencia en el Chapare, en defensa de la hoja de coca, su articulación a las luchas de los movimientos sociales anti-sistémicos, desatados en abril de 2000, el crecimiento vertiginoso de su convocatoria electoral el 2002, su victoria contundente en las elecciones de 2005, terminan convirtiendo a la rebelión cocalera, en plena guerra de baja intensidad del imperio contra los productores de la hoja de coca, en la expresión política que estataliza a los movimientos sociales, ampliando el espacio de la reproducción estatal, y extendiendo masivamente la legitimación del Estado. ¿No hay escapatoria? Las líneas de fuga terminan capturadas por la maquinaria estatal.

 

Ahora vamos a detenernos en la segunda hipótesis, la relativa a las contradicciones inherentes a los movimientos indígenas y campesinos. Antes bien, tenemos que decir que no son los únicos movimientos que contienen contradicciones, en realidad todos los movimientos sociales anti-sistémicos las comprenden en su seno. Sólo que el perfil de las contradicciones no es el mismo en uno y otro movimiento social. Las contradicciones en los movimientos indígenas y campesinos tienen que ver con la contradicción entre anti-modernidad y modernidad, contradicción que suele superarse de manera dialéctica, por así decirlo, en una síntesis de reforzamiento de la modernidad enriquecida, que subsume la anti-modernidad en la reproducción ampliada de la modernidad. Es indispensable leer a Frantz Fanón para comprender esta dialéctica de la ilustración y también dialéctica colonial[14].

Tomamos la dialéctica en su sentido hegeliano, como superación de las contradicciones en una síntesis tensa, que salta de una esfera más abstracta a otras esferas más concretas, contrayendo una acumulación de determinaciones, en un desenvolvimiento en espiral cada vez más logrado; marcha hacia la realización del saber absoluto y del Estado absoluto. Esta es la forma del desarrollo del capitalismo, el desenvolvimiento acumulativo y reproductivo de la modernidad, por tanto también dialéctica colonial[15]. Tal parece que los movimientos anti-sistémicos, los movimientos anti-modernos, los movimientos anti-coloniales, los movimientos indígenas y campesinos, los movimientos anti-capitalistas, terminan reforzando la reproducción de la modernidad, del capitalismo, de la colonialidad, del Estado. ¿No hay posibilidades a otro desplazamiento distinto al dialéctico, a la subsunción de la historia a la dialéctica? La dialéctica no solamente es la filosofía de la historia, la fenomenología del espíritu, como ciencia de la experiencia de la consciencia, la ciencia de la lógica, que responde a la dialéctica del concepto, tampoco es sólo la historia del capitalismo, pensada como materialismo dialéctico, es mucho más, es la forma de reproducción del capital, de la modernidad, de la colonialidad y del Estado. Ahora bien, considerar que la historia efectiva se reduce a la filosofía de la historia o al materialismo histórico, es reducir todas las formas de desenvolvimiento, de desplazamiento, todos los devenires de las dinámicas sociales moleculares, a la figura acumulativa de la dialéctica. El acontecimiento, entendido como multiplicidad de singularidades, no puede pensarse desde la dialéctica, rompe con la reproducción ampliada del poder, del capital, de la modernidad y del Estado. El acontecimiento, como pluralidad de procesos singulares, sólo es comprensible en tanto devenir; es decir, como metamorfosis, como transformación, como repetición y diferencia. Devenir distinto, devenir otro, devenir animal, devenir naturaleza. El desafío es entonces salir de la dialéctica antimodernidad-modernidad, lograr la diferencia radical en la alter-modernidad.

Los movimientos indígenas y campesinos se debaten en ese dilema, cómo salir de la dialéctica antimodernidad-modernidad y encontrar la ruta de la alter-modernidad. Hasta ahora se ha reforzado la modernidad y la colonialidad, saliendo de la sociedad dual de castas e ingresando a la sociedad de clases, mediante la reforma agraria. También se ha reforzado la modernidad, la colonialidad y el Estado, saliendo de la exclusión e ingresando a las estructuras y formas de reproducción del poder estatal. Indudablemente se amplía la democracia, se avanza en las igualaciones y equivalencias; esto no está en discusión. Empero, esto también refuerza la modernidad, el capital, la colonialidad y el Estado. No se trata, de ninguna manera, de rechazar las conquistas democráticas, las igualaciones y equivalencias; al contrario, se trata de profundizarlas. De lo que se trata es de salir de la reproducción ampliada de capital, de modernidad, de colonialidad y del Estado, que son la matriz paradójica de las dominaciones, de las desigualdades, exclusiones, discriminaciones y explotaciones.

La reforma agraria ha convertido a los comunarios en propietarios privados de la tierra, ha abolido, por así decirlo, la dualidad externa de las dos sociedades, de las dos repúblicas, la republica de indios, la republica de criollos y mestizos, dualidad colonial por cierto. Empero, ha trasladado la colonialidad al interior de una sociedad de clases, ha conformado y configurado un colonialismo interno, reforzando la colonialidad con el desenvolvimiento de nuevas formas de dominación colonial. La llegada al poder de las organizaciones indígenas y campesinas ha abolido la exclusión del poder de las poblaciones indígenas; sin embargo, ha convertido a los “indígenas” y campesinos en los mejores defensores de la modernidad, del capitalismo, de la colonialidad y del Estado. La legitimación del Estado-nación se ha expandido considerablemente, abarcando a las grandes mayorías indígenas y campesinas a la reproducción ampliada del poder. Así se explican las contradicciones generadas en el proceso de cambio entre el gobierno “indígena” y popular contra las naciones y pueblos indígenas originarios en el conflicto del TIPNIS. También se explica el desfase y distanciamiento entre la práctica gubernamental y la Constitución.

Ahora bien, ¿cómo se asume subjetivamente esta dialéctica colonial? Se entiende la dificultad para sumir críticamente el proceso político en curso. Para muchos se trataba de eso, de obtener tierras en 1953, de llegar y administrar el poder en 2006; como interpreta un ideólogo del realismo político, que de lo que se trata, en resumidas cuentas, es de cambio de élites. Nada más que esto, mientras sigue la misma estructura de poder, la misma estructura colonial, la misma estructura de la modernidad, la misma estructura del capital, la misma estructura del Estado. Esta interpretación de la descolonización, también de la emancipación, es muy pobre y obviamente colonial. Ciertamente los que piensan de esta manera se colocan en posición defensiva, defienden al gobierno y sus logros; consideran a los que critican al gobierno, develando sus contradicciones, como contrarios al proceso. Asumen la defensa cerrada del Estado, de la modernidad y del capitalismo de Estado. Según ellos, la guerra anti-colonial y la lucha descolonizadora habrían dado un gran salto cualitativo, si es que no habrían concluido; una forma de tesis del fin de la historia, convirtiéndose la descolonización en una tarea menor.

Esta concepción se manifiesta en distintas psicologías desgarradas. Al ocupar el lugar del otro, del patrón, del doctorcito, en la misma estructura de poder, lo que queda hacer es lo mismo que éste, imitarlo, reproduciendo sus mismas prácticas. En el mejor de los casos se va simular hacer algo distinto; empero, esto se reduce a la representación, a lo nominal, a lo simbólico, a lo folklórico. Los que pretenden desestructurar el poder, conformar otras estructuras, son inmediatamente desplazados y descartados. Esta pretensión es rechazada, es descartada, de ninguna manera es aceptada; de lo que se trataba es de llegar al poder y punto. Ahora se trata de conservarlo. Frantz Fanón hace la crítica a esta dialéctica colonial, dice que cuando esto ocurre, cuando se ocupa el lugar del patrón, del colonizador, simplemente se reproduce la colonialidad, la estructura colonial, ahora ocupada en la casilla vacía del patrón por el colonizado convertido en gobernante. El lugar del blanco es ocupado por el negro, empero se mantiene la estructura de la dominación blanca[16]. La descolonización no se reduce a ocupar el lugar del otro, sino a destruir la estructura colonial[17].

En todo caso, los que ocupen el lugar del otro sólo pueden ser pocos, una nueva élite. Este no es un lugar para las masas, para las multitudes, para las comunidades, para el proletariado nómada. En una estructura colonial, en la estructura de la sociedad capitalista, en la estructura del Estado-nación, las masas, las multitudes, las comunidades, el proletariado nómada, seguirán siendo lo que son, el pueblo de referencia para la legitimación del Estado, las multitudes alterativas a la reproducción del poder, la multiplicidad como potencia social, las comunidades sometidas al diagrama colonial, el proletariado explotado por el capital. Puede haberse ensanchado la base, quizás de una manera más amplia que la revolución de 1952, pero las grandes mayorías no son precisamente las privilegiadas en la pirámide estructurante del poder. El proyecto del realismo político acaba aquí, en el cambio de élite. Por eso se pueden dedicar, como todas las élites gobernantes de los Estado-nación subalternos, de las periferias del sistema-mundo capitalista, a enriquecerse, a formar los nuevos ricos, nombrados por ellos mismos como la nueva burguesía nativa.

Sin embargo, la historia no llega a su fin, como hubiera querido el realismo político. Las contradicciones profundas del proceso no tardan en estallar; las masas, las multitudes, las comunidades, el proletariado nómada, vuelven a movilizarse. Primero sorprendidas ante un gobierno popular que termina pareciéndose a los gobiernos anteriores, después concentrándose en sus reivindicaciones más inmediatas; poco a poco adquieren consciencia de que las estructuras de poder contra las que combatió se mantienen intactas, aunque hayan cambiado sus apariencias y se presenten más populares. Es cuando los enfrentamientos arrecian, como en el caso del levantamiento popular contra el “gasolinazo”, como en el caso de la resistencia prolongada en el TIPNIS. Lo que ocurra después va a depender de la capacidad de rearticulación del bloque popular que abrió el proceso. Si no ocurre esto, si el bloque popular no se re-articula en la perspectiva de la re-conducción del proceso, lo más probable es que se viva una regresión a formas de gobiernos de coalición, donde puede participar el MAS como mayoría o, en su caso, como minoría. Es improbable que el MAS vuelva a ganar por mayoría absoluta. Este decurso regresivo es una especie de condena de casi todas las revoluciones; se hunden en sus contradicciones después de cambiar el mundo. Empero, no se puede aceptar esta historia como destino; es indispensable apostar por lograr un punto de inflexión e iniciar otra historia. A veces, cuando se dan grandes cambios, la historia suele acontecer por el decurso improbable, incluso hasta imposible. No hay peor derrota que no haber intentado.                      

     

 

 

 

 

 

 

 

Poniendo los puntos sobre las íes

Retórica y realidad del discurso gubernamental

 

 

¿Cuál es el problema? ¿En qué consiste? ¿Cuál es su composición? El debate que no se da; empero, se plantea, con los voceros del gobierno, con el gobierno mismo, con su ideólogo, se da en torno al desistimiento de la Constitución, al incumplimiento de las trasformaciones estructurales e institucionales que deberían darse, por las que se peleó en la movilización prolongada (2000-2005). No se da el debate porque los voceros, el gobierno y su ideólogo no quieren debate. Les basta, seguros del control absoluto que ejercen del Estado, con acudir a la propaganda, a la publicidad y a elementales interpretaciones oficiales, que reducen la narrativa del proceso a los contrastes con los gobiernos anteriores. No dicen nada respecto a los contrastes de lo que hacen respecto de lo que establece la Constitución, salvo justificaciones espantosamente estrambóticas, que no explican sino embrollan. El gobierno cree que debate con una “derecha” tradicional, prácticamente insignificante como convocatoria política; en realidad discute con el fantasma de una “derecha” desaparecida, después de su derrota política en El Porvenir-Pando. Lo hace pues necesita de esa “derecha” para parecer “izquierda”. Es la búsqueda de un contraste comunicacional lo que busca, como parte de la imagen electoral perseguida. Esa discusión con una “derecha” insignificante no es más que pantalla; no asume la interpelación de los hechos, no ve, se enceguece, ante las evidentes contradicciones; no quiere responder a la crítica desde la “izquierda”, usando también este término tan discutible, desde la perspectiva histórica y desde la complejidad de los procesos

No está en discusión el contraste positivo con los gobierno neoliberales, no está en discusión los beneficios de la nacionalización, en los límites que el propio gobierno la ha dejado, no está en discusión lo que ha habido de redistribución  del ingreso, a partir de la política de los bonos, de alcance de impacto coyuntural; también como efecto del crecimiento económico. No está en discusión la expansión de la infraestructura de carreteras, que es notorio, a pesar de los síntomas de corrupción. Tampoco está en discusión que, a pesar de todo, a pesar de que sólo se ocupa el lugar del otro, se ha dado un empoderamiento indígena y popular, ciertamente sin transformar la misma arquitectura estatal y manteniendo las mismas prácticas de gestión. Esto no está en discusión. Lo que está en discusión es que no se dieron las transformaciones estructurales e institucionales que establece la Constitución. No hay Estado plurinacional comunitario y autonómico, por más que se desgañite el sistema de propaganda y comunicación del gobierno. La publicidad no sustituye a la “realidad”. La discusión está en que a pesar de la nacionalización, el gobierno no la continuó; prefirió entregar el control técnico de la producción a las empresas trasnacionales, el problema es que el gobierno tiene una política minera muy parecida, sino equivalente, a la política minera neoliberal, salvo la demagógica extensión de concesiones a las cooperativas mineras. El problema es que el gobierno no ha realizado una segunda reforma agraria, preservando a los grandes latifundistas. El problema es que el gobierno, debido a su “pragmatismo”, ha preferido pactar con la burguesía, por lo menos con los sectores que se inclinaron por la política económica del gobierno, convirtiéndose, poco a poco,  en un gobierno que administra los intereses de la burguesía recompuesta, la anterior y los nuevos ricos. El problema es que el gobierno, contentándose con haber mejorado las condiciones de los términos de intercambio, por medio de la nacionalización, ha renunciado a una lucha sostenida y efectiva por la independencia económica, por la soberanía alimentaria, convirtiéndose en un Estado que vuelve a administrar la transferencia de los recursos naturales a los centros del sistema-mundo capitalista, como la hacen casi todos los Estado-nación subalternos. Estos son algunos de los problemas, puestos en la mesa, tanto por la crítica como por la evidencia de los hechos.

No vamos a entrar, ahora, en otros problemas, que tienen que ver con la consistencia misma del llamado “proceso de cambio”, no en lo relacionado a las contradicciones histórico-políticas, sino a la “materia”, a la corporeidad, a las subjetividades, inherentes a las prácticas y estructuras ético-morales que acompañan al propio proceso. Estos problemas son importantes, pues, al final de cuentas, son “sujetos” sobre los que se sostiene la voluntad política, la posibilidad de mantener, continuar e incluso profundizar el “proceso”. Si no hay condiciones ético-morales para sostener el desafío, el “proceso” puede hundirse en el marasmo de la corrosión y las prácticas paralelas. Estos temas los tratamos en otro escrito, nos remitimos al mismo[18].

Tampoco vamos a tocar los conflictos sociales, políticos y territoriales que han desenmascarado al gobierno. Lo hicimos en otros escritos, también nos remitimos a estos[19]. Lo que importa ahora es concentrarse en un perfil ilustrativo del problema, el relativo a la retórica del gobierno, a su excedente especulativo, a su desborde irreal respecto a lo que acontece. Este es el tema, que aunque no sea de fondo es importante. Si el gobierno, sobre todo su ideólogo, mantuvieran el discurso sólo en lo que efectivamente hacen, en el reformismo, si no se embarcarían en la especulación, que también es una mentira, diciendo que ya estamos en el Estado plurinacional, comunitario y autonómico, que se ejerce la democracia participativa y comunitaria, que se consolida el bien común, pretendiendo que se tiene una base comunitaria como núcleo de las políticas públicas, cambiaría el lugar de la discusión. Quizás esto sería más saludable.

Un argumento sostenible, aunque no estemos de acuerdo; empero, con el que se tiene que tener una consideración a partir de la exigencia de objetividad, es el que sostiene que no es posible ni viable una radicalización del proceso, que lo importante es sostener modificaciones paulatinas, graduales, para prolongar el “proceso de cambio”. Que lo que se hace es lo que se puede. Que para comenzar a construir el Estado plurinacional, primero, tenemos que concluir lo pendiente, lo faltante en el Estado-nación. Este es un argumento fuerte, aunque no estemos de acuerdo. La discusión se traslada a otro terreno, al terreno de lo posible. Ya no se discute lo que dice hacer el gobierno y, en verdad, no ocurre eso, pues esa pretensión no es más que una grotesca impostura.

 Hipotéticamente, si fuera este el caso, si la discusión fuera ésta, hagamos un ejercicio: Supongamos que este argumento realista es válido, tiene razón. No se puede ir más lejos ni más rápido, las condiciones de posibilidad histórica lo impiden. ¿Cómo respondemos ante semejante argumento?

 

Respuesta

 

¿Qué es lo posible? ¿Es lo que se puede hacer, considerando las circunstancias? ¿Es lo que considera el realismo que es posible como “realmente” posible? Esto no es hablar de lo posible, sino de la continuidad de lo real, en los cánones del tiempo-cronograma, del tiempo institucionalizado. Lo posible es lo que anida en el espesor del momento, dependiendo de la voluntad para hacerlo emerger. Lo posible, por más paradójico que parezca, es la utopíaUtopía realizable por el gasto heroico, que se enfrenta a la realidad y a la historia. Lo posible es la creación de la potencia social.

Ahora bien, esto puede parecer teórico y hasta romántico, doblemente utópico. Es cierto; empero, la cuestión es que, en determinadas circunstancias, esta utopía se hace posible, emerge de la matriz de la “realidad” efectiva. Esto ocurre cuando acontece masivamente el gasto heroico, la rebelión contra la realidad y la historia, la rebelión contra el destino, contra la fatalidad.  Con esto llegamos a un núcleo, si podemos hablar así, del problema. La “realidad” no es real, es una construcción institucional. No conocemos lo que es, eso que la filosofía ha reducido al concepto esencialista de ser. Lo que si podemos comprender es que cuando nos proponemos colectivamente a cambiar, a crear, la llamada “realidad” cambia. A esto se ha llamado, en la modernidad, “revolución”.

Entonces el problema está en lo que quieren hacer las colectividades. El mundo cambia cuando quieren las colectividades cambiarlo. Es demasiado restringido, demasiado conservador, decir que lo que es se reduce a lo que conocemos, a lo que parece seguro, desechando la audacia y los riesgos. Lo que es hay que crearlo, lo que es, es lo que creamos. No se puede renunciar a crear, a inventar, sin renunciar a la vida misma, que es precisamente eso, potencia, creación, invención. El Estado, entendiendo que es la sociedad, conformada en todo su conservadurismo, en toda su vulnerabilidad, en todo su anhelo de seguridad y de estabilidad, es el mecanismo, el procedimiento, la estrategia y el aparato descomunal para inhibir la capacidad creativa de la sociedad, manteniéndola en los reductos conocidos.

Bajando, como se dice popularmente, es decir, ubicándonos en el objeto de la discusión, lo posible en el “proceso de cambio” boliviano es lo se puede crear, lo que se puede inventar, teniendo en cuenta el horizonte abierto por la Constitución, que no es otra cosa que el horizonte abierto por el poder constituyente, los movimientos sociales. Empero, lo posible se hace posible cuando la colectividad, como integración de voluntades, lo quiere. Tal parece que la colectividad lo quiso durante las jornadas del 2000 al 2005; pero, ahora, no parece quererlo. El conservadurismo de gobierno, en parte responde, al conservadurismo actual de las y los que podrían formar parte de los movimientos sociales presentes.

Nuestra respuesta, hay que reconocerlo, tiene sus condiciones y sus límites. Teóricamente puede ser sugerente, aperturante, adecuado; empero, si la mayoría, usando este término democrático, no quiere y prefiere la seguridad del momento, lo posible no es posible. Eso es lo que parece pasar ahora.

En estas condiciones, si fuesen ciertas, pues no se sabe, pues el pueblo actúa pasionalmente en los momentos de congregación de voluntades heroicas, qué es lo que queda. ¿Hacer lo mismo, es decir renunciar?  Esto sería grave, pues sería una aceptación general, absoluta, de la impotencia. En la historia, se ha mostrado que ocurre algo interesante, inquietante, cuando se da una depresión generalizada o un conservadurismo generalizado, si se quiere, un conformismo generalizado; cuando ocurre esto, siempre se da, por otro lado un radicalismo, un inconformismo, el germen de una nueva subversión. Hoy asistimos a una nueva subversión de la nueva generación de luchas sociales; los zapatistas continúan con su utopía autonómica, implementada en las comunidades de la selva lacandona. El germen de la subversión de la praxis renace en los jóvenes heterodoxos, que reclaman el derecho a una educación de calidad, como bien común; en los jóvenes y pueblo indignado, que exige un transporte gratuito; en los pueblos despojados, que se levantan contra la dominación del sistema financiero internacional; en los pueblos indígenas que se oponen a los proyectos extractivistas, defendiendo sus territorios y la madre tierra. Estos contrastes alientan, pues nos muestran los ciclos de las luchas sociales. Es indispensable seguir, decir, ¡La lucha continua!

El mapa, usando esta metáfora cartográfica, del acontecimiento, configuración adecuada para expresar lo que vivimos en términos de espacio-tiempo, es amplio. Supone distintos estratos y sedimentaciones. Nada es homogéneo ni puro, el acontecimiento es plural y profuso; hay momentos o lapsos del acontecimiento que pueden estar compuestos por una candente efusión que empuja a transformaciones generalizadas; empero, también se dan situaciones donde prepondera un clima más templado, cuando se prefiere el ritmo de la calma. En este mapa, siguiendo con la representación cartográfica, la distribución de la configuración contiene de todo; es decir, se da lugar a una conjunción no solamente de diferentes tendencias, sino también de diferentes funciones. La tendencia radical, usando una expresión conocida y popularizada, sin discutir si es o no adecuada, cumple una función, dejar abiertas las puertas de la utopía, de la creación, de lo imposible en la matriz de lo posible. Esta es la razón, que en los momentos más grises, que no corresponden al nuestro, al vivido por los bolivianos, aparece siempre el anuncio de un nuevo día, de un nuevo horizonte, por más delirante que parezca.

Bajo estas consideraciones, en esta perspectiva, no se puede aceptar el papel de jueces. Los que juzgan a los “pecadores” por haber roto los mandamientos. Esta perspectiva moralista es la expresión más extrema del poder y la violencia contra la condición humana. El juez es la manifestación del terror que se siente ante lo desconocido, es un acto de castigo y disciplinamiento en contra de lo que se considera es una desmesura de la misma humanidad compartida.

¿Cuál es el papel? La crítica, la saludable y necesaria crítica, que forma parte de los campos de luchas, en las entrañas mismas del “proceso”. No juzgar, sino interpelar, convocando al ajayu, a la qamasa, de las singularidades subjetivas, de las composiciones comunitarias y colectivas. Si la convocatoria no es escuchada en el momento, si no es viable la asamblea, la deliberación y el consenso, no es señal que no es posible, sino que no hay condiciones “objetivas” y “subjetivas”, como antes se decía, para que esto acontezca ahora. Sin embargo, la tarea de la crítica es mantener el fuego encendido para cuando haya que incendiar la pradera, recurriendo a la metáfora de Mao Zedong, tan conocida.     

         

 

El dedo en la llaga

 

Yendo a las trayectorias de vida, al detalle secuencial del evento presente, en este caso, de la asonada de suboficiales, es menester detenerse en la mecánica de la reproducción de clases sociales, no solamente en la estructura de reproducción, sino en las historias concretas. ¿Qué es lo que pasa? ¿Quiénes son los suboficiales que se revelaron al régimen colonial de las Fuerzas Armadas? Ciertamente no se puede generalizar; sin embargo, es indispensable contar con algunos itinerarios, para poder comprender, de manera específica lo que ocurre. La mayoría de nuestros jóvenes no se encuentran en condiciones de competir en el ingreso de las universidades, así como resulta difícil responder a los exámenes de las normales, tampoco es fácil ingresar al Colegio Militar; entonces recurren a otras alternativas. Escuelas técnicas, que deberían ser, más bien, las más valoradas y apoyadas; sin embargo, no es así. También escuela de suboficiales, otras opciones de formación, para afrontar las exigencias de la vida[20]. Por otra parte, en el caso de que todos podrían competir, en equivalentes condiciones, tampoco habría cupos suficientes para que accedan los que cumplan con las condiciones institucionales. ¿Dónde radica el problema; la génesis del problema? 

Yendo directo a uno de los factores generadores del problema, se puede decir que es el sistema educativo el generador de esta deficiencia y falencia de la mayoría de los bachilleres. El sistema educativo, no solo por las inequidades en las opciones, sino por la lamentable formación fiscal, tanto urbana como rural, mucho más en este último caso[21]. No se resuelve esta diferencia con la unificación artificial de la educación en un solo sistema, descartando la división administrativa y rural. Menos se puede reducir la cuestión a un problema administrativo; es un problema estructural. El sistema educativo se ha convertido en un espacio que garantiza trabajo seguro, sueldo garantizado y beneficios, por más bajos que sean, pues tampoco los y las maestras ganan como corresponde. Lo que no se tiene es garantizada la vocación de los y las maestras. Tampoco se les dio la oportunidad de una formación adecuada, para afrontar, en su debido momento, la pedagogía requerida, la transmisión de conocimientos, la educación integral y especializada. La responsabilidad educativa, los desafíos contemporáneos de la formación, no son las preocupaciones relevantes ni del gobierno ni del magisterio. El gobierno busca controlar el magisterio, el magisterio busca resolver y lograr materializar las demandas gremiales, que ciertamente son justas. Sin embargo, por más justas que sean, la educción y la formación no se circunscriben a las demandas laborales.

Estamos ante un círculo vicioso. No hay estrategia educativa y formativa de parte del Estado, a no ser que se crea que la manipulada Ley Avelino Siñani y Elizardo Pérez y su reglamentación derivada sea una estrategia. La Ley ha quedado en enunciados descolonizadores e interculturales, contradichos en los artículos operativos; peor aún, ha quedado circunscrita en la práctica educativa implementada, que es sustancialmente la misma que la anterior, salvo el cambio de nombres. El cambio de la malla curricular habla de ello; más que un cambio de contenidos se trata de un cambio de nombres. Fuera de esta falencia, lo que se da efectivamente es la preservación de una herencia educativa carente de presupuesto, de infraestructura, de logística, de actualización y de interculturalidad. Lo que prepondera es la provisionalidad en la aplicación de la Ley Educativa. No se han resuelto los problemas heredados, no se atienden a los desafíos de la Constitución; se opta por la demagogia, ocultando con la propaganda las graves falencias.

En contraste, las expectativas de los jóvenes crecen, más aún cuando se sienten en un periodo prometedor. Cuando no pueden acceder a las opciones seleccionadas, recurren a todos los medios, incluyendo la protesta, las marchas y los bloqueos para lograrlo. Están en su derecho pues el Estado debe garantizar su educación y formación, tal como establece la Constitución. El tema es cumplir con estos derechos, efectivizar el mandato constitucional; obviamente no hacerlo de manera demagógica, como lo hace el Ministerio de Educación,   prebendalizando la relación con el magisterio. Acudiendo al montaje de la actualización, al escamoteo en formación docente, y al teatro de la pretendida descolonización, entregando títulos “nobiliarios”, que avalan licenciaturas y posgrados en los papeles, cuando los cursos dejan mucho que desear. Este autoengaño complica la situación; las supuestas transformaciones se dan en los papeles; empero, se mantienen las viejas prácticas de aula y la enseñanza deficiente. Muy lejos de la descolonización efectiva.

Es en este panorama donde se da la rebelión de los suboficiales. Este panorama sumado a las estructura institucionales mantenidas, hacen de contexto y clima a la asonada de los suboficiales. El problema entonces no atinge sólo a la institución de defensa del Estado, las Fuerzas Armadas, sino al mapa institucional del Estado, particularmente al mapa institucional del campo escolar, educativo y formativo. Las transformaciones institucionales requeridas y establecidas por la Constitución deben darse integralmente en el espacio de la malla institucional del Estado. En lo que respecta a la descolonización en el campo escolar, la transformación estructural exige la conformación de un sistema educativo integral, transversal a todo el campo social; un sistema integral que opere técnicamente en la des-constitución de sujetos subalternos y en la constitución de sujetos emancipados. Esta perspectiva constitutiva de subjetividades y de sujetos comprende el cometido fundamental en la descolonización del sistema educativo.

Entonces si partimos del sistema educativo integral, como sistema de apoyo constitutivo de las subjetividades emancipadas, no se puede mantener la estructura y la composición del campo escolar; esta integralidad educativa requiere del desplazamiento hacia articulaciones dinámicas de los campos sociales. Articulaciones que restituyan, en las sociedades humanas, las condicionantes iniciales de los ciclos de la vida. En pocas palabras, se trata de integrarse a la vida, así como valorar la vida, dejando la “ideología”, la institución imaginaria y los fetichismos que la acompañan. El sistema educativo se convierte en el gran activador de las memorias sociales. El sistema educativo aporta en la formación continua en todas las composiciones sociales, en todas las organizaciones sociales, en todas las estructuras de la sociedad. Apoya en la resolución de problemas y en las decisiones políticas. El sistema educativo integral convierte a la sociedad no en un sistema productivo, sino en un sistema de vida, en sistema de aprendizajes de las experiencias sociales, de sistematización de las experiencias, de sistematización de las memorias sensibles, apuntando a la creatividad constante. La producción es parte de las respuestas en los contextos de las reproducciones vitales.

Pasando a temas técnicos, esto quiere decir que, la inversión primordial, tomando en cuenta el presupuesto del Estado en transición, es la inversión educativa, no así, la inversión productiva, mucho menos, el gasto rentista, asistencial. En otras palabras, la inversión educativa es la mejor inversión productiva, en el mediano y largo plazo. Visto de esta manera, la tarea primordial de un gobierno “revolucionario” es la inversión educativa. Esto exige la extensión completa del sistema educativo integral en la configuración de la formación social y del Estado en transición. Exige también la transformación estructural, institucional y conceptual del sistema educativo heredado; sistema disciplinario y moderno.  No solo de las prácticas educativas, de las mallas curriculares, sino también de la arquitectura misma del sistema educativo. Lo que implica también la transformación de las tradicionales formaciones de maestros y docentes, acudiendo a formaciones que liberen capacidades creativas y vocacionales. Quizás la selección de maestros y maestras deba ser la más cuidadosa, pues requiere de entrega y vocación. Esta demás decir que este estrato social no puede verse ante la contingencia de necesidades económicas y la obligación de reivindicaciones gremiales. La tarea que les compete es estratégica. Este es un tema que debe ser tratado como cuestión de Estado en transición; es uno de los temas que debe estar resuelto, independientemente de las contingencias coyunturales, periódicas, políticas.

Hay temas de Estado en transición que deberían estar definidas, acordadas, consensuadas, independientemente de los gobiernos de turno. Entre estos temas estratégicos se encuentran las políticas sobre los recursos naturales. La Constitución establece que los recursos naturales no pueden ser mercantilizables y están destinados al vivir bien. Los recursos naturales no pueden ser reducidos a materias primas, no pueden ser cosificados como objetos de producción, menos de la acumulación capitalista. La relación con los recursos naturales debe formar parte de la eco-producción, de la eco-industrialización y de la eco-tecnología. Esta es la manera de cortar con la condena de la dependencia, condena que reitera la colonialidad económica a partir del modelo extractivista. Ningún gobierno tiene el permiso de afectar esta política de Estado en transición.

El sistema educativo integral debe, entonces, preparar profesionales y técnicos, para su desempeño en la eco-producción, eco-industrialización y eco-tecnología, fuera de científicos en estos campos, fuera de administradores en estos espacios, fuera de teóricos que agudicen en la interpretación de estas experiencias y sus vinculaciones con los ciclos vitales.

Otro tópico estratégico tiene que ver con la construcción del sistema de gobierno de la democracia participativa. Ciertamente no es fácil pasar a este sistema de gobierno participativo; se requiere de transiciones transformadoras de las condiciones socio-políticas heredadas. La única manera de construir este sistema participativo es de manera participativa. Haciendo participar a la gente, a las comunidades, a las organizaciones sociales, a las poblaciones territoriales, a los pueblos, a los individuos. No se puede construir un sistema de gobierno de la democracia participativa sin la participación de la gente.

El sistema educativo integral puede colaborar en el apoyo a la gente, a los grupos sociales, a los individuos, a las comunidades, a las organizaciones sociales, a las poblaciones territoriales, en la preparación en temas que debe manejar la participación. Temas diversos, pues atingen a las políticas públicas, a los problemas sociales, a los problemas políticos, a los problemas económicos, a los problemas culturales.

Otro tópico estratégico es la integración continental.  El Estado plurinacional es tal no sólo respondiendo a una transición que toma en cuenta las condiciones plurales de naciones, pueblos y culturas del país, sino también porque se proyecta a la integración de los pueblos del continente, por lo tanto a la constitución de la patria grande. Los problemas de las emancipaciones y las liberaciones múltiples no se resuelven en un país, sino en el conjunto de países del continente, por lo menos partiendo del subcontinente, Sur América. La transición del Estado plurinacional empuja a la Confederación de pueblos del continente. Hay que hablar pues del Estado Plurinacional también continentalmente, efectuando la geografía emancipadora de Milton Santos.

Hay pues, como se puede ver, grandes diferencias histórico-políticas y geográficas entre El Estado-nación y el Estado Plurinacional. No es pues la comunidad imaginada de la nación la que se recrea en las condiciones del Estado plurinacional. Estamos ante el despliegue de otro imaginario. Como no tenemos la experiencia del Estado Plurinacional, pues nos mantenemos en la institucionalidad del Estado-nación, podemos conjeturar que se trataría de un imaginario que valoriza no la homogeneidad ni unicidad, sino la complementariedad articulada de lo múltiple, la confederación conjugada de los pueblos. El sistema educativo integrado tiene que encarar el proceso instituyente de este imaginario del juego de las complementariedades y de la confederación conjugada de los pueblos; no de la nación.

Quedándonos, por de pronto, con estos temas, el de la concepción no-mercantil de los recursos naturales, que suponen relaciones no cosificantes de los recursos, el de la eco-producción, de la eco-industrialización,  de la eco-tecnología, el de la democracia participativa y el de la integración, vemos que las transformaciones del campo escolar, del sistema educativo heredado, exige contenidos concretos, no generales. La descolonización como desmontaje de los dispositivos de poder que se encarnan en los cuerpos, no es una tarea discursiva, ni de cambio de nombres; la descolonización no es una tarea abstracta ni general. La descolonización se efectúa desmontando diagramas de poder concretos, instituciones de la colonialidad heredadas, actuando sobre órdenes de relación, trastrocando estos órdenes y relaciones, desplegando prácticas liberadoras.  Estos tópicos no son los temas ni la preocupación de la reforma educativa del gobierno popular.

La asonada de los suboficiales devela nuevamente que nada ha cambiado, que la malla institucional del Estado-nación sigue intacta, que el sistema educativo, incluyendo a universidades, colegios militares, de policías, escuela de suboficiales, no ha cambado. Se trata de la misma reproducción del poder, sólo que acompañada de otro discurso; se trata de la misma ceremonialidad de poder, sólo que efectuada con otros símbolos y colores. Se trata de la misma colonialidad, sólo que ahora efectuada por “indígenas” y “revolucionarios”.

Las crisis son al mismo tiempo una gran oportunidad para resolverlas, pues hacen visible los nudos problemáticos que la generan. Sin embargo, esta oportunidad es aprovechable si se da una condición fundamental, la voluntad o el conglomerado de voluntades para hacerlo. Esto es precisamente lo que falta en el gobierno reformista. A preferido llenar este vacío con el fácil recurso de la propaganda y publicidad, como si este recurso pudiera sustituir la ausencia de esta condición de posibilidad histórica de carácter subjetivo; no puede hacerlo. Sencillamente se trata de un autoengaño institucionalizado. La opción gubernamental es la opción de la época, la simulación.     

 

Estado-nación versus Estado plurinacional

 

 

¿Qué es lo que está en juego en la asonada de los suboficiales y en la respuesta represiva del gobierno? Como en otros casos, como en el conflicto del TPIPNIS, lo que se enfrentan es el Estado-nación y el Estado plurinacional; aunque el primero es la institucionalidad de la colonialidad que se niega a desaparecer, aferrándose con todo, para persistir y continuar; en tanto que el segundo, es apenas un germen, un proyecto, que anida en la Constitución y en los colectivos sociales que luchan por que se den las transformaciones estructurales e institucionales establecidas en la carta magna. En el TIPNIS el Estado-nación declaró la guerra al Estado plurinacional, al germen del Estado plurinacional, declarando también la guerra al proyecto constitucional. ¿A qué se opone el Estado-nación? A la descolonización.

El Estado-nación, dispositivo político de la colonialidad, se opone a la descolonización, pues esta deconstrucción implica la desaparición del Estado-nación. Las bases del Estado-nación radican precisamente en la homogeneización, en el equivalente general del ciudadano, individuo abstracto, que cuenta con derechos individuales, civiles y políticos; sin embargo, esta equivalencia general hace desaparecer a las naciones y pueblos indígenas, a las culturas resistentes, a la heterogeneidad lingüística y social. El equivalente general, el ciudadano, se estructura en la economía política colonial, economía política que diferencia hombre negro de hombre blanco, hombre indio de hombre blanco, hombre de color de hombre blanco, diferencia efectuada sobre la matriz de género, la diferenciación hombre de mujer. La dominación colonial es también, al mismo tiempo, dominación patriarcal. El equivalente general, el individuo abstracto, el ciudadano universal, es pues el hombre blanco. La modernización consiste en parecerse a este arquetipo colonial.

Los derechos conquistados en la historia del Estado-nación, derechos sociales, derechos de trabajo, derechos democráticos, no terminan de efectuarse, pues se pronuncian en el espacio indeterminado del equivalente general, el individuo, el ciudadano; no se dan en los espesores abigarrados, plurales, heterogéneos, de las territorialidades sociales y formaciones sociales concretas. La herencia colonial se transfiere de las administraciones coloniales a los Estado-nación, después de las independencias. Hablamos de estados que se construyen sobre cementerios indígenas. Hablamos de estados que tienen como proyecto democrático la mestización; es decir, la desaparición de los pueblos indígenas, y aunque parezca paradójico, la desaparición de las mezclas dinámicas dadas, pues el mestizaje de los Estado-nación es un mestizaje abstracto, el perfil del individuo y ciudadano concebido como síntesis de las culturas, culturas también sometidas a la estatalización, sintetizadas en la cultura moderna.

La Constitución interpela la composición colonial del Estado-nación, cuestiona el mito de la modernidad, cuestiona el mito del mestizaje abstracto, develando la composición plural efectiva de las formaciones sociales, de la sociedad heterogénea. La Constitución deja en claro que la profundización democrática, la realización efectiva de los derechos democráticos, sólo pueden materializarse mediante la descolonización. Esta deconstrucción histórico-política emancipa la pluralidad frente a la representación homogénea, liberal la potencia social, la riqueza heterogénea de lo diverso. La descolonización restituyen los derechos conculcados de las naciones y pueblos colonizados, dando lugar a integraciones efectivas, opuestas a la institución imaginaria de la nación, haciendo evidente las naciones posibles. El Estado-plurinacional es la transición descolonizadora hacia sociedades autogestionarias y auto- determinantes; a sociedades compuestas e incrementadas, que se integran a través de complementariedades y solidaridades. En Bolivia el Estado Plurinacional se constituye sobre las matrices culturales y civilizatorias de las naciones y pueblos componentes de la sociedad heterogénea, incluyendo los mestizajes concretos. Esto equivale a pasar de la institucionalidad homogénea, disciplinaria, disciplinaria, moderna, al pluralismo institucional, abierto a composiciones creativas; pasar al pluralismo jurídico, pluralismo administrativo, pluralismo de gestiones.

Uno de los lugares neurálgicos de la activación de la condición plurinacional del Estado en transición es la institución defensa del Estado-nación, las Fuerzas Armadas. Esta institución de emergencia del Estado es el crisol del diagrama disciplinario, de la inscripción en los cuerpos de la docilización de las conductas y comportamientos. En Bolivia, como en los países andinos y amazónicos, es el aparato disciplinario por excelencia de la colonización interna, modulando los cuerpos su incorporación al Estado en condiciones de ciudadanos de la nación mestiza. El cuartel modula los cuerpos haciéndolos aptos a los requerimientos del mercado, de la producción capitalista, a los fetiches de la modernidad universal, de-culturizando, decodificando; por lo tanto, borrando la memoria larga de los pueblos, sustituyéndola por la memoria corta de la institución imaginaria del Estado-nación.

Sin embargo, a pesar del proyecto disciplinario del cuartel, los espesores corporales no desaparecen, se ocultan, se los destierra a las sombras; mostrando, en contraste, los perfiles modulados, uniformados, pretendidamente modernos. El ejercicio de poder disciplinario se tropieza con la manifestación de los cuerpos; cuando esto ocurre, se opta por la ejecución de discriminaciones, por la estratificación racial institucionalizada, por jerarquizaciones patriarcales. La asonada de los suboficiales pone en evidencia estos procedimientos coloniales en el dispositivo por excelencia disciplinario, el cuartel. Acudiendo al pliego petitorio de los suboficiales, en realidad, el pedido explicito es modesto; que no haya oficiales de primera y de segunda, que se los considere oficiales técnicos, que puedan acceder a equivalentes beneficios y servicios. Sin embargo, incluso ante esta demanda modesta el gobierno y la jerarquía institucional de las Fuerzas Armadas han reaccionado represivamente, dando de baja a más de setecientos suboficiales.

De todas maneras, a pesar de la demanda modesta explícita, la misma pone en evidencia la crisis profunda de las Fuerzas Armadas y del Estado-nación, que se niega a desaparecer. Las Fuerzas Armadas son un dispositivo de la colonialidad reiterativa. Es un aparato de la colonización interna, que no solamente modula los cuerpos, sino también, marca, hendiendo en ellos la historia política colonial, inscribiendo en ellos discriminaciones, violencias minuciosas, detalladas, raciales. ¿Cómo se puede construir un Estado Plurinacional a partir de la permanencia de la malla institucionalidad de la colonialidad?

Nuevamente estamos ante la manifestación elocuente de las contradicciones profundas del llamado “proceso de cambio”, ante los contrastes evidenciados entre el discurso gubernamental y las prácticas efectivas, ante grotescas simulaciones de un gobierno y los órganos de poder del Estado, que se nombran como plurinacionales, en tanto que en la práctica niegan la condición plurinacional de la formación social.

La respuesta oficial del gobierno es recurrir a la Ley de las Fuerzas Armadas cuestionada, puesta en duda, deslegitimada por la Constitución. La medida represiva gubernamental de las centenas de bajas de suboficiales se sostiene sobre la argumentación de la subordinación y la obediencia disciplinaria, cláusulas que corresponden a la institución armada del Estado-nación. Este discurso se invalida inmediatamente ante la estructura normativa y conceptual de la Constitución. En todo caso, los suboficiales hablan desde el proyecto de una nueva institucionalidad, aquella que establece la Constitución. Las bajas dadas por la jerarquía del ejército y por el gobierno no son legítimas desde la composición jurídico-política de la Constitución. La demanda de los suboficiales es legítima. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                 

Incertidumbres y vicisitudes políticas

 

El dilema para el tipo generalizado de político es ¿cómo conservar el poder? El problema para una coyuntura política, en un periodo descendente, si se puede hablar así, conservando la analogía con el comportamiento de los ciclos medios económicos, propuestos por Nikolái Dmítrievich Kondrantieff, es como volver a encontrar un punto de inflexión que convierta la curva descendente en una curva ascendente. El tema crucial de un partido gobernante, más si es un gobierno progresista, es ¿cómo evitar quedar atrapado en la mirada del espejo del poder? Mirada que lo desconecta de la “realidad”, le hace creer que la “realidad” es la imagen que tiene de ella el poder, que no es otra cosa que una perspectiva vista desde el palacio. Si no se resuelven estos problemas, incluyendo la obsesión del político por preservarse en el poder, el decurso probable es el del desgaste cada vez mayor, mayor vulnerabilidad ante las contingencias, sobre todo por asentarse en fuerzas internas cada vez más corroídas.

La coyuntura política por la que pasa Bolivia es particularmente complicada.  Un “proceso de cambio” en crisis, plagado de contradicciones, a pesar de sus reformas. Una segunda gestión de gobierno de carácter, mas bien, regresivo, en contraste con la primera gestión de gobierno. La paradoja es que la primera gestión no contaba con la Constitución, en cambio la segunda gestión sí. En la primera gestión se convoca a la Asamblea Constituyente y se nacionalizan los hidrocarburos; en la segunda gestión se incumple con la Constitución, a pesar de contar con los 2/3 del Congreso. Gobernantes, cuya psicología Narcisa y engreída los enajena, cada vez más alejados de una lectura adecuada de la “realidad”, cada vez más apegados a la ilusión de su propia propaganda. Una segunda gestión donde preponderan errores crasos, como la medida del “gasolinazo”,  el conflicto del TIPNIS, la represión en Chaparina, cooptación indiscriminada, sin institucionalidad, de los Órganos del Estado, cooptación descomedida de todas las dirigencias sociales, sin darles espacio para su propia autonomía, autogestión y deliberación. Una política exterior sin rumbo, salvo los conocidos chauvinismos de todos los gobiernos. Lo de la defensa de la madre tierra quedó atrás; el último gesto, en esta perspectiva, fue la contra-cubre de Tiquipaya.  Entrega cada vez más notoria a la dependencia de las empresas trasnacionales, en minería y en hidrocarburos, a pesar, que en este último caso, se los nacionalizaron. Un desborde de excesos electoralistas, que imprimen un sello artificial al llamado proceso de cambio, dejando de lado la evaluación “objetiva” de lo que ha acontecido y de lo que acontece. Todo esto, errores garrafales, en política, encubiertos por una compulsiva y descomunal propaganda y publicidad, como si estos recursos comunicacionales pudieran cambiar los hechos, los eventos y los sucesos.

La particularidad de la coyuntura radica no tanto en que está teñida por el ambiente electoralista, sino que el gobierno ya comienza a enfrentar un cierto reagrupamiento de la llamada “derecha”, además de un “centro”, y sobre todo de una ofensiva retomada por los dispositivos de intervención del orden de dominación mundial. Esto último no tiene nada que ver con el esquematismo repetido del “antiimperialismo” del siglo pasado, discurso mecánico con el que pretenden legitimarse los regímenes progresistas, a pesar de sus contradicciones, ungiéndose con el fantasma de antiguas luchas heroicas contra el imperialismo real de entonces. Esto último, la intervención de los dispositivos de dominación, tiene, mas bien, que ver con el aprendizaje de los dispositivos mencionados, de las lecciones aprendidas por éstos, de las revueltas, rebeliones, levantamientos y movilizaciones populares contra el proyecto de despojamiento y desposesión neo-liberal. Las convocatorias de las resistencias a los gobiernos progresistas, como en el caso de Venezuela, tienden a ser masivas, debido, no tanto a la conspiración, como a las contradicciones de los gobiernos progresistas y sus inconsecuencias.  Las convocatorias de las resistencias a los gobiernos autoritarios, como en el caso de la “primavera árabe”, han sido multitudinarias. No se puede explicar estas movilizaciones, de ninguna manera, por la intervención foránea, aunque la haya habido. Ocultar los núcleos de las crisis no ayuda en nada a comprender la mecánica de las fuerzas en juego en estas crisis políticas.

En cierto sentido, la geopolítica de dominación del orden mundial es nueva, debido a este aprendizaje. La simulación de “revoluciones”, de revueltas y movilizaciones, otorgándoles un carácter anti-autoritario, por lo tanto “democrático”; revueltas, “revoluciones” y movilizaciones que no se inventan,   pues son generadas por el descontento de la gente y por las contradicciones de los procesos en cuestión. La intervención no está en inventar estos sucesos, no podrían hacerlo, está en participar en ellos, buscando un desenlace propicio a sus intereses. Para enfrentar este tipo de intervención no sirve para nada recurrir al viejo discurso “anti-imperialista”, de un “imperialismo” que ya no está, aunque haya dejado su fantasma. Lo importante es visualizar las transformaciones del imperialismo, su nueva estructura de funcionamiento, su carácter histórico en el presente, su relación categórica con el sistema financiero internacional y las trece mega-empresas trasnacionales extractivistas. Lo indispensable es comprender su fisonomía política actual, el proyecto de poder inherente, la participación en este orden mundial del capital de las nuevas potencias emergentes, sin caer en el ingenuo discurso de que son las nuevas potencias que disputan al “imperialismo” la hegemonía, sin ver que forman parte del imperio, cuya estructura se fortalece con su participación.

La intervención de estos dispositivos no se la combate negando la “realidad”, negando que hay descontento, que hay contradicciones, que hay movilizaciones, sino aceptando estas manifestaciones como expresiones sociales de la crisis política. La habilidad consiste en separar lo que corresponde al descontento social de lo que corresponde a la intervención, que puede ser mediática o adquirir un tono más directo. El reconocimiento de que hay problemas ayuda a avanzar en su resolución. Los conflictos sociales no se resuelven con represión, ni con la estigmatización de la movilización; se los resuelve buscando desvanecer las causas del conflicto, buscando soluciones de consenso. El aprendizaje político es permanente, la adecuación a la coyuntura y nuevas circunstancias debe ser continua; cerrarse a esta flexibilidad es como decir lo que sé ya es todo, eso basta; las verdades que manejo son las últimas, definitivas. Todo lo que contradice estas verdades es reaccionario y debe ser descartado. Cuando se tiene este tipo de actitudes es como anunciar el comienzo del fin. Se anuncia el crepúsculo de un régimen que ya no quiere aprender nada, tampoco quiere adaptarse a las exigencias de la coyuntura.

La aparición de Gonzalo Sánchez  de Lozada en la televisión, respondiendo a una entrevista, reconociendo errores, confesando presiones, concluyendo que él prefirió renunciar a enfrentar una guerra civil, es sintomática, en esta coyuntura. Una coyuntura signada además por las denuncias del ex-fiscal Soza, del oficial Ormachea, por la fuga del ciudadano estadounidense Jacob Ostreicher y del senador Roger Pinto. En un momento cuando sale a relucir que la operación en el Hotel de las Américas en Santa Cruz de la Sierra, contra el supuesto grupo terrorista y separatista, fue un montaje sangriento. Independientemente de las conexiones de este grupo con los empresarios cruceños o, en su defecto, con el gobierno. A esta situación pavorosa hay que añadirle la extensión dramática de la economía política de la cocaína. No es pues casual esta aparición, teniendo en cuenta la proximidad de las elecciones.

Las hipótesis de los escenarios pueden ser variadas; empero, interesa, especulativamente, hurgar en alguna. Desde la caída del ex-comandante de Policía René Sanabria hasta la detención del oficial ex-jefe anticorrupción de la Policía boliviana Fabricio Ormachea, los dispositivos de inteligencia cuentan con información, que sea de un tipo o de otro, sea o no verificada, puede ser usada en contra de un gobierno progresista. ¿Qué hay entre manos? ¿Qué es lo que saben? ¿Cómo usaran esta información antes de las elecciones? En otras palabras, el problema no son los frentes que contiende el MAS, para las elecciones, fuera de ser el MAS también parte del problema, sino esta ofensiva de los dispositivos de dominación del orden mundial.

Para dibujar una figura ilustrativa, el proceso de cambio, que no es ninguna persona, ni sujeto, como suele confundirse, sino un acontecimiento, se encuentra abandonado a su propia suerte; vagando entre las corrientes de la turbulencia política, en la composición de una trama ya contada. Un proceso de cambio no asumido por el gobierno progresista, salvo demagógicamente o en el festejo simbólico de transformaciones ausentes; un proceso de cambio en crisis, que si no ha muerto ya, enfrenta la ofensiva de los dispositivos internacionales frente a los gobiernos progresistas de Sur América.

Obviamente, la defensa de estos “procesos de cambio” no se encuentra en la estridente retórica de gobiernos progresistas, que dicen enfrentar el “imperialismo”, cuando no pueden ocultar sus contradicciones ni sus alarmantes corrosiones y corrupciones.  Menos en la opción violenta de la represión. La defensa de estos procesos se encuentra en la crítica, en la movilización crítica, en la lucha contra esta ofensiva internacional, acompañándola con la  lucha contra la burocracia, la demagogia, la impostura, la suplantación del proceso de cambio por un gobierno que usa su nombre para limitar los alcances del mismo, sino es para hacerlo desaparecer, convertido en figura retórica. 

La defensa del proceso de cambio no radica en descalificar a los frentes de oposición como “derecha”, aunque lo sean, teniendo en cuenta que la nueva “derecha” ya es el gobierno. La defensa del proceso de cambio requiere resolver, en la encrucijada, los problemas, las contradicciones y los obstáculos que lo afligen. La defensa del proceso de cambio es su profundización. Esto requiere del desmontaje del poder, del Estado, de los aparatos de poder y la maquinaria estatal, aunque sea en forma de transiciones desiguales y combinadas; en unos casos más rápido, en otros casos más lento.  Lo que no se puede aceptar es seguir en la trampa, entrampados en la demagogia, en prácticas políticas sin escrúpulos, en costumbres políticas bochornosas reiteradas, además efectuadas a nombre del mismo proceso de cambio. Esta manera de actuar es la de sepultureros dentro de casa.

  

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La gobernabilidad tramposa

 

Dedicado a Pututu, agrupación política que apoyó las candidaturas de Marcelo Quiroga Santa Cruz, sobre todo a su programa de nacionalizaciones, cuando la UDP había renunciado a esta tradición nacional-popular, cuando el FRI, el frente de izquierda, también veía que no era el momento. A pesar que Domitila Chungara propuso también asumir un programa de nacionalizaciones, pero fue reprimida por los jerarcas del Partido Comunista ML, recordándole que la coyuntura no era para eso. Pututu se conformó con varias corrientes de izquierda, diseminadas por su propia crisis, después de la derrota de la Asamblea Popular. Había trotskistas, como Walter Milligan, que venía de las disidencias del POR, estaban radicales del proyecto guerrillero, como José Antonio Quiroga, que venía del PRT, estaban también trotskistas de la izquierda nacional (Grupo Octubre), como Juan Perelman, Pedro Susz y mi persona, que me adherí, después de mi distanciamiento del Grupo Octubre, al POR de Pie, otra disidencia del POR. Así mismo estaban Enriqueta Alzérreca Barbery, que venía de los grupos de estudios del POR, que dirigía Juan Pablo Bacherer, como también Pilar Prudencio, que buscaba, en plena alba juvenil, participar de la lucha política.

Pututo se deshizo cuando Marcelo Quiroga Santa Cruz invitó a ingresar a sus miembros al PS-1. Pututu había planteado puntos de discusión: La cuestión del partido, que, en ese entonces, todos entendíamos que era el partido bolchevique; la cuestión de la lucha armada o la insurrección; la cuestión de la transición, la combinación de las tareas democráticas-nacionales con las tareas socialistas; la cuestión de la formación, y la cuestión electoral. Marcelo propuso que esos temas se los discutan dentro del PS-1. Todos los miembros de Pututu ingresaron al PS-1, a excepción de mi persona, de Enriqueta y Pilar.  Los que ingresaron no pudieron resistirse; Marcelo era no solamente toda una referencia histórica intelectual y política, además de ética, sino también un exuberante orador, además de contar con una afabilidad seductora. Los miembros de Pututu tuvieron tareas importantes en el PS-1, formación de cuadros, el periódico Mañana el Pueblo y otras tareas estrategicas. La ventaja de Juan Perelman y Pedro Susz[22] era que podían articularse al eje constitutivo más importante de Marcelo, el devenir de las tradiciones fuertes de la episteme boliviana, la de la defensa de los recursos naturales, la cuestión nacional y un marxismo latinoamericano. No ocurría, como pasó con la otra izquierda que ingresó también al PS-1, que venía de tradiciones socialistas, incluso guerrilleras. La decodificación que hizo esta izquierda de Marcelo Quiroga Santa Cruz fue a partir de generalidades del socialismo, no desde la incumbencia de la dramática historia insurreccional nacional-popular y social.  Entonces dedicó este escrito a este grupo fugaz, que llegó a sacar un periódico, que se difundió rápidamente; el nombre del periódico era también Pututu, el título del primer número era sugerente: ¿Quién pagará la crisis?

 

 

El concepto de gobernabilidad se define significando la cualidad de gobernar, de la acción de gobernar.  Si se puede seguir usando la metáfora de la nave y las fuerzas del mar, podemos figurar gobernar como la conducción lograda de la nave, manejando las fuerzas que amenazan con hacerla naufragar.  Cuando ponemos el título de gobernabilidad tramposa queremos hacer hincapié en la ilusión de gobernar por medio de procedimientos tramposos. Lo que ocasiona esta ilusión o sus procedimientos teatrales es terminar hundiendo la nave, entregándola a las fuerzas que amenazan naufragarla.  No hay gobierno posible sustentado sobre métodos tramposos. El bluf, el engaño o, si se quiere, la astucia descomedida, sólo puede lograr su cometido, alguna que otra vez, en un tiempo perentorio. Del mismo modo, recurriendo nuevamente a la metáfora, no se puede engañar a la tripulación de la nave y a los pasajeros, no se puede “engañar” a las fuerzas que amenazan, a la carga transportada, por mucho tiempo; las artimañas de Ulises solo tienen un alcance ocasional. Tal cual el mensaje de Poseidón en la Odisea: Los humanos no son nada sin los dioses. Ulises naufraga; es recogido en la playa para ser ayudado por hombres y dioses, en constante disputa, a llegar a su añorada Ítaca y a los brazos de su amada.

La gobernabilidad tramposa es el conjunto de procedimientos, métodos, argucias, montajes, manipulaciones, chantajes, coerciones, que buscan, como en la prestidigitación, impresionar, afectar a los sentidos, agradando a los concurrentes, con un saludable juego de trucos. Una gobernabilidad traposa nunca va a poder sustituir a la gobernabilidad propiamente dicha, independiente de esta forma de gobernabilidad, pues no se gobierna las fuerzas con trampas. El engaño termina en un autoengaño, más peligroso aún, pues el prestidigitador ilusionado con su propia ilusión ya se encuentra desconectado de la “realidad”, de la que ya no tienen información fidedigna. El prestidigitador está “destinado” a naufragar creyendo que va por buena ruta; en estas condiciones es muy improbable que se dé cuenta de lo que pasa y de lo que ha ocurrido, incluso cuando se encuentre ya ahogado. 

Cuando se quiere llenar el vacío o la ausencia de transformaciones institucionales y estructurales por la publicidad desmesurada de cambios, es parte de los procedimientos tramposos. Cuando se opta por cambiar los nombres del Estado-nación llamándolo plurinacional, es parte del juego ilusionista. Cuando no se culminan nacionalizaciones, comenzadas con mucha pompa, es parte de las tareas parciales, dejadas en el camino. Cuando se esfuerza por demostrar el impacto del cambio por el crecimiento económico, reducido a la variación estadística, se manifiesta un fetichismo por las cifras, olvidando que las cifras son nada sin su sostén cualitativo. Si el crecimiento no es estructural, si no es material, si no connota una transformación de la matriz productiva dependiente,  no hay tal crecimiento sino en las cifras, que es el alimento ficticio de los estadistas, de los comentaristas y de los organismos internacionales; de ningún modo esto se transforma en alimentos para la población, cuya canasta familiar ha subido estrepitosamente, concentrándonos en el índice de precios de alimentos, no en el IPC del INE, que también es tramposo, pues se llena de tantas cosas la llamada canasta familiar, que el peso específico de lo que en lo que gasta el pueblo se pierde.   Cuando se dice que se va a hacer una carretera geopolítica que cruza el núcleo de un territorio indígena, a pesar de estar protegido por la Constitución y las leyes, se continua con la ampliación de la frontera agrícola, con el modelo extractivista y se apunta a la subordinación al IIRSA, digan lo que digan los voceros del gobierno. Cuando se efectúa una consulta espuria, tardía, impuesta, no informada, que no cumple con la estructura normativa y conceptual de la Consulta con Consentimiento, Previa, Libre e Informada, se recurre a la manipulación ostentosa, a la violencia física y simbólica del Estado. Cuando se efectúa una enumeración incompleta, que pretenden hacerla pasar como Censo de Población y Vivienda, sin contar con la actualización cartográfica, que es un requisito indispensable, una condición necesaria, destrozando, además, la parte de la boleta de comparación internacional, incorporando preguntas sin sostén metodológico, se está ante la más desvergonzada y patética muestra de irresponsabilidad. El censo “científico” sirve a todos, sobre todo al gobierno; particularmente al pueblo, con el objeto de la planificación integral y participativa. Cuando se declara discursivamente la pose “anti-imperialista”, mientras en la práctica se someten  a las determinaciones del sistema financiero internacional, el orden mundial imperial, siguiendo una política ortodoxa monetarista, entregando las reservas a bancos privados y los recursos naturales en concesión a las empresas trasnacionales, estamos ante una impostura, que hace pasar gato por liebre. Cuando se habla hasta desgañitarse de lucha contra la corrupción, mientras se cierra los ojos ante la extensión desbordante y la “democratización” popular y cupular del diagrama de poder de la corrupción, estamos ante quiebre ético y moral sin precedentes, que no puede ocultarse con imprecaciones oficiales. En fin, el conjunto de estas prácticas conforma y configura una gobernabilidad tramposa.

A toda esta lista de prácticas tramposas podemos añadirle la cooptación de dirigentes de organizaciones sociales, principalmente sindicales, por medio de procedimientos clientelares, prebéndales y de corrosión, separándolos del papel que deben cumplir como dirigentes y representantes sociales, convirtiéndolos dolosamente en los otros portavoces oficiales. También debemos añadir a la lista la práctica de sobreprecios en todas las obras públicas; pasando por la sobrevaloración de las carreteras; por el presupuesto de la construcción de viviendas, mayormente fantasmas; así como la insólita entrega de tierras a campesinos en Bulo Bulo, para después prácticamente comprarlas, indemnizándoles a buenos precios, para instalar la planta de fertilizantes, en un lugar muy lejos de la fuente de gas; de este modo  llegamos a los sobreprecios sobrecargados de las plantas separadoras de gas,  los sobreprecios de los satélites comprados a China y el sobreprecio del teleférico. La lista parece interminable; empero no se trata de ser exhaustivos, sino sólo ilustrar mediante la descripción de síntomas alarmantes de la extensión de prácticas corrosivas institucionalizadas, prácticas paralelas de apropiación indebida de fondos, que conlleva de suyo la despolitización absoluta. De todas maneras, pasando a otros rubros de la lista, habría que incursionar también en la subordinación del órgano judicial, la imposición de magistrados, cuando se perdieron las elecciones, ganando el voto nulo, lo que anulaba automáticamente las elecciones. En este camino, anotar la manipulación arbitraria de las leyes, la aprobación de leyes inconstitucionales, además de represivas, como las relacionadas a la criminalización de la protesta. En fin, estamos ante el despliegue proliferante de las formas prácticas de la gobernabilidad tramposa.

No se crea que este es un fenómeno boliviano; no lo es, pasa con todos los gobiernos “progresistas”, cada uno a su manera, con su propia historia, en sus propios contextos y con sus propias particularidades. Tampoco se crea que sea un fenómeno que sólo atraviesa a los gobiernos “progresistas”, sino que también pasa con las otras formas de gobierno; por ejemplo, las formas de gobierno llamadas neo-liberales. No solo pasa con los gobiernos del sur del sistema-mundo capitalista, sino también con los gobiernos del norte, de los países de los centros tradicionales del sistema-mundo capitalista. Ocurre que la forma de gobernabilidad tramposa se ha generalizado, adquiriendo formas peculiares locales y regionales; ocurre que los gobiernos han optado por la simulación, tratando de escapar con esta mimesis a las determinaciones de la “realidad”. Un ejemplo claro es la opción, proyectada mundialmente, por la valorización especulativa del capital, por la especulación financiera, por las llamadas burbujas financieras, que han llevado rápidamente a una crisis financiera y estructural del capitalismo, de connotaciones expansivas e intensivas demoledoras[23]. Refiriéndonos a los últimos gobiernos de Estados Unidos de Norte América, vemos que hasta ahora no se ha aclarado lo acaecido el 11 de septiembre; ¿Cuánto sabían los servicios de inteligencia? ¿Cuánto han dejado hacer, contando con la información? Tampoco se ha aclarado por qué se da el derrumbe pulverizador de las Torres Gemelas, como si hubiera actuado una ingeniería de demoliciones. Después de la segunda guerra del golfo, con la invasión y ocupación de Irak, nunca se ha explicado por qué no se encontraron las armas de destrucción masiva, que fue la excusa de la invasión militar.  En otro terreno, los jerarcas del gobierno no explican nunca la crisis de la vivienda, la devolución de alrededor un millón de casas al año, por parte de los deudores, empujados a la calle; así mismo no explican por qué cuando se tiene que buscar salidas a la crisis financiera, lo primero que hacen es donar enormes fondos a los bancos, que son los culpables de la crisis,  y por qué lo primero que se hace es pagar los grandes sueldos de los grandes directores de bancos y empresas. Lo mismo pasa en Europa, la llamada intervención de la crisis financiera pasa por refinanciar a los bancos, sin reactivar el aparato productivo. En este contexto, han estallado los escándalos de corrupción en los gobiernos europeos, también en el estadounidense. En esta lista, corta e ilustrativa, podemos añadir la promoción de la guerra, basada en la inversión cuantiosamente enorme en la industria de armas y en la reproducción del mercado de armas, lícita e ilícita. Estos gobiernos de los centros del sistema-mundo capitalista, así como los organismos internacionales, hablan de paz, cuando en la práctica cierran los ojos o, lo que es peor, promueven la reactivación de la dinámica de la guerra. ¿No son estos ejemplos de una gobernabilidad tramposa?

Estamos ante un fenómeno político del periodo, la simulación, el diagrama de poder del control y la gobernabilidad tramposa.  Hay que entender y comprender este fenómeno, ¿cuáles son sus condiciones? ¿Cuáles son sus estructuras? ¿Cuáles son sus dinámicas y procesos?  ¿Cuáles son los perfiles, sus subjetividades y sus expresiones?  Para tocar estas preguntas, no abarcaremos el panorama de las descripciones que hicimos, sino nos circunscribiremos al panorama boliviano, con anotaciones sobre algunos gobiernos progresistas de Sur América, en el contexto, el periodo y las coyunturas del presente.

 

Las composiciones de la gobernabilidad tramposa

 

A diferencia de los escritores, narradores, teóricos y críticos de las tres cuartas partes del siglo XX, de aquellos que podemos definir como configurantes de la episteme boliviana, que ponían la mirada atenta en los desplazamientos de los particularismos, localismos y regionalismos, a partir de teorías generales, sobre la historia, la nación, el capitalismo, el Estado y la sociedad, hoy, en el comienzo del siglo XXI, sus primeras décadas, debemos poner atención en las dinámicas moleculares de sociedades alterativas, de espesores territoriales, de complejidades ecológicas, de nudos gordianos histórico-políticos.  Hacer esto a partir de dinámicas teóricas críticas que rescaten y lean las complejidades, las simultaneidades, las yuxtaposiciones, las curvaturas espacio-temporales, sacando a luz la integralidad de cada “átomo” de “realidad”, como en un holograma, que reproduce como síntesis singular la integralidad del mundo o de los mundos de la modernidad tardía y del sistema-mundo capitalista, en lo que parece ser su crepúsculo histórico. En otras palabras, más simples, decimos que las contradicciones profundas del “proceso de cambio” boliviano, tienen que ser evaluadas no sólo a la luz de sus propias historias políticas y sociales, sino de las historias políticas y sociales de otros “procesos” y “revoluciones” dados en el mundo, pues ocurre como si las posteriores “revoluciones” se alimentaran de las anteriores, como si las tuvieran en cuenta en su memoria. Lo mismo pasa con una especie de difusionismo de sus problemas contingentes y sus contradicciones inherentes. En la modernidad no hay una sola sociedad aislada, aunque si hay sociedades diferenciales, concretas y específicas, que responden a su propia conformación histórica.

Al respecto, lo que llama la atención en los “procesos” políticos de los gobiernos progresistas de Sur América es que se topan con los mismos dilemas, problemas y límites de las “revoluciones” del siglo XX. Llegados al poder los “revolucionarios” se apoderan del Estado y en vez de destruirlo lo usan para defenderse; al usarlo lo fortalecen, lo hacen inmensamente más absoluto, convirtiéndolo en un Estado policial. El Estado, la maquinaria estatal, termina tragándoselos, convirtiéndolos en engranajes de poder ya establecidos. No es que los “revolucionarios” tomaron el poder, sino que el poder los ha tomado, parafraseando un enunciado acertado del MST de Brasil respecto a su partido el PT. Todas las “revoluciones” cambian el mundo, el mundo no va ser lo que fue antes; empero, estas “revoluciones” se hunden en sus propias contradicciones; no pueden resolver el problema del poder y el problema del Estado, no pueden destruir el poder y el Estado, no pueden inventar, con todos los sublevados, una forma política colectiva, asociativa y participativa en la construcción de decisiones. Se reproduce la burocracia, la racionalidad burocrática, la jerarquía, la subordinación, la obediencia obcecada y sumisa, el oportunismo clientelar y los discursos rimbombantes, que tratan de sustituir las falencias con explicaciones estrambóticas, sin contenido ni argumentos. Se rebaja el debate a la diatriba, a la descalificación, si no es a la represión abierta. No se acepta la crítica, se la considera “libre pensante”, como queriendo descalificar con un uso figurativo de los conservadores respecto de los liberales, en sus confrontaciones “ideológicas” del siglo XIX. Se coloca abusivamente al sujeto de esta enunciación en la pose de “revolucionario”, sin más explicación, descalificando de entrada al resto, sobre todo a la crítica. Como pretendiendo que el “revolucionario” es el que se calla, el que asume disciplinadamente el rumbo sinuoso de un “proceso”, el que sufre con este “proceso”, contribuyendo, como los conductores a su caída.  Se resume el significado denso de un “proceso” político, históricamente complejo, al símbolo del caudillo, haciendo genuflexiones ante su figura carismática, mostrando, sin embargo, la caduca subordinación a la estructura patriarcal, inherente a los estados y al despotismo al que es llevado un individuo, sin saberlo necesariamente, por la disponibilidad sin límites del poder, acompañado por conjuntos de llunk’u, sujetos castrados, que le crean al caudillo microclimas de ceremonialidad, ritualidad y adulación, desconectándolo de la “realidad”. Para esta gente, la “revolución” se resume en el caudillo, olvidando a las multitudes, a los pueblos y naciones indígenas originarias, a los movimientos sociales anti-sistémicos, que abrieron e inventaron un proceso descolonizador, anti-neoliberal, anticapitalista y anti-moderno. Los auténticos protagonistas del proceso político y social interpelador. Esta gente, estos sujetos de la enunciación panfletaria y propagandista oficialista, no hace más que repetir los perfiles problemáticos de esas subjetividades apologistas, que cantan a la “revolución” cuando precisamente ésta requiere de su realización y profundización. Volviendo a la metáfora inicial de gobernar como dirigir una nave, estos sujetos de la enunciación propagandística son los que aplauden el naufragio, ensimismados también en la ilusión prestidigitadora y malabarista de la gubernamentalidad tramposa.

Los perfiles subjetivos de esta gubernamentalidad tramposa corresponden a toda una jerarquía. En la cúspide del poder tenemos una subjetividad enseñoreada, que confunde el país con una asamblea sindical, de esta manera, confunde la política con el cuoteo permanente. Llegamos entonces a la forma de política práctica que se desenvuelve como eterno teatro, donde se ponen puestas en escena de guiones repetitivos de lo mismo: yo soy la víctima y represento a las víctimas. También confunde la política internacional con foros, donde se pone en mesa la denuncia, lo que de por sí es importante; empero, se termina vertiendo un doble discurso, “anti-imperialista”, defensor de la madre tierra, en los foros internacionales, y monetarista, colonial-dependiente, además de extractivista, en la efectuación práctica de las políticas públicas en el propio país. Por otra parte, en la misma cúspide del poder, se cuenta con una subjetividad engreída, investida del disfraz jacobino, que confunde la acción política con la actuación para la historia, como si hubiera escribanos, detrás de las cortinas, que apuntan para el futuro. Por debajo de estos perfiles, las subjetividades son menos exigentes, quizás hasta menos teatrales, empero se esfuerzan y esmeran por demostrar su servilismo a toda costa; lo que es apreciado por los sujetos de la enunciación apologista, quienes consideran que continuar en la “revolución”, es este acto de castración y sumisión. En un tercer nivel, tenemos a las dirigencias sindicales, las que han optado pragmáticamente aceptar y cotizar la prebenda ofrecida, gastando fondos de manera privada, apoderándose del Fondo Indígena, usando recursos indígenas para proyectos auríferos o colonizadores, cuando estaban destinados para el fortalecimiento comunitario. En un cuarto nivel se encuentra el perfil disperso de los funcionarios, quienes, aunque no entiendan el “proceso” - ¿por qué se ha dado? ¿Por qué genera tantas pasiones? -, se esfuerzan también en mostrarse los mejores defensores del “proceso”, que en verdad se reduce a defender sus puestos. En un quinto nivel, están estos sujetos de la enunciación, mercenarios de la palabra[24], estrategas del copamiento de medios, de la bulla comunicacional y publicitaria, de la invención de expresiones rimbombantes, llamativas y estrambóticas, que explican las “fases ascendentes” del proceso, aunque este se encuentre en un franco, visible, y evidente descalabro.

A grandes rasgos, estos parecen ser, los perfiles generales, de las subjetividades que sustentan la gobernabilidad tramposa. Empero, lo que importa son las estructuras y condicionantes de esta forma de gobernabilidad ilusoria.  Respecto a las condicionantes, una que aparece, en primera instancia, es la que mencionamos más arriba, cuando decíamos que la inclinación por la simulación en las manifestaciones, prácticas y formas políticas, de una manera desmesurada, convirtiéndose incluso en eje estructurador, es un fenómeno de la época, la de la modernidad tardía. Estas prácticas y expresiones, estas formas de manifestación social y cultural, que son anotadas y analizadas por Jean Baudrillard[25], no sólo se dan en las sociedades del norte, en la centralidad europea y norteamericana, como efecto de la modernidad tardía, más diluyente y diseminadora que el alba de la modernidad, sino que también se extiende a las sociedades del sur, de la periferia del sistema mundo capitalista, como parte de la globalización y los efectos de difusión de conductas y comportamientos. Desde esta perspectiva, todos los políticos del mundo tienden a parecerse, en sus perfiles, en sus conductas, en sus prácticas, incluyendo la generalización renovada de la corrupción.

Otra condicionante, ciertamente, tiene que ver con la historia política del país y, podríamos decir, también de América Latina y el Caribe. Miradas las cosas de cerca, la emergencia de estos gobiernos “progresistas” tienen vínculos contrastables históricos con los gobiernos nacionalistas y populistas de mediados de siglo XX. Es mucho más difícil encontrar parecidos con los gobiernos del socialismo real, incluyendo al caso cubano. Los gobiernos populistas, desde Lázaro Cárdenas (1934-1940) hasta el gobierno de Velasco Alvarado, pasando por Getúlio Vargas (1937-1945), Juan Domingo Perón (1946-1952), Gualberto Villarroel (1943-1946), Ernesto Paz Estenssoro (1952-1964), Alfredo Ovando Candía (1969-1970), Juan José Torres (1971),  apoyándose en el pueblo, en la plebe insurrecta, en el ejército, dependiendo de los casos, combinando factores sociales e institucionales en crisis, incursionan una política de nacionalizaciones, que se proyecta, en la política de sustitución de importaciones, además de la reforma agraria y las democratizaciones. Estos gobiernos están íntimamente ligados a la consolidación del Estado-nación, sustentando esta constitución de soberanía en la democratización política y social, en el reconocimiento de los derechos sociales y del trabajo, además de, en el caso de Gualberto Villarroel, intentando una ampliación a una democracia cultural con el Primer Congreso Indígena. Estos gobiernos, que pueden ser caracterizados como del nacionalismo heroico, instalan una memoria nacional-popular en los pueblos. A fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI se da una nueva versión de gobiernos populistas, con fuerte carácter nacionalista; sin embargo, entre esta segunda versión y la primera hay diferencias notorias.

Tocaremos como ejemplo los casos venezolano, boliviano y ecuatoriano de una manera más sucinta, pues hemos escrito al respecto textos a los que nos remitimos[26].  En lo que respecta al Ecuador, no fuimos, sin embargo, suficientemente detallados en remarcar los problemas que atinge a su proceso. Esta es una oportunidad, no para ser exhaustivos, sino para hacer algunas puntualizaciones orientadoras. Dejaremos pendiente el caso argentino, por sus propias dificultades; en resumen, por aquello que Maristella Svampa llama el eterno retorno del peronismo, que parece repetirse, haciendo difícil la delimitación entre el populismo del siglo XX y el neo-populismo contemporáneos. También dejaremos pendiente el caso uruguayo, pues se requiere mayor información y estudio para atender este caso. Ampliando un poco las tareas pendientes, así mismo se deja pendiente el caso paraguayo, particularmente importante por la presidencia de Fernando Lugo. Notoriamente dejamos pendiente uno de los casos de alcance geopolítico regional y quizás mundial, que corresponde al proceso brasilero, pues, debido a su gran importancia, preferimos trabajarlo de una manera más extensa. Va a ser sugerente retomar todos estos casos desde una percepción genealógica, un análisis del presente a partir de una mirada retrospectiva del pasado, sobre todo a partir de la Guerra de la triple Alianza contra Paraguay, en la que participan Argentina, Uruguay y Brasil[27]

 

Venezuela

 

Comenzando con Hugo Chávez (1998-2012), que promueve un proceso constituyente bolivariano, que nuevamente apunta a la consolidación del Estado-nación, trastrocando las bases del Estado-nación anterior, oligarquizado y subordinado al imperialismo norteamericano. Este proceso constituyente se apoya en la base social de los contingentes migrantes a las ciudades, marginados y discriminados, además de explotados y subalternizados. Después del golpe de Estado (2002), derrotado por la movilización popular, y después del referéndum revocatorio (2004), el gobierno popular define una ruta socialista, llamada socialismo del siglo XXI. En otras palabras, este gobierno bolivariano intenta combinar un proyecto nacional-popular con un proyecto socialista, basado en la autogestión comunitaria. La diferencia, en este caso, radica en esta proyección de una ruta socialista del siglo XXI. Sin embargo, en el proceso de transformaciones, que van desde las nacionalizaciones hasta la inversión social, en gran escala, apoyo a las comunas, comunidades autogestionarias, y despliegue de las misiones, se tropieza con la conformación de una aparatosa estructura burocrática. A pesar de la claridad en lo que respecta a la necesaria revolución industrial, este proyecto se retrasa y hasta se estanca notoriamente, extendiéndose, mas bien, el modelo extractivista, haciendo a Venezuela más dependiente de esta economía primario exportadora, compensada, es cierto, por los ingentes ingresos que provienen del alza estrepitosa de los precios del petróleo.  Ante el conjunto de problemas y contradicciones que aparecen, entre ellas el duro enfrentamiento con la oligarquía, la burguesía, que resiste el cambio, apoyada por el imperialismo norteamericano, el partido oficial opta por la extensión de la propaganda, la publicidad, transformando el “proceso” político, social y económico en un “proceso” mediático. La burocratización, el monopolio de la política por la clase política “revolucionaria”, sin transferir las decisiones a las bases sociales, como está definida en la Constitución y en la ruta socialista, conllevó, como consecuencia ineludible, la expansión escandalosa de la corrupción, prácticamente institucionalizada. Hay muchos conflictos y enfrentamientos minuciosos entre bases sociales, comunas, y la burocracia; lo que evita que esto se convierta en una movilización generalizada del pueblo chavista contra la burocracia es el enfrentamiento con una “derecha” reforzada y con convocatoria. Ante estos problemas subyacentes, el partido y la burocracia, han optado por pasar de la convocatoria del mito, que era Hugo Chávez, al culto de la personalidad, al endiosamiento del difunto caudillo, buscando cubrir las grandes falencias del “proceso”.

 

 

 

Bolivia

 

Siguiendo con Evo Morales Ayma (2006-2014), cuyo primer gobierno (2006-2009) emerge de la movilización prolongada (2000-2005), en tanto que el segundo gobierno (2009-2014), responde a una mayoría aplastante pues llega controlar los 2/3 del Congreso, además que debe cumplir con la aplicación de la Constitución, aprobada por el 64% del pueblo boliviano.   En este caso, estamos ante dos gestiones que ponen en evidencia, sobre todo la segunda gestión, notoriamente el despliegue abrumador de la inclinación política por la simulación. Una nacionalización de los hidrocarburos inconclusa y una desnacionalización, efectuada prácticamente en los contratos de operaciones, son cubiertas por una exacerbada propaganda de la nacionalización. Una vez aprobada la Constitución de Oruro por los constituyentes, el Congreso se encarga de revisar la Constitución, introduciendo correcciones conservadoras y debilitadoras de la Constitución, suspendiendo la reforma agraria, que se encontraba como mandato en la Constitución de Oruro. Una marcha de las organizaciones sociales, que parte de Caracollo a La Paz, se plantea evitar la revisión de la Constitución por el Congreso, además de exigirle la ratificación y la convocatoria inmediata al referéndum constituyente. Antes de que llegue la marcha a La Paz, la Constitución es revisada y aprobada, dando lugar a la convocatoria del referéndum constituyente. Todas estas variaciones conservadoras son ocultadas por el gobierno mediante la propaganda, la magnificación del hecho de haber llegado a un consenso en el Congreso por la Constitución. A pesar de estos retrocesos, la aprobación por parte del pueblo boliviano de la Constitución revisada abre el camino a una nueva etapa, que debería haber sido la de la construcción del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico. Empero, justo cuando se tiene aprobada la Constitución y el control de los 2/3 del Congreso, cuando no había ningún obstáculo para aplicar la Constitución, el gobierno opta por un camino inconstitucional, poniendo en claro su opción por mantener el Estado-nación, evitando poner un ladrillo y ningún cimiento del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico. Esta evidente restauración del Estado-nación se cubre con una ampulosa propaganda por el aparente Estado Plurinacional. Se cambian los nombres, se incorporan símbolos, se introducen formas ceremoniales y rituales, que pretenden barnizar el Estado-nación con oropeles plurinacionales; con esto lo que se logra es la folklorización de la condición plurinacional, ausente en la gestión de gobierno. La ausencia de transformaciones institucionales, normativas y estructurales, en la gestión y en la organización estatal, es disimulada por la simulación política. Se opta por el montaje, el teatro, el discurso estridente, mientras se revive y se consolida el Estado-nación, que había experimentado una de sus más profundas crisis orgánicas y de legitimación.

El centro de propaganda del gobierno es el crecimiento económico y la acumulación de las reservas. El crecimiento económico se ha venido moviendo de entre 4%, 5% y 6%; las reservas sobrepasan los 14 mil millones de dólares[28]. Las reservas se encuentran en bancos privados extranjeros, a un bajísimo interés; el crecimiento económico, es decir, la estadística del PIB, se debe a la subida de los precios de las materias primas. Ciertamente, el impacto de la nacionalización de los hidrocarburos, aunque parcial, mejora notablemente los ingresos del Estado; empero, el Estado no deja de ser rentista y la economía no deja de ser preponderantemente extractivista. Estos límites de la economía son también ocultados con la compulsiva propaganda y publicidad. No se compara la macroeconomía boliviana con la macro-economía de otros países; por ejemplo, los vecinos. Sólo hablando de dos; Perú, que cuanta con un gobierno neoliberal, ha acumulado una reserva que sobrepasa los 40 mil millones de dólares; Brasil, que cuenta con un gobierno “progresista”, ha acumulado una reserva que sobrepasa los 80 mil millones de dólares. En ambos casos, este fenómeno se explica primordialmente por la subida de los precios de las materias primas. No se ha requerido una estrategia económica especial. Empero, estas comparaciones están ausentes en la propaganda gubernamental, pues quiere presentar los resultados económicos como logros exclusivos de la política económica gubernamental, que no ha dejado de ser monetarista.

La condición histórica-política funciona de la siguiente manera: Ante la memoria de las luchas, las nacional-populares, las sociales, las indígenas, se responde con las puestas en escena de esa memoria; ocurre como si se dialogara con los fantasmas de la memoria, dándoles lugar en el presente. Ante el desborde de la movilización social prolongada se responde con las puestas en escena del teatro de la consumación de las tareas, cuando éstas efectivamente no se han realizado. Se está plenamente en la esfera de la “ideología”, creyendo que la política, que es acción, que es práctica e incidencia material, se realiza en el decurso de las representaciones; es decir de las escenificaciones y montajes. Desde esta perspectiva la creencia es la siguiente: Basta con tener un presidente indígena como para haber comenzado y resuelto la descolonización; es suficiente el empoderamiento de indígenas de los espacios públicos como para hablar del logro plurinacional; el cambio de élite es la verificación de la “revolución”, como si las “revoluciones” se redujeran al cambio de élite, lo que es “maquiavelismo” puro, y no impliquen trastrocamiento profundo de las estructuras de dominación colonial, de las estructuras estatales, de las estructuras institucionales, de las estructuras sociales, de las estructuras económicas. Basta la aceptación del presidente en la feria de Santa Cruz de la Sierra, sede de la oligarquía y de la burguesía agroindustrial, como si la presencia del presidente indígena en el espacio de manifestación del capitalismo regional sea el logro perseguido por la “revolución democrática y cultural”. Se han reducido los alcances del “proceso de cambio” al simbolismo del reconocimiento de los oligarcas del presidente indígena. Esto no es una ocupación de la plaza del capital, del intercambio, de la feria, de la manifestación ostentosa de la burguesía regional, sino una clara señal de que las estructuras de poder local y regional han subordinado al “temible Willka”. Esto habla de un gobierno que administra los intereses de una burguesía recompuesta, por combinación entre la vieja burguesía oligárquica y la nueva incorporación de los nuevos ricos. El vicepresidente aparece como hombre de esta burguesía recompuesta, defendiendo claramente sus intereses. Retira la reforma agraria por medio de la revisión del Congreso de la Constitución de Oruro, apuesta por la ampliación de la frontera agrícola, garantiza la extraordinaria ganancia bancaria, incorpora los transgénicos en los artículos de la revolución productiva, suspende la función económica social, el saneamiento de tierras y la prohibición de la desforestación por cinco años, implanta una geopolítica extractivista[29]. ¿Es esto una “revolución”? ¿Es este señor un “revolucionario”? Estas apreciaciones insostenibles sólo pueden ser lanzadas por un discurso mercenario. Se juega con la frase de Bertolt Brecht - “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles” -, extravagantemente descontextuada, convirtiendo groseramente al funcionario en un “revolucionario”, como si el burócrata continuaría la “revolución”, porque se cree que el estar de funcionario en el gobierno es asumir la “revolución”, por la simple muestra de fidelidad, aunque el “proceso” se encuentre desgarrado por profundas contradicciones; porque se cree que el aplicar el “pragmatismo” político hasta llegar  a la transacción con los terratenientes y burguesía, hasta la conversión e incorporación a la burguesía, es “revolucionario”, por el simple hecho que se constata un cambio de élite. Este estrambótico uso de Brecht sólo sirve para sazonar una estrepitosa decadencia y un patético derrumbe de los valores.

 

Ecuador

 

El caso de Rafael Correa (2006-2010) no es distinto, a pesar de sus variantes, sus contextos diferentes, su historia política distinta. El viraje a la “izquierda” de Sur América da lugar a la elección de un profesor connotado de la FLACSO de Ecuador, quizás de la las más importantes Facultades latinoamericanas, por su indecencia, el alcance de sus programas, la trayectoria de su formación, fuera de contar con el presupuesto y la infraestructura académica adecuadas. Estamos hablando de una intelectualidad no sólo bien formada, sino de una intelectualidad vinculada a las investigaciones, a los proyectos de investigación, a la difusión y a la irradiación de estas investigaciones. En esta facultad latinoamericana se encuentran personas como Alberto Acosta, que fuera de haber sido la clave de la última Asamblea Constituyente de Ecuador, que declara el Estado Plurinacional y los derechos de la naturaleza, es una composición subjetiva y singular de la historia de Ecuador, de su formación social, sobre todo de su conciencia intelectual.  Ecuador cuenta con proyectos académicos de envergadura, como la Universidad Andina y la FLACSO, fuera de un conjunto de proyectos de investigación y académicos ligados a los estudios históricos y del presente. Hay pues una presencia intelectual importante, podríamos decir de “izquierda”, sin entrar en el detalle de lo que connota esta descripción.

La llegada de Rafael Correa al gobierno es pues la llegada de esta estratificación social de intelectuales, gran parte de la cual, se encuentra incorporada en el aparato de Estado.  Después de aprobada y promulgada la Constitución plurinacional y del buen vivir, la tarea de esta gente es gigantesca. Una de las bases sociales, una de las más importantes, es la que corresponde a los pueblos indígenas y sus organizaciones. De los objetivos y tareas más llamativas, como posicionamiento ante la crisis orgánica del capitalismo y la crisis ecológica, es la defensa de la madre tierra; por lo tanto, en esta perspectiva, la transición del modelo económico extractivista a formas económicas no extractivistas, que logren conformar la base de equilibrios sostenibles. El Plan Nacional del Buen Vivir se plantea estas tareas, aunque sea de una manera enunciativa.

Como se dice de los gobiernos “revolucionarios”, el problema viene después, al día siguiente que se asume el poder. A pesar de los logros en lo que respecta a la soberanía, el proceso de recuperación de la posesión y propiedad de los recursos naturales, en este caso del petróleo,  a pesar de los efectos de las políticas públicas en la inversión social, en el mejoramiento de las condiciones de vida de la población popular, su acceso a la salud y la educación, a pesar de la incorporación institucional  a la sociedad y a la gestión a indígenas y afros, el proceso de aplicación de la Constitución, el proceso de construcción del Estado plurinacional, el proceso de defensa de la naturaleza, es decir, el proceso de aplicación del Plan Nacional del Buen Vivir, se estanca, y entra a un periodo de problemáticas contradicciones.

Pablo Ospina Peralta[30], en Transiciones en Ecuador (2006 – 2010). La revolución ciudadana, los cambios en el modelo de acumulación, la redistribución y la democracia[31], haciendo las conclusiones de su balance, escribe:

La síntesis general de este relato no es difícil de hacer. Es un gobierno que se ha planteado como propósito el cambio del modelo de acumulación pero no ha avanzado en esa dirección; por el contrario, su necesidad de fondos inmediatos para financiar las políticas sociales y la acción gubernamental lo arroja a las manos de la minería en gran escala, con lo que arriesga reforzar aquello que se propone superar. Al mismo tiempo, es un gobierno que ha reforzado el papel del Estado en la economía y que ha enfatizado su rol en la redistribución de la riqueza. Esta redistribución se ha hecho a veces reforzando políticas sociales focalizadas, a la usanza neoliberal (bono de desarrollo humano y los programas asociados a él), y otras utilizando los canales más típicamente socialdemócratas: aumento de impuestos progresivos y del gasto social universalista (educación y salud gratuitas para todos). Finalmente, es un gobierno cuya prioridad es el reforzamiento del Estado y no su democratización. La participación social y la protesta en las calles son consideradas obstáculos y las organizaciones populares autónomas son un problema porque implican negociaciones lentas e incómodas.

 

Ahora bien, ¿cómo entender e interpretar las relaciones entre las tres conclusiones empíricas a las que arribamos? ¿Cómo se enlazan la falta de cambios estructurales para el cambio en el modelo de acumulación con el notorio esfuerzo redistributivo y la falta de compromiso gubernamental con la participación y el protagonismo ciudadano y social?

 

El importante y meritorio esfuerzo redistributivo del gobierno puede considerarse una condición para el cambio del régimen de acumulación o puede entenderse como un sustituto de dicho cambio. Así, según el Plan del Buen Vivir, el énfasis de la primera fase de cuatro años en el cambio en el modelo de acumulación es distributivo:

 

“La primera fase es de transición en términos de acumulación en el sentido de dependencia de los bienes primarios para sostener la economía; no así, en términos de re-distribución, considerada como el centro del cambio en este período y en general de la estrategia en su conjunto” (SENPLADES, 2009a: 96).

 

No es la única forma de entenderlo. La otra forma es la que está implícita en las palabras del propio Presidente Rafael Correa, quien, al conmemorar sus cinco años de gobierno, sentenció:

 

“Básicamente estamos haciendo mejor las cosas con el mismo modelo de acumulación, antes que cambiarlo, porque no es nuestro deseo perjudicar a los ricos, pero sí es nuestra intención tener una sociedad más justa y equitativa”.

 

Resalto el matiz: no se trata de que el énfasis redistributivo sea una “primera fase” de un cambio de régimen de acumulación por venir, sino que la razón para mantener el mismo modelo de acumulación es “no perjudicar a los ricos”. En mi opinión, esto debe interpretarse de una forma más profunda: es la expresión de distintas corrientes políticas e ideológicas que coexisten en el gobierno. El Presidente representa una corriente que no está convencida de la necesidad de un cambio profundo en el régimen de acumulación, y que considera más limitadamente su objetivo: tener una sociedad más justa y equitativa dentro del mismo régimen existente.

 

Lo anterior conecta la redistribución con el régimen de acumulación, pero ¿cómo se relaciona esta forma de entender el proyecto histórico del gobierno con el resultado de una débil democracia y una endeble participación? Veamos cómo lo entiende el propio Presidente de la república. A fines del año 2009 Rafael Correa presentó un libro de su autoría personal (Correa, 2009), en cuyo capítulo final termina su exposición de manera sorprendente pero, al mismo tiempo, sincera. El desarrollo económico, nos dice el Presidente, a diferencia de lo que creen los fundamentalistas económicos, depende también del capital social (la cohesión y confianza públicas), el capital institucional (reglas formales predecibles y claras) y el capital cultural (valores y reglas informales ancladas en la costumbre). Cuando estos capitales fallan, y el texto da a entender que en el Ecuador fallan completa y penosamente, queda el liderazgo: “Buenos líderes pueden ser fundamentales para suplir la ausencia de capital social, institucional y cultural” (op. cit.: 195). El libro termina con esa reflexión. Escrito en blanco y negro, queda claro que el presidente en verdad cree que su humilde persona puede “suplir” a los actores sociales. La conclusión lógica de esta concepción es que la participación popular no es realmente necesaria para apuntalar el desarrollo en un país sin confianza y sin costumbres apropiadas. Sería deseable, pero podría ser contraproducente.

 

Esta es la razón por la cual, antes de permitir una participación protagónica, es necesario asegurar la “virtud republicana” suficiente en los sujetos de dicha participación. A mi juicio, ese es el sentido último de las medidas de construcción del Estado del gobierno de la revolución ciudadana. Por ello es que no se trata de un proyecto de “Estado autoritario”, aunque el Presidente, personalmente, pueda serlo. En efecto, si somos estrictos en la caracterización política del gobierno, resulta difícil equiparar el proyecto estatal de la revolución ciudadana con el de gobiernos autoritarios como los que existieron en la historia de América Latina o incluso del pasado reciente del Ecuador, como el de León Febres Cordero. Aquellos gobiernos cometieron atrocidades, protegieron y organizaron la tortura y multiplicaron los asesinatos políticos. Nada de eso se encuentra en estos años de inicios del siglo XXI. Es más ajustado y preciso caracterizar el proyecto de Estado de Rafael Correa como un “régimen disciplinario”. El sentido general de este proceso de disciplinamiento es reafirmar la majestad de la autoridad y el peso de una ley que no se negocia sino que se aplica; pero esta aplicación no es tanto una limitación de las actividades gubernamentales mismas cuanto un ajuste de los gobernados a la conducta esperada de ellos. No se usa tanto la violencia abierta como el temor al castigo y una serie de “tecnologías” de reprimenda y amedrentamiento. Por eso es que la eficiencia en la atención y la calidad en la prestación de los servicios públicos, desde la educación hasta la provisión de documentos notariales, se entiende fundamentalmente como una cruzada para disciplinar a funcionarios indolentes, maestros incapaces y administradores corruptos.

 

¿Cómo entender entonces el balance final? La revolución ciudadana tiene varias tendencias políticas y sociales en su interior. Coexisten grupos de izquierda con grupos empresariales de una derecha reencauchada y en proceso de adaptación a la parcial retirada del neoliberalismo. La coherencia del conjunto y las decisiones finales están a cargo del Presidente de la República en persona. Es por eso que su comprensión personal de las relaciones entre el cambio en el régimen de acumulación, la redistribución económica y la construcción de un Estado fuerte es la tendencia dominante dentro del gobierno. Si la superación de la pobreza y la construcción de un país más equitativo es una condición para disponer de ciudadanos virtuosos, y esa virtud, a su vez, es necesaria para hacer que la participación ciudadana sea positiva, la construcción de un Estado disciplinario y fuerte es necesaria para ambos.

 

Terminemos con un intento por caracterizar el conjunto. En el fondo, el proyecto político personal de Rafael Correa Delgado para el Ecuador está teñido de valores cristianos conservadores pero paternales que aprendió desde la cuna. En un artículo reciente, Pablo Stefanoni hizo un interesante planteo de los términos del debate. La socialdemocracia europea abandonó a mediados del siglo XX toda veleidad anticapitalista. No se engañaba a sí misma ni a los demás: solo buscaba un “buen capitalismo” (Hutton, 2011). En el debate alrededor de los gobiernos progresistas latinoamericanos, por el contrario, muchas veces las definiciones programáticas se sustituyen por la retórica. Esta pálida sustitución ocurre mucho más en los países andinos, donde el desmoronamiento de los sistemas políticos que acompañó la emergencia de los gobiernos progresistas crea la sensación y el ambiente de una mayor radicalidad. En el Cono Sur, en Brasil o incluso en Perú, son muy pocos los que se hacen ilusiones: las reformas no se envuelven tampoco de radicalismos verbales altisonantes.

 

En Ecuador, las interpretaciones de las izquierdas que quedan en el gobierno difieren significativamente. Antiguos militantes comunistas, como Rafael Quintero y Erika Sylva, son fieles a la vieja idea de la revolución por etapas: la revolución ciudadana tiene un convencional proyecto de capitalismo de Estado que sentará las bases para un posible socialismo del futuro. Nuevos militantes nacidos y crecidos en la academia, como René Ramírez, apuestan por caracterizar el proyecto de cambio en la pauta de acumulación, tal como se presenta en el “Plan del Buen Vivir”, como una propuesta que conducirá a un “biosocialismo republicano del Sumak Kausay”.

 

Pero lo que piensa el Presidente es diferente, aunque a veces pueda hacer guiños a tales interpretaciones. Cualquiera que haya leído sus escritos o seguido con atención sus discursos entenderá que el socialismo es para él exactamente igual a la doctrina social de la Iglesia católica, es decir lo que la democracia cristiana de los años 1960 llamaba el “socialismo comunitario”. Podríamos llamarlo, para diferenciarlo del “buen capitalismo” de la socialdemocracia europea, un “capitalismo paternal” nacido de la acción de líderes esclarecidos  y cristianos que velan por el bien común incluso a pesar —tal como afirma el Presidente Correa en un reciente discurso— de la generalizada “mediocridad” cultural que está en la “raíz del subdesarrollo”:

 

“esto refleja [se refiere a que los estudiantes no aprendan inglés] lo que cada vez estoy más convencido que está en la raíz del subdesarrollo: la mediocridad. Nos hemos acostumbrado a la mediocridad, hemos perdido la capacidad de sorprendernos, tomamos a la mediocridad como algo normal. […] Los países que han tenido éxito son aquellos en donde desde el conserje hasta el gerente de una empresa hacen las cosas con excelencia, en donde todas las cosas, por sencillas que sean, como lustrar zapatos, hasta las más complejas políticas públicas, se hacen con total calidad. ¿Queremos salir del subdesarrollo? ¿Queremos alcanzar el Buen Vivir? Tenemos que inaugurar una cultura de la excelencia: tolerancia cero a la mediocridad, a la mentira, a la irresponsabilidad, al engaño social”.

 

La más pedestre doctrina del self-made man convertida en canon de interpretación del desarrollo internacional: los pueblos mediocres e inútiles son subdesarrollados por sus propias faltas mientras que los pueblos exitosos lo son por sus propios méritos. Así, para este estadista, la justicia puede entenderse mejor como la generosidad institucional y la democracia como las tímidas concesiones que se hacen a un menor de edad que todavía no sabe utilizarlas inteligentemente[32].

 

 

Pablo Ospina nos ofrece un cuadro ilustrativo de lo que pasa con el gobierno progresista de Ecuador. Podemos reconocer analogías con el gobierno progresista boliviano; claro está que también hay diferencias, cada historia política es característica y propia. Empero, de lo que se trata es de caracterizar a estos gobiernos progresistas de principio del siglo XXI, caracterizarlos de una manera apropiada, desde sus propias arqueologías, genealogías e historias. No se trata de colocarse en el lugar del juez, que es lo que se acostumbra; tampoco se trata sólo de denunciarlos, que es como la otra tradición juzgadora; de la misma manera, no se trata de colocarse en lugar de la providencia, llámese astucia de la historia o racionalidad de las leyes históricas, que lo único que hacen es instaurar un fundamentalismo racionalista, que termina adormeciendo la comprensión e inhabilitando la acción; de ninguna manera hacer apología, como hacen los voceros e ideólogos de estos regímenes, incluso los de una crítica mesurada. Se trata de lecturas que logren descifrar la articulación de la complejidad de estas composiciones políticas de un populismo tardío, se trata de comprender el juego de las dinámicas moleculares sociales, las composiciones molares, provisionales e institucionales, los efectos de masa de estas dinámicas y su relación con el Estado. La crítica debe ser una herramienta para la subversión de la praxis, además de hacer inteligible el acontecimiento.

 

En adelante lanzaremos interpretaciones de lo que llamamos gobernabilidad tramposa, concentrándonos en las “estructuras” des-estructurantes, usando a la inversa un concepto de Pierre Bourdieu, de esta forma de gobernabilidad, aparecida en el crepúsculo de la modernidad y el capitalismo.

 

 

Estructuras des-estructurantes de la gobernabilidad tramposa 

 

 

Retomando la tesis principal del ensayo, la simulación; que los gobiernos, en la modernidad tardía, tienden a sustituir la gobernabilidad efectiva, cualquiera sea ésta - que responda a una gubernamentalidad de soberanía, a una gubernamentalidad liberal o a una gubernamentalidad neoliberal, así como también a una “gubernamentalidad” socialista[33] -, por la simulación de gobernabilidad. La pregunta es: ¿Qué pasa con la cohesión, articulación, integralidad, incluso centralidad, institucional del Estado, cuando la simulación invade y domina la política? La hipótesis es la siguiente:

 

Cuando la simulación se convierte en la conducta y el comportamiento, además del imaginario, de las prácticas políticas gubernamentales, la cohesión, la articulación, la integralidad y la centralidad del Estado son ficticias. Hay como una ilusión de unidad; empero, efectivamente, las composiciones estructurales e institucionales del Estado tienden a independizarse, a actuar autónomamente, lo que no quiere decir con autonomía, que, en términos efectivos, puede mas bien cohesionar y articular mejor una formación. En la práctica las “estructuras” de poder, que componen el Estado, las instituciones, que conforman el Estado, actúan según sus propias “lógicas”, sus propias estrategias, que generalmente tienden a ser disímiles. Pasamos de un Estado o de la ilusión de Estado[34], empero sostenido por el campo burocrático, el campo institucional, más o menos integrado, más o menos articulado y cohesionado,  a la condición de un Estado de cuoteo o cuoteado. Cada grupo de poder reclama su parte, cada grupo de poder tiene su asiento en el ejecutivo, en el legislativo, en el órgano judicial, en el órgano electoral. Cada grupo de poder accede a su parte en la administración del poder, así como también en el acceso al excedente. Cada grupo de poder tiende a imponer sus decisiones en las instituciones que controla o participa. Las políticas públicas se convierten en juego de equilibrios, que no siempre se consiguen. De esta manera es fácil ensanchar desmesuradamente los márgenes de corrupción, que terminan convirtiéndose en espacios determinantes en la actividad pública. Por lo tanto, la simulación es como la desaparición de la “realidad”, tal como lo expresa Jean Baudrillard, es como el ingreso a la hiperrealidad, como la dominancia de la virtualidad. Esto ocurre en los ámbitos de la comunicación, que tienen incidencia en los imaginarios, afectando las conductas, los comportamientos y las relaciones; empero, no hace desaparecer el substrato material de las estrategias de sobrevivencia y, en contraste, de sobreabundancia; no hace desaparecer el substrato de las contingencias de la vida. Se deja que la simulación invada todo; pero este todo es el de las codificaciones y decodificaciones, de los lenguajes, de las imágenes, de la virtualidad, de las hermenéuticas sociales. Este todo de la simulación no abarca, tampoco puede ocupar, el espesor subyacente de las reproducciones materiales. En tanto los grupos de poder, las estructuras de poder, subsisten, despojan, desaposesionan, acumulan, se apoderan, de acuerdo a sus propios intereses. Cuando la simulación se ha convertido en política, esta situación conflictiva adquiere dimensiones abismales. Uno de sus síntomas es la escalofriante extensión de la corrupción; empero, hay otras formas de corrosión, no solamente institucional, sino también social. 

 

          

 

La simulación

 

Habría que, por una parte, hacer como una arqueología de la simulación, por otra parte distinguir y diferenciar, desde un comienzo, los contrastes y variantes. Para comenzar diremos que la imitación, tanto como recurso de espejo, en forma de repetición, como recurso de camuflaje, forma parte de las invenciones de la vida, de los organismos y seres vivos, en una conexión asombrosa, no explicada del todo, entre genotipo y fenotipo, entre genética y epifenómeno. La inteligencia de la vida, en todas sus formas, desde moleculares hasta molares, corporales y cíclicas, manifiesta su grandiosa elocuencia y proliferación. El ser humano sigue esta ruta, con sus propias invenciones, sus propias mimesis e imitaciones, sobre todo da un salto con la exteriorización del simbolismo. Las culturas, que según Claude Lévi-Strauss, separan a las sociedades humanas de la naturaleza, son armaduras representativas, que significan, clasifican, narran, alegorizan, los ciclos de la vida y del cosmos, mostrado también su propia dispersión y distribución variada, incorporando en estas narrativas simbólicas y mitológicas al ser humano como héroe y heroína iniciales.

La cultura, no sólo como la curva derivativa de cultivo, que llega a definirla como conocimientos, instrucción, saber, sino, atendiendo al sentido que le atribuye el romanticismo alemán, otorgándole el contener y manifestar el espíritu de un pueblo, así como también, atendiendo al sentido atribuido por el “positivismo” anglosajón que le atribuye la disponibilidad de la materialidad instrumental. En éste ámbito se contienen el arte, la estética, la literatura, la música, la danza, que han sido clasificadas y distinguidas en la modernidad, en los lenguajes de la modernidad, así como en su historia; sin embargo, no escapan a esta contención la filosofía, la ciencia, la técnica; tampoco, obviamente la política. La pregunta es si todo deviene de la mimesis, de la imitación, por el camino de la construcción de representaciones, así como de la seducción[35], si todo tiene que ver entonces con la arqueología de la simulación, ¿qué de extraño hay en la simulación política?

El problema parece ser el siguiente: En un determinado momento la simulación o mejor dicho, la arqueología de la simulación, con todas sus variantes y devenires, que forma parte de las prácticas sociales, de las prácticas representativas, se “autonomiza”, por así decirlo, conformando su propia esfera, donde se pierde el referente; la propia simulación se convierte en referente, como en un círculo vicioso. Dando lugar a lo que Jean Baudrillard llama el horizonte de la desaparición, refiriéndose a la diseminación de la “realidad”. Lo grave ocurre cuando esta esfera de la simulación “autonomizada” invade otras esferas, se convierte como en dominante y hegemónica, distorsionando el funcionamiento de todas ellas. En términos comunicacionales pasa lo siguiente: ya no importa lo que ocurre, sino lo que se transmite que ocurre; por lo tanto, ya no importa si ha ocurrido o no, lo que importa es que así se lo tome, así se lo crea. Nos adentramos entonces en la experiencia de lo que llama Baudrillard la hiperrealidad. La situación se vuelve inquietante cuando la simulación invade la “esfera” política, cuando las prácticas políticas consideran que lo indispensable es la discursividad política, la impresión que deja en la gente la decisión política, cuando lo que importa es el montaje político, la escenificación, el teatro político. En el momento que la simulación sustituye a la “realidad”, mas bien, la disemina o, si se quiere, la oculta en las sombras del Tártaro o la Mank’a pacha, no sólo se ha perdido el referente, ni sólo la misma simulación se vuelve referente, sino que la reproducción política se efectúa en este círculo vicioso. Esta burbuja no puede perdurar por mucho tiempo, está “destinada” a desaparecer, tal cual desaparecen las burbujas.

En la historia de la vida, si podemos hablar así, en la historia ecológica, han desaparecido especies, muchas de ellas no pudieron adecuarse a las modificaciones y transformaciones de los medios o estaban tan bien adaptadas, que no supieron responder a los nuevos contextos ecológicos. Cuando no se tiene capacidad de información, de retener la información, de construir una memoria actualizada, no se puede también adelantarse, responder a los problemas. El problema de la preponderancia de la simulación, que forma parte del diagrama de poder del control, es que, si bien hace creer que lo que ocurre es lo que se transmite, lo que se escenifica, termia perdiendo toda capacidad de información. Ya no puede responder a los contextos de “realidad”. Es posible que este sea un anuncio de la desaparición. ¿De la política? ¿Del Estado, el gran simulador?  ¿Y si la simulación se ha vuelto hegemónica, no es el anuncio de la desaparición de la especie humana?

Volviendo al tema de la gobernabilidad tramposa, no podría explicarse la concurrencia de esta forma de gobernabilidad y de política sin la invasión y el efecto de la simulación en la política. Mientras el uso de la simulación tenga efectos alucinadores, convenza, conforme, esta forma de gobernabilidad tiene tiempo de perdurar. Sólo cuando la burbuja desaparezca, ya no podría sostenerse esta forma de gobernabilidad tramposa.

Al respecto, Jean Baudrillard dice:

Hoy en día, la abstracción ya no es la del mapa – se refiere a la alegoría de Borges, cuándo los cartógrafos del imperio dibujan un mapa tan minucioso, que corresponde punto por punto al territorio -, la del doble, la del espejo o la del concepto. La simulación no corresponde a un territorio, a una referencia, a una sustancia, sino que es la generación por los modelos de algo real sin origen ni realidad: lo hiperreal. El territorio ya no precede al mapa ni le sobrevive. En adelante será el mapa el que preceda al territorio —PRECESIÓN DE LOS SIMULACROS— y el que lo engendre, y si fuera preciso retomar la fábula, hoy serían los girones del territorio los que se pudrirían lentamente sobre la superficie del mapa. Son los vestigios de lo real, no los del mapa, los que todavía subsisten esparcidos por unos desiertos que ya no son los del Imperio, sino nuestro desierto. El propio desierto de lo real[36].

 

Describiendo parte de la arqueología de la simulación, Baudrillard escribe:

 

Al contrario que la utopía, la simulación parte del principio de equivalencia, de la negación radical del signo como valor, parte del signo como reversión y eliminación de toda referencia. Mientras que la representación intenta absorber la simulación interpretándola como falsa representación, la simulación envuelve todo el edificio de la representación tomándolo como simulacro.

 

Las fases sucesivas de la imagen serían éstas:

 

— es el reflejo de una realidad profunda

— enmascara y desnaturaliza una realidad profunda

— enmascara la ausencia de realidad profunda

— no tiene nada que ver con ningún tipo de realidad, es ya su propio y puro simulacro.

 

En el primer caso, la imagen es una buena apariencia y la representación pertenece al orden del sacramento. En el segundo, es una mala apariencia y es del orden de lo maléfico. En el tercero, juega a ser una apariencia y pertenece al orden del sortilegio. En el cuarto, ya no corresponde al orden de la apariencia, sino al de la simulación.

 

El momento crucial se da en la transición desde unos signos que disimulan algo a unos signos que disimulan que no hay nada. Los primeros remiten a una teología de la verdad y del secreto (de la cual forma parte aún la ideología). Los segundos inauguran la era de los simulacros y de la simulación en la que ya no hay un Dios que reconozca a los suyos, ni Juicio Final que separe lo falso de lo verdadero, lo real de su resurrección artificial, pues todo ha muerto y ha resucitado de antemano.

 

Cuando lo real ya no es lo que era, la nostalgia cobra todo su sentido. Pujanza de los mitos del origen y de los signos de realidad. Pujanza de la verdad, la objetividad y la autenticidad segundas. Escalada de lo verdadero, de lo vivido, resurrección de lo figurativo allí donde el objeto y la sustancia han desaparecido. Producción enloquecida de lo real y lo referencial, paralela y superior al enloquecimiento de la producción material: así aparece la simulación en la fase que nos concierne —una estrategia de lo real, de neo–real y de hiperreal, doblando por doquier una estrategia de disuasión[37].

 

 

Hemos dicho la simulación forma parte del diagrama de poder del control, diagrama de poder que no marca, no separa, no castiga, tampoco disciplina, sino que se expande en la flexibilidad de los flujos, optando por la simulación, el juego de espejos, imitando las transgresiones, las rebeliones, la “revolución”. Diagrama de poder que se consolida en la revolución científica-tecnológica-cibernética-comunicacional, produciendo mundos, capturando la invención, la creación, el intelecto general, los saberes colectivos y la información genética; de esta manera manipula los públicos. Los otros diagramas de poder no desaparecen, el patriarcal, el parroquial, el territorial, el de la soberanía, el disciplinario, el colonial, el de la guerra, sino que se yuxtaponen, como sobre-determinados por el diagrama del control. En otras palabras, no es que la simulación es absoluta, hace desaparecer todo, el resto, convirtiendo los espesores del acontecimiento en virtualidad, sino que la virtualidad se convierte en la proliferación de mundos comunicacionales e imaginarios, sumergiendo a los públicos en la recurrencia plural de los espectáculos; sin embargo, esta virtualidad se sustenta en la materialidad de las economías políticas del poder, que, en última instancia, buscan controlar la vida. 

 

 

    

     

 

 

 

 

 

Capitalismo andino amazónico e ilusión estadística

 

El vicepresidente comenzó la conmemoración del tercer aniversario del “Estado plurinacional” con un discurso teórico, que emite términos como “topología”, geografía homogenizada, poli-centrismo, ciclos largos del Estado; quizás también quiso decir ciclos largos económicos; la estructura argumentativa del discurso ratificó la tesis, lanzada hace unos años, del capitalismo andino amazónico. Tesis guardada rápidamente, dada la discusión y la crítica que suscitó; la tesis fue suplida por la propuesta del socialismo comunitario, que contiene, sin embargo, la misma estructura argumental de la tesis del capitalismo andino amazónico. Al respecto de la pervivencia del capitalismo, hay que recordar que el modo de producción capitalista, contenido en la economía-mundo y el sistema-mundo capitalista, es el gran operador de la homogeneización del espacio, de la reducción de la geografía plural al espacio estriado[38], capturado por el Estado moderno. Como puede verse la homogeneización espacial es una consecuencia de la expansión y mundialización capitalista.  Persistir en la homogenización del espacio es, en otras palabras, persistir en la desterritorialización capitalista, reterritorializada en el Estado-nación.  Aunque se use metafóricamente el lenguaje matemático de topología, el estudio de los espacios abstractos, a partir de su conexidad y compacidad, se está referenciando al espacio homogéneo producido por el capitalismo[39].

El modelo del capitalismo andino amazónico se asienta en un conjunto de vértices, comprendidos como polos de desarrollo. Se divide la geografía política en áreas especializadas, de acuerdo a sus vocaciones territoriales, restringidas a los recursos naturales de la región, según la división del trabajo que requiere este modelo de desarrollo, concebido como una “topología” política y económica. En el discurso se busca distinguir la “topología” del “Estado plurinacional” de las “topologías” de los estados coloniales y republicanos. La diferencia radica en la oposición del poli-centrismo, del espacio correspondiente al “Estado plurinacional”, respecto del uni-centrismo, del Estado colonial y el Estado republicano. Hay también otra diferencia marcada; las dos civilizaciones pre-coloniales, anteriores a la invasión europea, la andina y la amazónica, lograron, a su modo, homogeneizar el espacio, abarcarlo, desde una perspectiva poli-céntrica. Estas civilizaciones, fueron portadoras de ciencias, tecnologías, saberes agrarios que revolucionaron la producción alimentaria; añadiríamos, manejando el genoma de las plantas, sobre todo de los tubérculos.

Estas dos diferencias históricas, en el pasado y en el presente, plantean un interregno colonial que nos convirtió en dependientes, sometidos al control y al dominio imperialista, dando lugar a una sociedad estructurada a partir de desigualdades. Esta hipótesis interpretativa, histórica y política, concibe al periodo de transición, desde el 2006 hasta la fecha, como etapa de recuperación soberana de la condición plurinacional, que también se dio, en sus propios contextos y temporalidades, en las formaciones administrativas de las civilizaciones andina y amazónica. Esta hipótesis supone una conexión con el pasado pre-colonial; este es el sentido de nombrar lo andino-amazónico como referente y matriz del modelo político y económico del Estado plurinacional. Tal parece, hasta aquí, que la interpretación histórica y política del Estado plurinacional encuentra su matriz en las civilizaciones andinas y amazónicas pre-coloniales. Hasta aquí la hipótesis se parece a otras interpretaciones histórico-políticas, que critican la dominación buscando su origen en una guerra de conquista[40]. Empero, lo que ya no aparece como crítica a la dominación, lo que se diferencia de las teorías histórico-políticas, es una suerte de apología del capitalismo, en su posible versión local y regional, andina y amazónica.  Lo que es incongruente, en esta interpretación histórica y política, es la concepción capitalista de lo andino amazónico. No sólo por qué es difícil sostener que esas civilizaciones fueron capitalistas. En todo caso, usando todavía el concepto de modo de producción, se puede comprender que se trataba de otros modos de producción, diferentes al modo de producción capitalista. En este caso, no podría haber una re-conexión con los “modelos económicos” andinos y amazónicos; en contraste, en desconexión, mas bien,  la transición todavía experimentaría el condicionamiento capitalista del sistema-mundo. Es notorio que, si bien, el capitalismo andino-amazónico no se lo menciona en el discurso, es, sin embargo, el contenido de la tesis “topológica poli-céntrica” del Estado integral.

Entonces la hipótesis interpretativa histórica y política adolece de esta incongruencia conceptual, respecto a la mantención de un modelo de desarrollo que sigue siendo capitalista. Está claro que no se puede caracterizar de capitalistas a las civilizaciones andinas y amazónicas; sin embargo, ¿se puede seguir manteniendo esta estructura económica acumulativa, de valor abstracto, en la transición del Estado plurinacional? Ante esta pregunta, hay dos respuestas alternativas posibles; una, que sostenga que en la transición no se puede hacer otra cosa que ir transitando bajo los condicionamientos del sistema-mundo capitalista; empero, creando condiciones para superar esta marco capitalista. La otra respuesta, es la que propone como estrategia una variante de este modelo de desarrollo capitalista; por lo tanto, se define este modelo como horizonte histórico, aunque no se lo mencione, empero se lo muestra en toda la estructura argumentativa y propositiva estratégica. Es esta segunda opción la que aparece en el discurso “topológico” poli-céntrico, que interpreta el mismo modelo de desarrollo capitalista con otros términos y una perspectiva espacial matemática. No es esta última la mayor incongruencia de la interpretación histórica y política en cuestión; pues la mayor parece ser la de referirse a las civilizaciones andinas y amazónicas desde la perspectiva de la experiencia del capitalismo y la modernidad, como si el capitalismo hiciera inteligibles estas sociedades antiguas[41]. La otra incongruencia, la de una transición capitalista, es problemática políticamente. Pues, si se emerge de luchas sociales anti-neoliberales, anti-coloniales, que son, por el contenido social y cultural de las movilizaciones, anti-capitalistas, no se puede persistir como objetivo estratégico en un modelo de desarrollo que supone el modo de producción capitalista. En todo caso, se puede decir que en la transición se debe tener en cuenta el condicionamiento del sistema-mundo y la economía-mundo capitalista, en el que estamos insertos; empero, no se puede, consecuentemente, proponer un modelo de económico alternativo que suponga la acumulación capitalista. Aunque no se la mencione como tal, por su nombre, los vértices del modelo de desarrollo, los polos de desarrollo, no son otra cosa que ejes del capitalismo periférico, a pesar que se intente insistir en éstos provisionalmente para salir de la dependencia, a través de la industrialización y la soberanía alimentaria. Una transición tiene que ser transformadora respecto a los condicionamientos del capitalismo, una transición no puede llegar a ser transformadora si se repite el modelo de desarrollo capitalista. No se puede reducir a las regiones y a los territorios de acuerdo a su vocación en recursos naturales, configurar una división del trabajo más eficiente y abarcadora, que al final de cuentas está destinada a la exportación de materias primas. No se puede apuntar a la expansión y al crecimiento económico mediante este modelo de desarrollo, basado en las vocaciones territoriales para su explotación, que no puede ser otro que la explotación del capital, que es el que se alimenta con estas materias primas en sus procesos de producción. La industrialización no transforma el modelo extractivista sólo por el hecho de su mayor participación en la estructura económica; mientras la estructura económica esté articulada a la demanda de la acumulación capitalista a escala mundial sigue siendo un modelo extractivista, pues la matriz del mismo siguen siendo la explotación de los recursos naturales, reducidos a objetos de la transformación y acumulación capitalista.

El discurso “topológico” poli-céntrico no es más que otra versión de la misma tesis del capitalismo andino amazónico. De todas maneras, llama la atención que se vuelva a insistir en el contenido de esta tesis con un discurso ya no del socialismo comunitario, sino “topológico”. Lo que se nota es una preocupación por explicar mejor lo que se está haciendo, por adecuar mejor su justificación a la Constitución, por mostrar que no se ha abandonado el proceso y el proyecto. Hay como un atisbo a reflexionar sobre el proceso, cosa que no necesariamente ocurría antes, en discursos anteriores, cuando parecía mostrarse una reiteración afirmativa de lo que se hacía. Estas pequeñas variaciones, estos desplazamientos imperceptibles en el discurso, pueden mostrar ciertos cambios en la condición subjetiva, no sólo de los gobernantes, sino también en la relación intersubjetiva entre gobernantes y pueblo.

El segundo discurso, esta vez más largo, pronunciado como informe del presidente, es, mas bien, descriptivo. Aparece como balance económico. El segundo discurso entonces corresponde al de la exposición económica; una larga disertación sobre los logros del gobierno en sus dos gestiones, comparando el contraste entre los alcances económicos de los gobiernos anteriores y el gobierno popular. Lo que se muestra es el crecimiento de las cifras, en cuadros y en histogramas. La diferencia es notoria en la variación positiva del PIB del país, en el crecimiento abultado de las reservas internacionales, también en los PIB departamentales, en los ingresos del Estado, del Tesoro General del Estado, en el ingreso de las gobernaciones, municipios y universidades. También se describen los avances en las exportaciones. Del mismo modo se muestran los datos de la inversión; se hace notar que es importante el monto de la inversión, como no ocurrió nunca antes; esta inversión está destinada a la producción, a la industrialización, al incremento del valor agregado. También se muestran los montos destinados a los bonos sociales, su impacto en número de beneficiarios. Se presentan indicadores que muestran la reducción de la pobreza extrema, interpretada por el gobierno como avances en la meta del milenio, en paralelo al fenómeno de la movilidad social, con el crecimiento de la clase media y su disponibilidad dineraria. Como se podrá ver, este panorama es la mejor propaganda de los cambios habidos en el proceso. Sin embargo, hay dos explicaciones para todo este llamado crecimiento económico; primero, obviamente la nacionalización de los hidrocarburos modifica la estructura de ingresos del Estado, mejorándolos notablemente. Ingresos que se van a repartir en todas las instancias administrativas del país, gobierno central, gobernaciones, municipios y universidades, además del ejército, la policía y el sistema educativo. La otra explicación tiene que ver con la subida sostenida de los precios de las materias primas en el mercado internacional. Los ingresos del Estado son mayores; para que ocurra esto no se necesitaba mucha genialidad económica, bastaba con beneficiarse de la alta temporada de altos precios para los recursos naturales. Entonces estamos ante un incremento de cifras, al que no se puede reconocer como crecimiento estructural de la economía. No se puede caer en el fetichismo de las cifras. El problema es que la estructura económica sigue siendo la misma, la preponderancia expansiva del modelo extractivista, el perfil dominante de un Estado rentista. Las cifras han crecido; empero, no se ha transformado la estructura económica. De este crecimiento económico cuantitativo, los mayores beneficiarios fueron los bancos, por lo tanto, su lógica especulativa financiera salió beneficiada. También la empresa privada se beneficia con este “crecimiento económico”, el Estado tiene más para gastar, aunque muchas veces no ejecuta su propio presupuesto. Hay más grasa, pero el cuerpo sigue siendo enfermo; hablamos de una economía dependiente[42].

En lo que respecta a las inversiones, también se sufre de un fetichismo de las cifras; se cree que por el sólo hecho de destinar montos a la inversión, ésta se realiza materialmente, como arte de magia[43]. Si las condiciones para la realización material, la transformación productiva, no están dadas, estas inversiones no son ejecutadas o se pierden en gastos insulsos, hasta en desvíos corruptos. La experiencia del fracaso del proyecto siderúrgico, en el caso del Mutún, es categórico. El engaño de la empresa de producción del carbonato de litio, la Planta de Carbonato de Litio, inaugurada siete veces, con montajes y desmontajes de la planta, equipada y desmantelada con materiales y equipos alquilados, a pesar de los montos destinados a la construcción de la planta; además del fraude de la compra de carbonato de litio en Chile, que se le presentó al presidente como si fuese hecha en la planta; acompañando esta historia con otras tramoyas, con simulaciones de que se está vaporizando la sal, cuando se ha echado alcohol en las piscinas, para que esto parezca ocurrir. Sumándose a esto el conflicto con los coreanos, quienes se llevaron una cantidad grande de salmuera para experimentos científicos, sin permiso del Congreso; experimentos que terminaron con descubrimientos de nuevas tecnologías, que no la comparten con Bolivia, y, mas bien, quisieron cobrarle como parte del contrato[44]. Todas estas anomalías muestran la cruda realidad. Se puede constatar entonces que, efectivamente, no se efectúa una real transformación de la matriz productiva; hablamos de fracasos y de bluf. Si a esto le sumamos las incursiones en la petroquímica, la Planta de Amoniaco y Urea que se la proyecta instalar en el Chapare y no en Puerto Suarez, donde parece que es aconsejable, por la proximidad de la fuente de gas y del mercado. Planta que se instalaría en tierras regaladas por el Estado a campesinos, que ahora serían indemnizados por una rara confiscación de las tierras.

Como se puede ver, estamos ante un panorama nada alegador en lo que respecta a los proyectos industriales estratégicos. La instalación de plantas separadoras de gas, que no corresponden exactamente a procesos de industrialización, como hace creer el gobierno, pasaron por historias de escándalos de corrupción, sobre-precios, que hasta ahora no se han aclarado. Siguiendo con las tristes historias, las inversiones menores en empresas industriales estatales como PAPELBOL, CARTONBOL, LACTEOSBOL, no lograron parar empresas industriales tal como se proyectaron. Unas están estáticas, otras están muy lejos de llegar a ser empresas que puedan funcionar por sí mismas. Ante esta realidad, el discurso de las inversiones cae por su propio peso. La única empresa pública que parece haber funcionado es EMAPA, pero no en los marcos que ha sido constituida, que es la de producción de alimentos, sino en marcos más estrechos, circunscrita al acopio de productos, con el objeto de controlar y nivelar los precios, distribuyendo, además, en los pequeños y medianos productores, insumos para la agricultura. En este panorama gris, esperemos que la empresa estatal de la castaña, Empresa Boliviana de Almendra y Derivados (EBA),  pueda cumplir su papel; apoyar a las comunidades, a las cooperativas, a las trabajadoras castañeras, rompiendo el monopolio privado de la castaña, donde Bolivia es el principal exportador mundial.

YPPF y COMIBOL son indudablemente las dos más grandes empresas estatales estratégicas, que captan la mayor parte de los recursos de la estructura económica del país; sin embargo, no hay que olvidar que estas empresas existen desde los años de la revolución nacional (1952-1964). También se puede citar a ENTEL, la empresa estatal de telecomunicaciones nacionalizada, así también a otras empresas nacionalizadas, en el rubro de los hidrocarburos, así como recientemente la empresa nacionalizada de servicio y distribución de energía eléctrica. Todo este conjunto de grandes empresas ya existía, no se pueden mostrar como parte de la transformación de la matriz productiva. Para que se pueda hablar de este cambio es menester la creación de nuevas empresas estratégicas de gran alcance e impacto, de tal forma que logren modificar el perfil de la estructura económica.

El fetichismo de las cifras no sustituye a la realidad; no se puede confundir el crecimiento cuantitativo con el crecimiento cualitativo, que es el real. No se puede tomar en serio los montos destinados a la inversión, si no se cumplen con las condiciones de posibilidad para su realización material. No se puede vivir de propagandas y de informes positivos, que enorgullecen al presidente, al vicepresidente y al ministro de economía. La necesidad de las transformaciones estructurales e institucionales en la economía requiere de transformaciones materiales, de condiciones objetivas y subjetivas, de transferencia de tecnologías y formación científica.

La arcas del Estado han crecido, ni duda cabe; esto no está en discusión. El problema es que no se trabaja en la creación de condiciones de posibilidad material y subjetiva para la transformación de la matriz productiva. Se prefiere apostar al fetichismo de las cifras, experimentando en la imaginación la transformación productiva y el soñado “desarrollo”. El problema del gobierno popular es su concepción monetarista de la economía. Un gobierno popular, colocado en la transición, que debe ser transformadora, no puede proyectar políticas económicas transformadoras desde una concepción económica conservadora, como el monetarismo. Sin embargo, es a esta eficiencia a la que apuesta el gobierno, a la eficacia de las cifras. El gobierno que tiene que responder a la Constitución, a la Organización Económica del Estado, debería desarrollar una concepción materialista y dinámica de la economía, apostando a la movilización productiva generalizada, inyectando inversión en los sectores productivos comunitarios, empresariales, sociales, incluso cooperativas, garantizando que se cumpla con el estatuto social de la cooperativa. Obviamente, la inversión en las empresas estatales es estratégica, para que esta inversión sea estructural, es indispensable una transformación radical de la llamada empresa pública; desburocratizándola, convirtiéndola en una institución de ingeniería productiva, compuesta por científicos, profesionales y obreros altamente calificados. Puede ser que para dar estos pasos se requiere de un macro operador de planificación integral y participativa, con enfoque territorial, como establece la Constitución. En contraste, el gobierno ha optado por desmantelar el Ministerio de Planificación para el Desarrollo, reduciéndolo a la mínima expresión. La planificación quedó reducida al núcleo estrecho de clarividentes que definen las políticas públicas. Por otra parte, siguiendo con las condiciones de posibilidad institucionales, para una planificación integral y participativa se necesitaba urgentemente de un censo científico, que cuente con una actualización cartográfica, antes de realizarse, incorporando variables para la construcción de indicadores específicos y diferenciales, útiles para la planificación participativa y las políticas públicas. En discrepancia, el gobierno ha preferido seguir con un censo que no contaba con la actualización cartográfica, cuya boleta ha sido desarmada, sin cumplir con las preguntas de la comparación internacional, que es un requisito, menos introducir preguntas para indicadores específicos y diferenciales. La pregunta que se mantuvo es la de opción de auto-identificación con algún pueblo indígena; pegunta de opinión, que requería otros soportes y controles, que tampoco se introdujeron. En otras palabras, nos quedamos sin soga ni cabra. El gobierno quiere cubrir estas abismales falencias con propaganda. Si el censo no es científico, está mal implementado, no cuenta con el requisito básico de la actualización cartográfica, no se puede esperar alguna utilidad apreciable de sus resultados.

El gobierno vive una ficción estadística, quiere que también el pueblo viva de esta ficción; sin embargo, esto no es posible. Los gobernantes pueden darse el lujo de alimentar el imaginario de una economía en crecimiento; de manera diferente, el pueblo, que se encuentra en otros planos, en los planos donde experimenta la evidencia cualitativa de las dinámicas sociales y económicas, de sus procesos recurrentes, no llega a entusiasmarse con cuadros e histogramas.

Como dijimos al principio, llama la atención el atisbo de reflexión y elaboración discursiva sobre el proceso, una especie de desplazamiento de retoma en el discurso de preocupaciones emancipatorias. Se introducen términos como de la madre tierra, el vivir bien, se critica al capitalismo, a la dependencia de los mercados, al dominio del capital financiero, se alude a la necesidad de respetar a la madre tierra y estar en armonía con ella, por lo tanto de diseñar un desarrollo que equilibre “progreso” y respeto de los derechos de la madre tierra. Al respecto, algo que ya deberíamos haber aprendido de la enunciación discursiva es que la introducción de estos términos no garantiza una concepción no-desarrollista, no-extractivista, no-depredadora. Puede darse un discurso que incorporé estos términos, pertenecientes a otras concepciones, por ejemplo, a las cosmovisiones indígenas; pero, se lo hace, para colonizar estas concepciones, adecuándolas a una ideología modernista. Incluso, puede esperarse que los que emiten el discurso creen que logran equilibrar tendencias contradictorias, la indígena y la moderna, la desarrollista y la ecológica; pero, no puede obviarse que las prácticas discursivas no garantizan su deducción en prácticas no-discursivas; en este caso, en la efectuación de políticas y prácticas que logren armonizar y equilibrar tendencias efectivas, de evidente contraste. Los gobernantes creen que por que hablan de madre tierra se respetan sus derechos, consagrados en la Constitución, creen porque hablan del vivir bien, ya se encaminan en este horizonte y expresan esta perspectiva. Nada se resuelve en el discurso, salvo su propio desplazamiento y emisión, muchas veces contradictorio. Si el gobierno se mantiene en el modelo extractivista, nada ha cambiado, sigue una política económica depredadora.

Es anecdótico, que en el mismo discurso el gobierno se traicione, termine develando sus ocultas intenciones; el presidente ha dicho que va erradicar la extrema pobreza del TIPNIS, y esa tarea se encargará al ministro de la presidencia. Ese es el respeto a los derechos de la madre tierra y a los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios. El presidente ha dicho que el gobierno ha sido exageradamente democrático - ¿cómo se puede ser exageradamente democrático? -, que ha hecho la consulta en el TIPNIS, cuando no le correspondía, pues se trata de una carretera y no de temas administrativos y fiscales que afecten a los pueblos indígenas. Ha dicho que ha consultado a las comunidades del TIPNIS, las que de acuerdo al informe oficial, han aceptado la suspensión de la intangibilidad, interpretada por el gobierno como aceptación de la construcción de la carretera. El presidente ha recurrido, en su argumentación, a una consulta que no es consulta, que no cumple con la estructura normativa y conceptual de la consulta con consentimiento, previa, libre e informada. Ha dado cifras de preguntas hechas a familias, no a comunidades, mostrando forzadamente que la mayoría del TIPNIS ha aceptado la construcción de la carretera. Una vez conocido el informe del gobierno, se ha visto al detalle todas sus falencias; se sabe ya lo que significan sus cifras. También se sabe que de ahí, del informe de la consulta, a pesar de que solamente son familias y no comunidades las que respondieron, no se puede deducir la construcción de la carretera. Sin embargo, el gobierno persiste en una interpretación insostenible. También se conoce el informe de Defensoría del Pueblo, así como el informe de la comisión verificadora de la consulta, compuesta por Derechos Humanos, la iglesia católica y una oficina interamericana, informes que arrojan lucen de la violencia sistemática, la violación de derechos fundamentales, la manipulación grotesca de la consulta gubernamental. Hasta se dio el caso del rapto de una familia de Gundonovia, que fue trasladada a Trinidad, a un cuartel donde fue adoctrinada, para posteriormente hacerle la consulta en una hacienda. Sin embargo, el presidente persiste en seguir utilizando como argumentos estos mecanismos alterados.

Como se puede ver, se sigue optando por la persistencia de la fuerza, de las demostraciones de fuerza, en el uso ilegitimo de la mayoría congresal, a pesar de la evidencia de los crasos errores, el deterioro alarmante, la expansión de la corrupción y las derrotas electorales, en la elección de magistrados y en el departamento del Beni. Tal pareciera, que el gobierno ha llegado a un lugar de la curva del tiempo político del que ya no se puede retroceder. Ya está atrapado en una lógica de poder que se desencadena indeteniblemente. El gobierno no va optar por una evaluación crítica de lo que ha pasado en los ocho años de gestión, no se le ocurre revisar su comportamiento político, tampoco piensa contrastar lo que efectivamente hace respecto de lo que establece la Constitución. Esto ya no va ocurrir, el caballo de los acontecimientos ya está desbocado.

Lo que ha ocurrido en la conmemoración del aniversario del llamado “Estado plurinacional”, que no es otra cosa que el mismo Estado-nación, solo que folklorizado, pues no se han efectuado las transformaciones estructurales e institucionales, que sostengan la construcción del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico, es una clara manifestación de lo que ocurre. Se moviliza un auditorio popular, se traen organizaciones, que ya no acuden espontáneamente, se arma un desfile cívico y militar, repitiendo lo que se hizo años atrás; solo que ahora, ya no se nota el entusiasmo, como al principio de la primera gestión de gobierno. Se trata de una “movilización” formal, armada por el mismo gobierno; estamos lejos de las convocatorias a la movilización para profundizar el proceso. Estos actos se han convertido en una inercia repetitiva. Por otra parte, se tiene al verdadero público de los discursos, los diputados y senadores de la Asamblea Legislativa, quienes sí aplaudieron los discursos del vicepresidente y del presidente. El público que asistió a la Plaza, fuera de las organizaciones que desfilaron, fue por los festejos, la presentación de los conjuntos musicales. Fue a divertirse. Por último, tenemos a los propios miembros del gobierno, quienes no son público, sino actores de las políticas públicas, que estaban contempladas en el informe del presidente. En este estrato privilegiado están los mandatarios, quienes dieron los discursos. Habría que preguntarse: ¿A quiénes se dirigen? ¿Quiénes son sus interlocutores? ¿El pueblo boliviano? ¿Cuántos del pueblo realmente vieron y escucharon los discursos? Ya no ocurre como antes, al principio de la primera gestión, cuando la gran mayoría estaba atenta a lo que decía el presidente. La gran mayoría se sentía comprometida con el proceso. Ahora, en cambio, se siente desplazada por los funcionarios, los políticos profesionales, los gobernantes, que siempre tienen la razón, no escuchan, todo el rato se justifican y explican asombrosamente sus errores más garrafales. A propósito, una figura exagerada puede mostrarnos lo que patéticamente parece ocurrir: Los oradores se dirigen a su propio espejo; se miran a sí mismos en la épica estadística de sus grandes logros. También se miran a sí mismo en el espacio “topológico” de una trama donde aparecen como los héroes incomprendidos.                      

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Síntesis incongruente

 

Gilles Deleuze frente a la síntesis dialéctica de Hegel, que supera las contradicciones en una unidad tensa, opone una síntesis disyuntiva, que plantea una síntesis que no supera las contradicciones sino que las mantiene en el pluralismo del acontecimiento, entonces se trata de una composición dinámica de la multiplicidad de las singularidades. De manera muy distinta a estas opciones, podríamos interpretar que como se propone otra forma de síntesis en los trece pilares diseñados por el gobierno, como parte de su programa estratégico hasta el 2025. Esta forma de síntesis la vamos a llamar síntesis incongruente; usamos este nombre pues se intenta una síntesis política no tanto de contradicciones como de temas y tópicos incongruentes. Algo así como se buscara hacer políticamente congruente lo incongruente; cosa que parece sólo se puede lograr en el discurso político. Por ejemplo, tratar de sintetizar progreso y madre tierra, la concepción de desarrollista con la cosmovisiones indígenas. La “ideología” del progreso y la comprensión de la madre tierra son incongruentes, como el agua y el aceite; sin embargo, los trece pilares del gobierno buscan políticamente hacerlas congruentes. Esto sólo puede hacerlo el discurso político, que no responde a la lógica, sino al interés de asociar lo incompatible para cumplir con los desafíos de la coyuntura. Cuando ocurre esto en el discurso, en la práctica, uno de los componentes incongruentes se impone efectivamente, en tanto que el otro componente se mantiene en el imaginario, como un fantasma que justifica la realización de su verdugo. El cuadro es el siguiente: la victoria efectiva de lo opuesto se festeja sobre el cadáver de la víctima; además se legitima esta victoria a nombre de la misma víctima. A lo largo de las dos gestiones de gobierno, sobre todo después de aprobada la Constitución, se ha buscado realizar esta síntesis incongruente. La historia es dramática; en lo que respecta a la conjunción política de la “ideología” desarrollista y las cosmovisiones indígenas, de la “ideología” del progreso y la defensa de la madre tierra, se tuvo que asistir al lúgubre canto del vencedor, la “ideología” desarrollista y la ilusión del progreso, pisando el cadáver de las víctimas, las cosmovisiones indígenas y la madre tierra.

¿Cómo se puede interpretar del quinto al noveno pilar? ¿Qué se entiende por soberanía comunitaria financiera sin servilismo al capitalismo financiero? Disgregando y analizando cada uno de los conceptos integrantes del “enunciado” soberanía comunitaria financiera, tenemos: Soberanía, concepto de legitimación del poder; en el caso de la democracia, legitimación del Estado-nación a nombre del pueblo, el portador de la soberanía. Comunitario (a), concepto referido a la condición social de lo común, a lo que es común, en términos de posesión y de goce, también de acceso, de los bienes comunes. Financiero (a), concepto referido al dominio del capital virtual sobre el capital industrial y el capital comercial, dada en la última fase del ciclo capitalista. Ahora bien, ¿cómo podemos reunir estos tres conceptos disímiles en un “enunciado” como si no explotaran al juntarlos? La comunidad indígena no requiere legitimación, es potencia social; la legitimación la requiere el poder; en la república la soberanía es la legitimación del Estado-nación. El sistema financiero es, en esencia, especulativo; valoriza el dinero de manera especulativa. No se trata de una valorización efectuada en la producción. ¿Cómo puede darse una soberanía comunitaria financiera, además sin servilismo al capitalismo financiero?

Lo financiero es propio del capitalismo, el sistema financiero se da como operador principal de los circuitos del capital. ¿Cómo puede darse un sistema financiero comunitario, que además no sea capitalista? Hasta donde se sabe, las comunidades ancestrales de Abya Yala no se movían por un sistema financiero, sino por sistemas, si se puede hablar así, de complementariedades y reciprocidades, por el manejo, la administración de códigos de los circuitos y recorridos del don, lo que se llama la plusvalía de código. ¿Es esto lo que sugiere el quinto pilar? No, pues lo que propone es seguir moviéndose en el sistema financiero internacional; empero, que nos imaginemos que podemos ser soberanos cuando, en realidad, somos sometidos a los dictámenes del orden mundial financiero. Este pilar no es otra cosa que una anestesia.

Otro “enunciado” parecido es el del sexto pilar, que propone soberanía productiva con diversificación y desarrollo integral sin la dictadura del mercado capitalista. Esta vez el concepto de soberanía se usa en sentido económico, en sentido productivo. Hasta donde podemos entender, se propone un modelo productivo soberano, no dependiente. La clave de este modelo estaría en la diversificación de la economía y en el desarrollo integral, que además no debe estar sometido a la dictadura capitalista. ¿Cómo puede haber un modelo económico soberano, comprendiendo ahora el término soberanía como autonomía, independencia, si se propone para realizarla la figura de desarrollo integral? El desarrollo integral no es más que una de las versiones del paradigma general del desarrollo; concepto este que responde a la lectura moderna del desenvolvimiento capitalista; itinerario concebido en la perspectiva del evolucionismo social. El desarrollo integral quiere decir que todas las piezas del rompecabezas se integran armoniosamente; esto es lo que ha ocurrido en la historia de la expansión, hegemonía y dominación del sistema-mundo capitalista. Ha integrado las piezas bajo la irradiación de su hegemonía y dominación. Aunque el discurso gubernamental de desarrollo integral incorpore la armonía con la madre tierra y la noción del vivir bien, como lo ha hecho en su Ley de la Madre Tierra y Desarrollo Integral para Vivir Bien impuesta; esta incorporación produce la colonización de la madre tierra y el vivir bien por la “ideología” desarrollista.         

El séptimo pilar plantea soberanía sobre nuestros recursos naturales con la nacionalización y comercialización en armonía y equilibrio con la madre tierra. ¿Qué quiere decir este “enunciado”? control y dominio propio de nuestros recursos naturales; pero de quién. La Constitución establece que el propietario de los recursos naturales es el pueblo boliviano, ya no es el Estado; esta macro-institución es solo administradora de los intereses del pueblo boliviano. El que decide lo que se hace es el pueblo boliviano. Para esto se requiere consultarle lo que se va hacer. Los gobernantes no pueden decidir por sí solos sobre el destino de los recursos naturales. ¿Para qué es este control y dominio del pueblo? ¿Con que objeto? ¿Explotación extractivita para alimentar la vorágine del capitalismo? La Constitución es clara al respecto, los recursos naturales no son mercantilizables, son bienes destinados al vivir bien. Además la Constitución prohíbe exportar materias primas. Son estas condiciones constitucionales las que deben quedar en claro. El séptimo pilar no dice esto, oculta estas condiciones, que son mandatos, de la Constitución, para esconder lo que efectivamente se hace; se sigue la ruta del modelo colonial extractivita del capitalismo dependiente. Esta ruta no es el recorrido de la soberanía. Se le añade al enunciado con la nacionalización y comercialización. ¿Qué se quiere decir con esto? Se está avalando precisamente lo que no permite la Constitución; una nacionalización parcial, inconcluso, que además, se ha encaminado hacia la desnacionalización, con la firma y la legitimación de los contratos de operaciones, que entregan el control técnico de la explotación de los hidrocarburos a las empresas trasnacionales. Por otra parte, el “enunciado” avala la comercialización de los recursos naturales en condiciones de materias primas. Como se puede ver, este pilar, en realidad, desacata los mandatos constitucionales. Esta entrega al modelo extractivista se encubre con la demagógica culminación de la frase que dice en equilibrio y armonía con la madre tierra. Se nombra a la víctima, la madre tierra, para justificar el atentado que se ejerce contra ella, en contra de los derechos de los seres de la madre tierra.

Como se puede ver, en los pilares estratégicos del gobierno hasta el 2025 se expresan las profundas contradicciones del “proceso de cambio”, la ensanchada distancia del gobierno respecto a la Constitución, a la madre tierra y al vivir bien. Se emiten estos “enunciados” incongruentes sin tener mucha consciencia de lo que se dice; es más, parece que se cree en lo que se dice, considerándolo una garantía de cumplimiento con el proceso y la Constitución, cuando efectivamente se ocasiona el distanciamiento respecto a ambos acontecimientos histórico-políticos; el proceso, como acontecimiento histórico abierto por la movilización prolongada indígena y popular; la Constitución, como acontecimiento político. ¿Qué papel juega, en este caso, el discurso político? No es un dispositivo de acción, menos de acción transformadora; es un dispositivo “ideológico” de encubrimiento, un dispositivo “ideológico” que aparece como espejismo en el desierto capitalista, la aparición de la ilusión que engaña al caminante exhausto y lo empuja a seguir adelante, hacia su propia periclitación.

El octavo pilar dice: Soberanía alimentaria[45] a través de la construcción del saber alimentarse para vivir bien. La soberanía alimentaria sugiere una autodeterminación alimentaria; esto implica fortalecer la producción campesina y comunitaria de alimentos, recuperando semillas y variedades, en peligro de extinción o ya desaparecidas, lo que a su vez significa recuperar saberes locales y tecnologías tradicionales. Oponerse a las semillas transgénicas, monopolizadas por ocho o nueve empresas trasnacionales. El antecedente de la Ley de Revolución Productiva, donde se introducen dos artículos que avalan la introducción de transgénicos, muestra el camino optado por el gobierno, más aún cuando ha comenzado hacer insinuaciones, apoyando la versión de los empresarios agroindustriales y soyeros, de que los transgénicos garantizan la soberanía alimentaria. ¿Saben lo que dicen? El concepto de soberanía alimentaria se opone precisamente a la incorporación de los transgénicos a la agricultura, recupera los modos de producción propios y locales, defendiendo la autonomía y la independencia de los productores campesinos y comunitarios. Se añade a la frase a través de la construcción del saber alimentarse para el vivir bien. El saber alimentarse tiene que ver con el vivir bien, forma parte de la composición vivencial, de los habitus, si podemos hablar así, del vivir bien. Definido, por las resoluciones de la Conferencia Mundial de los Pueblos contra el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra (Tiquipaya-Cochabamba), como modelo alternativo al capitalismo, a la modernidad y al desarrollo. Estas resoluciones son vinculantes para Bolivia y los países del Alba, firmantes de las resoluciones; empero nadie las cumple. Entonces, ¿Por qué se habla del vivir bien si no se cumplen con sus postulados? ¿El vivir bien es un término legitimador en el discurso gubernamental? ¿Se habla del vivir bien para decir que se comparte la cosmovisión indígena del sumaj qamaña y el sumak kausay, aunque, en la práctica, se haga todo lo contrario?

El noveno pilar se propone soberanía ambiental con desarrollo integral respetando los derechos de la madre tierra. ¿Autodeterminación ambiental? Esto significaría reconocer los derechos de los seres de la madre tierra, reconocer el condicionamiento del equilibrio ecológico y la armonía complementaria y dinámica de la biodiversidad, y todo esto implica respeto a los bosques, a los ciclos del agua, del aire, de los suelos, de los seres. En contraposición, se tiene la efectuación irreversible del modelo extractivista. El ataque al territorio indígena del TIPNIS es una muestra fehaciente de que no se respetan los derechos de los seres de la madre tierra y los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios. Se ha hecho de todo, mostrando el desenvolvimiento desmesurado del poder, para imponer la carretera que atravesaría el núcleo del TIPNIS. Y después de todo esto, desde el premeditado convenio con el gobierno de Brasil, el contrato con OAS, el préstamo del BNDES, sin consulta previa, en el 2008, hasta la imposición de una consulta espuria, que no cumple con la estructura normativa y conceptual de la consulta con consentimiento, previa, libre e informada, pasando por todo un recorrido sinuoso de acciones violatorias de los derechos fundamentales y de la Constitución, se insiste en lo mismo, en la misma descarnada violencia. El presidente ha dicho que va extirpar la pobreza extrema del TIPNIS. ¿Qué quiere decir? ¿Qué va extirpar? ¿A las comunidades indígenas, a sus instituciones, normas y procedimientos propios, al territorio comunitario?

La síntesis incongruente, aunque no sea un concepto realizado, y sea, mas bien, un “enunciado” forzado políticamente, expresa de la manera más desnuda la “tragedia”, si podemos hablar así, de la política. La tragedia de Edipo rey de Sófocles narra el sufrimiento del rey Edipo, que se casa con su madre y asesina a su padre sin saberlo. La “tragedia” de la política sería al revés, asesina a su madre, la madre tierra, y se casa con su padre, el Estado-nación; esta vez, empero, no sin saberlo, sino teniendo pleno conocimiento de sus actos, entonces desplegando acciones deliberadas.

Del primero al cuarto pilar las propuestas estratégicas del gobierno repiten derechos constitucionales.

En la primera parte de la Constitución, en Bases fundamentales del Estado, derechos, deberes y garantías, en lo que corresponde al Título II, desde el artículo 16 hasta el artículo 20 se definen los derechos al agua y a la alimentación, a la educación, a la salud, al hábitat y a la vivienda adecuada, al acceso universal y equitativo, a los servicios básicos de agua potable, alcantarillado, electricidad, gas domiciliario, telecomunicaciones y transporte.

En el capítulo sexto, Educación e interculturalidad, en lo que corresponde a la sección IV, Ciencia, tecnología e investigación, en los artículos 105 y 106, se establece el deber del Estado en garantizar el desarrollo de la ciencia y la investigación científica, técnica y tecnológica en beneficio del interés general. Así como su responsabilidad en asumir como política la implementación de estrategias para incorporar el conocimiento y aplicación de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Así como también su deber en promover y fomentar la investigación y el desarrollo de conocimientos científicos, técnicos y tecnológicos como factor estratégico para la transformación y el desarrollo económico, industrial y diversificado del país.

Los pilares mencionados no hacen otra cosa que retomar los mandatos constitucionales en estos tópicos mencionados. Estas son ya tareas encomendadas por la Constitución; no se trata de repetir sus enunciados, sino de cumplirlos. Han pasado ya cuatro años desde la aprobación y promulgación de la Constitución; ¿qué se ha hecho al respecto? De acuerdo al informe del presidente del 22 de enero de 2013, hay avances en la instalación del agua potable en las ciudades, en la instalación de infraestructura de salud, construcción de escuelas, construcción y entrega de viviendas, instalación de gas domiciliario y telecomunicaciones. En lo que respecta a la alimentación, al hábitat, al acceso universal y equitativo a los servicios básicos de alcantarillado, electricidad, y transporte, parece notarse un rezago problemático ante la creciente demanda. Sin embargo, si bien se muestran estadísticas en lo que respecta al agua potable, a la infraestructura en salud, en la construcción de escuelas, de viviendas y la instalación de gas domiciliario y telecomunicaciones, éstas están lejos de cubrir la demanda. Es más, no se dice nada de la alarmante y catastrófica corrupción denunciada en lo que respecta a la construcción y entrega de viviendas. Ha sido denunciado y conocido por los propios ministros de obras públicas y vivienda lo acontecido en los programas de vivienda; empresas fantasmas, desaparición de montos destinados, involucramiento de vice-ministros, inauguraciones sin entrega de viviendas. No se trata de mostrar estadísticas de ejecuciones financieras, cuando de lo que se trata es de mostrar una transformación estructural de las condiciones de la vivienda popular. Lo que es más notorio en las ciudades es el boom de la construcción de edificios de departamentos de lujos, que responden a la especulación de préstamos bancarios para las construcciones de edificios, con venta de departamentos caros, donde presumiblemente también se dé el lavado de dinero.

A propósito de los llamados pilares estratégicos del programa de gobierno a largo plazo, lo que le tiene que quedar claro al gobierno, es que no se puede confundir las estrategias políticas con campañas electorales donde se promete de todo, sino del cumplimiento constitucional, de la realización y materialización de las transformaciones estructurales e institucionales que demanda la Constitución, del cumplimiento de los derechos fundamentales. Parece no haberse salido del teatro político y de la compulsión electoral.

El décimo pilar plantea la integración complementaria de los pueblos con soberanía, orientada a unir a los pueblos. Si hay integración complementaria de los pueblos, éstos ya están unidos, integrados, a partir de y por las dinámicas de las complementariedades. La complementariedad es la dinámica de cohesión social y territorial de los ayllus; que estas dinámicas se extiendan a los pueblos, se manifestarían como una irradiación de formas organizacionales comunitarias a los pueblos. Esta estrategia transformadora de las estructuras organizacionales sociales es ciertamente una opción alternativa y alterativa a la modernidad. Empero, ¿es esto lo que quieren decir los gobernantes? ¿O es que usan lo complementario como nombre atractivo para adornar el discurso político, así como ocurre con el vivir bien y la madre tierra? El enfrentamiento con las organizaciones indígenas originarias de tierras altas y de tierras bajas, el ataque a los territorios indígenas, considerados latifundios por el discurso oficial, los obstáculos puestos en la Ley Marco de Autonomía a las autonomías indígenas, el conflicto del TIPNIS, manifiestan, en los hechos, la efectuación por parte del gobierno de otra tendencia, de ninguna manera complementaria, sino de exclusión de las opciones comunitarias, en beneficio de las opciones desarrollistas, ilusionadas con el progreso.

El undécimo pilar plantea la soberanía y transparencia de la gestión pública. La gestión pública sigue siendo liberal; no se efectuaron las transformaciones institucionales requeridas para la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico; se mantiene la institucionalidad homogénea del Estado-nación, y la normativa de la gestión pública neoliberal, la Ley de Administración y Control Gubernamentales (SAFCO), Ley 1178. Nunca se discutió el Anteproyecto de Ley de Gestión Pública Plurinacional Comunitaria e Intercultural (2008), presentada por el equipo interministerial, a cargo del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas. Es muy difícil sostener que ha habido transparencia en la gestión pública, menos en la contratación de bienes y servicios, sobre todo en aquellos que implican grandes montos financieros, en los montos destinados a la construcción de carreteras, de plantas separadoras de gas, de plantas industriales. ¿Va cambiar esta práctica opaca y nebulosa de la gestión pública? Esa es la responsabilidad de un gobierno popular en la transición al Estado plurinacional.

El duodécimo pilar propone disfrute en felicidad plena con nuestras fiestas, música, ríos, selva, montañas y nuestros sueños. Ni duda cabe que disfrutamos nuestras fiestas, así como nuestra música; empero parece que no respetamos los derechos de nuestros ríos, de sus ciclos, tampoco respetamos las selvas y los bosques; al contrario, los talamos y ampliamos la frontera agrícola. Las montañas son horadadas por la minería extractivista. ¿Disfrutamos nuestros sueños? Por ejemplo, el sueño de la descolonización. Parece que no; lo evidente es la reiteración de la colonialidad en la transición, en las formas más grotescas, folklorizando los ritos y ceremonias ancestrales, convirtiendo en ornamento simbólico el nombre de Estado plurinacional, expandiendo el modelo extractivista, restaurando la institucionalidad del Estado-nación, sus gestiones y sus prácticas, desplegando a gritos la “ideología” desarrollista y la ilusión de progreso. ¿Podremos soñar y realizar nuestra fantasía teniendo en cuenta estos antecedentes?

El último pilar dice: Reencuentro soberano con nuestra alegría, felicidad, prosperidad con nuestro mar. En el título siete de la segunda parte de la Constitución, en Estructura y organización funcional del Estado, en el séptimo título sobre Relaciones internacionales, fronteras integración y reivindicación marítima, se tiene, en el capítulo cuarto, el mandato de la Reivindicación marítima. La conducción política del gobierno en relación a este mandato constitucional ha sido problemática. Al principio se trabaja en la Cancillería sobre dos principios básicos, la diplomacia indígena y la diplomacia de los pueblos. En esta perspectiva se avanza, sobre todo en la diplomacia de los pueblos, quedando como postulado teórico lo de la diplomacia indígena. En lo que respecta a las relaciones con Chile, la diplomacia de los pueblos surte efecto; se logra el apoyo del pueblo chileno, sobre todo popular y estudiantil, a la causa marítima boliviana. En este contexto se logra una agenda de 13 puntos, donde se encontraba la discusión sobre el puerto sin soberanía. Se quedó en esto; la salida del entonces cónsul general en Chile, José Pinelo, por rumores y serruchadas de piso, típicas en las instituciones gubernamentales, interrumpe el avance, aunque se siga tratando la agenda. La diplomacia de los pueblos ya no es practicada. Después de algunos años, a algún alto jerarca del gobierno se le ocurrió repentinamente que no se había avanzado, que la tardanza beneficiaba a Chile y no a Bolivia, que lo que había que hacer es interrumpir el tratamiento bilateral, trasladándose a una estrategia multilateral. Llevando el caso del diferendo marítimo al Tribunal de la Haya. Lo que se había avanzado quedó en suspenso; se ingresó a una relación conflictiva con Chile, bajo el criterio de que se trata de un gobierno de “derecha” y no de “izquierda”, como era el gobierno de Verónica Michelle Bachelet Jeria. En estas decisiones improvisadas, sin ninguna evaluación seria de lo que se había hecho, se descentralizó el atributo del tema marítimo de la Cancillería, conformando una Dirección Estratégica de Reivindicación Marítima (DIREMAR), que hasta ahora no ha dado ningún resultado; es más, esta dirección muestra señales preocupantes de estar bastante perdida en el dominio y manejo del tema. La denuncia al Tribunal de la Haya no prosperó; a estas alturas, de una experiencia tan embrollada del tratamiento reivindicativo marítimo, parece el gobierno haberse dado cuenta de su equivocación. Ahora, por insistencia de la Cancillería, se quiere retomar el tratamiento de los trece puntos pendientes. Este itinerario tan intrincado nos muestra a claras luces que no hay ninguna estrategia diplomática y política respecto al tema marítimo; si había atisbos para armar una estrategia, al principio, se los ha perdido en el camino, en este recorrido tan atropellado de la política marítima boliviana. ¿Se va a trabajar seriamente en una estrategia, suponiendo la realización de investigaciones y análisis objetivos, evaluaciones críticas de las políticas bolivianas al respecto, retomando la diplomacia de los pueblos? No parece ser esta la voluntad del gobierno. Su discurso reivindicativo cada vez se parece al discurso demagógico de los gobiernos anteriores, que lanzaban el tema marítimo cuando se encontraban envueltos en crisis de legitimidad[46].

La síntesis incongruente no se logra conceptualmente, como dijimos, es, mas bien, un “enunciado” político forzado, para atender los dilemas y conflictos que atraviesan las políticas en periodos y coyunturas problemáticas. Aparece entonces como recurrente figura de bricolaje, que connota representaciones provisionales, para atender al desafío de lo disímil y de lo incompatible, que busca ser articulado por razones políticas, por razones de Estado. La síntesis incongruente puede ser también tomada como recurso “barroco”, como procedimiento de mezcla, empleado en el discurso político para legitimar la práctica efectuada por el poder.                       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un discurso anacrónico

 

 

De alguna manera un discurso tiene que ver con su contexto, donde se lo emite, con la coyuntura, a la que se responde; pero, ¿qué decir, de un discurso que parece encontrarse el 2006, cuando el gobierno popular asumía el mandato, cuando tenía sentido distinguir dos periodos, diferenciados, por la movilización prolongada? El vicepresidente, el 22 de enero de 2014, expone un discurso, en la apertura del Congreso; como si estuviera al inicio de la primera gestión de gobierno, como si no hubiera trascurrido ocho años, como si nada hubiera pasado, como si no hubiera corrido agua bajo el puente. Toda su exposición se ha dirigido a distinguir entre las fases correspondientes al gobierno de Evo Morales Ayma y las fases de los gobiernos neoliberales. Una verdad trillada. Todos o casi todos, si se quiere, la gran mayoría, saben, que hay una evidente diferencia entre ambos lapsos de periodos. Eso no está en discusión. El tema es otro, la pregunta de la gran mayoría es: ¿Qué pasó?

A esta pregunta no responde el discurso del vicepresidente, aunque lo pueda hacer, para explicar afirmativamente lo acontecido. Habla como si no hubiera problemas, como si no hubiera preguntas a las que responder, como si no hubiera un desplazamiento de sucesos que hay que tomar en cuenta, de una u otra manera, para observar su contingencia, ya sea para defender las hipótesis del gobierno o para descartar las observaciones críticas. Nada, esto no existe. El vicepresidente vive otro mundo, está en otra parte.

Este ha sido una conducta repetida por el presidente nato del Congreso, este es un síntoma constante en sus discursos. Un desprecio desenvuelto a los hechos, a los conflictos, a las preocupaciones de los mortales. Sencillamente eso no existe; lo único digno de tomar en cuenta son sus certezas, que sabe dios dónde se sustentan; lo único válido son los conceptos que maneja; lo único importante es el esquema abstracto, un esqueleto deductivo, al que recurre una y otra vez. Un esquema elemental, maniqueo, de buenos y malos, de víctimas y de patrones. Llama la atención una exposición tan simple en una persona que se reclama de teórico marxista; las clases sociales, la lucha de clases, la dinámica de la lucha de clases ha desaparecido.

Otra cosa notoria, en el discurso anacrónico, es su constante alabanza al presidente del Estado, que, en verdad, no necesita de esos halagos, ¿o sí?; requiere más bien de crítica, para corregir los garrafales errores que hunden al proceso en profundas contradicciones. ¿Por qué lo hace? ¿Una estrategia de poder? Es cierto, que ninguno de los que están en el gabinete sería algo sin la popularidad que todavía goza el presidente. ¿Esta aseveración lo incluye al vicepresidente? Se puede decir que no, pues ya tenía ganado un prestigio por arriesgar su vida en la lucha anti-colonial. ¿Pero, entonces? El problema es si el vicepresidente se mantendría en el lugar donde está si fuese consecuente con el perfil construido en sus años de lucha. No, no podría estar ahí, pues es incompatible con la guerra anti-colonial. El vicepresidente ha escogido en su dilema: ¿O continúa la lucha o se inclina por el “pragmatismo”? Lo que al final es una renuncia a la lucha anti-colonial. No hay que dar muchas vueltas sobre este asunto, tal como lo ha hecho la vocería de la “derecha”, durante el periodo de conflictos (2006-2009), convirtiéndolo en un monstruo; tal como lo hace una vieja “izquierda” que ve en él un traidor. Ninguna de las dos cosas, eso es reducir la explicación de los comportamientos y de los procesos a un moralismo de cura de provincia o a al esquematismo de principiante en su militancia.

Lo que ha pasado le ha ocurrido a León Trotsky cuando comandó el ataque y la masacre a la vanguardia de la revolución rusa en Kronstadt, contra los marineros revolucionarios; yendo en la misma perspectiva, eso es lo que le ocurrió a Vladimir Lenin, cuando decidió la ruta de la Nueva Política Económica. Le ocurrió a Mao Zedong cuando abandonó a su suerte a los guardias rojos en su lucha contra la burocracia. Estando en el poder, llega un momento donde hay que escoger: seguir conservándolo o intentar destruirlo. Este “pragmatismo” no es sólo atributo del vicepresidente de Bolivia, es un síndrome compartido por los líderes progresistas populares. Lo que es propio del vicepresidente es su inclinación por sustituir los hechos por anti-hechos, para usar esta palabra contrastante, para sustituir la “realidad” por un mapa de representaciones, como lo hacía Daniel Salamanca, durante la guerra del Chaco. Se ganaba la guerra en el mapa y en la mente de Salamanca y se la perdía en el campo de batalla.

¿Es esta una defensa psicológica? Sobre todo cuando se puede conjeturar, que en el fondo, sabe lo que ocurre. ¿Una manera inaudita de concentrar la voluntad para continuar adelante, a pesar de todas las contingencias, todas las debilidades, todas las contradicciones, todas las miserias? Puede ser; entonces estamos ante un ser desgarrado, escindido, entre el deber ser y lo que se es. Terrible. Hay un drama solitario que sufren los caudillos, los líderes, los personajes públicos, quienes se ven obligados a aparentar lo que representan, la figura que creen que son los demás. Luchan denodadamente por parecerse a una imagen construida, que no es más que eso, una imagen pura, imposible. Son personajes que pierden la poca humanidad que nos queda en un mundo corroído por la compulsión comercial.

El drama no solamente es de las mayorías, que confiaron en un gobierno llamado “su gobierno”, “nuestro gobierno”, que se encuentran desencantados y sorprendidos, que no saben qué ocurrió, cuando ven repetirse las mismas práctica de los anteriores gobiernos. El drama es también de estos personajes, embarcados en cumplir con la demanda de su imagen, estos personajes públicos que se pierden en su propio laberinto.

La política no ha dejado de ser, digan lo que digan los cientistas sociales, digan lo que digan los llamados “analistas políticos”, lucha por las emancipaciones y liberaciones múltiples. Lo otro, lo que hacen los “políticos”, es policía, defensa del orden establecido. No se trata de convertir en monstruos a estos hombres públicos de la política, a estos encargados de hacer cumplir la Constitución, cuando lo que hacen es todo lo contrario, haciendo de esta manera una catarsis; se trata de comprender las dinámicas complejas y entrelazadas, que se tejen en las entrañas mismas de los procesos. Es menester la crítica constante, mirando en el presente la oportunidad y la ocasión de influir en los acontecimientos, con la participación colectiva, por más imposible que parezca. Es indispensable la continuidad de las luchas; separarse radicalmente de esa conjetura de que este es el fin, la realización de un desenlace definitivo; de decir que así no más son las cosas, es mejor desentenderse; optar por salidas desesperadas o por salidas “pragmáticas” electorales.           

 

Interpretaciones estrambóticas

 

La interpretación tiene que ver con la decodificación del mensaje, con la comprensión del sentido, de lo dicho, de lo escrito, de lo emitido. A veces no es tan simple llegar al mensaje, no es tan fácil acceder al sentido; la interpretación requiere contemplar el contexto del texto, el ámbito de la oralidad, visualizar la configuración de una totalidad para poder figurar la parte requerida. Pero, ¿qué pasa cuando a la “interpretación” no le interesa ni codificar el mensaje, ni acceder al sentido, sino reducir lo dicho, lo escrito, lo emitido, al interés político del “intérprete”? Ciertamente ya no estamos ante una interpretación, sino ante una pretensión descomedida; lo que se dice, lo que se escribe, lo que se piensa, es la repetición de la verdad del poder.

Después de las elecciones del Beni y la derrota del MAS en las mismas, la “interpretación” del gobierno de la victoria electoral del MAS en el TIPNIS, es que las comunidades indígenas del territorio indígena aceptaron la carretera. Uno se pregunta: ¿Cómo llegan a esta conclusión? Antes decían que la respuesta de las familias que accedieron a la consulta - puesto que no fueron comunidades, lo que requiere como unidad una consulta a los pueblos indígenas, sino familias, que terminaron por aceptar la suspensión de la condición de intangibilidad que otorga la Ley 180 al TIPNIS - se interpreta como aceptación de la carretera, a pesar de que en el propio informe oficial se revela que estas familias no estaban de acuerdo con la construcción de la carretera que atraviese el núcleo del TIPNIS. ¿Cómo llegan a esta conclusión? La única explicación que hay es que a estos “interpretes” no les interpresa saber qué dijeron los consultados, tampoco les interesa comprender el significado de los resultados de la votación. Sólo les interesa ratificar la verdad del poder.

¿Por qué votaron las comunidades del TIPNIS por el MAS? ¿Acaso los del TIPNIS podían votar por los patrones? El conflicto de las comunidades del TIPNIS con el gobierno y el MAS, por la defensa de su territorio, no podía llevarlos a votar por la “derecha”. Nunca perdieron de vista, ni en los momentos más intensos del conflicto, la distinción de la diferencia política entre el gobierno y la “derecha”, entre el MAS y los partidos llamados de oposición conservadora. Empero, tampoco dejaron de entender que el gobierno y el MAS se encaminaron por el modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente, distanciándose de la Constitución y del proceso de cambio. Esta posición, clara y diáfana, fue expresada a lo largo de la VIII y IX marcha indígena, a lo largo de la resistencia de las comunidades a la consulta espuria. Sin embargo, el gobierno no escuchó el mensaje, prefirió acusar a la dirigencia de las organizaciones indígenas de aliados de la “derecha” y del “imperialismo”. Tampoco entiende ahora, cuando los dirigentes del TIPNIS le dicen que van a resistir a la construcción de la carretera. Prefieren continuar con su letanía, seguir transmitiendo la verdad del poder.

¿A dónde lleva todo esto? Cuando no se entiende el mensaje y el sentido de lo que se dice, escribe y emite, simplemente no hay comunicación ninguna. Hay una distancia abismal entre emisor y destinatario, no se da la transmisión del mensaje y una apropiación del mismo. Se da la violencia de una de las partes, la violencia de la imposición de un sentido no compartido. Esta violencia se impone en condiciones de excepción, de suspensión de la democracia, cuando se hace valer el peso demoledor del monopolio de la violencia por parte del Estado. Cuando esto ocurre se da también una desconexión del “interprete” de lo que supuestamente tiene que interpretar. Cuando no hay comunicación se hace imposible la interpretación, no hay nada que interpretar, se da lugar a la deducción pretensiosa y oprobiosa desde la verdad del poder, se deduce la “legitimidad” obligada de las políticas públicas. Esta tautología aísla al poder de la potencia social; por lo tanto, el poder mismo se aleja de las condiciones de reproducción, termina aislado como una fortaleza asediada. Es el comienzo del fin.

¿Por qué se dan estas situaciones? ¿Por qué no se quiere decodificar el mensaje, por qué no se quiere comprender el sentido, de lo que se dice, de lo que se escribe, de lo que se emite? Esta aparente autosuficiencia del poder, remitido a su verdad, devela un temor, el miedo a la diferencia, a la heterogeneidad de los sentidos, de que sean distintos al sentido inscrito en la memoria del poder. Es el miedo de la homogeneidad del Estado a la pluralidad de la sociedad. Es el terror de todo gobernante a las demandas de sus gobernados. En el caso que nos compete, es el terror del Estado-nación a la posibilidad efectiva de la pluralidad de otra forma estatal, concebida como Estado plurinacional. Terror colonial a lo indígena.

La verdad del poder sólo puede ser impuesta, inscrita en los cuerpos, induciendo comportamientos, disciplinando, domesticando, controlando, propagandizando; no puede haber una verdad compartida, consensuada, compuesta de muchas verdades. Esto no puede soportarlo el poder. Por eso, podemos decir que el Estado, en el fondo, no es democrático, no puede ejercer la democracia consecuentemente, no puede aceptar la radicalidad de la democracia como política, como participación de todos, del pueblo, de las multitudes, del proletariado, de las comunidades. El Estado requiere conservar el sistema de sus normas, el campo de sus instituciones y, sobre todo, la verdad del poder, que se expresan en las políticas públicas de un gobierno, políticas que, a pesar que parezcan diferentes a las de otros gobiernos, repiten un esquema preestablecido; en este caso, el esquema de un proyecto supremo, el “desarrollo”, que no es otra cosa que el desarrollo capitalista, el logro de la acumulación de capital. Los Estado-nación están atrapados en esta lógica, son instrumentos de esta lógica, están ahí para ejecutar el proyecto inscrito en sus códigos institucionales, el proyecto de la modernidad, que es el desarrollo del capitalismo.

La diferencia de los gobiernos se refriere a la forma en que realizan un mismo proyecto, el desarrollo capitalista dependiente, en nuestros casos, de países periféricos al sistema-mundo capitalista; la diferencia es que unos gobiernos lo hacen de manera liberal, otros de manera nacionalista, los terceros de manera neoliberal, también pueden proclamarse socialistas y seguir el rumbo por otros caminos del desarrollo capitalista, por medio del capitalismo de Estado; los gobiernos progresistas de la actualidad “izquierdista” sudamericana también siguen de otra forma el desarrollo capitalista. Por más que se desgarren las vestiduras y se proclamen “anti-imperialistas”, expresen discursos incendiaros contra el capitalismo, no hacen otra cosa que continuar el desarrollo capitalista, aunque digan que están en su contra. En la medida que se conserve la arquitectura política del Estado-nación no pueden hacer otra cosa. El Estado-nación es instrumento por excelencia de la modernidad para efectuar la realización de la acumulación capitalista.

Es la comprensión de este condicionamiento histórico lo que ha llevado a las multitudes sublevadas, a los movimientos sociales, a los pueblos indígenas originarios, a proponer una transición política distinta pos-capitalista, la transición del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico. Sin embargo, esta transición política, establecida en la Constitución, ha sido negada por el gobierno progresista, ha sido reducida a un folklore político, vulgarizando lo plurinacional, convertido en representación desgastada en el decurso de la demagogia de los nombres y el usufructúo propagandístico de los símbolos, mientras la institucionalidad del Estado-nación sigue intacta. El conflicto desatado en torno al TIPNIS devela la manifestación secreta de una guerra, la guerra declarada del Estado-nación al germen del Estado plurinacional, que se encuentra en los territorios indígenas y en la Constitución.  Por lo tanto, la guerra de las formas del capitalismo dependiente a las posibilidades de las formas alternativas al capitalismo. En otras palabras, la guerra del poder, en su condición moderna, de Estado moderno, a las formas de la potencia social, que se manifiesta como multitudes, como proletariado nómada, como comunidades.

Hay que comprender entonces las contradicciones del proceso en curso, los conflictos desatados, a partir de esta guerra declarada, guerra que hace inteligible las contradicciones inherentes en el seno mismo de la sociedad. La sociedad misma, en la medida que es la matriz reproductora del Estado, también en la medida que ha sido producida y modulada por el Estado, por las instituciones modernas políticas y no políticas, por el campo político y por el campo escolar, educativo, está atravesada por las contradicciones derivadas del conflicto entre reproducción y dinámicas sociales moleculares, entonces es un dilema experimentado dramáticamente entre conservación de lo mismo o alteridad. En la medida que el Estado captura las dinámicas sociales moleculares, la sociedad reproduce el Estado; en la medida que las dinámicas sociales escapan a esta captura producen alteridad, abren horizontes más allá del Estado. Entonces se entiende que el Estado-nación siga reproduciéndose no sólo por la acción conservadora del gobierno, sino también por la captura institucional de las dinámicas sociales; es la propia sociedad que reproduce el Estado todos los días. Sobre la base de estas diligencias de la inercia estatal es que el gobierno progresista puede continuar su labor de promotor del “desarrollo”, acompañado por la ilusión de progreso, restaurando el Estado-nación.

No tenemos que buscar la explicación de lo que ocurre en la astucia de “maquiavelos” criollos y mestizos, pues la reproducción del Estado-nación sigue ocurriendo a pesar de los crasos errores del gobierno y la torpeza de los gobernantes. La explicación se encuentra en la misma sociedad, en gran parte capturada por la institucionalidad política y no política del poder. Es la crisis múltiple del Estado-nación, es la crisis de su institucionalidad, lo que ha llevado a la sublevación, a los levantamientos y a las movilizaciones sociales. La apertura del proceso de cambio se debe a esta crisis múltiple y a la acción desbordante de las multitudes y movimientos sociales; sin embargo, en la medida que el desborde ha dejado intacta las estructuras institucionales del Estado-nación, éstas han continuado su labor, la reproducción del Estado, la diferenciación del poder respeto de la potencia social; efectuándose la economía política del poder, en la medida que el poder captura potencia social y la valoriza como monopolio de la fuerza, como el control de la disponibilidad de fuerzas, al servicio de la acumulación de capital, efectuada por los delegados a cumplir esta tarea, los gobernantes.

Sólo una nueva manifestación de la agudización de la crisis múltiple del Estado puede re-articular las dinámicas sociales moleculares en composiciones alterativas y alternativas a la reproducción del Estado, sólo el estallido de la crisis puede liberar de la captura institucional a las dinámicas sociales. En estas condiciones de crisis, las dinámicas sociales moleculares pueden conformar otras composiciones que van más allá del Estado-nación. No ha sido posible demoler el Estado-nación, no ha sido posible construir el Estado Plurinacional, porque la mayor parte de las dinámicas sociales volvieron a la captura institucional, volvieron a ser moduladas por los diagramas de poder institucionales. No bastaba con escribir una Constitución plurinacional comunitaria y autonómica, encaminada a la economía social y comunitaria, en la perspectiva del vivir bien. La letra no hace a la práctica, la escritura no hace a la acción, el texto constitucional no transforma de por sí la “realidad” política, social, económica y cultural. La norma constitucional no rige las prácticas si es que no hay fuerzas que acompañen su realización, en este caso, transformadora. Las fuerzas efectivas que se han pronunciado son las fuerzas concentradas, controladas y capturadas por la institucionalidad del Estado-nación. Estas fuerzas mecanizadas y orientadas por la lógica del poder no hacen otra cosa que reproducir el Estado-nación, a pesar de que exista una Constitución aprobada por la mayoría absoluta del pueblo boliviano, que manda a construir el Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico.

No es la “traición” o la inconsecuencia de los gobernantes lo que termina de explicar este desfease respecto de la Constitución, aunque la inconsecuencia sea notoria y se haya convertido en una opción consciente por parte de los gobernantes, sino es la permanencia y persistencia “geológica” de la institucionalidad del Estado-nación. Los gobernantes son engranajes y dispositivos subjetivos de estructuras de poder afincadas en los cuerpos, comportamientos y conductas de la gente. Los gobernantes son agenciamientos de las lógicas inherentes al Estado-nación. Claro que podían haberlo hecho mejor, crear las condiciones para una transición participativa; pero, el límite como gobernantes es el límite impuesto por la estructura estatal. Sólo las acciones participativas, el ejercicio plural de la democracia participativa, directa, representativa y comunitaria, podía trastrocar los contenidos y composiciones institucionales, inventar otras instituciones, en la composición y lógicas de otros horizontes, los abiertos por la configuración del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico. Sin embargo, como sabemos, se prefirió el mando concentrado y vertical de la jerarquía del poder del Estado moderno, incluso su reducción al mando carismático del caudillo; por lo tanto, se prefirió el descarte de la participación y el control social, usando el nombre discursivamente y como parte del teatro político, cada vez más grotesco. Al hacerlo se renunció a la construcción colectiva de la decisión política, de la ley y de la gestión pública, como manda la Constitución. Los gobernantes quedaron atrapados en las propias estructuras del poder, ilusionándose que son la encarnación del “proceso de cambio”, cuando no eran otra cosa que la encarnación popular del Estado-nación. En este sentido, cumplieron coherentemente su papel, preservar el Estado-nación contra la amenaza de la Constitución que decretaba su muerte. Lo que no hay que olvidar es que las transformaciones estructurales e institucionales del Estado no son tareas que puedan efectuar los gobernantes, los funcionarios, el campo burocrático; éstas transformaciones sólo pueden realizarse mediante el accionar movilizado y participativo de los movimientos sociales anti-sistémicos. Este esperar que los gobernantes cumplan es parte de la inercia estatal; hay pues una corresponsabilidad de lo que ha ocurrido en los propios movimientos sociales.

Aunque puedan sorprendernos la torpeza de las “interpretaciones” estrambóticas gubernamentales respecto del TIPNIS, no dejan de explicarse como forzamientos y adulteraciones de una voluntad inscrita en los genes institucionales. Aunque no era necesario recurrir a esta violencia “interpretativa”, pues podían haber sido más bien “racionales” en sus apreciaciones, encontrar otros argumentos más convincentes, incluso postergar sus pretensiones y compromisos extractivistas, antes de meterse en conflictos políticos desgastantes, de todas maneras están como inducidos a efectuar la marcha compulsiva de la acumulación de capital y del monopolio del poder.

Ahora bien, las “interpretaciones” estrambóticas gubernamentales develan algo de las “interpretaciones” del poder, también de la función de los discursos del poder; no están para hacer interpretaciones que se abran a la comprensión. No hay una hermenéutica del poder, hay, mas bien, una heurística del poder. Están ahí para decir la verdad del poder. La compulsiva propaganda del gobierno expresa mucho de esto. ¿Por qué una “revolución” tiene que hacer propaganda de sí misma? ¿Es qué no está segura de lo que es? ¿Tiene que convencerse que es una “revolución”? Este recurso de la propaganda, de la publicidad y de los escenarios grandiosos, monumentales, que acontece en todas la “revoluciones”, una vez asumido el poder, llama la atención. Una revolución no requiere de propaganda, la sola efectuación de la revolución basta. Sin embargo, parece que cuando se asume el poder, como que emergen las dudas, las tensiones y las contradicciones, entonces se tiene que recordar a cada rato a la población que lo que se está haciendo es una “revolución”. Llama también la atención que el gobierno siga considerando una situación anterior a la llegada al poder, cuando no contaba con medios de comunicación; ocurre que ahora, que es gobierno, no solo cuenta con medios de comunicación oficiales, sino también ya monopoliza una parte importante de los medios de comunicación, con la compra de canales de televisión, compra de acciones en radios particulares, compra de una empresa periodística impresa, presión a los medios con el retiro de la publicidad estatal. El gobierno hace lo mismo de lo que critica a los medios empresariales; manejo de la información, selección de noticias, propaganda, publicidad, de las políticas públicas, monopolio de los espacios, manipulación de los hechos. La comunicación pública llega a ser la otra cara de la medalla del monopolio del espacio comunicativo por parte de los medios oficiales y los medios empresariales. Se somete a los usuarios a un bombardeo de desinformación, de publicidad comercial, de malos programas, de mediocres análisis, salvo contadas excepciones, de pugnas menores. No hay espacios de la comunidad, de la sociedad, donde pueda participar la población y ejercer libremente su “propiedad” común. El pueblo boliviano es propietario de los recursos naturales y del espectro electromagnético. La ley de comunicación, que se aprobó y promulgó, responde al interés del gobierno de controlar los medios de comunicación empresariales. No responde a la Constitución, aunque la hayan matizado con llamarla contra el racismo y toda forma de discriminación, aunque contemple estos temas de discriminación de una manera incompleta. La ley que correspondía constitucionalmente es una que cree espacios propios de la comunidad, de la sociedad, garantizando la participación abierta, libre, deliberativa y formativa de los sujetos sociales. Más allá de lo público y lo privado, que son, al final, las dos caras de la misma moneda, está lo común, los bienes comunes, los saberes colectivos y el intelecto general. Se requería una ley que abra estos espacios, que defienda a los usuarios del bombardeo desinformativo y manipulador de los medios estatales y los medios empresariales. Los medios estatales y los medios privados imponen su verdad.

Las condiciones plurinacional, comunitaria y autonómica, implican esto, la realización de lo común, de las comunidades, de lo comunitario, de los bienes comunes. La realización de la interculturalidad emancipatoria, la autonomía y la autodeterminación de las multitudes, sociedades y comunidades. El gobierno y los medios empresariales, el Estado-nación y la empresa privada, el MAS y la “derecha”, están lejos de comprender estas condiciones definidas en la Constitución. El gobierno reduce todo, los mandatos constitucionales, al llamado socialismo comunitario, que no es otra cosa que monopolio estatal y capitalismo de Estado; los medios empresariales, los empresarios privados y sus expresiones políticas, lo reducen todo al libre mercado, a la libre empresa y a la libertad de expresión de los medios privados. Para ellos no existe la libertad de expresión de los usuarios, de las comunidades, de las multitudes, de las sociedades. Los únicos que tienen derecho a la libertad de expresión son ellos, el Estado y los empresarios privados; esta libertad de expresión no existe para el pueblo. Este es el panorama triste de las usurpaciones, de las suplantaciones, de las expropiaciones de la voz del pueblo.

 

 

 

La concepción desfachatada de la economía

 

 

Se ha dado una variedad de teorías económicas, a partir de lo que podríamos llamar una consciencia de la experiencia económica capitalista. Estas teorías han sido conocidas y difundidas sobre todo durante el siglo XVIII  y XIX; después, durante el siglo XX, se reflexiona sobre ellas, se trabaja sobre sus consecuencias, se contrasta las teorías con la realidad, se producen teorías o, mas bien, disciplinas operativas y matemáticas, directamente vinculadas con la administración pública y las políticas económicas de los gobiernos. En este último caso, de lo que se trataba no era tanto de explicar, como en el caso de las corrientes teóricas, sino de garantizar su aplicación. Sobresalen, en principio, las teorías neoclásicas, marginalistas y monetaristas. Después las llamadas teorías del equilibrio macroeconómico y, de una manera más específica, las llamadas teorías neo-liberales; todo esto en lo que respecta a lo que podríamos llamar la continuidad de las corrientes teóricas burguesas. También hay que mencionar las teorías económicas vinculadas a la planificación, en el caso de la continuidad operativa de la crítica de la economía política. En este caso, son sobresalientes las tesis del economista polaco Michal Kalecki. Estas corrientes teóricas contrapuestas, unas apuntando al manejo de la administración capitalista, otras orientadas a la planificación de la construcción del socialismo, no han dejado de producir sus intersecciones, sus cruces. Uno de ellos es el modelo propuesto por John Maynard Keynes para resolver la crisis económica estructural del capitalismo desatada en 1929. Se dan analogías entre la teoría de Michał Kalecki y la teoría de John Maynard Keynes. Éste último economista británico incorpora la planificación y el pleno empleo, basándose en las dinámicas de la demanda, en una política de intervención del Estado en la economía. Las grandes planificaciones quinquenales de la URSS y de la República Popular China, si bien no contaron con el acompañamiento de teorías operativas, fueron acompañadas por metodologías supuestamente deducidas de la crítica de la economía política. Estas políticas de construcción socialista no escaparon de la teoría del valor; empero, se justificaron con la “ideología” del valor de uso, que supuestamente enfocaba la satisfacción de las necesidades y no de la ganancia. Desde el derrumbe del III Reich y su derrota demoledora, comienzan a circular las teorías económicas que conoceremos como neo-liberales, gestadas ya durante la década de los treinta. Estas teorías retomaron la tesis liberal del libre mercado y el supuesto de la mano invisible de Adam Smith, empero no se convirtió esta conjetura en el eje central de su propuesta; la tesis central neo-liberal fue la competencia y la libre empresa.

Todo esto forma parte de la historia de las teorías económicas, a lo largo de por lo menos tres siglos. No es nuestra intensión, en este ensayo, evaluar estas teorías, tampoco contrastarlas con su aplicación. Sino tan solo nombrarlas en su propia secuencia. Lo que nos interesa es anotar una sorpresa. En la actualidad, no parece haber un esfuerzo por explicar, menos por aplicar, ningún interés de construir modelos operativos; todo lo contrario, se manifiesta una cierta dejadez y se prefiere optar por la propaganda y publicidad de supuestos logros del crecimiento económico. Se prefiere expresar discursos improvisados que sustituyen a las teorías, a los modelos, a las preocupaciones por los seguimientos objetivos del acontecer económico. Se opta por una especie de desfachatez discursiva, que busca convencer con argumentos anecdóticos sobre los avances de la economía. Se escuchan argumentos como que se ha dado un crecimiento económico sin precedentes, no acaecido por lo menos en setenta años de la historia económica del país; que este crecimiento económico, que puede ser interpretado como bonanza, se constata en el crecimiento de la clase media, en la disponibilidad de la clase media de gastar su dinero en los Shopping, en la expansión del consumo en las urbes y en las áreas rurales; por ejemplo, se dice que el crecimiento económico se constata en el cambio del techo de paja por el techo de calamina en las casas del campo. Para apoyar esta inocente explicación se recurre a estadísticas macroeconómicas generales, el incremento de las reservas monetarias, los índices del PIB, el incremento de las exportaciones, la inversión estatal. La debilidad anecdótica de la primera parte de la argumentación se cubre con estadísticas macroeconómicas.

Como se puede ver estamos ante un mínimo esfuerzo explicativo, descriptivo y de seguimiento operativo. Lo que interesa es la propaganda, no el análisis, menos la objetividad, mucho menos garantizar la realización efectiva de las políticas económicas. Ninguna de las teorías, anteriormente mencionadas, sean promotoras del capitalismo o diseños económicos de construcción del socialismo, pueden respaldar estas improvisaciones discursivas. Esa situación se agrava cuando hay además pretensiones de transformación, de lograr disminuir las desigualdades sociales. Es ciertamente anecdótico querer demostrar el crecimiento económico por la presencia arquitectónica de shopping, por el cambio de los techos en las casas del campo; la utilidad de este discurso deriva de ser la expresión de los espejismos más caricaturescos, de las imagines más infantiles del progreso. Decirlo es una desfachatez.

En relación a la segunda parte de la argumentación, la que tiene que ver con el uso de los indicadores macroeconómicos, se puede comprender que se lo haga; sin embargo, en la medida que son indicadores sueltos, des-contextuados de su estructura, escapan de las exigencias del análisis económico. Si se usan estos indicadores, entonces deben estar presentes todos los indicadores macroeconómicos, organizados de acuerdo a su estructura, de tal forma que permitan el análisis macroeconómico, de tal forma que puedan explicar su incidencia y su impacto en la economía, de tal manera que puedan permitir significar las tendencias económicas. En los discursos emitidos propagandísticamente se eluden estos requerimientos, se dejan demasiados vacíos en la información, pretendiendo con esto embaucar a una población a la que se considera pasiva.

Una revisión rápida de la estructura del PIB, de la estructura de las exportaciones, de la estructura de las importaciones, de la estructura de las inversiones, de la estructura del presupuesto, de los indicadores socio demográficos, de la estructura de la deuda externa y de la estructura de la deuda interna, además de preguntarnos sobre el sentido del incremento de las reservas monetarias, en un periodo de subida de los precios de las materias primas, nos muestra la manifiesta debilidad de los argumentos que quieren mostrar las variaciones del crecimiento económico como verificación del “desarrollo” y de la mejora estructural de la economía del país. Las impresiones que se sacan de esta revisión es que Bolivia no ha dejado de configurar una estructura económica extractivista, dependiente de la explotación y exportación de las materias primas; es más, es preponderantemente una economía extractivista. El peso gravitante, masivo, y mayoritario de las exportaciones son las relativas a las materias primas. La estructura del PIB dibuja una considerable preponderancia de las actividades de servicios, estructura en la cual la industria tiene un peso francamente minoritario; la producción, incluyendo la producción agrícola, se encuentra estancada, salvo ciertos rubros destinados a la exportación. El presupuesto refleja un porcentaje estrecho destinado a la educación, ganándole en participación porcentual lo destinado a defensa, también al gasto corriente, el costo del aparato burocrático. Sólo con estas apreciaciones nadie puede ufanarse con los índices del crecimiento económico. Las cifras y los porcentajes tienen un valor relativo, dependen, para interpretarlos, de las estructuras de datos de donde emergieron. Al respecto, llama la atención las descripciones cuantitativas que no se respaldan por un análisis estructural. La situación empeora cuando ni siquiera se hace una comparación cuantitativa, tan solo se usan datos des-contextuados, como si respondieran a una variación lineal. Esto ya no es solo un fetichismo de las cifras, que sería algo, en tanto “ideología” cuantitativa burocrática, sino es la muestra de una desfachatez despreocupada, pues se pierde la mínima conexión que debería darse en el uso de los datos. Esta veleidad sólo se la puede entender si se explica por la retórica de propaganda, que nada tiene que ver con las mínimas condiciones de un análisis económico.

No se tiene que ser economista para darse cuenta que la llamada bonanza económica se debe a la alza de los precios de las materias primas, principalmente de los minerales, aunque también del petróleo. No se requirió talento para acceder a este beneficio de los avatares del mercado de materias primas; habría que agradecerles, en todo caso, a los compradores, principalmente a China, potencia emergente. En contraste con esta suerte, la política económica ha sido conservadora, caracterizada por formulas esquemáticas derivadas del monetarismo; no se requirió gran cosa para efectuar esta política, bastó una práctica de cajero, que repercutió beneficiosamente en el ahorro. Se está muy lejos de lo que plantea la Constitución en cuanto a la Organización Económica del Estado, muy lejos del cambio de modelo económico, que como dijimos es extractivista. No se tiene una estrategia ni una política de inversiones; cuando estas se dan, a mucha insistencia, aunque de una manera altamente improvisada, no se ejecuta o tiene muy baja ejecución. Los “diseñadores” de estas inversiones improvisadas están afectados por un fetichismo de las cifras, creen que por arte de magia el destino de un monto se convierte en industria. No observan, ni por asomo, que entre el monto destinado, su ejecución y la realización material del proyecto, se tiene un conjunto de mediaciones y condicionantes, acompañados por políticas específicas y detalladas, por ingenierías y por implementaciones, acompañadas por administraciones rigurosamente controladas. Cuando fracasan, que es lo que más ocurre, se sorprenden y no saben a quién culpar por este desenlace. No se pueden sustituir estos dispositivos y agenciamientos técnicos con la propaganda y la publicidad, ocultando información, incluso al propio presidente. Es lamentable y triste la mayoría de las historias individualizadas de las empresas públicas, incluyendo lo que pasa con la planta piloto del litio, que ya se inauguró como seis veces, sin saber en las últimas qué se inaugura y para qué. Varias veces se han confundido en los informes las etapas de la producción, se ha desmontado y vuelto montar la planta. Todo esto se lo hace con tremendas propagandas, como si la bulla ocultara la endeble y contradictoria realidad, acompañada con escándalos, como es el caso de los convenios con Corea del Sur, que alcanzaron al vicepresidente de ese país, quien ha sido juzgado y encarcelado por corrupción, precisamente por los compromisos con Bolivia.

Pero, no estamos ahora para denunciar; estamos lejos de eso. Lo que queremos es poner en mesa el papel de un discurso con pretensiones de análisis, cuando sólo alcanza a repetir de una manera trillada la letanía de una propaganda poco creíble. En esta puesta en mesa es indispensable definir el marco de la discusión, así también aclarar lo que se debate, para evitar confusiones, sobre todo cuando el gobierno recurre en su defensa a la comparación con los gobiernos anteriores, sobre todo con los gobiernos del periodo neo-liberal. En primer lugar, no está en discusión esta apreciación del gobierno, no está en debate la diferencia con los gobiernos neo-liberales. La crítica se desprende del contraste entre el ejercicio de gobierno y la Constitución, el ejercicio de gobierno y las exigencias de la transformación, las exigencias de la transición. Son las contradicciones mismas del gobierno respecto a los postulados del “proceso de cambio” lo que lleva a las observaciones críticas. Esto se acentúa cuando se trata de evaluar las políticas económicas. El gobierno cree que es cuestión de demostrar que hay crecimiento económico usando estadísticas macroeconómicas, cuando lo que se tiene que evidenciar son las transformaciones cualitativas de las estructuras económicas. Esto no se demuestra cuantitativamente sino cualitativamente, mediante la constatación de desplazamientos fuertes de un modelo extractivista a un modelo productivo y ecológico-económico, tal como propone la Constitución.

En relación a las dificultades que se enfrentan, lo que menos sirve es este discurso propagandístico, que no convence a nadie. Se requiere de análisis minuciosos de las dinámicas económicas en la transición, incluso análisis críticos de los obstáculos y las resistencias que hay que vencer. En el mejor de los casos un debate abierto sobre los problemas de la transformación y de la transición. Sin embargo, el gobierno considera estos análisis, esta crítica y este debate como peligrosos y hasta conspirativos. Es difícil aclarar el panorama, en plena espesa niebla, con estos recaudos y defensas exacerbadamente celosas del gobierno. Este comportamiento defensivo clausura toda posibilidad de análisis. Al encerrarse el gobierno en sí mismo termina atrapado en la imagen del propio espejo que se ha construido para auto-contemplarse. Es pues un círculo vicioso del que no se puede salir.

Lo que está en discusión es la interpretación de lo que acontece en la economía, teniendo en cuenta la característica de sus estructuras. Después de la nacionalización de los hidrocarburos -  que para unos es una nacionalización plena, hablamos del gobierno, y para otros, es parcial e inconclusa, hablamos de los críticos, de los que creo formar parte -, nacionalización que efectivamente mejoró los ingresos del Estado y del Tesoro General del Estado, mejorando los alcances de la distribución en departamentos, municipios, universidades y el mismo presupuesto, no se nota la continuidad y la irradiación de la medida en el sentido de las transformaciones estructurales e institucionales del modelo económico. Ocurre como que la nacionalización haya reforzado la condición del Estado rentista. No vamos a entrar aquí a describir el control técnico y el monopolio que conservan las empresas trasnacionales, supuestamente de servicio; ya lo hicimos en otro documento[47]. Lo que inquieta es comprender por qué la nacionalización no ha tenido su continuidad política y económica. No nos referimos a las otras “nacionalizaciones” posteriores, que no son otra cosa que compras de acciones, lo que comúnmente se hace en las bolsas de valores y en las transacciones capitalistas. Nos referimos a las transformaciones estructurales de la economía del país. Podemos decir que la economía ha engordado cuantitativamente, empero no se ha transformado cualitativamente. Este es el problema; es este problema el que nos obliga a discutir, poner en debate, analizar y criticar las contradicciones del proceso, del gobierno y de sus políticas económicas. Sin dejar de sorprendernos por los devaneos extremadamente débiles del discurso económico del gobierno.

Ahora que está rayada la cancha, podemos analizar el problema. Obviamente no se trata de que haya más shopping ni que haya más techos de calaminas para demostrar que hay crecimiento económico, tampoco, mejorando la argumentación oficial, de demostrar el incremento en la variación estadística, sino entender que el incremento estadístico se convierte en crecimiento económico cuando materialmente crecen y se consolidan las empresas involucradas, sobre todo, en este caso, las empresas estatales. Cuando la magnitud del crecimiento es absorbido por el fortalecimiento de las estructuras y las instituciones económicas, y no se pierde en una gestión rentista. Ahora bien, desde la perspectiva de la transformación y la transición del proceso, es indispensable que la magnitud del incremento cuantitativo repercuta en la transformación estructural e institucional de la economía, desplazando el modelo extractivista hacia un modelo eco-productivo. En otras palabras, sólo se puede hablar de crecimiento efectivo cuando éste se da materialmente, no sólo estadísticamente y como atesoramiento dinerario, que puede derivar en gasto y consumo, comercio y especulación.

La anotación anterior tiene que ver con la interpretación del crecimiento; ¿se va a reducir su interpretación a la variación de las cifras en sentido positivo o se va interpretar el crecimiento como fenómeno integral, que afecta a la totalidad de la economía, en el sentido de su expansión? Una mayoría de analistas y comentaristas se circunscriben en la primera descripción de las cifras, muy pocos se lanzan a analizar el fenómeno del crecimiento en términos estructurales. Por otra parte, sería inapropiado atribuir la construcción de shopping, el aumento del consumo, el cambio de los techos de paja a la calamina, a la causa del crecimiento económico. Esta apreciación no tiene ninguna base empírica; los flujos comerciales, la expansión de sus recorridos, la aparición de ofertas concentradas como los shopping, la modificación de los materiales de la construcción, tienen sus propias lógicas, sus propias historias, sus propios dinamismos. Es muy ingenuo aseverar que son el resultado directo del crecimiento económico. Los shopping están fuertemente ligados a la aparición de formas de crédito digitales, a políticas financieras vinculadas al crédito, a las tarjetas de crédito, a cadenas comerciales, a la publicidad audiovisual en expansión y subliminal, a la construcción de estas islas de concentración de la oferta múltiple. Las pautas de la construcción tienen que ver con la migración, el transporte, la modificación de los habitus, el acceso y el abaratamiento de algunos materiales de la construcción, la desaparición de la oferta de paja y la ampliación de la oferta de calamina. En fin, las dinámicas diferenciales del mercado, de la construcción, de los flujos migratorios, del transporte, de la modificación de la oferta de las ferias rurales; es decir, las dinámicas diferenciales sociales se mueven de acuerdo a sus propias lógicas, sin atender directamente al impacto del crecimiento. Es en el imaginario del economista donde el crecimiento económico adquiere una dimensión desmesurada, hasta explicativa. Esto forma parte del fetichismo de las cifras.

Es menester comprender las dinámicas económicas en su complejidad diferencial, no suponer que la economía es un todo homogéneo, que se mueve sólo por el impacto de la variación de las cifras, a lo que se ha reducido la significación del crecimiento. Es por esta razón que la gente común suele sorprenderse de las aseveraciones de los economistas, mucho más si se trata de voceros gubernamentales, cuando contrastan con la realidad que se experimenta cotidianamente. El cuadro estadístico es una interpretación cuantitativa, a través de medidas, de las tendencias abstractas, definidas por el aparato de medición, de lo que supuestamente ocurre en la economía, concebida como estructura de la producción, del ingreso y del gasto. En la teoría neoclásica, los indicadores macroeconómicos no tienen la pretensión de explicar las dinámicas económicas y sociales, sino contar con un cuadro sincrónico, sintético y cuantitativo, que permita valorar y comparar las secuencias y los periodos económicos. La ocurrencia de querer usar estos indicadores para explicar la realidad económica y social, corresponde a la audacia insostenible de los analistas económicos y los voceros gubernamentales.

No vamos a evaluar aquí otro concepto involucrado, el concepto de desarrollo, que ameritaría un tratamiento más amplio y nos llevaría a una discusión más exigente, debido a su problemática más compleja. Nos remitimos a lo escrito en la Crítica de la economía política del desarrollo[48]. Tampoco vamos a tocar aquí un problema mucho más exigente y complejo, que tiene que ver con el cambio de modelo económico, pasar de un modelo extractivista, sustentado en la ilusión del desarrollo, a un modelo ecológico y productivo, basado en la soberanía alimentaria y en la perspectiva del vivir bien. Este tratamiento requeriría mucho más dedicación. Nos remitimos también, en este caso, a lo escrito en Figuraciones del vivir bien y Descolonización y transición. De todas maneras, dejaremos anotado que estos problemas, los relativos al desarrollo y a la crítica al desarrollo, así como los relacionados al cambio de modelo económico, dejan en evidencia las manifiestas debilidades del discurso propagandístico gubernamental sobre el crecimiento económico. Nuestra tarea es más modesta en este texto, caracterizar este discurso político y de propaganda, definir su rol en un proceso en crisis, encontrar en su locución los síntomas de la crisis del poder. Por eso mismo se entenderá que, ahora, no nos interesa discutir estadísticas, aunque lo hagamos brevemente; lo hicimos ya en otra ocasión, en el Diagrama del poder trasnacional[49]. Lo que nos interesa es la interpretación crítica del discurso gubernamental sobre el crecimiento económico.

 

Deconstrucción del discurso del crecimiento económico

 

¿Qué papel juega este discurso político y de propaganda sobre el crecimiento económico? No corresponde, por cierto, a un análisis económico, a pesar de sus pretensiones; esto es lo que menos les interesa. Este discurso no somete sus “hipótesis” a contrastación, no evalúa el alcance de la información a mano, no se detiene en describir y analizar las dinámicas y las estructuras económicas; menos someterlas a las exigencias de la Constitución. Lo que interesa es convencer del beneficio del crecimiento económico y de que éste responde a la Constitución, que genera inmediatamente repercusiones positivas en beneficio de la población. Qué el gobierno cumple con el proceso, que todo lo que hace es superar etapas, conformando un aparato industrial y cumpliendo con la conformación de un bloque científico e investigativo. Sólo por decirlo, ya debe ser convincente. Hay como una confianza a una especie de capital simbólico, como que los que emiten este discurso representan al proceso y de por sí lo que dicen es una verdad. No hay ningún esfuerzo por demostrar nada, sólo la espera a la credibilidad del pueblo, basados en el prestigio de los mandatarios. Tampoco les interesa debatir; cuando se enfrentan a interpretaciones contrarias, recurren a la descalificación. Con esto se solucionó toda la discusión. San se acabó.

En todos estos gestos no sólo se manifiesta la excesiva confianza, se muestra una pretensión de verdad, que no corresponde solamente al discurso débil, ni a los ambivalentes argumentos, sobre todo anecdótico, sino que aparece en la marca borrada de la crisis de las estructuras de poder, la crisis múltiple del Estado-nación. Las cifras del crecimiento, que expresan los avatares del mercado internacional de las materias primas, develan nuestra más profunda dependencia de la demanda industrial de las potencias, las antiguas y las emergentes. Estas cifras también son magnitudes entonces de nuestra dependencia. Del mismo modo, también son las cifras de una economía extractivista y de un Estado rentista. Si podemos aseverar algún crecimiento es el de nuestra dependencia. No es posible hacer propaganda de esto. Decir que esta es la base para invertir productivamente y socialmente, es parte de la argumentación retórica del discurso, pues precisamente esto no se lo hace. Con la política de los bonos, que es de redistribución, no se sustituye la inversión social y la inversión productiva. La política de los bonos es coyuntural y la política de inversiones es a mediano y largo plazo; se juega al corto plazo.

El discurso político y de propaganda es, a la vez, un recurso retórico de convencimiento, y un mecanismo enunciativo de legitimación. Acompaña a las políticas económicas no como análisis sino como publicidad, en el sentido más burdo de la palabra. La pregunta no es ¿por qué ocurre esto?, sino ¿por qué ocurre sólo esto? ¿Por qué todo se ha convertido en propaganda? Incluso las unidades que deberían estar dedicadas al análisis son también de propaganda, sólo que lo hacen de una manera aparentemente descriptiva, pero sus cuadros buscan remarcar los grandes logros. Todo el accionar institucional está destinada a la propaganda, como si el gobierno estuviera entrabado en una eterna campaña electoral. Todo lo que dicen los mandatarios, los ministros, los funcionarios, los voceros, los asambleístas mayoritarios, los dirigentes de las organizaciones, que apoyan al gobierno, los dirigentes del partido oficial, está encaminado a hacer propaganda. No ha quedado un solo lugar donde se haga otra cosa; han desaparecido los espacios de análisis y deliberación; incluso cuando se está entre partidarios, entre convencidos, en los grupos estrechos del gabinete, no se intenta, ni por asomo, efectuar un balance crítico. Si acaso éste balance se diera ocasionalmente, será visto sospechosamente como discurso enemigo. Extraña este comportamiento, pues no hay necesidad de hacer tal cosa, convencerse entre convencidos. Esta ocupación absoluta del espacio público por la propaganda es el síntoma más llamativo de la forma política, del ejercicio político, particularmente de los gobiernos, en la actualidad. ¿Qué nos dice este síntoma? ¿Por qué esta insistencia total en la propaganda? ¿Hay qué auto-convencerse de que lo que se dice es cierto?  

 

Hipótesis

 

La apuesta total por la propaganda es una desesperada medida de defensa. Atosigado por la presión de sus contradicciones, que aunque las oculte o las ignore, de todas maneras perturban, de una manera pesada y silenciosa, como una atmósfera espesa, que de todas maneras está ahí. Afligido por el fracaso de las empresas públicas, salvo las antiguas, que ya formaban parte del panorama económico. Compungido por el dilatado avance de las supuestas transformaciones, y aquejado por la crítica y observaciones de las organizaciones sociales, el gobierno intenta defenderse de una “realidad” accidentada que no controla, a pesar de su ilusa confianza en el poder absoluto. El discurso de propaganda y la exacerbada publicidad son, mas bien, una muestra de la debilidad del gobierno; manifestación de su crisis interna, de su desbarajuste político y la repetición del modelo económico extractivista dependiente.

 

Revisando algunas cifras

 

El Producto Interno Bruto (PIB) del 2011 es del orden de $51.46 miles de millones, en comparación con lo que ocurrió el 2010, que fue del orden de $48.96 miles de millones, y con lo calculado el 2009, que es del orden de $47.02 miles de millones, se tiene una variación positiva y ascendente de la curva comparativa de la secuencia. Las tasas de crecimiento real[50] han variado entonces también positivamente, pasando de un 3,4%, correspondiente al 2009, al 4,1%, correspondiente al 2010, llegando al 5,1%, correspondiente al 2011. Ahora bien, ¿cómo interpretar estas cifras? ¿Qué significan desde el punto de vista estructural de la economía? Teniendo en cuenta la composición de los sectores, la pregunta es ¿qué sectores crecen? Hagamos una revisión de la composición sectorial del PIB.

La participación del sector social en la composición del PIB fue de 2,2% el 2005 y llegó al 2,6% el 2010. La participación del sector comunitario fue de 7,2% el 2005 y disminuyó al 6,3% el 2010. La participación del sector privado fue del orden de 54,8% el 2005 y disminuyó a 52,6% el 2010. El sector privado extranjero tenía una participación de 21,9% el 2005, en cambio el 2010 tiene una participación de 18,6%. La participación estatal era del orden de 13,9% el 2005 y subió a una participación del 19,9%[51]. Como se puede ver, hay variaciones mínimas, sin embargo, la estructura económica sectorial se mantiene, preponderando la participación del sector privado del país, habiendo crecido poco la participación del sector estatal.

Carlos Arce del CEDLA anota a propósito de este cuadro sectorial del PIB lo siguiente:

Como destacan los datos, la estructura del PIB está dominada por la presencia de la producción realizada por unidades productivas de propiedad privada de ciudadanos bolivianos, es decir de unidades económicas en las que prevalecen relaciones mercantiles capitalistas, con 55% y 53% de participación en el PIB de 2005 y 2010, respectivamente.

En el año 2005 el sector que se ubicaba segundo por su magnitud relativa era el sector privado extranjero con 22%, quedando el Estado con una participación menor de 14%, el sector comunitario con 7% y el social/cooperativo con 2%.

En la estructura del PIB de 2010, se puede apreciar que el cambio más relevante fue el incremento de la participación estatal que alcanzó 19%. Los cinco puntos porcentuales de diferencia se explicarían por la reducción en la participación del sector privado extranjero en 3% y del sector privado nacional en 2%. No está por demás recordar que en el caso del PIB correspondiente al sector estatal, se debe considerar que un 10% corresponde a los “Servicios de la administración pública”, tanto en el año 2005 como en el 2010, razón por la que al excluir esa su participación en el PIB a valores básicos, la presencia estatal caería a sólo 4% y 10%, respectivamente.

Otro aspecto interesante de esta modificación en la participación de los distintos sectores económicos –que conforman la, denominada por el gobierno, “economía plural”- es que el sector comunitario tiene una presencia muy pequeña en la generación del producto contabilizado en las cuentas nacionales, con apenas 7% en el año 2005 y que habría sufrido una reducción de 1% hasta el año 2010. Contrariamente, el también pequeño sector social que participaba con el 2% en 2005, habría incrementado su presencia en un 1% hasta el 2010[52].

La revisión de estos datos nos muestra que el Estado no se ha hecho cargo de la economía, como exige la Constitución; el campo económico sigue su curso, movido por la iniciativa de los sectores, particularmente del sector privado del país, que es preponderante, y ciertamente el sector privado extranjero, que sigue siendo estratégico. El Estado sigue ocupando un lugar modesto en esta estructura sectorial repetida desde periodos anteriores al gobierno. Entonces, ¿qué sector ha crecido materialmente? Interpretando los datos podemos lanzar la siguiente hipótesis: no se puede hablar de un crecimiento material de los sectores, salvo el ocasionado por las repercusiones de la nacionalización, sobre todo en lo que respecta a YPFB; lo que acontece es un crecimiento cuantitativo, un crecimiento de las cifras, debido a la variación de los precios de las materias primas. Esto se refleja en los alcances de la tributación.

Es sabido que los ingresos provenientes de la exportación de hidrocarburos y minerales es crucial para la economía boliviana; una revisión de la participación de estos ingresos nos muestra que la participación del Sector Público No Financiero (SPNF) y la participación por concepto de tributación subieron a lo largo de la década; llegando el primero al orden del 29% y el segundo al orden del 45%. Carlos Arce escribe a propósito:

Los datos revelan la enorme dependencia del Estado de los ingresos provenientes de hidrocarburos y minería que alcanzan, como promedio de los últimos cinco años, al 29,8% del total de ingresos del Sector Público No Financiero (SPNF). En términos absolutos, los ingresos provenientes de las dos industrias extractivas subieron de 2.763 millones de bolivianos en 2004 a 17.962 millones en 2010, equivalentes a 347 y 2.540 millones de dólares, respectivamente[53].

Continúa:

Su relevancia es aún mayor si consideramos únicamente los ingresos tributarios, donde la renta de estos recursos naturales se eleva hasta el 47%, como promedio para el mismo período[54].

De todas maneras hay una diferencia de los aportes de la minería y de los hidrocarburos, debido a la diferencia de los regímenes fiscales.

La contribución fiscal de la minería –que tuvo un crecimiento inusitado en el período- es apenas una séptima parte de la de los hidrocarburos, a pesar de que su participación en el PIB es mayor en 1,7 veces a la del otro sector. Esta situación se deriva de la existencia de regímenes fiscales diferentes: mientras en el sector hidrocarburos prevalece un régimen de regalías e impuestos fijos al valor bruto que llegan al 50% y de una participación de YPFB en las utilidades netas, en la minería se grava a las ventas con un único impuesto/regalía con reducidas alícuotas que varían de acuerdo a la cotización de los minerales y con un impuesto a la utilidad extraordinaria -superado cierto umbral de precios internacionales[55].

Estamos ante un modelo económico extractivista con dos regímenes fiscales, uno para hidrocarburos y otro para la minería. ¿Por qué ocurre esto? ¿Mayor complejidad de la minería debido a la presencia de distintos perfiles de explotación? No sólo debido a la diferenciación de los tamaños de las empresas mineras involucradas; minería chica, minería mediana, gran minería; sino a la presencia de distintas composiciones técnicas del capital; cooperativas, empresa privada del país, empresa pública, empresa privada extranjera. Algo distinto a lo que ocurre en hidrocarburos, donde sólo se presentan la empresa pública y la empresa trasnacional. En todo caso, ¿Por qué tienen tantas ventajas las empresas trasnacionales en minería, sobre todo por el menor aporte tributarios en comparación con los hidrocarburos? ¿Qué significan estas diferencias en la composición del modelo económico extractivista? Volviendo al tema, vemos también la íntima relación entre extractivismo y Estado rentista. En el contexto de las economías extractivistas, los estados rentistas mejoran sus ingresos, extienden cuantitativamente su administración económica, mediante mejoras en el régimen tributario, además de contar con el recurso soberano de las nacionalizaciones. Entonces, podemos comenzar a apreciar que lo que crece, cuando se habla de crecimiento económico, en estas economías extractivistas, es el modelo extractivista y el Estado rentista, que mejora sus ingresos. No se trata de un crecimiento integral en toda la estructura económica, sino de un crecimiento en los ingresos que, generalmente se destinan a la reproducción del Estado rentista y la economía extractivista. Pueden darse excepciones, cuando el Estado-nación transforma la composición de su estructura económica recurriendo a la inversión industrial y social en gran escala, como de alguna manera ha ocurrido en las llamadas potencias emergentes. Pero, estas son las excepciones que confirman la regla.

Por lo tanto, es menester comprender los significados del crecimiento económico; no hay uno sino muchos. Es problemático reducir el significado del crecimiento económico al ingreso del Estado o sólo reducir su lectura a la variación porcentual del PIB. No es pues sostenible empíricamente el discurso de propaganda; ante un mínimo análisis estructural de la economía, se desmorona. Ante la problemática dibujada, vemos que la propaganda no ayuda a sostener un gobierno a largo plazo; al contrario, le quita sus defensas, lo ilusiona y lo confunde con sus propias “mentiras”, obstaculizando las posibilidades de cambiar el curso de la secuencia del circulo vicioso de la dependencia y la reproducción del modelo extractivista. Un gobierno atrapado en las contradicciones del modelo extractivista y la economía rentista no dura a largo plazo. Entonces, la propaganda, en vez de ayudar obnubila, aunque momentáneamente produzca el efecto de la autosatisfacción.

Por otra parte, la lógica extractivista y la lógica rentista asociadas tienden a incrementar sus gastos burocráticos, los gastos en cuenta corriente y compras estatales, provocando un desbalance debido al crecimiento de la deuda interna. Esto se puede sostener mientras haya ingresos suficientes, incluso para generar ahorro, en el mejor de los casos; empero, esta situación no es perdurable. Una economía dependiente de las exportaciones de materias primas se encuentra sometida a los vaivenes del mercado y de los precios de los recursos naturales. La supuesta bonanza es altamente vulnerable. En la historia económica del país esto ha sido demostrado varias veces.

Si tomamos en cuenta que lo que está en cuestión es el proceso político, que se ha propuesto transformaciones estructurales, cambiar el modelo extractivista por un modelo eco-productivo, basado en la soberanía alimentaria, el recurso al discurso de propaganda como procedimiento de legitimación termina siendo un sabotaje al propio proceso. Es como un encandilamiento mediante la ilusión que impide actuar en el mediano y largo plazo, en el sentido de las transformaciones estructurales e institucionales, que nos liberen de la dependencia y del modelo extractivista.

 

     

  

 

La concepción mercantil de la política

 

Nos damos a la tarea de efectuar la crítica de una concepción vulgar de la política, bastante extendida en la clase política y gobernantes; lastimosamente también extendida en amplios sectores sociales. Llamamos a este juicio la concepción mercantil de la política. Esta concepción va a ser contrastada con la concepción emancipadora y liberadora de la política, como imaginario, pasión y voluntad social. Esta concepción utópica de la política va a ser también contrastada con la difundida interpretación leninista de la política como economía concentrada; de manera diferente vamos a entender la política como voluntad social concentrada, como subjetividad social concentrada, como movilización general irradiante, trastrocadora del orden de cosas, transformadora del mundo y creadora de una “realidad” alternativa.

 

Elucidación por el lado anecdótico

 

El senador por La Paz Eugenio Rojas ha expresado elocuentemente su concepción mercantil de la política, ha dicho que mi persona se vende al mejor postor[56]. Antes había dicho que no importa conculcar derechos, lo que importa es seguir la decisión de la “bancada”, como si ésta se hubiera reunido para tomar una decisión, cuando se trataba de una orden administrativa de la presidenta del senado. En otra declaración anterior lanzó su apreciación sobre la tortura, diciendo que esta es apropiada para defender el proceso. Su posición en el conflicto del TIPNIS siguió al pie de la letra el ataque del gobierno a los territorios indígenas, a los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, a la Constitución y a los objetivos postulados por los movimientos sociales anti-sistémicos. Toda esta historia muestra un perfil patético de sumisión y subordinación al grupo palaciego que gobierna el país. ¿Dónde ha quedado el perfil de dirigente campesino combativo, comprometido con las luchas sociales y la descolonización? Cuando le pregunté por qué dejó de ser “revolucionario”, me dijo que estos son otros tiempos. ¿Qué tiempos son estos?

Parece, que a su entender, estos son los tiempos donde la política está condicionada por el mercado, se reduce a las relaciones mercantiles. Si alguien hace crítica o apoya a asambleístas descontentos con la forma de conducción del grupo palaciego, entonces es porque se “vende al mejor postor”. No hay otra explicación. Hay que tener en cuenta que esta concepción mercantil de la política se halla bastante difundida en la clase política, tanto oficialista como de oposición. No se trata de una tesis singular de un ex-dirigente campesino del Altiplano. Para la gente que concibe de esta manera la política todo se reduce a la compra de personas; se escucha el enunciado de sentido común que reza que “toda persona tiene su precio”, unas se venden por poco, las más, otras se venden por un precio mayor, los menos; pero, todos se venden al final. Por eso, cuando esta gente ejerce de gobierno considera que para gobernar es menester comprar a la personas, a los y las dirigentes, a los y las que contradicen, a los y las que se oponen, a los y las que vacilan. Esta compra de personas, de consciencias y voluntades, antes estaba oficializada con los llamados “recursos reservados”; ahora, que se anularon oficialmente estos gastos reservados, se recurre a otros fondos para efectuar la compra de consciencias y voluntades. Prácticamente la mayor parte de la dirigencia sindical está comprometida en estas relaciones clientelares y prebéndales. Lo mismo ocurre con las jerarquías del partido, los que ofician de voceros, las personas de confianza, los presidentes de comisiones y mandos estratégicos de los órganos de Estado y organismos que manejan recursos, como los fondos oficiales. Quizás uno de los casos más complicados en estos asuntos es lo que pasa en el Fondo Indígena.

En otras palabras, no solamente se piensa que la política es un mercadeo, sino que también se la práctica. Después de esta experiencia comercial de la política, no sorprende que alguien diga que tal o cual se “vende al mejor postor”. Entonces, el problema no radica en la persona que emite semejante juicio sino en las prácticas extendidas del clientelismo, prebendalismo, circuitos de influencia, coerción, chantaje, extorción y corrupción. Prácticas que no sólo son efectuadas sino aceptadas como “naturales”, como si fuesen parte de la naturaleza de la política. Esta concepción mercantil de la política tiene dos partes; una corresponde a la compra de consciencias, la otra a la venta de consciencias. ¿Por cuánto se vende una voluntad? Como en todo mercado y comercio, hay compra y venta. Pero, también, como en todo mercado, nace la tendencia al monopolio. Se forman grupos de control territorial. Hay quienes monopolizan la mayor parte del botín.  Es decir, la concepción mercantil de la política tiene sus correspondientes espacios diferenciales, sus territorializaciones y jerarquías, así como expresa su grado de mayor intensidad en la figura compartida del Estado como botín. Que al parecer es un imaginario que circula tanto en “derechas” como “izquierdas”. De lo que se trata es de enriquecerse cuando llega el momento.

Unos, en los periodos de gobierno del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), de 1952 a 1964, justificaban esta acción por que había que formar una burguesía nacional, inexistente, pues lo que se tenía en el país era una feudal-burguesía intermediaria, que respondía a la dependencia. Otros, ahora, durante la segunda gestión del gobierno popular, justifican el mismo procedimiento porque hay que formar una burguesía nativa, cobriza, propia de la tierra, inexistente también, pues lo que se tiene en el país es una burguesía entreguista, intermediaria y colonial. Ambas justificaciones se equivocan; una burguesía no se forma con la mera tenencia de dinero; con este recurso sólo se forman hombres ricos. La burguesía es una clase que se constituye, consolida y reproduce porque acumula capital. Capital que no solamente es valorización del dinero, por medio de la inversión en la producción, como considera una interpretación economicista, sino control de los medios de producción, de las condiciones materiales y subjetivas de la producción, control de las materias primas para la producción, control de los mercados, además del control del Estado. Por lo tanto, también control de las condiciones de reproducción del Estado; es decir, control de la burocracia, control del campo escolar y de las instituciones que forman a los individuos, control de las instituciones que norman, regulan y administran las normas, control de las instituciones que legislan, control de los medios de comunicación. La burguesía es una clase que se constituye como tal como sujeto y subjetividad de la realización de la economía política generalizada. La burguesía es, en cierto sentido, la “ideología”, la consciencia fetichista de las cosas, de los signos, del poder, consciencia que se expresa en la apología de la modernidad y el desarrollo. La burguesía está inserta en variados procesos de diferenciación, diferenciación del valor de uso respecto del valor de cambio, diferenciación de símbolo respecto del signo, diferenciación de potencia social respecto del poder, diferenciación de culturas no modernas respecto de la cultura moderna. Si el capitalismo funciona mundialmente, conforma un sistema-mundo, es difícil sostener la tesis que distingue una burguesía autentica de una burguesía que no lo es, que es supuestamente inauténtica; decir, por ejemplo, que hay una burguesía que se realiza como tal, que cumple con todas las condiciones de un perfil teórico, distinta de una burguesía parcial, de una burguesía mediadora, en la transferencia de riquezas a los centros del sistema-mundo capitalista. Así como el sistema-mundo capitalista es global, la burguesía se ha extendido en todo el mundo, sostenida por los diagramas de poder que acompañan a su reproducción social. La burguesía es un fenómeno del capitalismo y la modernidad mundializados. Es uno de los sujetos sociales que repliegan las relaciones capitalistas en el espesor de los cuerpos como subjetividad, que aparecen en las conductas y comportamientos, en las modulaciones corporales, en las pautas de consumo y en los estilos de vida. El otro sujeto social es el proletariado, sujeto productor, inserto en el proceso productivo, donde se da lugar el fenómeno de la valorización, a través de la absorción de tiempo de trabajo no pagado. El capital entonces es una relación; responde a la relación social que establece la burguesía con el proletariado, aunque no sólo, pues esta relación de capital se abre al conjunto de relaciones sociales de la burguesía con el conjunto de las clases sociales. Al decir que el capital es una relación no sólo decimos que el capital no se reduce a su forma dineraria; esta apenas es una forma aparente; es el equivalente general, una representación. El capital es una relación de producción, por lo tanto es un ámbito de relaciones entre condiciones, medios, factores, objetos y materias de producción. Un ámbito que comprende las relaciones que incorporan la tecnología y las ciencias, los métodos administrativos y de organización. También se trata de un ámbito de relaciones que incorpora a las formas institucionales del Estado, así como también al llamado campo escolar. En este sentido, el capital no sólo comprende la producción de capital, vale decir la producción material de la valorización, la producción de bienes, que son convertidos en mercancías, sino también comprende la reproducción de las condiciones de producción del capital, de sus relaciones y estructuras, instituciones y sujetos sociales.

Es importante atender esta fenomenología del capital y no caer en la ingenuidad del reparto de dinero para formar una burguesía. Este procedimiento de captura de dinero, de reparto de dinero, genera poseedores de dinero, ricos, no burgueses. Estos nuevos ricos pueden imitar estilos de vida, formas de consumo, sobre todo adquisición de lujos; empero, no responden a la reproducción social de la burguesía. Esta aparición de nuevos ricos puede ser como el inicio, la incorporación, el aditamento, de nuevos fragmentos sociales a la formación social de la burguesía. Sin embargo, mientras no se incorporen plenamente a los procesos de reproducción burguesa, forman parte de entornos y periferias de consumo que se aproximan al núcleo de reproducción de la burguesía. Se trata de formas parasitarias sociales que capturan dinero, como ocurre con las mafias y los grupos financieros. Aunque en este último caso se trata de un desplazamiento de la burguesía industrial y comercial hacia las formas económicas virtuales y especulativas del capital. También parte de la burguesía puede “evolucionar” a esas formas adulteradas de apropiación del excedente. No hay pues un perfil único de burguesía, sino más bien un perfil variado, diseminado; lo que hay es un devenir burgués.  Empero, para nuestros propósitos, se trata de distinguir una diferenciación social, en el espacio-tiempo de la formación de la burguesía; se trata de separar esta ilusión simplona de formación de la burguesía con el procedimiento de captura y reparto dinerario, respecto de los procesos efectivos de formación de esta clase social que asume el control de la producción de capital.

Volviendo al tema, la concepción mercantil de la política, podemos decir que esta concepción forma parte de un “saber” de captura dineraria, de distribución y de reparto dinerario, con el objeto de lograr, controlar y conservar el poder. Al principio dijimos que esta concepción redujo la política al mercadeo; pero, también podemos decir que es el mercadeo el que ha capturado y destruido la política. Esta concepción es un indicador de la muerte de la política; política entendida en tanto campo de luchas, efectuación democrática de la potencia popular, suspensión, como democracia, de los mecanismos de dominación. Esta concepción mercantil de la política ha detenido las dinámicas moleculares políticas, fijándolas, para suplantarlas por la inmovilidad conservadora del poder. Es el momento cuando la clase política se ha convertido en una mafia. Ha optado por el manejo prebendal, clientelar, corrupto, del poder.

La ilusión de esta clase política convertida en mafia política es que cree de esta forma conserva el poder a largo plazo. Nada más equivocado. Lo que hacen estos procedimientos mercantiles de la política es carcomer las bases de reproducción del poder. Esta forma de poder se encamina a su propia implosión y desmoronamiento. El problema es que cuando la clase política se inclina por estos procedimientos prebéndales, clientelares y corrompidos, no hace otra cosa que insistir en ellos compulsivamente. No puede salir del círculo vicioso. Inventa discursos justificativos, opta por escenificaciones teatrales, por insistente propagandización de sus actos, desprende desbordantemente el culto a la persona, la apología y la adulación ansiosa del jefe. Estos aditamentos le sirven a la clase política como recursos de “reproducción” de la casta gobernante, una vez que las bases de reproducción del poder fueron carcomidas. Empero, estos sustitutos recursos no logran los alcances de la reproducción del poder, sino tan solo logran conservarlo por un lapso, logran adormecer al pueblo, que no reacciona mientras se encuentra en este estado somnoliento.

La concepción mercantil de la política responde entonces a un diagrama de poder, un diagrama de poder que podemos llamar el de la economía política del chantaje. Se trata de fuerzas usadas para la coerción, fuerzas que se desplazan en los circuitos de influencia, en las redes de clientelaje y en las relaciones prebéndales, fuerzas de corrosión de las estructura y normas institucionales, instaurando todo un “sistema”, si se puede hablar así, colateral. La política, como ejercicio formal, que ya, en sí mismo, es una reducción de la política como desborde de la potencia social, es capturada por dispositivos y agenciamientos informales, paralelos y colaterales, cuyo objetivo es incidir coercitivamente en los asuntos institucionales, en las políticas públicas y en las decisiones gubernamentales, así como también tienen como objeto desviar fondos para el enriquecimiento ilícito. Esta concepción mercantil de la política y su realización práctica se encuentra bastante extendida en las prácticas gubernamentales, en el ejercicio de los órganos de Estado, en el funcionamiento de las dirigencias sindicales, en el manejo de las contrataciones de bienes y servicios, en la aprobación de proyectos de toda índole, desde la escala general del mismo Estado, hasta las escalas locales, pasando por las escalas municipales. Se da como un dominio en varias aéreas del campo político, del campo burocrático y del campo institucional. La “política” entonces funciona como un mercado, donde se compra y se venden consciencias y voluntades, se logran decisiones, resoluciones, determinaciones, disposiciones gubernamentales, políticas, jurídicas y legislativas, de acuerdo a los intereses en juego.

No es pues sorprendente que esto abarque a la Asamblea Legislativa, donde las directivas se logran por acuerdos, por componendas, por órdenes, que se compensan con influencias, puestos, comisiones, viajes, viáticos y otros privilegios. No es tampoco sorprendente que se reclame lealtad con estas complicidades, que se exija a los partidarios no fiscalizar, pues esto es tarea de la oposición, no del oficialismo. Menos es sorprendente que se piense que de lo que se trata es “venderse al mejor postor”. Todo esto, es como una descripción de los síntomas de la conversión y reducción de la “política” a las lógicas y las prácticas mercantilistas. Síntomas de la muerte de la política y de la expansión de la economía política del chantaje. Síntomas también de los alcances de la decadencia moral, de la muerte de la ética. Lo que es grave, pues un proceso de cambio no puede sostenerse sobre la decadencia moral, la muerte de la ética, la muerte de la política.

 

En recuperación de la política

 

Sin embargo, la política no es lo que pretende la concepción mercantil de la política. La política es completamente diferente. No se mueve, de ninguna manera, por las “leyes” del mercado; la política no es un comercio. La política es la alteridad del interés económico; la política es como su opuesto. La política es el desacuerdo mismo con el dominio de la oligarquía, el dominio de los ricos[57]. Aunque la palabra política está íntimamente vinculada con la ciudad (polis), la política en sentido moderno, en tanto efectuación radical de la democracia, está íntimamente vinculada con el pueblo. Toda una desmesura, la desmesura popular. En el sentido de representación, el pueblo expresa una totalidad, la convocatoria de todos; en tanto efectividad práctica, el pueblo convoca a los que no tienen título de nobleza, los que no son la aristocracia, y a los que no tienen riqueza, los que no son la oligarquía. El pueblo es la convocatoria de los pobres, de toda clase de pobres. La política entonces es un desborde, de los que no tienen títulos ni riquezas, sobre el orden de las minorías privilegiadas y dominantes. Las lógicas de la política, si se puede hablar así, de lógica, no son pues mercantiles, no son de intercambio, sino de irradiación, de despliegue de fuerzas, de disponibilidad de fuerzas, de movilización. La política tiene que ver con la emergencia de la potencia social y su irradiación trastrocadora, su desplazamiento transformador, su poder constituyente, en el sentido que constituye lo nuevo. La política es ciertamente acción; se trata de una dinámica activa, de un desborde de energías, que no son conmensurables; por lo tanto, no pueden cuantificarse. En todo caso, se trata de cualidad, de diferencia cualitativa. La “lógica” de la política no es de la compra-venta, sino se trata de una “lógica” de la crisis, la “lógica” que busca resolver el desajuste, el desencajamiento, la desigualdad.

Mal se puede pensar la política como equilibrio o desde el paradigma del equilibrio. La política manifiesta una profunda tensión, una profunda contradicción. Por eso, es posible pensar la política como una inmensa composición de pulsiones, de pasiones, de voluntades, de dinámicas moleculares, composición que genera el desplazamiento de las relaciones y las estructuras sociales. La política es transformación permanente, desde ámbitos puntuales y micros, hasta ámbitos mayores y macros. Este impulso político está asociado a la crítica y a la participación. El orden establecido se encuentra interpelado, en tanto se convoca a la participación de todos. En este sentido la política es un ejercicio multitudinario de fuerzas, de acciones y voluntades, no el ejercicio secreto de grupúsculos jerárquicos.

Hablando del nacimiento de la política[58], en sentido moderno, se ha difundido una interpretación vulgar de la obra de Maquiavelo. Se dice que este historiador y analista de las relaciones de poder de su tiempo, al describir los procedimientos de dominio, las estrategias de poder, de los grupos dominantes, así como de su recurso a la maniobra, aconseja descarnadamente el uso de la astucia, la simulación y la manipulación; logrando con estas conductas y procedimientos secantes la distinción peculiar de la política, que sólo se puede lograrlo separando política de ética. También se dice que al analizar los acontecimientos políticos, desde la perspectiva de la fuerza y la fortuna, de la violencia y el consenso, propone un juego hábil de combinaciones de métodos políticos en aras de los objetivos estratégicos. De este tipo de interpretaciones surge esa idea equivocada de que la tesis principal de Maquiavelo es la que dice que el fin justifica los medios. Esta es una interpretación insostenible e inadecuada de la obra de Maquiavelo, una interpretación reaccionaria y conservadora, promocionada por las clases dominantes. Al contrario, Maquiavelo describe el juego de las fuerzas para analizar las lógicas de poder; empero, su preocupación es la convocatoria del príncipe al pueblo, con el objeto de la constitución nacional y de la república. Se puede encontrar ya en Maquiavelo, en este insigne precursor del análisis político, una crítica del poder y una convocatoria popular, como política, para constituir la república, sobre la base del pueblo armado[59].

Que la ciencia política haya tomado otro camino, que se haya dedicado, mas bien, al estudio del Estado, además de su clara pretensión de legitimar el orden, la estructura de poder, es una evidente manifestación de las estrategias de domesticación burguesa de la política, de la reducción de la política a la policía[60], al cuidado del orden, al cuidado de la ciudad, al cuidado del Estado. Empero, esto tampoco es la política; es una anti-política; es la búsqueda imposible del equilibrio que mantenga las desigualdades, sobre la base de la transferencia de las desigualdades reales a la simulación de la igualdad en el campo de las representaciones. Por esto, podemos decir que la democracia formal es la muerte de la democracia efectiva, también que la formalización e institucionalización de la política es la muerte de la política; esta vez efectuada por los caminos de la formalización, de la inercia institucional. No, como hablamos, la muerte de la política por los procedimientos de su mercantilización.

Ni por los procedimientos mercantiles, ni por los procedimientos formales, se puede dar fin a las dinámicas de la política; la política emerge desde adentro de la sociedad, desde las dinámicas moleculares de las clases sociales y de los pueblos, desde las dinámicas moleculares de los cuerpos, donde se constituyen sujetos y subjetividades. Lo que hace la concepción mercantil de la política es no solamente reducir la política al comercio, sino de abrir un espacio no-político; un espacio de estrategias de poder colaterales y paralelas abocadas a la expropiación perversa de parte del excedente. Lo que hace la política formal, la institucionalización de la política, la policía, es exilar la política a las sombras, mientras monta en el escenario la representación de la política.       

 

Política, coyuntura y proceso

 

Como dijimos en otro ensayo[61], la política y lo político son conceptos polémicos. Esto quiere decir que se toma posición al respecto, en la construcción de su definición. Somos conscientes que nos movemos en la concepción crítica trabajada por Jacques Rancière y Antonio Negri[62], que comprenden la política como desmesura, el uno, acercando los conceptos de política, democracia, crisis, revolución y poder constituyente, el otro. Estas concepciones recogen la historia de las luchas sociales, la experiencia radical de estas luchas, las consecuencias conceptuales de su emergencia y desplazamientos. La política entonces está íntimamente ligada a los proyectos de emancipación y liberación, también a las utopías y al principio esperanza[63]. Ahora bien, esta concepción crítica y radical de la política no deja de plantear problemas. ¿La política, entendida como manifestación de la potencia social, es continua o discontinua, permanente o intermitente? Recogiendo las experiencias política populares, de las multitudes, del proletariado, de los pueblos, podemos ver en la descripción de sus recorridos, que no es fácil resolver el problema del alcance de su temporalidades; a veces aparecen como lapsos más bien cortos, discretos y discontinuos, hasta intermitentes; otras veces parecen mostrarse como desplazamientos parecidos a las formas de la revolución permanente. La revolución permanente es la interpretación teórica de Marx de los procesos revolucionarios, interpretación configurada después de la revisión de las luchas de clases en la Europa de su tiempo. Planteamiento teórico retomado por Vladimir Lenin en la tesis de la revolución ininterrumpida, por León Trosky en la tesis de la teoría de la transición, por Mao Zedong en la tesis de la guerra prolongada. Hay etapas de gran intensidad y movilización; en contraste, hay etapas de menor intensidad y hasta de desmovilización, incluso se puede hablar de cambios de estrategias. Las primeras pueden alargarse, dependiendo de las condicionantes y la combinación de factores, como, por ejemplo, de la prolongación de la crisis, de la presencia de exigencias, desafíos y peligros, como ocurre en el caso de la revolución rusa, en gran parte de la historia de la URSS, así como se vuelve acontecer en las llamadas revoluciones socialistas del siglo XX.

La primera guerra mundial (1914-1919) desencadena una crisis de envergadura, desbastadora para las estructuras e instituciones del imperio zarista; la crisis desencadena la revolución, que se desenvuelve como un proceso ascendente y de profundización, convirtiendo la revolución social, que adquiere una connotación radical democrática, en una revolución socialista, con una clara perspectiva comunista. La movilización general, exigida por el proceso revolucionario, no culmina con la toma del poder por parte de los bolcheviques, con la clausura de la Asamblea Constituyente, en octubre de 1917, sino que continúa, pues se tiene que afrontar la guerra contra los llamados rusos blancos (1918-1921), que cuentan con el apoyo de las potencias imperialistas europeas; la japonesa, la estadounidense y el involucramiento de Turquía. Esta prolongación de la temporalidad de las movilizaciones tampoco culmina con la victoria del ejército rojo en defensa de la patria socialista, sino que después se exige una movilización general, a gran escala, del proletariado para lograr la revolución industrial, buscando dar saltos gigantescos en lapsos de tiempo cortos. Esta tarea colosal exige sacrificios y mantener la intensidad de la movilización general. Se sale de la guerra, pero se entra a una economía de guerra, a una economía destinada a la guerra, que se prepara para la guerra y prepara al país entero a la guerra. La inversión industrial, que forma la mayor parte del ahorro, por tanto del excedente, está destinada a este objetivo estratégico. Cuarto siglo después de la revolución de octubre la URSS tuvo que enfrentar la invasión nazi y afrontar una guerra monstruosa en todo el frente oriental. La victoria del ejército rojo en Stalingrado sobre el ejército alemán, sólo se puede explicar por el esfuerzo titánico del ejército rojo, de la población amenazada, de la ciudad sitiada. Hablamos de un ejército rojo pertrechado con el armamento de esta industria socialista. La victoria en Stalingrado fue el comienzo de la derrota del ejército alemán; la mayor parte de las divisiones alemanas se encontraban en el frente ruso. Estas fueron detenidas y retenidas, por lo tanto obligadas a estancarse, en el gigantesco frente oriental, quedando inmovilizadas en la inmensa geografía de este frente, sosteniendo una guerra descomunal entre dos gigantescos ejércitos y sus respectivas maquinarias de guerra, soportando la avalancha del ejército rojo, el ejército más grande del mundo, para ese entonces.

Se puede ver que la URSS estuvo obligada a una movilización permanente, no sólo para afrontar las guerras sino también la revolución industrial; aparte de las guerras, casi todas las energías se abocaron a la revolución industrial, principalmente a la construcción de la industria pesada, sosteniendo el diseño de la economía de guerra. En 1918 se ingresó al llamado “comunismo de guerra”. A pesar que, al principio, se pensó que iba a durar un lapso, no se pudo salir del “comunismo de guerra” hasta muy entrado el siglo XX. Esta exigencia constante, este batirse ante el peligro persistentemente, obligó a la tensión continua de las fuerzas. Este comunismo concurre entonces como praxis; entendiendo el comunismo como lo define Marx, como la marcha propia de la “realidad” efectiva, como la realización de las posibilidades inherentes a esta “realidad”; realización lograda a partir del desencadenamiento de la potencia inmanente, desencadenamiento efectuada por parte de las fuerzas sociales. Este comunismo como praxis concurre entonces en la URSS, también después en la República popular China; durante la década de los sesenta, lo mismo acontece en Cuba y en Vietnam; se trata de un comunismo de guerra. Estamos ante fases prolongadas de movilización general; el socialismo se construye contra la adversidad misma; si se puede hablar así, para figurar la inmensa voluntad social puesta en juego, se construye el socialismo contra la misma historia[64].

Al respecto, de lo descrito en esta breve reseña de la revolución rusa, seguida por otras revoluciones socialistas, lo que interesa es sacar lecciones, aprender de estas experiencias, sobre todo por lo que tiene que ver con la experiencia política, por lo tanto, con la concepción de la política y de lo político. En la gran escala, la escala misma de los acontecimientos y de los grandes procesos - que comprenden formas de acontecimientos como composición de los mismos, acontecimientos implicados, que contienen procesos simultáneos y sucesivos -, la experiencia política no se presenta como un campo fraccionado donde se efectúan las conspiraciones de todo tipo, las micro y la macro, como concibe cierta interpretación de la obra de Maquiavelo, sino como desborde de las fuerzas de la potencia social. Ciertamente, que a escala menor, estos cálculos, estas componendas, estas estrategias de poder, de grupos o de tendencias, aparecen, e inciden en el perfil del decurso. La lucha interna en el partido comunista en el poder habla de ello. Sin embargo, la política no se reduce a esta pugna; se trata, mas bien, de juegos de poder en el espacio-tiempo donde se desenvuelve la política. No podemos explicarnos lo que sucedió en el comité central y en el partido comunista después de la muerte de Lenin; la sucesión de hechos, la conformación de una red y un bloque burocrático, que llevó a la cúspide a Joseph Stalin, consolidando su autoridad, que sustituye, en la práctica a la autoridad del comité central, sin el marco y el contexto del proceso intenso del despliegue político de la revolución.

La política aparece como acontecimiento histórico y social, comprendiendo sus dinámicas moleculares y sus composiciones molares, en tanto que las formas concretas, las formas de realización del proceso, las formas institucionales, responden también a otras condicionantes, a otros juegos de fuerzas. Tenemos que explicarnos la formación de la burocracia, las pugnas internas, la presencia de tendencias, el decurso que toma esta lucha interna, en el contexto general mundial, en la geopolítica de aquél entonces. Debemos hacerlo recogiendo sucesos, que incluso incluyen la represión de los marineros de Kronstadt, la desaparición violenta de los miembros del comité central, la represión a los kulaks, los juicios montados contra parte de la militancia del partido, que tuvo papeles de dirección, la formación de la policía secreta, las deportaciones a la Siberia, el exilio de Gulag, la disciplina rigurosa exigida, llevada al extremo, con castigos, deportaciones y fusilamientos. Todo esto ocurre debido no sólo a los intereses de grupos, de corrientes y tendencias en juego, tampoco debido al carisma y la personalidad fuerte, autoritaria, de Stalin, sino, sobre todo, por la combinación trágica entre la energía social desatada por la revolución y las condiciones de posibilidad histórica, los recursos institucionales, económicos, humanos heredados, en un contexto donde la revolución proletaria en otros países, sobre todo en Europa, es derrotada. El enunciado del socialismo en un solo país es un constructo “ideológico”, mas bien, de defensa que de ofensiva. La revolución tuvo que pasar a la defensa, se encerró en la geografía del país, aunque fuera la geografía política más extendida del mundo.

No nos interesa aquí discutir la validez o falsedad de esta tesis, la del socialismo en un solo país; nuestra posición al respecto se encuentra en otros escritos[65]. En todo caso ha sido ampliamente debatida por las corrientes marxistas. Lo que importa es visualizar las condicionantes y los factores que incidieron en la prolongación de la fase de movilización general, aunque estas tengan que ver con la defensa, la economía de guerra, el comunismo de guerra y el funcionamiento de la maquinaria de guerra; la sociedad y la geografía convertidas en dispositivos de guerra. Después de finalizada la segunda guerra mundial (1939-1945), con la consecuencia, no sólo de la derrota nazi, fascista y japonesa, sino sobre todo con la conformación del orden mundial impuesto por las potencias vencedoras, la paz lograda se convirtió en la guerra fría entre las dos superpotencias enfrentadas; la superpotencia capitalista de los Estados Unidos de América y la superpotencia “socialista” de la URSS. Se constituyeron dos grandes alianzas de los bloques enfrentados; por un lado la OTAN y por otro lado el Pacto de Varsovia. El enfrentamiento entre los bloques no podía ser sino nuclear; una tercera guerra mundial conduciría al desastre nuclear y a la destrucción del mundo. De esta guerra no podía salir un ganador, sino sólo la posibilidad de múltiples perdedores; de esta guerra sólo la muerte saldría vencedora, como el propio Stalin predijo. Esta posibilidad transfirió las guerras convencionales a las periferias del sistema-mundo capitalista. Las superpotencias se enfrentaron indirectamente en estas guerras convencionales.

Ahora bien, antes del estallido de la guerra fría, propiamente dicha, el ejército rojo chino entra a Begin en 1949, a nombre de la dictadura del proletariado. Se trataba de un ejército de campesinos curtidos, organizados y disciplinados en la larga marcha que dirigió el partido comunista, respondiendo a un cambio de estrategia, después de las derrotas consecutivas sufridas por la estrategia insurreccional del proletariado de las ciudades, durante la década de los treinta, contando con los antecedentes insurreccionales de la segunda mitad de la década de los veinte. El ejército rojo también se había forjado en la experiencia de la guerra antiimperialista, particularmente en la guerra contra el Japón, que había invadido y ocupado China. La revolución china se vino gestando largamente, desde la década de los veinte, atravesando las dos décadas siguientes, sin contar con el referente de la llamada guerra de los bóxer, que eran los guerreros del cielo celeste, Tai Ping. Nos encontramos entonces ante procesos revolucionarios y guerras prolongadas; la exigencia de la movilización general en China se hizo sentir a lo largo del proceso revolucionario de este milenario país continental, comprendiendo sus distintas fases, contextos y coyunturas. Movilización que incluso se prolonga hasta la revolución cultural y sus consecuencias críticas en el partido, debido a la forma de culminación de la revolución cultural. También, en este caso, la necesidad imperiosa de la revolución industrial y su consecutiva materialización, hace sentir su titánica exigencia de sacrificio y movilización general en el proceso de transición al socialismo en China, aunque adquiere características y matices diferentes a los dados en la URSS.       

Después sobrevino la guerra de Corea, con cierta intermitencia, le siguió la guerra de liberación en Argelia, a continuación la guerra de guerrillas en Cuba, después la guerra del Vietnam. La tensión de los bloques enfrentados, el capitalista y el socialista, derivó también en golpes militares, así como, en contraste, en guerras de liberación nacional, en guerrillas que proliferaron, en la inmensa geografía de las periferias del sistema-mundo capitalista. La revolución y la guerra de Corea, la guerra de liberación en Argelia, la guerrilla y la revolución cubana, la revolución y la guerra del Vietnam, se dieron en el contexto de la guerra fría. Obviamente no se puede explicar fácilmente el estallido de estas revoluciones, de estas guerras, de los golpes militares, de las guerras de liberación, de las guerrillas, por las contradicciones y el enfrentamiento entre los bloques. Estos acontecimientos mencionados son resultado de profundas contradicciones en las formaciones económico-sociales respectivas; se trata de crisis y desencadenamientos intensos de las luchas de clases singulares, correspondientes a los países donde se dan. Sin embargo, debido al contexto de la guerra fría, la combinación de contradicciones externas, de carácter mundial, con contradicciones internas, de carácter nacional, en el marco de geopolíticas enfrentadas, da lugar a desarrollos y composiciones sui generis de procesos políticos locales, nacionales y regionales, que responden tanto a al condicionamiento mundial como al condicionamiento local.

Tomando en cuenta este panorama, queremos hacer hincapié en la prolongación de la movilización general en la URSS, en la República Popular de China, en Corea del Norte, en Argelia, en Cuba, en Vietnam. Movilización que no tiene las mismas características en todo momento; es más, es diferente en distintas fases y contextos. Pasamos de una movilización espontánea a una movilización organizada, de una movilización que adquiere el perfil del gasto heroico a una movilización convocada por el Estado socialista, en defensa de la revolución. Pasamos de una movilización encaminada a destruir las estructuras e instituciones dominantes a una movilización cuyo objeto es construir estructuras e instituciones, realizar la revolución industrial o, en su caso, en plena crisis de la propia revolución, convocar de nuevo a la movilización, desde abajo, para reactivar la energía revolucionaria en contra de la burocracia y la inercia funcionaria del partido, como es el caso de la revolución cultural china.

La hipótesis interpretativa de estas gestas revolucionarias socialistas es la siguiente:

La prolongación de la movilización permanente de la sociedad, bajo distintas modalidades y formas, responde a la convocatoria constante de la potencia social, a la fuerza de la voluntad social, que se enfrenta a las restricciones impuestas por la “realidad”, entendida como “realidad” dada, no como “realidad” efectiva, que comprende a las posibilidades inherentes a la “realidad”. Si bien, las contradicciones objetivas entre fuerzas productivas y relaciones de producción, y las contradicciones sociales, políticas e ideológicas de la lucha de clases, forman parte las condiciones de posibilidad histórica, lo que se manifiesta de manera exuberante es la contradicción entre voluntad utópica y mundo. Lo que destaca es la fuerza titánica de la voluntad social que sostiene la construcción de la utopía socialista.

Martin Malia dice que la revolución socialista soviética es la gran aventura utópica de los tiempos modernos[66]. La hipótesis de trabajo de Martin Malia en La tragédie soviétique es: que para comprender el fenómeno soviético es indispensable destacar la primacía de lo ideológico y lo político sobre lo social y lo económico. Nos interesa esta hipótesis, la contrastación y seguimiento de la hipótesis del autor en el libro mencionado, por sus repercusiones en el concepto de la política y de lo político que manejamos. Decimos que la política no se mueve por la lógica económica, como se ha asumido por un cierto sentido común contemporáneo, mucho menos se puede estrechar la concepción política a la concepción mercantil de la política.

Se ha difundido y manejado la tesis leninista de que la política es economía concentrada. Este enunciado corresponde al determinismo económico, pensamiento dominante en los tiempos de Lenin; ahora, en el horizonte de la episteme de la complejidad, es difícil sostener el pensamiento determinista económico, la lógica de su causalidad fatal. Pero, en todo caso, decodificando el enunciado, ¿qué sería economía concentrada? ¿Cómo se puede entender este enunciado? La economía capitalista acumula, produce concentración en esta perspectiva, como tendencia irremediable al monopolio. Empero, ¿Cómo puede darse una cualidad política que sea el resultado de la concentración económica? ¿De la acumulación cuantitativa se pasa a la acumulación cualitativa? Se puede entender el enunciado, moviéndose en las esferas de la economía, como referido a la transformación de las condiciones mismas iniciales de la producción. Sin embargo, es muy difícil comprender el enunciado, fuera de las esferas de la economía, que esto de concentración de la economía en la política se dé como reterritorialización de la economía en la política. ¿Cómo puede la economía, en tanto producción, distribución y consumo, convertirse en política, en tanto acción y disponibilidad de fuerzas? Pierre Bourdieu concibe en su teoría sociológica la conmutabilidad del capital económico, capital político, capital social, capital simbólico; empero, Bourdieu comprende capital, en un sentido sociológico, como disponibilidad, como valoración social y distribución de disposiciones en los campos, económico, social, político, simbólico. En todo caso, en Bourdieu no hay algo parecido a la idea de concentración económica para definir la política. Desde otra perspectiva teórica, en el sistema hegeliano, se puede descifrar el enunciado de la política como concentración de la economía, en tanto se entienda la política como consciencia histórica de la economía. Empero, esta tampoco parece ser la intención en la definición leninista de la política. Como puede verse, esta discusión con el determinismo económico se hace sugerente; sin embargo, hay que anotarlo, no es el mismo caso, no entra en la misma consideración la vulgar concepción mercantil de la política.

Para nosotros la política no responde a la lógica económica. Está claro también que no compartimos la metáfora, convertida en tesis por ciertas corrientes marxistas, de la arquitectura determinante de la relación entre estructura económica y superestructura política. La política, como espacio-tiempo, como espesor histórico y social, se constituye como campo dinamizado de fuerzas y acciones, de disposiciones, dispositivos y agenciamientos, campo configurado, producido y reproducido, creado y recreado, por la dinámica subjetiva de la voluntad, por el juego y composición de voluntades. Definitivamente la política responde a una experiencia distinta a la de la economía. Ahora bien, puede ocurrir que la economía capture, por así decirlo, a la política, que la use siguiendo las lógicas económicas. Esto puede pasar e indudablemente pasa, en la época de la hegemonía capitalista; pero, precisamente es cuando la política deja de ser política, muere, para convertirse en un dispositivo de la economía. La política en cuanto tal es retomada y recuperada por las luchas sociales, es reproducida por las dinámicas sociales moleculares, reproducida por los sujetos sociales en conflicto y contradicción con el orden, con la estructura de poder, sobre todo con el orden y la estructura económica.

 

Voluntad, política y economía en el proceso boliviano

 

En adelante vamos a analizar las relaciones entre voluntad, política y economía en el espaciamiento y la temporalidad del proceso boliviano, llamado oficialmente revolución democrática y cultural, llamado por los movimientos sociales anti-sistémicos proceso de descolonización, anticapitalista y anti-moderno. Entonces, entendemos voluntad como subjetividad abocada a la realización del deseo, como proyección del principio esperanza,  como tenacidad para realizar la utopía; entendemos política como experiencia subjetiva e imaginario social de la acción y despliegue de fuerzas; entendemos economía como el campo de efectuación de la producción, distribución y consumo en el sentido capitalista; es decir, en el sentido de subsunción de estas esferas al capital, así como siendo disposiciones y agenciamientos de la acumulación del capital. Nos interesa, intentando una contrastación comparativa, auscultar el desenvolvimiento de estas relaciones, entre voluntad, política y economía, en dos procesos revolucionarios bolivianos; el dado entre 1952 y 1964, conocido como el de la revolución nacional, y el que se está dando entre 2000 en adelante, 2013, a la fecha, asumido como revolución indígena y popular. En ambos procesos llama la atención que, después de largas acumulaciones de luchas, de experiencias sociales, de formación política, de memoria emancipadora, distinta en ambos casos, después de combates intensos, como el dado en abril de 1952, antecedido por la guerra civil de 1949, más tarde, como el dado en forma semi-insurreccional y de movilización general prolongada, insurrección y movilización desatadas de 2000 al 2005, lo que sucede en los gobiernos respectivos se parezca más a una desmovilización general, a un pragmatismo oportunista, a una restauración y regresión, cayendo en la expansión de relaciones clientelares y prebéndales, en relaciones corrosivas, dando curso a lo que hemos llamado la economía política del chantaje[67]. Vamos a tratar de explicarnos estas dinámicas des-articuladoras en ambos casos, tratando de responder a la pregunta de ¿por qué no sucede la prolongación de la movilización general, como convocatoria estatal, como acción multitudinaria de la voluntad social, voluntad encaminada a realizar la utopía, como ha acontecido en otras revoluciones, las llamadas socialistas? Para lograr el efecto esperado del análisis comparativo, vamos a construir una hipótesis interpretativa de ambos procesos revolucionarios.

 

Hipótesis

 

Se da como una separación, mejor dicho disociación, entre la voluntad social, que intervino en las luchas sociales, las movilizaciones, la insurrección, y la disposición subjetiva del gobierno “revolucionario”. La disposición subjetiva del gobierno popular no es la realización de la utopía, sino la adaptación y la adecuación a las condiciones impuestas por la “realidad” dada. Para esta predisposición subjetiva gubernamental es preferible optar por el realismo político que arriesgarse a intentar transformaciones radicales. Se renuncia entonces a la utopía, se opta por reformas y modificaciones en el mismo topos heredado. Ocurre entonces que la voluntad social insubordinada y transgresora no tiene continuidad en la “política” gubernamental; es más, se puede decir que la “política” gubernamental no tiene voluntad de cambio. Esta disociación entre voluntad social y gobierno es funesta para la continuidad del proceso, pues el proceso, como espacio-tiempo de las dinámicas moleculares y molares sociales, no cuenta con la energía colectiva, con la potencia social, con el impulso vital que requiere. Una vez relegada la potencia social, sólo se cuenta con la fuerza y el peso gravitante del Estado, del monopolio de la violencia física estatal, del monopolio de la violencia simbólica del Estado, del control de la inercia maquinizada del aparato burocrático. Esta opción por la razón de Estado y no por el imaginario y la pasión utópica, deriva en dos consecuencias: 1) El alcance “revolucionario” se reduce al límite de las reformas, y 2) se abre el espacio institucional para la proliferación de prácticas de poder colateral y paralelo, prácticas clientelares, prebéndales y de corrupción. Esta segunda consecuencia, en la medida que es incontrolable, termina carcomiendo la cohesión interna del bloque gobernante, que se desmorona ética y moralmente. Se anuncia entonces el hundimiento y derrumbe del régimen, que puede ocurrir más tarde o más temprano.

Esta hipótesis parece confirmarse en las historias, en los decursos y en los recorridos de ambos procesos. En el primer caso, los gobiernos del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) pasan del co-gobierno de 1952-1953 a un creciente conflicto con la COB, hasta llegar a una confrontación armada en Sora-Sora con las milicias mineras (1963), pasando desde una co-gestión a la gestión administrativa de los ingenieros norteamericanos, que terminaron dirigiendo técnicamente COMIBOL. No sólo que el MNR se divide en tres fracciones; el PRIN, la de “izquierda”, el PRA, la de “derecha”, el MNR de Paz Estensoro, la de “centro”, sino que los gobiernos sucesivos optan por el manejo expansivo de los circuitos de influencia, las redes clientelares, las prácticas prebéndales y la extensión de la corrupción. Lo que se hizo al principio, las grandes medidas democráticas, la nacionalización de las minas, la reforma agraria, el voto universal, la reforma educativa, que ciertamente tuvieron efecto transformador, quedaron sin continuidad en las políticas públicas. Como dice Sergio Almaraz Paz, se pasó del tiempo de los grandes pasos al tiempo de las cosas pequeñas[68]. La revolución nacional se desmoronó; en noviembre de 1964 se dio un golpe militar, preparado por la CIA; los milicianos no defendieron la revolución que hicieron, desmoralizados, boicoteados y anulados por el propio partido contemplaron la derrota. Sólo un pequeño grupo de milicianos defendió desesperadamente inmolándose en el cerro de Laicacota, que resultó ser, como dice Sergio Almaraz Paz, el sepelio de una revolución arrodillada[69].

En el segundo caso, las dos gestiones del gobierno indígena y popular (2006-2014) contrastan con la etapa antecedente del proceso de la movilización general y de las luchas sociales (2000-2005). La primera gestión (2006-2009) acude a dos medidas, la nacionalización de los hidrocarburos y la convocatoria a la Asamblea Constituyente, que se encontraban como demanda de los movimientos sociales en la Agenda de Octubre; empero, en lo demás se trasluce una moderada y cautelosa actitud respecto a la arquitectura estatal heredada, a las formas de gestión, a la estructura económica recibida, a las formas y prácticas políticas adquiridas. La segunda gestión de gobierno (2009-2013), que cuenta ya con la Constitución aprobada, se caracteriza por dejar en la vitrina la Constitución, y efectuar un desarrollo legislativo inconstitucional, políticas públicas restauradoras, llevando al extremo del conflicto las contradicciones inherentes al proceso. Con la medida del “gasolinazo” el gobierno cruza la línea, se coloca al otro lado de la vereda, y se enfrenta al pueblo; con el conflicto del TIPNIS, cruza una segunda línea, se enfrena a las naciones y pueblos indígenas originarios, desconociendo los derechos fundamentales y colectivos constitucionalizados, atentando contra los territorios indígenas, que son la base territorial de la construcción del Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico.

También en este caso el alcance “revolucionario” llega al límite de las reformas, que cada vez son más coyunturales, como la de los bonos. El marco de una política monetarista expresa claramente la circunscripción del gobierno al condicionamiento y a las disposiciones del Fondo Monetario Internacional y del sistema financiero mundial. El Ministerio de Economía y finanzas Públicas es un dispositivo perseverante del sistema financiero mundial. Disociado el gobierno de la movilización general que le antecedió, optó por cooptar a las direcciones de las organizaciones sociales para controlarlas. Los métodos son conocidos, reiteración y recurrencia de las redes clientelares, de las prácticas prebéndales, de la complicidad en los procedimientos colaterales de la corrupción. La economía política del chantaje se ha extendido mucho más que antes, que en los gobiernos contra los cuales se combatió, acusados, entre otras cosas, de corruptos. A estas alturas el desmoronamiento ético y moral es mayúsculo; se cree que la absoluta mayoría, los 2/3 del Congreso, son suficientes para conservar el poder, para mantener el control; se cree que estos 2/3 otorgan impunidad y atribuyen la disponibilidad para hacer lo que se quiera, atentando contra la Constitución misma. Se considera que el poder se reduce al control por cualquier medio al alcance; esta confianza ha llevado a perder el sentido de sobrevivencia y a la desconexión con la “realidad”, lo que de por sí hace vulnerable al bloque gobernante ante cualquier contingencia. Con la firma y la legitimación en el Congreso de los contratos de operaciones de hidrocarburos, se entregó el control técnico de la explotación hidrocarburífera a las empresas trasnacionales, se redujo la participación del Estado del 82%, del interregno creado por el decreto Héroes del Chaco, a un 62%[70]. Se promulgaron leyes no sólo inconstitucionales, sino anti-indígenas y anti-autonómicas, como la Ley Marco de Autonomías y Descentralización Territorial, la Ley de Deslinde Jurídico, la Ley 222, que es promulgada para realizar la consulta espuria en el TIPNIS. Se proponen leyes inconstitucionales y atentatorias como el Proyecto de Ley de Servicios Financieros, donde el Ministerio de Economía y Finanzas Públicas queda sin control de ninguna clase, logrando suspenderse como un super-Estado en el manejo económico y financiero, desatendiendo la Ley de Bancos, pero sobre todo la Constitución. Se propone, ya entrando al escándalo, una Ley Marco de Consulta para los pueblos indígenas, que se la puede considerar como el dispositivo jurídico de un nuevo etnocidio[71]. Como se puede ver nos encontramos no sólo ante la disociación entre voluntad social y gobierno, sino que se repiten los síntomas de una decadencia, del desmoronamiento del proceso, de la ruptura ética y moral, dejando un vacío profundo por dentro, dejando la cascara, la envoltura, del poder tomado, como un castillo de naipes, por fuera. ¿Asistiremos a algo parecido a lo que ocurrió en noviembre de 1964 con la revolución nacional? No lo sabemos, mientras no ocurra eso, se tiene la posibilidad, por lo menos teórica, de reconducir el proceso.

En lo que respecta a la relación con el campo económico, se puede constatar que la estructura económica heredada no ha cambiado; se sigue en el marco y el contexto del modelo extractivista, incluso se lo ha expandido más. Modelo extractivista complementario a la administración estatal rentista. La nacionalización de los hidrocarburos ha ensanchado notoriamente la participación del Estado en el excedente; empero no lo controla. El monopolio de los mercados, de las finanzas, de la tecnología y del acceso a los recursos, así como el control de la producción de parte de las empresas trasnacionales, hace que el control del excedente, del recorrido del excedente, de su transformación productiva y los efectos multiplicadores en la economía, quede en manos de estos dispositivos de dominación y control capitalista, que son estas empresas trasnacionales. Al acontecer esto, al conservarse estos ejes condicionantes del modelo económico dependiente, las relaciones de poder de estos dispositivos internacionales, conectados con la forma de hegemonía del ciclo del capitalismo vigente, que es la del dominio financiero mundial, reiteran perversamente las relaciones de coerción, chantaje, corrupción, con los gobiernos con los que entran en contacto. La subordinación de los gobiernos, por más nacionalistas que se proclamen, por más populares y soberanos que se reclamen, por más “anti-imperialistas” que se definan, se reproduce calamitosamente, si es que no se disputan directamente los monopolios de las trasnacionales, si es que no se cambia y transforma el modelo económico extractivista. La conservación de esta situación de subordinación a la geopolítica del sistema-mundo capitalista abre las compuertas para las salidas perversas, para las opciones colaterales al enriquecimiento, desencadenando la entrega compulsiva a las prácticas destructivas y des-cohesionadoras de la corrupción.  Se entiende entonces que la casta política gobernante haya asumido como su concepción de la política esta concepción mercantil de la misma. 

En conclusión, la dramática historia de ambos procesos bolivianos se pueden explicar por esa falta de voluntad utópica, por esa ausencia de ética revolucionaria, dispuesta al gasto heroico y al sacrificio, para transformar el mundo, para abrir la posibilidad de hacer emerger otra “realidad” alternativa. Se renunció rápidamente a este impulso vital, a la potencia social, a la voluntad que se opone al mundo y a la historia para construir otro mundo y otra historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La “metafísica” del fracaso

 

En un espléndido libro titulado El metafísico del fracaso, Augusto Céspedes describía en esos términos a Daniel Salamanca, presidente de Bolivia al comenzar la guerra del Chaco. Uno de los argumentos del uso de esta caracterización irónica era de que Salamanca ganaba la guerra en el mapa, poniendo broches en la cartografía, fijadores que representaban la avanzada de los puestos militares bolivianos, mientras el ejército paraguayo ganaba la guerra en el terreno. Haciendo paráfrasis a esta ironía, hoy podemos decir que hay una “metafísica” del fracaso cuando se interpreta la crisis del “proceso de cambio”, que se manifiesta, con toda su desmesura material, en los hechos, que evidencian profundas contradicciones, como si fuesen grandes logros del “gobierno de los movimientos sociales”. Gobierno que expresa, según se dice, la presencia de las naciones y pueblos indígenas, de los campesinos, de las clases populares, en el poder. Este contraste entre “realidad” e interpretación oficial es más que turbadora, es extraviada. Esta interpretación descarriada es un imaginario oficial, mientras la contundencia de los hechos muestra palpablemente otra situación, mas bien distinta. No son los movimientos sociales los que gobiernan; ya hablamos de esto en otros escritos[72]. Resumiendo dijimos que hablar de “gobierno de movimientos sociales” es un contrasentido. Tampoco son los movimientos sociales los que influencian en el gobierno; es decir, las organizaciones sociales, puesto que no hay movimientos sociales todo el rato, sólo cuando se movilizan. Es más bien el gobierno el que influencia  a las organizaciones sociales, las que se encuentran cooptadas, por lo menos las organizaciones campesinas, si no es un conjunto mayor de organizaciones sociales, ya comprometidas en relaciones prebéndales y clientelares. Hablar sin mayor desparpajo de logros y cambios del “proceso”, sin evidencias empíricas, es mostrar un desprecio inmenso por la objetividad o, en su defecto, es, como dicen popularmente, estar en la luna.

Se nota un esfuerzo por el auto-convencimiento de los mismos convencidos. Es como afirmarse en su propia ficción; es más, esta ficción forma parte de la propaganda y publicidad descomunales, como queriendo sustituir la “realidad” por insistente repetición. Decir que ya no somos un país dependiente, cuando la economía preserva el modelo extractivista, es mentirse a sí mismo. La dependencia se basa precisamente en el extractivismo, que es la herencia colonial del capitalismo dependiente. Decir que ya no somos sumisos ni serviles a las potencias imperialistas, cuando nos encontramos plenamente integrados al sistema financiero internacional, obedeciendo sus dictámenes, mediante la consecuencia de las políticas monetaristas, sistema financiero mundial que es la forma dominante del capitalismo hoy, la forma especulativa del imperio, es decir una desfachatez, sin inmutarse. Y así sucesivamente, los logros expuestos se convierten en un castillo de naipes que se desmorona con facilidad. La pregunta es: ¿por qué esta obsesión por engañarse a sí mismos? Pues, lo que dice el discurso oficial, no convence a los y las que padecen las contradicciones profundas de un gobierno perdido en su propio laberinto. ¿No sería aconsejable una dosis de objetividad, comprobar los contrastes entre discurso y “realidad”, sacar conclusiones sobre las razones de las distancias entre discurso y “realidad”, incluso si se quiere un proyecto realista y “pragmático” diferido, buscar soluciones también “pragmáticas”? ¿No sería esto más adecuando cuando se busca conservar el poder? Todo parece indicar que esta actitud, con una dosis de objetividad, sería lo aconsejable; empero, llama la atención que la clase política gobernante no hace esto, no acude a la cautela, sino precisamente a todo lo contrario, llevados de la mano con una confianza desproporcionada en la fuerza que se tiene. La historia política está llena de estas anécdotas dramáticas. Los gobernantes son arrastrados por sus propios fantasmas a su caída.

Ya no se trata de discutir aquí la falsa argucia de convencer a los demás, a las grandes mayorías, que ocurre otra cosa, distinta a la que ven, sino de analizar el comportamiento de lo que llamamos el auto-engaño. ¿Ante las dificultades que encuentran los gobernantes para transformar, se recurre a una especie de exhorto? Como diciendo: no están tan mal las cosas, sino más bien no podían estar mejor. El aliento se da en el deporte, la política no es un deporte. No se puede confundir el proceso con la entrega de canchas de futbol de césped sintético, tampoco confundir, mas bien reducir, los logros del gobierno respecto al “proceso” con que pase el Dakar por Bolivia. Esto es una muestra del colonialismo que tienen metido en sus huesos los gobernantes. ¿A quién le interesa tanto esta solución “metafísica”, al estilo de Daniel Salamanca, ya no empleada en la conducción de la guerra, sino en la conducción del “proceso”? Solo puede ser alguien que siendo consciente del contraste entre discurso y “realidad”, ante la impotencia, prefiere optar desesperadamente por la ficción; o, en su defecto, también puede ser alguien que permanentemente actúa para los distintos públicos, que ha convertido su vida en un teatro y busca convertir al país en un gigantesco escenario, donde se lo aplauda constantemente.

En todo caso, este no es un buen camino ni para conservar el poder, a largo plazo, ni mucho menos para efectuar un proceso de transformaciones estructurales e institucionales, incluso en el caso que se las efectúe de una manera diferida y no radical. Volviendo al libro del “chueco” Céspedes, este es el camino del fracaso; así se perdió la guerra del Chaco, así también se perderá la oportunidad de un “proceso” de cambio.

Desde la publicación de Las tensiones creativas de la Revolución[73] (2011) hasta la Conferencia de Cochabamba (2013), dada por el vicepresidente no hay más que la repetición de lo mismo. No hay contradicciones, hay tensiones en el seno del pueblo, hay fases ascendentes del “proceso”, después del punto de bifurcación, como si fuese el “proceso” una locomotora. Ahora se dice: hay logros innegables que ratifican la hipótesis de las tensiones creativas y de las fases ascendentes del “proceso”. No hay un ápice de crítica y autocrítica en este discurso resplandeciente. Todo lo que se dice es como un auto-contemplación satisfactoria, un goce extraño al exponer esta interpretación pretensiosa; empero, sin sustento empírico. No hay diagnóstico ni evaluación objetiva, tampoco teoría, sino mas bien pose teórica. No por el aire de seriedad que se tome en un discurso, éste se convierte en serio, no se logra con la pose una apreciación teórica. Todo esto forma parte del mismo teatro político; sólo se actúa.

El “proceso” de cambio no es un guión teatral, es un proyecto donde se juega el destino de poblaciones, de pueblos, de naciones, de multitudes, de comunidades, de sociedades; un proyecto que debe lidiar con la complejidad en el acontecimiento político, donde se encuentra como posibilidad. El “proceso” no es pues una presentación primorosa, una puesta en escena, para deleite de los públicos, es un propósito que tiene que efectuarse enfrentando contingencias, multiplicidad de singularidades del acontecimiento, resistencias y obstáculos. En estas condiciones, al llevar a cabo el proyecto, enfrentando la complejidad del acontecimiento, es sumamente peligroso optar por el canto a uno mismo, descartando la mirada objetiva y el recurso de la crítica. Salvo si se cree que se puede conservar el poder, ya que éste es el objetivo perseguido, por los procedimientos del control absoluto de todo; lo que significa represión, en distintas escalas, desde el chantaje, la coerción, hasta el uso abierto de la violencia, pasando por distintas formas de amenaza. Ciertamente, este recurso del “despotismo” puede prologar la administración del poder, pero no por mucho tiempo. Estos métodos de dominación y control no tienen un largo alcance, sino mas bien son de corto alcance, en el mejor de los casos, de mediano alcance. Ya no puede repetirse lo acontecido en algunas sociedades antiguas, donde el “despotismo” logró perdurar por largos ciclos. En la modernidad, incluso si ésta se encontrara en sus propios confines, las actualizaciones modernas del “despotismo” no pudieron impedir su implosión. Si a pesar de la experiencia histórica se insiste en volver a repetir la coerción a gran escala, es porque nada se ha aprendido. Se prefiere la ilusión que se desprende de la excesiva confianza, que otorga el manejo del poder y la certeza de que el empleo de la fuerza, en sus distintas formas, lo puede resolver todo.

Volviendo nuevamente al libro del Céspedes, lo de El metafísico del fracaso es ciertamente una metáfora con el objeto de consumar una ironía, respecto a la figura del presidente filósofo. Cuando usamos la misma metáfora, ahora refiriéndonos no tanto a la persona como a una manera de interpretar, de construir cuadros alentadores, primaverales, teniendo como referente la calamidad en pleno invierno, el referente de la persistencia de la herencia colonial, hacemos lo mismo, buscamos su efecto irónico. En verdad no se trata de metafísica, pues ésta es la filosofía de lo suprasensible; se trata de un imaginario, el imaginario oficial, el imaginario gubernamental, imaginario de la auto-contemplación satisfactoria. Una especie de hedonismo político.

 

 

Las figuras del imaginario oficial

1.   El primer gran cambio que sufrió el país fue la “modificación del bloque de poder”,  ahora quien tiene el poder en Bolivia son los diferentes sectores sociales, indígenas, campesinos, la gente que antes era excluida[74].

 

Vamos a entender que se habla de la estructura de poder, no de “bloque de poder”; el concepto de bloque histórico gramsciano se refiere a otra cosa, a la articulación específica entre estructura y superestructura; articulación expresada por el bloque hegemónico, que no es solamente de la clase dominante, sino de aparatos, de dispositivos, de medios, de toda una logística en funcionamiento. ¿Son los excluidos los que ahora detentan el poder? ¿De qué manera lo hacen? ¿Cómo se puede verificar esta hipótesis? ¿Tener un presidente indígena y un canciller indígena hace que los indígenas controlen y ejerzan el poder? El gobierno indígena, que no puede ser otra cosa que el gobierno comunitario, no puede ejercerse en la institucionalidad liberal del Estado-nación, que es la institucionalidad y la forma Estado de las que no hemos salido. Por otra parte, el control del gobierno, su administración, no la detentan los diferentes sectores sociales, indígenas, campesinos, la detenta una burocracia de funcionarios, comandados por una cúpula gobernante, en la que brillan por su ausencia los indígenas, los campesinos, los sectores populares. Decir “No es solamente un cambios de gobierno (…) estoy hablando de un cambio en el bloque de poder estatal, es decir, en las clases y naciones con capacidad de decisión y de influencia en la toma de decisiones estatales, esa es una revolución, es un cambio de estructura”[75], es decir algo que no se sostiene empíricamente. Las naciones y pueblos indígenas originarios son precisamente los que no tienen influencia en la toma de decisiones; el conflicto del TIPNIS y los distintos conflictos de las comunidades indígenas en relación a la explotación extractivista, la contaminación de sus tierras y las cuencas, el uso gratuito del agua dulce, que no es otra cosa que expropiación de bienes comunes, muestran patentemente que la influencia la tienen las empresas trasnacionales extractivistas. La ley de consulta etnocida, propuesta por el gobierno, que borra de sopetón la consulta con consentimiento, previa, libre e informada, a los pueblos indígenas, difuminándola en la consulta pública, nos prueba ostensiblemente que los indígenas son los que menos cuentan en las leyes inconstitucionales elaboradas y promulgadas por el gobierno. Comportamiento oficial que vulnera la Constitución y los convenios internacionales, precisamente sobre los derechos de los pueblos indígenas y la Consulta con consentimiento y previa.

 

Los campesinos tampoco tienen la influencia que se pregona; el sacar la reforma agraria de la Constitución, aprobada en Oruro, el suspender la Función Económico Social y el saneamiento de tierras  favorece a los terratenientes, no a los campesinos. Hay influencia de ciertos sectores campesinos, como el de los del trópico de Cochabamba y los llamados interculturales, empero esta influencia no es gubernamental, ni sobre la estructura y el diseño de las políticas públicas, sino mas bien se trata de una influencia parcial, con repercusiones locales o micro-regionales, en el mejor de los casos. Es pues una notable quimera hablar de influencia en esta cuestión. ¿Una revolución, un cambio de estructura? Seguimos en el horizonte del Estado-nación, no hemos salido de esta arquitectura estatal; ¿cómo podemos hablar de cambio de estructura? A no ser que entendamos por esto la folclorización de lo plurinacional.

 

2.   El nuevo bloque de poder no se define por órdenes extranjeras, las empresas de otros países no definen ni controlan la economía de Bolivia, nosotros decidimos cómo vamos a gastar y en qué vamos a invertir nuestros recursos[76].

 

El boicot de las empresas trasnacionales a la producción de carburantes, obligando al gobierno a importarlos, nos muestra lo contrario. Situación que llevó al gobierno a la medida anti-popular del “gasolinazo”, que ocasionó un levantamiento popular, que apremió al gobierno a retroceder en la medida. El control técnico de las empresas trasnacionales en la explotación hidrocarburífera, también nos muestra otra “realidad”. La instalación por parte de PETROBRAS de una industria de fertilizantes en la frontera con Bolivia, nos muestra patentemente que el gobierno brasilero sabe qué va hacer con el gas húmedo boliviano, del que no paga el valor efectivo del total de energía que se lleva; valor real perdido, que no se compensa con el pírrico porcentaje acordado, la tasa miserable al valor calorífico “excedente”. Eso de que nosotros decidimos cómo vamos a gastar y en qué vamos a invertir nuestros recursos es relativo, cuando las reservas monetarias, catorce mil millones de dólares, se hallan en bancos privados extranjeros de las potencias imperialistas. La política monetarista de bonos soberanos, por valor de 500 millones de dólares, entregando patrimonio como garantía, que no es otra cosa que recursos naturales, nos muestra que nuestras decisiones se hallan condicionadas por la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Esta política económica nos evidencia la seducción por la astucia financiera, concepción más fetichista monetarista no podría darse[77].

 

3.   El tercer logro es la descolonización[78].  

La descolonización no es la igualdad, ésta, la igualdad económica y social, en todo caso podría ser el socialismo, aunque es ya, el presupuesto jurídico y político de la democracia. Si se habla de igualdad, desde la perspectiva de la descolonización, se tendría que plantearla en el sentido de equivalentes condiciones de partida  para las culturas, las lenguas, los proyectos civilizatorios inherentes. Eso está muy lejos de ocurrir; la cultura dominante sigue siendo la llamada “occidental”, la lengua de uso institucional sigue siendo el castellano; estamos muy lejos de una institucionalidad intercultural. El proyecto civilizatorio vigente sigue siendo el desarrollismo, tal cual las élites gobernantes del país soñaron, como expresión del progreso.

4.   El cuarto logro es la ampliación de lo común, de lo que es de todos, esta característica se está llevando a cabo a través de los proceso de nacionalización, como ser del gas, electricidad, agua, telecomunicación, entre otros, además de la creación de empresas del Estado[79].

Lo común no es ni privado ni público, es, como dice la palabra, común; es decir, de todos, en su gratuidad, “propiedad”, si usamos este término, común, colectiva. Lo común se opone a lo público y lo privado, que son formas de propiedad no comunes; en un caso, estatal; en el otro, individual o privada. Ahora bien, la nacionalización parcial de los hidrocarburos ha impactado favorablemente en la economía del país, los ingresos del Estado son notoriamente mayores. Esto es indiscutible. Empero, las otras “nacionalizaciones” se reducen a compra de acciones, método usado como parte de los procedimientos acostumbrados del mercado capitalista. Con la nacionalización parcial de los hidrocarburos y la compra de acciones de las otras empresas, de la electricidad y de las telecomunicaciones, lo del agua es mas bien empresa municipal, no se amplía lo común, sino el patrimonio del Estado. Incluso así, la ampliación de la propiedad pública no es lo suficientemente vigorosa como para hablar seriamente de una economía controlada por el Estado.    

5.   El quinto logro es la distribución de la riqueza, esos son los bonos solidarios, que llegan directamente a los sectores más necesitados del país, se da el dinero directamente, eliminando así los niveles de pobreza extrema en el país, “los recursos del Estado son distribuidos socialmente”.

Los bonos solidarios fueron una política de los gobiernos neoliberales, forman parte de políticas de corrección, al estilo de las propuestas por John Rawls, apoyadas por organismos internacionales. Lo que ha hecho el gobierno de Evo Morales es ampliar notoriamente el alcance de los bonos. Ciertamente esto corresponde a una redistribución del ingreso, no de la riqueza; empero, se trata de impactos coyunturales, más psicológicos que estructurales. Esto no resuelve el problema de la miseria ni de la pobreza. Políticas estructurales de redistribución del ingreso tienen que ver con inversión social a gran escala, sobre todo en infraestructuras de salud y educación, acompañadas de la inversión, preparación y organización de logísticas sociales. Nada de esto se ha hecho, salvo lo que se cuenta en construcciones de vivienda, que adolece de fallas, por incumplimiento, y faltas, por corrupción. Lo que se ha invertido en construcción de escuelas es poco en comparación de lo que se requiere, tomando en cuenta las necesidades y las demandas; además de lo que significaría una revolución cultural, más que educativa. 

6.   El sexto logro es la industrialización, como ejemplo, “el primer paso”, la planta separadora de líquidos, en la cual se invirtió 840 millones de dólares, la inversión más alta que se hizo en los últimos tiempos.

Una planta separadora de líquidos no es industrialización, es como dice su definición, separadora, nada más. Una petroquímica ya es industrialización, propiamente hablando, lo mismo podríamos decir de la planta de fertilizantes. Ambas plantas son, por el momento, proyectos. Ahora bien, la revolución industrial no es producto inmediato de la nacionalización, como creen los nacionalistas, sino que requiere varias condiciones de posibilidad; masa crítica de científicos, una infraestructura y una estructura de investigación, tecnología de punta, articulación e integración del campo industrial con el campo económico, así como con el campo social, del mismo modo, articulación e integración con los mercados internos y externos. Además, claro está, en nuestro caso, la orientación hacia la soberanía alimentaria. La inversión de la que se habla es pues pírrica en comparación para lo que requiere una revolución industrial.

En la Conferencia mencionada, el vicepresidente enfatizó que en todo el país se viven procesos de industrialización; agroindustrial en Santa Cruz; en Potosí con el litio; en Tarija con el gas y la planta de etileno; en La Paz con San Buenaventura, plantación de caña y planta azúcar, donde se construye una “ciudadela” industrial e inversiones de exploración de petróleo; en Oruro, con la minería; en el Beni con hidroeléctricas y ganadería; y en Cochabamba la planta de Urea[80]. Lo primero que hay que anotar, en esta alocución, es la expresa concepción desarrollista del vicepresidente, concepción alejada el espíritu constituyente, que mas bien propugna un horizonte alternativo al desarrollo, horizonte civilizatorio llamado vivir bien. Lo segundo que hay que anotar, es el apego a la ficción, a lo que no está, a lo que todavía es proyecto, incluso ha fracasado, como en el caso del litio, el hierro y la siderurgia. Fracasos reconocidos ya por el propio gobierno. Hablar de “ciudadela industrial” en San Buenaventura es un alucinación, cuando todavía no se termina de implementar el proyecto, además de tropezar ya con serios problemas técnicos y de condiciones de posibilidad adecuadas; terreno, acceso a los mercados, materia prima, contaminación, incluso financiamiento para la totalidad del proyecto, fuera de los problemas de contaminación que generaría. Lo mismo pasa con la planta de Urea, que es también todavía un proyecto, que además comenzó con una dudosa compra de tierras, para la planta; tierras compradas a campesinos, asentados en el lugar, quienes se beneficiaron con la entrega gratuita de esas mismas tierras por el gobierno, años atrás. Una tercera anotación que hay que hacer, es de proclamar como logro del gobierno lo que forma parte de la continuidad de una herencia. La economía de Santa Cruz responde a una dinámica regional característica, vinculada a la agroindustria, la del azúcar, la de la soya, la del aceite vegetal, como base de una estructura económica pujante, que incumbe al apogeo económica dado desde varias décadas atrás. La explotación del gas en Tarija viene también de décadas atrás, incluso el descubrimiento de la importancia y magnitud de sus reservas gasíferas; lo que ha mejorado marcadamente es su ingreso, que se deben al impacto de la nacionalización de los hidrocarburos. En este caso, también la planta de etileno y polietileno es todavía un proyecto[81]. Oruro y Potosí son tradicionalmente departamentos mineros; no es pues ninguna sorpresa que se haya reactivado la minería, ante la demanda de materias primas de la emergente potencia industrial de China, haciendo subir los precios de las materias primas. El problema es que lo más pujante de la minería está en manos de empresas trasnacionales, como es el caso de San Cristóbal, ahora controlada por Sumitomo Corporation, en coordinación con la Corporación Nacional Japonesa de Petróleo, Gas y otros rubros. Si bien, por el procedimiento de nacionalizaciones se ha vuelo a armar la empresa estatal de la minería, COMIBOL, ésta todavía es débil y vulnerable frente al poder de las empresas trasnacionales mineras. Por otra parte, las concesiones inconstitucionales hechas por el gobierno a las llamadas cooperativas mineras, que no son otra cosa que empresas privadas, abocadas a un capitalismo salvaje, que somete a una súper-explotación a sus trabajadores, que no gozan de derechos sociales, de seguro y de beneficios, toma la ruta de un extractivismo salvaje, improvisado y contaminante, sin destino, salvo el de la destrucción de los predios.

 

Conclusiones  

1.   Estamos ante un imaginario gubernamental extraviado, que contrasta patéticamente con la “realidad”; es decir lo que acontece con el “proceso” de cambio, “proceso” que se encuentra atravesado por profundas contradicciones.

 

2.   Ante las dificultades propias del “proceso” de cambio, se opta por el montaje teatral, la puesta en escena, la delirante campaña propagandística y publicitada. Como queriendo sustituir la “realidad” por el deseo.

 

 

3.   En este compás sinuoso y enrevesado, donde el discurso oficial se aleja velozmente del decurso efectivo de los hechos, el gobierno opta por una forma indisimulada de despotismo ilustrado. Prefiere el recurso fácil de la represión, de la coerción, del chantaje, de la prebenda, de los circuitos clientelares y la corrupción galopante.

 

4.   Los grandes logros del gobierno terminan pareciéndose al drama del presidente filósofo boliviano, en plena guerra del Chaco; el presidente ganaba la guerra en el mapa; es decir, en su cabeza, mientras se perdía la guerra efectivamente. A Daniel Salamanca le tendió el alto mando militar, en plena conflagración bélica, un “corralito”, nombre aciago para un golpe de Estado. Los militares mostraron sus “agallas” para el golpe, pero no garantizaron con este procedimiento de facto cambiar el curso de los acontecimientos; la guerra se perdió. Tampoco los militares salieron de la “metafísica” del fracaso; lo que hicieron es sustituirla por un manejo improvisado de la guerra, sin una estrategia clara y con discontinuos cambios tácticos. Ahora, el gobierno popular se tiende su propio “corralito”. 

 

 

La simulación política

Figuras de la impostura

 

 

 

 

La simulación

La simulación es un tema trabajado por Jean Baudrillard, se refiere a las estrategias de la apariencia, a las estrategias de la seducción, a la sustitución de la realidad por la hiper-realidad, es decir, por la virtualidad. Hablamos de los extremos de la experiencia vertiginosa de la modernidad, experiencia figurada como cuando todo lo sólido se desvanece en el aire[82]. Esta modernidad extrema radicaliza la experiencia estética, las experiencias del gusto y del placer, acompañadas por sus representaciones plásticas. No se olvide que la modernidad nace como concepto estético, concebido por los poetas malditos, que representa la experiencia del trastrocamiento urbano, la sensación de suspensión de valores, de transformación de instituciones, de demolición de estructuras[83]. Experiencia también expresada en la narrativa romántica del Fausto de Goethe. Según Baudrillard esta experiencia de dilución y evaporación se habría radicalizado y extendido convirtiendo a la sociedad en un sistema de simulaciones. La idea, el concepto, la configuración de simulación se convierte en una de las claves para comprender la experiencia extrema de la modernidad radicalizada, junto al concepto de ilusión y de realidad, convertida en virtualidad, en hiper-realidad.

Jean Baudrillard escribe en El crimen perfecto:

Esto es la historia de un crimen, del asesinato de la realidad. Y del exterminio de una ilusión, la ilusión vital, la ilusión radical del mundo. Lo real no desaparece en la ilusión, es la ilusión la que desaparecen la realidad integral[84].

Un poco más adelante, en al capítulo dedicado a la definición de El crimen perfecto, escribe:

Si no existieran las apariencias, el mundo sería un crimen perfecto, es decir, sin criminal, sin víctima y sin móvil. Un crimen cuya verdad habría desaparecido para siempre, y cuyo secreto no se desvelaría jamás por falta de huellas[85].

Cuando se refiere a la simulación dice:

En el horizonte de la simulación, no sólo ha desaparecido el mundo sino que ya ni siquiera puede ser planteada la pregunta de su existencia. Pero es posible que esto sea una treta del mundo[86].

Después de dar el ejemplo de los iconoclastas de Bizancio que hacen desaparecer a Dios cuando precisamente quieren darle más gloria a través de la profusión de sus imágenes, escribe:

Lo mismo hacemos con el problema de la verdad o de la realidad de este mundo: lo hemos resuelto con la simulación técnica y con la profusión de imágenes en las que no hay nada que ver[87].

A la simulación se opone la ilusión, empero también la posibilita, a través de una relación laberíntica. Baudrillard anota:

Existe algo más fuerte que la pasión: la ilusión. Existe algo más fuerte que el sexo o la felicidad: la pasión de ilusión[88]

En el capítulo sobre El fantasma de la voluntad, se refiere a la ilusión radical:

La ilusión radical es la del crimen original, por el cual el mundo es alterado desde el inicio, jamás idéntico a sí mismo, jamás real. El mundo sólo existe gracias a esta ilusión definitiva que es la del juego de las apariencias, el lugar mismo de la desaparición incesante de cualquier significación y de cualquier finalidad. No sólo metafísica: también en el orden físico, desde el origen, sea el que sea, el mundo aparece y desaparece perpetuamente[89].

Refiriéndose al mundo dice:

El exceso está en el mundo, no en nosotros. El mundo es lo excesivo, el mundo es lo soberano.

Esto nos previene de la ilusión de la voluntad, que también es la de la creencia y el deseo. La ilusión metafísica de existir para algo, y de hacer fracasar la continuación de la nada[90].

En cuanto a lo real, la definición es aplastante:

Lo real es el hijo natural de la desilusión. No es más que una ilusión secundaria. De todas las formas imaginarias, la creencia en la realidad es la más baja y trivial[91].

Cerrando estas citas, en el capítulo sobre la ilusión radical, escribe:

Así pues, el mundo es una ilusión radical. Es una hipótesis como otra cualquiera. De todos modos, es insoportable. Y para conjurarla hay que realizar el mundo, darle fuerza de realidad, hacerle existir y significar a cualquier precio, eliminar de él cualquier carácter secreto, arbitrario, accidental, expulsar sus apariencias y extraer su sentido, apartarlo de cualquier predestinación para devolverle a su fin y a su eficacia máxima, arrancarlo de su forma para devolverlo a su fórmula. La simulación es exactamente esta gigantesca empresa de desilusión – literalmente: de ejecución de la ilusión del mundo a favor de un mundo absolutamente real[92].

Cuando ocurre esto la realidad en tiempo real no sólo se vuelve virtual sino que desaparece. Hay como un origen ilusorio y como un fin de desaparición virtual, como producto de la simulación total. La simulación hace desaparecer la realidad al convertirla en una sombra de la simulación, una sobra de la sombra, de la virtualidad. La ilusión se opone a la realidad no sólo como el origen al fin, sino también como la indiferenciación afortunada se opone a la indiferenciación desafortunada. Baudrillard escribe:

Hay que devolver su fuerza y su sentido radical a la ilusión, tantas veces rebajada al nivel de una quimera que nos aleja de lo verdadero: de aquello con que se disfrazan las cosas para ocultar lo que son. Pero la ilusión del mundo es la manera que tienen las cosas de ofrecerse para lo que son, cuando no son en absoluto. En apariencia, las cosas son tal como se ofrecen. Aparecen y desaparecen sin dejar traslucir nada. Se despliegan sin preocuparse por su ser, y ni si quiera por su existencia. Hacen señales, pero no se dejan descifrar. En la simulación, por el contrario, en ese gigantesco dispositivo de sentido, de cálculo y de eficiencia que engloba todos nuestros artificios técnicos incluyendo la actual realidad virtual, se ha perdido la ilusión del signo a favor de su operación. La indiferenciación afortunada de lo verdadero y lo falso, de lo real y lo irreal, cede ante el simulacro, que, en cambio, consagra la indiferenciación desafortunada de lo verdadero y de lo falso, de lo real y sus signos, el destino desafortunado, necesariamente desafortunado, del sentido en nuestra cultura[93].

Como se puede ver, la simulación, la ilusión y la realidad conforman un triangulo prohibido o, si se quiere, usando otra metáfora, el Triángulo de las Bermudas. Ocurre que la simulación expresa elocuentemente la experiencia misma de la modernidad en su forma plástica de imitación; no exactamente a través del procedimiento de la metáfora, sino de la metonimia, de la sustitución de una cosa por otra. Empero, la modernidad no es solamente simulación, sino también el mito del origen y el desvanecimiento de la realidad.

Este es el contexto teórico que usamos para referirnos a la simulación política, simulación que contiene un tipo de sustitución, de suplantación, si se quiere, de metonimia, que calificamos de impostura, que no es otra cosa que una figura para representar un tipo de suplantación. Como se puede ver, con el uso de estos términos no pretendemos descalificar, ni juzgar, sino tan sólo describir un fenómeno político que forma parte, si se quiere, de la gran fenomenología de la modernidad. Esperamos acercarnos a esta intención descriptiva, en ayuda a la interpretación del acontecimiento político, sus singularidades y personajes.

 

Figuras de la impostura

¿Qué es un impostor? ¿Un embaucador? ¿Un charlatán, un mentiroso, un embustero, un tramposo, un defraudador, un simulador, un falaz, un fanfarrón, un estafador? Hemos mencionado una lista de sinónimos. ¿El impostor es uno de los sinónimos? ¿Es toda la lista, comprendiendo una curva de posicionamientos y de estilos? Todo depende de lo que queramos significar, lo que queramos decir, quizás lo que queramos describir, mediante aproximaciones figurativas. Empero, la pregunta más difícil es ¿quién es el impostor? ¿Qué clase de sujeto es el impostor? Además de preguntarnos ¿hay el impostor? ¿Es ese el problema o es otro? Fuera de añadir un problema nuevo u otra característica del problema enunciado, ¿si el que llamamos impostor no cree, no considera que lo sea, no es consciente de que actúa en función de una simulación, sino que efectúa su puesta en escena creyendo efectivamente en el guión, que en este caso no sería un libreto, sino un drama personal, historia de vida, el recorrido tortuoso de una subjetividad partida; es decir, una escisión de la personalidad, una actuación comprometida con su propia ilusión? No es fácil resolver estas tramas subjetivas. Pero, entonces, ¿podemos usar este término, impostor, impostura, para referirnos a alguien que actúa constantemente ante un supuesto público, auditorio convertido, en el imaginario del sujeto en cuestión, en masa de espectadores? Hagamos la pregunta directa: ¿es el político un impostor? ¿Actúa permanentemente ante el pueblo, población reducida, en su imaginario, a masa espectadora asombrada de sus actos osados?

Indudablemente el político es un personaje connotado de nuestro tiempo, de nuestra contemporaneidad, moderna, democrática, representativa, de campañas electorales y campañas publicitarias, dispuestas en escena colosales y concentraciones multitudinarias. El político no es el anti-héroe de la novela,  sino algo más modesto, es el perfil de sujeto más desvaído de la experiencia de la modernidad, que expresa elocuentemente los dilemas y las tribulaciones del deseo de poder. Hay cierta mediocridad asociada a las atribuciones del político. No se requiere gran talento, aunque algunos lo presuman; no se requiere de una condición moral irreprochable, al contrario ésta puede convertirse en un obstáculo para la necesaria flexibilidad de la práctica política. No se requiere de sabiduría, aunque algunos ostenten tenerla; tampoco se requiere de compromiso, aunque en el pasado lo haya tenido, aunque entienda ahora que el compromiso es con el Estado, “sagrada” institución que se ha convertido en su causa; antes, en cambio, se trataba de una causa ideal, de la búsqueda de una utopía. Incluso pasa algo extraño con el político, el hombre convertido en político, ocurre una especie de pérdida de atributos en aras de un cambalache; si antes tenía cualidades, las pierde ante las exigentes condiciones de presión del ejercicio del poder. Al parecer, no parece haberse dado un género literario que se haya ufanado en descifrar la composición subjetiva de semejante personaje. Hay una que otra novela que se detiene en la historia de una persona especifica, como El señor presidente, de Miguel Ángel de Asturias, Yo El supremo, de Roa Bastos, también sobre La candidatura de Rojas, de Armando Chirveches, y otras más por el estilo; empero, esta narrativa no se dedica a la subjetividad del político, sino al itinerario subjetivo de una persona renombrada dedicada circunstancialmente a la política, o, en su caso, a la pretensión desolada de la dominación absoluta, refiriéndose a las características propias de una persona específica, el dictador, catapultada a la cumbre borrascosa del poder. Lo que falta es convertir a este sujeto político  en personaje, comediante que tiene características repetitivas, con uno que otro matiz, con una y otra diferencia; empero manteniéndose el perfil compartido. Diríamos entonces tipo, no necesariamente individualizado, sin embargo, dosificado, donde la composición de las características generales parece repetirse. De todas maneras, ahora no estamos intentando hacer una novela ni proponer una, sino intentando analizar las analogías más sobresalientes y repetitivas del político, personaje característico de las ambivalencias de la modernidad y de las suplantaciones de la representación.

En el campo de la sociología Max Weber escribe sobre la diferencia del científico y el político[94], atribuyéndole al primero un comportamiento racional y obligado a la objetividad, en tanto que al segundo le atribuye un comportamiento emotivo e inclinado a la subjetividad, que comparte valores. Esta diferenciación y su tipología correspondiente incumben a modelos abstractos, a una distinción metodológica que lleva a exigir al científico a dejar sus valores en la puerta antes de comenzar una investigación, pues tiene que realizar un análisis objetivo y evitar dejarse llevar por sus valorizaciones. Esta distinción del sociólogo no es una clasificación de los tipos políticos, sino una distinción efectuada y demarcadora desde el campo científico respecto del campo político. Es como una especie de limpieza de lo que pueda haber en el sociólogo de inclinación política. Este género de escritura denotativa, la sociología, no ha efectuado una clasificación de los tipos políticos. Pierre Bourdieu en el análisis del campo político confecciona una descripción topográfica y estructural de la distribución de las fuerzas políticas; cuando analiza el habitus se refiere a la internalización del campo en el sujeto o en la subjetividad social. Ciertamente el concepto de habitus nos sirve para profundizar la constitución de lo político, de la institucionalidad política, de los imaginarios políticos, ayudándonos a comprender mejor la diferenciación vaporosa del detalle de los tipos políticos. Tomando en cuenta esta perspectiva de campo político, podemos ver que no es posible hacer una clasificación general, universal, apropiada a distintos contextos, periodos y coyuntura. Es indispensable tener en cuenta que cualquier clasificación es, en todo caso, provisional, una herramienta descriptiva para aproximarnos a la variedad de conductas y comportamientos de los que llamamos políticos de profesión.

En la filosofía antigua, la griega, Aristóteles escribe sobre la política y define al hombre como un ser político, es decir, un ser de la polis, inclinado a la organización, a la administración y a las formas de gobierno. Platón, su discípulo, continúa esta ruta, en El político define al político como pastor de rebaños, también como soberano tejedor.  A propósito Cornelius Castoriadis en El político de Platón hace una sugerente anotación comparando al filósofo y al político en los escritos de Platón, usando un esquema estructural[95]. Dice que el verdadero saber se opone al falso saber, entonces el filósofo se opone al sofista; ahora bien, la verdadera praxis corresponde al político, en tanto que la falsa praxis corresponde al demagogo. Tomemos el escrito de Platón como una crítica a los políticos de su tiempo, griegos, sobre todo atenienses, particularmente contra Temístocles; crítica que distingue el ideal del político de lo que efectivamente se da como perfil subjetivo. Esta distinción de la antigüedad griega, ateniense, que hace Platón, puede servirnos para distinguir también la diferencia entre un ideal, lo que se espera, del político, de su efectiva práctica; también puede ayudarnos a situar la comprensión de la diferencia entre la Ley y su administración ilegal, acaecida en la práctica política. Podemos también hacer otras anotaciones sobre referencias al “político” en textos antiguos, forzando un poco los términos, pues se refieren al soberano y al guerrero, esta vez hechas en el texto sagrado veda de El Bhagavad-Gita, cuando Krisna enseña a Arjuna el conocimiento absoluto, hace la distinción entre lo espiritual y lo material, pero también la necesidad de que el guerrero se desempeñe en el campo de batalla, despreciando a la muerte y colocándose por encima de las sensaciones y contingencias temporales. Podríamos sugerir una interpretación de estas partes dedicadas al “político” en el Canto a la divinidad; la responsabilidad del “político” es mantener el equilibrio.

Podemos seguir ampliando nuestro recuento, lo que hace interesante este recorrido y esta reflexión; sin embargo, en estos textos no estamos ante una clasificación de tipos políticos, sino ante diálogos que nos llevan a la verdad de la filosofía y a la verdad de la “política”, así como ante enseñanzas que preparan al soberano tanto para el conocimiento de lo absoluto así como para cumplir con sus responsabilidades en la Tierra. Todo esto nos ayuda a comprender que los temas de gobierno y de ética, que podemos aproximarlos forzadamente a la cuestión política, eran de preocupación desde la antigüedad.  Podemos incluso acercar el concepto de demagogia de Platón a lo que llamamos ahora la simulación política, también la calificación de El Bhagavad-Gita de pasiones perversas a las inclinaciones de los que usurpan el poder; pero, lo que nos interesa en este ensayo es dibujar un cuadro provisional de las conductas políticas en una modernidad heterogénea y abigarrada.     

El problema o el desafío que nos plantea el perfil ilusionista del político nos recuerda que conocemos poco de los espesores y recovecos de la subjetividad humana. En el caso que nos ocupa, cuando la persona, cualquiera sea ésta, incluso más sencilla, sin mayores pretensiones, se ve sometida, puesta a prueba, en las atmósferas y climas del poder, parece que se desencadena algo en su cuerpo, experiencia que lo transforma, convirtiéndola en alguien que disfruta de ese deleite de poder, que satisface el deseo de dominio. Cuando se da lugar a la complacencia, al gusto por el disfrute del poder, la persona ha cambiado, es otra. La subjetividad política es una construcción representativa de este gusto, este deleite y deseo de poder. Entonces el sujeto de esta subjetividad, si se puede hablar así, entra como a un tren que lo encarrila a conservar este escenario, la repetición compulsiva de la escena, esta disposición estructural al poder y a la dominación, que lo ha alejado de los mortales y lo ha acercado a los dioses y los demonios.

Es aleccionador observar el comportamiento de los políticos, sobre todo cuando están en el poder. Las atmósferas y climas de poder, la ceremonialidad  del poder, que forma parte de su suelo, de su territorio institucional, los llevan tan lejos que los desconectan de la “realidad”, por lo menos de aquella vivida cotidianamente por los ciudadanos, a quienes se dirige con sus discursos y para quienes actúa. Lo que dice es siempre legítimo, es siempre la verdad, aunque esta legitimidad devenga de la representación y de la estructura jurídica, aunque esta verdad sea producto del poder, de esa objetividad burocrática del poder que se construye con informes, descripciones oficiales, estadísticas estatales. Por otra parte, el político siempre encuentra argumentos convincentes, aunque cueste sostenerlos empíricamente. Puede convencer del beneficio de proyectos más dudosos o claramente destructivos. Siempre hay una verdad superior, si no es la razón del Estado, es la necesidad de desarrollo, es una estrategia histórica o una geopolítica elaborada para articular un espacio fragmentado.

A veces el político es cuidadoso, hasta cauteloso, otras veces es torpe y arronjado. Le gusta a veces mostrarse pensativo, reflexivo, mostrarse como sabio, como alguien que se detiene a meditar antes de decir alguna palabra; otras veces, en cambio, prefiere amenazar, mostrarse como un castigador, ser inflexible, manifestar su determinación implacable. El político en el poder llega hasta diferenciar los distintos escenarios con mucha sutileza, tiene para cada ocasión un discurso distinto; discierne a los interlocutores, busca agradar a todos con distintas respuestas, con diferentes disertaciones, aunque estas terminen siendo contradictorias. No importa que en un lugar diga una cosa y en otro lugar otra. Lo importante es convencer o, como dice algún analista político atribulado, acumular convencidos, someterlos a su telaraña, controlarlos, de tal forma que forme parte de sus “tejidos”. Se compara con un “tejedor”, aunque no se sepa qué “teje” exactamente o si su “tejido” termina siendo un embrollo. Lo que importa es su propio auto-convencimiento; se construye una imagen propia, satisfactoria, podríamos decir narcisa. La imagen que tiene de sí mismo la llega a comentar hasta en público, en alguna ocasión imprevista. Ahí aparece como el sabio político, el estratega, el que siempre hace algo con algún objetivo, todos sus actos tienen un sentido, se dirigen a algo. No hay nada improvisado. Los que no se dan cuenta lo que hace son los mortales, que no tienen el privilegio de sus perspectiva, de ver varios panoramas. Por eso dice, todo depende cómo se mire, de qué panorama se trata, local, nacional, regional, mundial. Cómo se puede ver, tenemos cartas para todo, escoja usted.

Haremos una digresión en relación a la metáfora del “tejido” como tarea del político. La hemos encontrado en una interpretación de un atribulado analista político contemporáneo, también la volvemos a encontrar en las exposiciones de Cornelius Castoriadis sobre El político de Platón, criticando la posición ambigua de Platón en El político, rescatando más bien su posición en Las leyes. Por último, encontramos la metáfora del “tejedor” en el mismo Platón, en su escrito citado. En los diálogos del joven Sócrates con el Extranjero sale a relucir esta segunda definición del político como “tejedor”. El político sería un “tejedor” porque su tarea es hilar las distintas artes de la sociedad y lograr un equilibrio, el “tejido” político sería el arte primordial que es capaz de articular las distintas artes logrando una armonía en la ciudad. Empero la tesis de Platón supone la presencia del soberano que abole las leyes y se dedica a “tejer”, a gobernar, hilando el tejido de la polis, la composición adecuada de las fuerzas de acuerdo a las circunstancias. Castoriadis dice que esto es dejar la política a la soberanía del soberano, suspendiendo las leyes y la democracia. Esto tiene que ver con la crítica desplegada por Platón a la forma de gobierno democrática. Extraña que, en este caso, en este diálogo, se aparte de lo planteado en Las leyes y en La República, donde relaciona gobierno con virtud. La metáfora del “tejedor” entonces sirve para justificar el papel excepcional del soberano. ¿Qué significa la metáfora del “tejedor” en el atribulado analista político contemporáneo? El soberano, en este caso, el presidente, también “teje”, pero no las artes de la ciudad, sino alianzas, suma fuerzas, articula territorios y organizaciones, compromete a dirigencias, las vincula y orienta de acuerdo a una perspectiva. Empero, este “tejido” se lo hace saltando las decisiones democráticas de las comunidades, de los sindicatos, de los municipios, de las regiones. No se respeta a sus candidatos elegidos, se impone otros, considerados más afines a la perspectiva del gobierno. Hay algo análogo a estos “tejidos”, el de la metáfora griega de Platón y el de la metáfora del atribulado analista político, ambos “tejidos” no son democráticos; son el arte del soberano para lograr equilibrios o para construir alianzas. El soberano es como un “hilandero” que “teje” destinos, se encuentra sobre las instituciones, las leyes, la democracia. El uso de esta metáfora, su desplazamiento metafórico, trastoca la figura inicial del tejedor, del sentido del tejedor y del tejido, para hacer prendas de vestir, para hacer textiles útiles, textiles ceremoniales, textiles de escritura geométrica. Se pierde el arte del tejedor para ser suplantado por el arte del político, que es más bien un “arte” para amarrar y hacer nudos. La trama que aparece es otra, la trama del poder. En el discurso del analista político se legitima los atributos excepcionales del soberano, el colocarse sobre las instituciones, las leyes y la democracia.      

El político también se muestra como un hombre sacrificado, hace gala de su entrega, de su renuncia a la vida privada, del tiempo dedicado a las grandes tareas estatales por el bien público. No hay horario. Cuando se dedica a su vida privada sólo es para concederle breves lapsos, pequeños momentos, donde tampoco deja de actuar. Donde vaya, ante los allegados, ante la esposa, ante los familiares, ante los amigos, no deja de ser un actor. Siempre siente que está en un escenario, no puede dejar de desempeñar su función simbólica, es el centro en todas estas ocasiones. Está condenado a repetir el papel de elegido, incluso en la vida privada; las fronteras entre lo público y lo privado se han borrado, después de haberse borrado, hace tiempo, los perfiles de lo que alguna vez ha sido y el personaje que representa. Al respecto, en descuento del sujeto en cuestión, podríamos recordar que todos los políticos también nacen pequeños, parafraseando el título de la película Werner Herzog: También los enanos empezaron pequeños.

Hay por cierto toda clase de políticos, se puede hacer su taxonomía. Empero no podemos perder de vista ciertos rasgos generales que caracterizan un tipo de comportamiento ante la sociedad. La distribución de estas características generales varía, dependiendo de la individualización. Nos interesa definir un tipo, una composición más o menos manifiesta, no tanto como promedio, sino como conjunto de rasgos repetitivos, aunque esta repetición se efectúe de manera variada. Por otra parte, tampoco se trata de perder la variedad misma de políticos, la distribución dosificada de las características compartidas. Ciertamente, como en la base de esta clasificación, aparecen, en su distribución masiva, como una masa significativa de políticos de base, a quienes no les importa las apariencias, son como operadores, cumplen órdenes, optan más bien por satisfacer los caprichos de los “jefes”, compensando su sumisión con la obtención de beneficios colaterales, mas bien pedestres y vulgares, que los placeres del teatro político y la ilusión de prestigio de los jerarcas; prefieren la inclinación al enriquecimiento privado, instalándose en redes clientelares y circuitos de influencia, en mecanismos de extorsión y prácticas de corrupción. En todo caso, de lo que se trata es que todas estas redes sean invisibles o, en el mejor de los casos, opacas. Este sujeto de base, operador, es un político sin escrúpulos, que contrasta con el otro, que ya definimos en parte, el que actúa respondiendo a una trama donde aparece como predestinado. A este último, que es como la cima de una suerte de clasificación de los tipos de políticos, sí le interesan las apariencias; es más bien cuidadoso y evita, en lo posible, hallarse involucrado en actividades pedestres y con intereses vulgares, menos en actividades corrosivas como las relativas a la corrupción. Estos dos tipos, el tipo de político predestinado y el operador vulgar, dibujan no sólo un intervalo de variedades te tipos y perfiles políticos, sino que son como los polos opuestos, que, sin embargo, se complementan, se necesitan mutuamente. El “predestinado” requiere de quienes realicen la guerra sucia, las tareas indecorosas, pues él se encuentra tan alto, tan distante, ejerciendo su labor encomiable en la guerra limpia. El operador, en cambio, requiere del “predestinado” para que ampare y cubra sus propias acciones. Así como la idea de dios requiere la idea del demonio y la idea del demonio requiere de la idea de dios. En la trama celestial, ambas figuras se complementan en la economía política sagrada; en tanto que, en la trama terrenal, las otras figuras se complementan en la economía política del poder.

Siguiendo con la clasificación, como en el medio de esta polarización figurativa de los tipos políticos aparece, en el escalafón de la taxonomía, otra figura política de mando, las autoridades. Éstas cumplen, pero, también deciden; quizás están más cerca de la materialización de las decisiones que las altas jerarquías, los que “sintetizan” la representación, los que simbolizan al Estado. Las autoridades son designadas, son como una extensión del poder de los elegidos; no representan, pero, son como la irradiación de la representación; entonces utilizan esta proximidad y ejercen a su modo, como en una división del trabajo, la dominación. Las autoridades ejecutan, están directamente ligados a los mecanismos institucionales, de ejecución, administración y gestión. Estas autoridades son de la confianza del presidente, gobiernan como en una miniatura del país, que son sus ministerios. Se encuentran también en una cumbre, aunque no de las más altas de la cordillera del poder; por lo tanto también están dentro de escenarios, obligados a puestas en escena, aunque no tengan el alcance y el resplandor de los monumentales montajes y puestas en escena de los jerarcas del poder. Pero, esta experiencia es suficiente, como para padecer también una transformación psicológica. El uso mismo del lenguaje cambia, el tono; no sólo porque tienen que dar órdenes y garantizar la disciplina institucional, sino porque también ellos creen en su papel, siguen el guion, otro libreto. Hablan también a los mortales, quienes tienen que terminar de comprender la situación, las difíciles tareas que les toca emprender, las dificultades técnicas y administrativas de sus gestiones ejecutivas. Estos personajes se involucran directamente, diariamente, no solamente en lo relativo a sus tareas ejecutivas, sino en lo que concierne a su exposición ante la opinión pública. Hacen las declaraciones respectivas, justifican los actos del gobierno, hasta los actos y las frases del presidente. Son los que tienen que mostrar siempre el lado positivo, son los que tienen que darle la vuelta a la adversidad, los que tienen que mostrar que todo anda bien, que todo se hace convenientemente, aunque empíricamente no parezca que eso ocurre. Son los personajes más convencidos de la buena gestión, pero también los que terminan siendo los chivos expiatorios, como se dice popularmente, son los “fusibles”. Sus periodos de existencia son variados; pueden ser improbablemente prolongados, durar la gestión de gobierno, que es lo que menos ocurre; son pocos los privilegiados que gozan de esta perdurabilidad. Las más de las veces sus periodos de existencia son mas bien cortos; salen cada que hay una crisis. Por lo tanto, a diferencia de los “predestinados” tienden, en distintas circunstancias, a manifestar debilidades, a mostrarse a veces inseguros, a asumir su responsabilidad. De lo que se trata es de salvar a las altas jerarquías, a la cúspide del poder. Muchas veces sus reputaciones eventuales terminan rápidamente, se convierten con facilidad en personas odiadas por la población, pues, como hemos dichos, son las más expuestas al escarnio; terminan siendo los culpables.  El pueblo que apoyó al gobierno tarda o  le resulta difícil culpar a la jerarquía del poder, prefiere encontrar la culpabilidad y la responsabilidad en los ministros. Tiene que haber una crisis más profunda, que las periódicas, como para que pueda alcanzar la duda o la interpelación a las altas jerarquías. Las autoridades, estos personajes de mandos medios, cuando caen en desgracia son vilipendiados, incluso pueden serlo por el mismo gobierno; pueden llegar a ser defenestrados. Para ellos, sorprendentemente, los días de gloria terminaron precipitadamente; quedan en el recuerdo. Si bien saben lo que puede sucederles, por eso mismo, al parecer son los más extravagantemente leales, los más pronunciadamente fieles, lo más grotescamente aduladores. Este comportamiento es como una táctica para posibilitar la perduración en el poder. Sin embargo, este comportamiento adulador no sólo es una atribución de estas autoridades, sino parece expandida a la gran masa de los funcionarios públicos. Los subordinados de estas autoridades también optan por esta actitud de manifiesta sumisión al “jefe”. Con esto llegamos a una cuarta figura de los tipos políticos; la del funcionario adulador, en términos aymara popularizado, “llunku”. Este personaje pusilánime, que es de los perfiles más difundido en el campo burocrático, no es propiamente un político, no ocupa un cargo político, sino un cargo burocrático, empero está afectado por ser parte de las atmósferas y climas del poder, donde participa. Si bien no actúa ante un público, como lo hacen la jerarquía y las autoridades, como lo hacen los políticos profesionales, actúa, en cambio, para el “jefe”, para la autoridad a la que está subordinado; entonces también cae en esta conducta teatral de la simulación política, sólo que desde otro lugar.

Hay una quinta figura de la clasificación de los tipos político, ésta tiene que ver con la masa de los militantes. Ellos no están expuestos de la misma manera que las otras figuras de la simulación política, no tienen necesariamente que actuar ante públicos, no tienen imperiosamente que formar parte de puestas en escena, tampoco tienen que actuar ante un “jefe” de oficina; son de alguna manera también el “público”,  pero, esta vez hablamos del “publico” restringido y circunscrito al partido, al “publico” convencido. De manera diferente, ocurre como si los militantes actuaran para sí mismos, compitiendo entre ellos, quién es más consecuente, quién es más “radical”, en relación a seguir la línea política del partido. En los “escenarios” donde se mueven los militantes, que son mas bien espacios de convocatoria, ellos, más que actuar, se esfuerzan por ser el ejemplo. Por lo tanto, el perfil del militante es una figura política, no tan ligada a la actuación, sino a la competencia y selección. Esta figura corresponde a la historia de la política, es como un sedimento geológico conservado, de tiempos cuando la política tenía que ver con la entrega y el riesgo, con la participación sin retorno, con el dar sin recibir, con el gasto heroico. Esto ha desaparecido prácticamente, lo que queda son reminiscencias, rudimentos de antiguas funciones fosilizadas. El militante de hoy no es más que una figura opaca y devaluada de lo que fueron los militantes en la época heroica.

De este perfil, de la figura del militante, estamos descartando al oportunista, que más se parece a las otras figuras del político, pues el oportunista también está obligado a actuar, a hacer creer a los demás que le interesa la línea, los objetivos, el programa del partido. Este personaje también monta sus pequeños escenarios, pone en escena sus pequeños dramas, tiende a exagerar en sus exhibiciones, para que no quepa duda que es un militante como los demás. Puede ser que el oportunista sea una sexta figura de la clasificación de los tipos políticos, aunque a él le interese otra cosa y no la política; lo que despliega es más un instinto de sobrevivencia. La política es más un medio para llegar a un fin; por lo tanto, el oportunista se parece más a una figura de los tipos económicos. Para el oportunista la única realidad que existe es la económica, lo demás es una ilusión de los idealistas o de los que confunden la realidad con el poder, los que creen que el poder mueve el mundo, cuando es la economía la que lo mueve; si hay que hablar de poder hay que hablar de economía. No hay más.

Pero, volvamos al militante; cuando llega a ser diputado, senador, parlamentario, alcalde, es decir, representante, entonces cruza la línea, no está tanto en competencia con otros militantes, sino que ya tiene que responder a un público local, tiene que responder a su circunscripción, a los que votaron por él, tiene que responder a su municipio. En este caso ya es un político en el poder, aunque los alcances y extensión de su dominio queden circunscritos. En este caso, la ceremonialidad del poder se repite en escala local, los montajes y puestas en escena son también locales; adquieren el esplendor que puede permitir las condiciones de posibilidad locales. Entonces las tribulaciones del político son las mismas, las presiones que sufre son equivalentes, la composición de las características generales se distribuye dosificadamente de acuerdo a las individualidades e historias de vida específicas y del lugar. Se vuelve a experimentar lo mismo, empero en territorios locales y de una manera distribuida en los sitios y lugares donde se efectúa la simulación política, como expresión teatral del convencimiento, que sustituye al arte de la argumentación, que es la retórica.

Estamos ante un universo proliferante de simulaciones políticas, con todos sus matices, variaciones, distribuciones, efectuadas en distintas escalas. Estamos ante uno de los fenómenos característicos de la modernidad, las puestas en escena, la simulación, la teatralización de las relaciones sociales. No se crea que la simulación política sea la única forma de simulación, al contrario, forma parte de distintas formas, maneras y modalidades de simulación. La modernidad ha hecho estallar en grande estos procedimientos plásticos, que ciertamente se encontraban también en otras épocas y sociedades, empero estaban situados y fijados a determinadas expresiones culturales o estrategias; en cambio en la modernidad estas expresiones, estas puestas en escena, desbordan, se han convertido en la forma de comunicación por excelencia; la sociedad misma se ha convertido en un gran teatro, no sólo político, sino de todas las formas de simulación posibles. La publicidad es un ejemplo de lo que ocurre; en el comercio contemporáneo es más importante la publicidad de la mercancía que la calidad de la misma. Se simula que se satisface necesidades, cuando lo que se hace es buscar la satisfacción de la única necesidad real del capitalismo, la acumulación ampliada incesante. La simulación política no es más que una de las formas de simulación de una modernidad teatral.

Vamos a hacer dos anotaciones más; una sobre lo que ocurre en el Congreso, que debería ser el escenario por excelencia de la retórica, de la locución espectacular, el auditorio de la concurrencia discursiva, por lo tanto donde la simulación política se explaye. Extrañamente, en la actualidad, ocurre lo contrario. Es el lugar donde menos se habla, no hay ningún esfuerzo por convencer, por argumentar para convencer, por esforzarse en los discursos para encandilar. Se ha convertido en el lugar donde es preferible callarse, guardar silencio, bajo perfil, pues lo que se quiere de uno es el voto, no la deliberación. Esto ciertamente es un contraste, una paradoja, pues siendo la política una puesta en escena, ocurre que el lugar privilegiado para hacerlo, el parlamento, no lo hace, por lo menos en su forma retórica y discursiva. El Congreso se ha convertido en un lugar opaco, una zona de silencio, un espacio mudo donde se ejecuta mecánicamente la votación, se impone la mayoría. Sólo algunos hablan a nombre de todos, son los elegidos por el presidente del Congreso; empero lo hacen no para convencer sino para significar el sentido de la votación de la mayoría, pues el acto de votar y la existencia de la mayoría tiene que tener un significado; este es el decidido en otro lugar, en el ejecutivo. El espacio de la deliberación se ha convertido en un espacio de ejecución, en la prolongación del aparato de ejecución. Hay que darle atención a esta paradoja, pues nos dice mucho sobre la estrategia y estructura de la simulación política. Si el lugar instituido para deliberar, el parlamento, es donde precisamente no se delibera, ¿dónde se ha trasladado la deliberación? ¿Ha desaparecido? No tanto así; pues los grandes montajes políticos, la ceremonialidad apabullantes del poder, las puestas en escena, las campañas publicitarias y propagandísticas, la concurrencia comunicacional, han sustituido a la práctica deliberativa, a la deliberación misma. Es en estos lugares donde se legitima la decisión política antelada.

La otra anotación que queremos hacer es sobre la mujer y la política; concretamente explicar por qué hablamos de el político y no la política también. Primero, porque no hay una política feminista, no hay una política de las mujeres; en todo caso, esta practica alterativa y alternativa iría más allá de la política, que es como un campo de dominio del hombre. Segundo, cuando las mujeres terminan haciendo política lo hacen prácticamente de manera masculina, como “machos”, sustituyen a los hombres en prácticas masculinas, basadas en la complicidad de la fraternidad.  En el peor de los casos terminan siendo adornos o decorados, como se dice popularmente “floreros” en un dominio de los hombres. Esto merece una crítica radical de las mujeres a la política, a la simulación política; en este caso, a la simulación política o demagogia de que se le da lugar a la mujer, que se respeta sus derechos, abriendo espacios para su participación. Estas participaciones y porcentajes de participación, incluso en el cincuenta por ciento, no son otra cosa que la incorporación de las mujeres al mundo masculino, su conversión varonil, usada como legitimación de la dominación del varón.  

          

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                          

 La lucha por el porvenir

 

Índice:

 

La cuestión del porvenir                                                         

Una cartografía de un poder periférico                                   

¿Qué es un gobierno provisional revolucionario?                    

La ruta del naufragio de la apología del fracaso                     

Una prospección política                                                        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La cuestión del porvenir

Pusimos el título de Una lucha por el porvenir, pues comprendemos que los pueblos, en determinados momentos de intensidad o,  por el contrario, por falta de ella, se juegan su porvenir. Se juegan su porvenir cuando actúan como torbellinos que irrumpen en la aparente calma de las sociedades; se juegan también su porvenir, cuando, por el contrario, quedan inermes y como adormecidos ante el desmoronamiento de lo que es su obra, composición de sus propias pasiones y entusiasmo de otro tiempo. El porvenir es eso, es lo que viene; empero, hay que decirlo, no viene del futuro, sino al contrario, del presente. Viene de lo que hacemos o dejamos de hacer, viene de las acciones que se toman o se dejan de tomar. El porvenir, es cierto, no es un destino, tampoco una fatalidad, no es pues una finalidad inscrita. El porvenir siempre está por venir, depende de la composición de las dinámicas y su incidencia en las condiciones de posibilidad históricas. El porvenir entonces está abierto al juego de las fuerzas, de las actividades, de las prácticas y de las relaciones. Sobre todo éstas adquieren peso en momentos de crisis; la crisis convoca a la acción, pero, también puede demoler su posibilidad, al destruir las fuentes de la acción, al ocasionar una desmoralización general. Por eso, todo lo que se haga o se deje de hacer tiene incidencia, modifica lo que viene.

Cuando hablamos de pueblo sabemos que supone unidad, esta representación está ligada al concepto de voluntad general de Rousseau; sin embargo, también sabemos que no hay una unidad homogénea, salvo en la abstracción de la representación. Estamos ante la diversidad y las diferencias de la sociedad; el concepto más apropiado es el de multitud, precisamente por lo que acabamos de decir. Concepto que no sustituye al concepto de proletariado, como algunos marxistas ortodoxos lo han creído, enamorados de los conceptos consolidados el siglo XIX, que creen que los conceptos son verdades eternas, y no construcciones epistémicas históricas, cuyo valor, alcance y utilidad depende de su capacidad explicativa de las transformaciones de lo que llaman fuerza de trabajo, reduciendo el cuerpo, la vida, la inteligencia general, a este término derivado de la física clásica. El concepto de multitud no reemplaza al concepto de proletariado, sino lo incluye, le atribuye una dinámica histórica, comprendiendo que en el capitalismo contemporáneo la figura más extensa es la de proletariado nómada. Entonces, cuando hablamos de pueblo lo hacemos acompañándolo de su composición dinámica, de la presencia de multitudes, de la existencia primordial de las dinámicas moleculares, y claro está de la configuración diferencial y móvil del proletariado nómada, además de distintas composiciones, identidades, subjetividades diversas, conformadas en el devenir plenitud. Las naciones y pueblos indígenas originarios no es que están contenidos en el pueblo, sino que irradian en esta figura su presencia multitudinaria.

Por otra parte, el pueblo, también la sociedad de la que hablamos, el proletariado nómada, no son los mismos después de la experiencia social y política vivida en el acontecimiento histórico que llamamos “proceso” de cambio. Hay indudablemente un empoderamiento de las naciones y pueblos indígenas originarios, como los denomina la Constitución. Por otra parte, una fracción del proletariado nómada ha crecido en su condición de trabajadores cooperativistas, contratados bajo las condiciones de capitalismo salvaje por los “propietarios” de las cooperativas. Han proliferado y se han expandido los perfiles de lo que llaman los economistas economía informal; el campesinado ha adquirido formas de diferenciación mayor, no sólo por la extensión del campesino “medio” sino por la aparición pujante de un campesinado rico, ligado a las zonas de colonización, además de los que están ligados a la producción de quinua, también de arroz, incluso como empresas. En las ciudades se vive una relativa pauperización de las llamadas “clases medias” clásicas, por así decirlo, sin embargo, en contraposición, un engrosamiento de las “clases medias” por sectores ascendentes. Por otra parte, también se vive un enriquecimiento de la burguesía bancaria, también de la burguesía comercial, ligada a la importación, así como otra parte, más pequeña, ligada a la exportación. Al enriquecimiento de estas burguesías debemos añadir el enriquecimiento de la llamada burguesía agroindustrial. Por lo tanto, tenemos la impresión de estar asistiendo a modificaciones de la “estructura” social, modificaciones que conllevan sus tensiones y polaridades; se expande el proletariado nómada, se pauperizan las “clases medias”, a su vez, se engrosan por la incorporación de sectores ascendentes, aparece una burguesía pujante, sumándose al perfil de la vieja burguesía.

Como se puede ver el pueblo no es el mismo que cuando se iniciaron las movilizaciones de 2000, incluso si retrocedemos y partimos de las movilizaciones en defensa de la hoja de coca de la década del noventa. Han pasado trece años; los que cumplen ahora 18 años tenían alrededor de 5 años el 2000; eran niños; otros, de más edad, ingresaban a la adolescencia temprana. La mayoría de ellos no experimentó, por lo tanto, no tiene en su memoria, la experiencia de las dos décadas del periodo neoliberal; menos hablar de la experiencia anterior, y mucho menos de la experiencia de las dictaduras militares. Entonces estamos ante una juventud demandante de perspectivas seguras, fuentes de trabajo, formación, atención. La mayoría del proletariado nómada son muy jóvenes y sobre todo mujeres; lo mismo ocurre con los nuevos contingentes demográficos que ingresan como agricultores campesinos, que demandan tierras. En las ciudades intermedias, así como en la ciudad de El Alto, se han dado movilizaciones de jóvenes bachilleres que quieren ingresar a las normales educativas, postulándose para formarse y habilitarse como profesores. A esto hay que añadirle lo que pasa con los jóvenes egresados y titulados, los profesionales, que no encuentran trabajo en sus áreas de especialización. Como se puede ver asistimos a una insistente presión juvenil de demandas, a las cuales ni la sociedad ni el Estado pueden responder.

Muchos de los jóvenes movilizados ahora tienen como primera experiencia de lucha el enfrentamiento con el gobierno popular, el cual es su referente del Estado que no cumple. Mal se les puede recordar lo que era el neoliberalismo. No se puede esperar entonces que se comporten como sus padres, que pueden ser más condescendientes y tolerantes con los problemas y las contradicciones del “proceso”, si es que sus padres mismos no se han desencantado antes. Menos se les puede acusar de “derechistas” por exigirle reivindicaciones al gobierno popular. Estos desatinos de los ilustres encargados de la comunicación y la propaganda del gobierno, así como los pocos y escasos “ideólogos” y “estrategas” oficialistas, muestra no solo su incongruencia, sino también su completa incomprensión de las modificaciones en el perfil de la sociedad, en la renovación demográfica, que se vive en los cohortes generacionales. La propaganda, la comunicación gubernamental, sobre todo el discurso de las máximas autoridades, cree que sigue hablando al mismo pueblo que cuando el 2000 o, si se quiere, el 2006. Esta es una de las razones que su publicidad y su propaganda, además de sus discursos, no logra la atención que requerirían. Sus campañas electorales prácticamente siguen siendo las mismas que las de 2005 y las de 2009, salvo la publicidad abundante de los logros del gobierno. Hay púes un desfase entre el imaginario gubernamental y los imaginarios populares, una no-correspondencia; incluso se puede hablar de un distanciamiento. Los resultados de las elecciones de magistrados, de las elecciones en el departamento del Beni, debería llamarles la atención; empero, no ocurre esto. Se justifican con toda clase de argumentos; desde que no estuvo el presidente como candidato, no es lo mismo, hasta la mañosa influencia de la desinformación de los medios de comunicación, aun cuando la mayoría de los medios los controla el gobierno. No hay errores, hay incomprensiones, hasta ingratitud de los beneficiarios del “proceso”.

Los jóvenes no son de por sí “revolucionarios”, utilizando este término tan machacado, ni los indígenas los son de por sí descolonizadores, tampoco las mujeres son de por sí feministas, por así decirlo, ni el proletariado es anti-capitalista por nacimiento. Estos supuestos son quimeras construidas por los militantes, los “revolucionarios” profesionales de toda clase, sean marxistas, indianistas, feministas. Es posible, entonces, que hasta se experimente una “derechización”, usando este término tan antojadizo de los propagandistas y de los ideólogos, de la población, sobre todo de los jóvenes. El gobierno puede sentirse defraudado, incomprendido, ante manifestaciones de ingratitud; pero, así es la vida de caprichosa.

No se puede esperar entonces inmovilidad, que las imágenes y figuras que impresionaron del 2000 al 2005, incluso que volvieron a reaparecer en la marcha por la aprobación de la Constitución y la movilización hacia Santa Cruz de la CONALCAM, se mantengan y se repitan, como si las condiciones periódicas y coyunturales no hubiesen cambiado. Incluso esta observación se dirige a nosotros, los críticos y partidarios de los movimientos sociales anti-sistémicos, que esperamos la nueva movilización general que reencauce el “proceso”. Esta expectativa y esta convocatoria tienen en mente la posibilidad de que se repitan las movilizaciones que abrieron el “proceso”. Ciertamente se han dado movilizaciones desde el mismo 2006, pero, en la mayoría de los caso, se trata de movilizaciones gremiales, por así decirlo, locales, regionales; sólo en dos casos las movilizaciones se han parecido a las movilizaciones políticas, como son las que mencionamos y sirven de ejemplo; estas son las del levantamiento popular contra el “gasolinazo” y las marchas indígenas en defensa del TIPNIS, la VIII y IX. ¿Es posible una movilización general que reconduzca el proceso? Esta es la pregunta, la misma que no se puede resolver ahora.

En adelante ofrecemos una reunión de artículos coyunturales sucesivos sobre el tema de la pregunta, la reconducción del “proceso”, el debate que ha generado, sobre todo las reacciones gubernamentales y oficiales. Como se podrá ver, la idea de la movilización general es central en la perspectiva, viable o no, de la reconducción del “proceso”. Mantenemos esta idea como convocatoria; ese es su valor. Se trata entonces de un llamado a la movilización y a la reconducción, quizás como medida desesperada ante la marcha del desmoronamiento de un proyecto político, sobre todo de su experiencia gubernamental.                                  

 

Una cartografía de un poder periférico

¿Cómo podemos obtener un mapa del poder, de cómo se expande, se distribuye, se conforma el poder, de cómo funciona, si no es a través de sus reacciones ante lo que siente como amenaza? En la distribución de estas reacciones, en la intensidad de sus respuestas, en el carácter de las mismas, sus diferencias y su jerarquía. Estamos ante un poder conformado sobre la base de una movilización general, que duró seis años, entonces un poder que absorbe la potencia social de esta movilización. Como todo poder diferencia potencia de poder, captura potencia, para utilizarla en función de la lógica estatal, lógica centralista y monopólica,  lógica que produce la estatificación espacial, la clasificación y jerarquización del espacio. El Estado es la concentración absoluta de la violencia, la misma que prohíbe a ser usada por quienes no son el Estado, en estricto sentido, es decir, no pertenecen al campo burocrático. El poder entonces acumula potencia capturada en su propia reproducción institucional. Hasta aquí, generalidades, que puede compartir todo poder. Sin embargo, se distinguen por su evolución en el “tiempo” histórico, también se diferencian por el lugar dónde se desarrollan y consolidan, en qué lugar geográfico de la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Estas diferencias adquieren un perfil singular en las periferias, donde sus historias coloniales son tan densas que ocasionan gravitaciones propias, obligando a adecuaciones institucionales, donde la violencia adquiere perfiles locales y regionales, sobre todo cuando se trata de las pervivencias coloniales y sexistas. Las autoridades y representantes suelen reproducir, de manera marcada, los rasgos heredados de la dominación colonial.

Las autoridades y representantes de un poder devenido de la movilización, derivado de las elecciones, que concentraron el voto en los candidatos del partido popular, ocuparon el lugar del otro, el lugar de las autoridades y representantes de las clases dominantes. El problema es que, al ocupar el lugar del otro y no desmontar la arquitectura estatal liberal, terminaron cumpliendo las mismas funciones de dominación, incluso hipertrofiando los rasgos más torpes y grotescos del poder. El desprecio a las formas democráticas, sobre todo a la deliberación, se asentaron dramáticamente; el usufructúo de los cargos para fines privados ha adquirido proporciones inverosímiles; el recurso a la manipulación, al montaje y a la propaganda ha llegado al extremo de que la información de los medios de comunicación ha sustituido a toda preocupación por contar con una retroalimentación empírica. La “realidad” se ha vuelto la ficción del burócrata fiel a la apología del gobierno.

El programa de viviendas populares se ha reducido a un gigantesco cartel propagandístico, detrás del cual no hay nada o casi nada, empresas fantasmas se llevaron el financiamiento evaporándolo, lo poco que se ha hecho terminan siendo casas de menor valor a lo programado, a pesar de la inflación de los costos, por lo tanto casas con defectos de construcción y no del todo apropiadas. Pero, a pesar de la amarga experiencia de poblaciones y comunidades que esperaban que se cumpla con las promesas, los burócratas corruptos han encontrado sus métodos de disuasión para acallar las quejas; se compromete a los dirigentes de base, se amenaza con no construir si se denuncia, si se denuncia señalan a los denunciantes como de la oposición. Nadie hace la labor de fiscalización; si un técnico es descubierto y cuestionado, sobre todo cuando son evidentes los contrastes entre lo programado y ejecutado, a lo único que atina a decir al interpelador es preguntarle si es de la oposición.  La red de complicidades es tan extensa que logra detener la avalancha de quejas y ocultarlas.

Si revisamos caso por caso, en otros temas, que no son los de la vivienda, vamos a encontrar perfiles análogos, aunque se diferencien en magnitud, adquieran otras características debido al carácter del rubro en cuestión. En algunos casos se complica por las resistencias de los usuarios, en otros casos se facilita por la misma concomitancia de las empresas involucradas, sobre todo las empresas trasnacionales. Entonces estamos ante un perfil del poder que repite un recorrido constatado, el poder genera corrupción. Lo que pasa que en los lugares adquiere particularidades propias, sobre todo cuando se trata de la perseverancia de formas relativas a la colonialidad. Llama la atención que sean los gobiernos populares, que tienen la tarea de erradicar la corrupción, los que terminen siendo los que lo expandan más y la encubran más. No se distinguen de las élites de las clases dominantes, salvo por la extensión y proliferación mayor.

El discurso populista, que servía como convocatoria, termina convirtiéndose, con el transcurso del tiempo, en el escaso recurso que tiene el gobierno popular para mantener su imagen comprometida. En la medida que la distancia es mayor entre discurso y “realidad” el uso de la demagogia es también mayor, resulta ser un síntoma de la desesperación, ¿por problemas de legitimidad?, ¿por problemas de culpabilidad? Es difícil saberlo; quizás haya que sugerir una hipótesis alternativa. Decir, por ejemplo, que en la medida que se hace más grande la distancia entre discurso y “realidad” entonces se crea un vacío, una especie de silencio, de duda, que es llenado desesperadamente con volúmenes de propaganda y publicidad. También la agresión aumenta, no solamente verbal. El bloque comprometido con estas relaciones de poder clientelar, prebendal y corrupta se siente cada vez amenazado, no acepta preguntas, petición de informes, ni siquiera de los propios militantes del partido, algunos que tímidamente se atreven a cumplir con sus funciones. Se dice que sólo fiscaliza la oposición, como si todos tendrían que entender lo siguiente: que todos son cómplices de lo que ocurre, aunque no participen, por lo tanto no pueden inquirir nada. Por eso, todos terminan comprometidos o, en su caso, amenazados.

 

¿Qué es un gobierno provisional revolucionario?

El gobierno provisional revolucionario responde a una emergencia social y política, como consecuencia de una revolución social. Esto ha ocurrido al comienzo de la revolución rusa, cuando dimite el zar; se forma un gobierno provisional revolucionario. Al finalizar la guerra del Vietnam se forma un gobierno revolucionario provisional comunista conformado por el Frente Vietnamita de Liberación Nacional. Son gobiernos que llenan el vacío político que dejan las estructuras de poder derrotadas. Cuando hablamos en Bolivia de la posibilidad de un gobierno provisional revolucionario, sólo podría ser el resultado de una movilización general, no de un golpe, como algunos voceros oficialistas se han apresurado a interpretar. El golpe de Estado es otra cosa; el concepto del golpe de Estado es el siguiente: Se caracteriza el golpe de Estado como la toma del poder político, de un modo repentino y violento, por parte de un grupo de fuerza, quebrantando la legitimidad institucional constituida en un Estado, comprendiendo las normas legales de sucesión en la jerarquía de autoridad vigente. Como se puede ver, el golpe de Estado es parte de una conspiración grupal, que puede comprometer, como ocurre, al ejército; en este caso, el golpe de Estado se asocia directamente al golpe militar. En cambio, el gobierno provisional revolucionario es resultado de una revolución o, en el caso de Vietnam, de una guerra.

Cuando hablamos de gobierno provisional revolucionario como salida a la crisis del “proceso”, nos referimos entonces a una salida “revolucionaria”, no así y de ninguna manera, a un golpe de Estado. No podrían aproximarse ambas figuras, diametralmente opuestas. Las personas que se apresuran a  asociar el gobierno provisional revolucionario al golpe de Estado, no hacen otra cosa que manifestar su desconocimiento de ambos temas. Se entiende que lo hagan por razones polémicas, buscando descalificar; empero, la misma proposición no es sostenible. Se puede criticar la figura de gobierno provisional revolucionario como propuesta radical; decir, por ejemplo, que es extremista, incluso irreal, dadas las condiciones; pero, no es sostenible confundir las tramas en las que se desenvuelven ambas figuras, la del gobierno provisional y la del golpe de Estado. Ahora bien, independientemente de que tengan razón o no los que quieran criticar la propuesta de gobierno provisional revolucionario como radical, extremista, hasta irreal, incluso jalada de los cabellos, lo que compete hacer es explicar por qué se hace esta propuesta, sobre qué argumentos teóricos se sostiene,  sobre qué balance de contexto y de coyuntura.

La idea de la reconducción del proceso se ha venido introduciendo desde el 2009, después de aprobada y promulgada la Constitución. A sido el propio presidente el que, después de un gabinete ampliado, a orillas del lago Titicaca (Titi-Chaca), donde se hizo un análisis de coyuntura, planteó tareas; una de ellas era precisamente la “refundación” del proceso. Esas fueron sus palabras; incluso dijo que había que hacer otra tesis política; ya quedaron atrás la Tesis de Pulacayo, también la Tesis de Caranavi. Había que elaborar una nueva tesis. Esta idea de “refundación” del proceso se encarnó en el Pacto de Unidad, organización confederada de organizaciones sociales. En un ampliado en Cochabamba, donde se evaluaban las medidas a tomar para la aprobación de la Ley de la Madre Tierra, elaborada por el Pacto de Unidad, durante aproximadamente un año, se elaboró un acta donde claramente se plantean cuatro puntos de suma importancia. El primero, constata que hay crisis del proceso; el segundo, plantea que hay que reconducir el proceso; el tercero, propone que el Pacto de Unidad se convierta en el Consejo político de la reconducción; y el cuarto, exige que se apruebe la Ley de la Madre Tierra.

Más tarde un grupo de “intelectuales”, dirigentes y ex-autoridades lanza un manifiesto de reconducción del proceso. Documento éste que cobra impacto en los medios de comunicación, al cual responde el gobierno airadamente, sobre todo a través de un texto cuyo título estrambótico quedará en los anales de lo anecdotario. Hablamos de El “oengismo”, la enfermedad infantil del derechismo[96]. Considerando estos antecedentes, podemos calificar entonces a estas reuniones de críticos al gobierno, llamados por los oficialistas “libres pensantes”, que se plantean la reconducción del proceso, como un tercer momento donde se hace pública la intensión y la voluntad de reconducir el proceso.

Teniendo en cuenta estos antecedentes, podemos decir que, hay pues como una acumulación de la idea de reconducción del “proceso”. También podemos decir que esta propuesta se basa en la certeza de que el “proceso” está en crisis, atravesado por profundas contradicciones. En esta perspectiva y bajo este enfoque, se vuelve problemático encarar las elecciones de 2014.  Como dijimos en otro artículo[97], la coyuntura como que se mueve en dos “planos”; uno, aparente, que converge hacia el punto de atracción inmediata, las elecciones de 2014; el otro, profundo, “estructural”, enclavado en el pasado, en el plegamiento de la memoria, afectado por la gravitación del “proceso” de cambio, por sus contradicciones desgarradoras. Se puede decir que la coyuntura se encuentra como jalonada por dos extremos, por este punto de convergencia y por la propia “sedimentación” histórica del “proceso”. Por eso se puede caracterizar la coyuntura de dos maneras; comenzando por su apariencia, decir que la coyuntura aparece como electoral; siguiendo por su contenido histórico, decir que la coyuntura viene definida por la crisis del “proceso”. Teniendo en cuenta estas formas de la coyuntura, se puede sopesar la actitud electoral a partir de la crisis del “proceso”, también se puede considerar los efectos de la tendencia electoral en la crisis del “proceso”. La hipótesis utilizada es que si no se reconduce el “proceso” de cambio, atravesado por contradicciones, antes de las elecciones de 2014, el  “proceso” estaría muerto, hundido, no solo por las contradicciones inherentes, sino diseminado por la compulsa electoral, donde no se resuelve la crisis, sino que ésta termina mostrándose en su dimensión conmensurable.

Tomando en cuenta estas consideraciones es que se llegó a la conclusión de que la reconducción del proceso pasa por la conformación de un gobierno provisional revolucionario de reconducción, un gobierno de emergencia, para atender los problemas de la crisis, de las contradicciones del proceso. Un gobierno encargado de reposicionar al bloque popular en el escenario de los acontecimientos, un gobierno que tenga como tarea la aplicación de la Constitución; por lo tanto, se trata de un gobierno que reconduce de acuerdo a la perspectiva de la Constitución.  Un gobierno que garantice por lo menos tres cosas; primero, la reorientación primordial en base al programa político matricial, la Constitución; segundo, la rearticulación y fortalecimiento del bloque popular; tercero, garantizar las condiciones del despliegue de la democracia participativa en la compulsa electoral, otorgándoles  a los y las ciudadanas, todos los medios para intervenir, interpelar, participar, opinar, elegir, en la compulsa electoral.  El dominio de las elecciones debe trasladarse a las dinámicas participativas de los y las ciudadanas; quitándoles a los partidos el monopolio de la palabra.

La propuesta de un gobierno provisional revolucionario es parte de la pedagogía política; es una figura que sintetiza, de manera operativa, la idea de la reconducción. Es menester reflexionar, deliberar, debatir, alrededor de esta posibilidad, buscando salidas a la crisis política del “proceso”. Que el gobierno provisional revolucionario sea viable, sea realizable, sea practicable, depende de la correlación de fuerzas, de los ritmos y temporalidades políticas, así como de los consensos. Que se pueda o no se pueda lograrlo, no hace inútil la propuesta, tampoco descabellada, menos atribuirle el carácter de golpe de Estado, sino es un asunto de la materialización política, que depende, como hemos dicho, de las fuerzas en juego. Teóricamente hay que vislumbrar salidas políticas; una de ellas es el gobierno provisional revolucionario; valorable por su impacto imaginario, también por su radicalidad y convocatoria emergente. El gobierno provisional revolucionario forma parte del arsenal de herramientas de la memoria y experiencia revolucionaria de los pueblos. Hay que aprender de esa experiencia histórica, hurgar en su bagaje, usar sus recursos, modificarlos, transformarlos, incluso desecharlos y crear otras formas. Al respecto, llama la atención que la propuesta escandalice a los supuestos “revolucionarios”, que no hacen otra cosa que mostrar sus más recónditos conservadurismos y apegos a los prejuicios liberales de la “democracia” formal. Por eso mismo, la hipótesis política del gobierno provisional revolucionario, ayuda a identificar el carácter de las tendencias de las fuerzas puestas en juego, en el escenario político. El alarido oficialista ante semejante insensatez de proponer un gobierno provisional revolucionario, nos muestra patentemente la tendencia conservadora dominante en las fuerzas gubernamentales.

Este es el tema de fondo; nos encontramos ante una impostura; subjetividades conservadoras se han investido con el ropaje “revolucionario” de otras épocas, heroicas, por cierto. La sotana no hace al monje, ni el ropaje jacobino o bolchevique convierte en “revolucionarios” a los que lo usan; hasta algunos se han investido de guerrilleros, sin haber dado un solo combate. Mediante el procedimiento de la simulación creen que es suficiente para convertirse, creyendo que con esto bastaba, creyendo que la ropa los convertía en émulos de los héroes. Nada más extravagante que sujetos conservadores se presenten como “revolucionarios”. Cuando se tienen que cumplir con acciones que demandan transgresiones y transformaciones, literalmente se les cae el ropaje, quedando al desnudo, develando su concepción conservadora y colonial del mundo.    

Con estas reacciones conservadoras de los oficialistas, pero también de los medios de comunicación, en estos últimos se entiende, se ha desviado la discusión. No se toca el tema en cuestión: ¿Hay crisis del “proceso” de cambio? Los que afirman que no, ya lo resolvieron todo; entonces no hay que atormentarse. Los que consideran que asistimos a una crisis política, tienen la obligación de comprender la composición, la “estructura”, el devenir mismo de la crisis; auscultando las posibilidades y capacidades para responder al desafío. Es entonces ésta la discusión. Con lo que volvemos a contrastar discurso y “realidad”, políticas públicas y Constitución, finalidades del “proceso” de cambio y prácticas políticas[98]. Si se evidencian los contrastes, por lo menos, la tarea es buscar corregir los “errores”, sobre todo desde la perspectiva gubernamental. No ocultarlos con argumentos tan pueriles como atribuir la critica a la conspiración de la derecha o que se quiere afectar al presidente, como un dramático senador dijo. Ahora bien, si los contrastes son mayúsculos, que ponen en peligro el decurso político, la oportunidad de transformas las condiciones de posibilidad histórica, entonces se requieren tomar medidas de emergencias, como aquellas que tienen que ver con la reconducción del “proceso” de cambio”. 

 

La ruta del naufragio de la apología del fracaso

La única respuesta de los llunk’u es no entrar al debate, prefieren escabullirlo, optando por los procedimientos más pedestres de la descalificación. Lo hacen pues se han roto ética y moralmente, son como las termitas que se comen la madera con la que se tiene que construir el Estado plurinacional comunitario autonómico. No pueden decir nada ante la evidencia de la restauración descomunal del Estado-nación, colonial y rentista.  No lo hacen pues han optado por el servilismo más indigno y adulador; en el mejor de los casos hacen apología de un gobierno atravesado por grotescas contradicciones. Olvidan que la crítica es la mejor defensa del “proceso” de cambio, que la movilización general de 2000 al 2005 es la forma de la crítica fáctica de las multitudes, y que para realizar las transformaciones demandadas por la Constitución se requiere de la crítica teórica, política y heurística. Nada de esto pueden hacer los llunk’u pues han optado por el camino del encubrimiento y la complicidad con la secuencia escandalosa de errores. Son las voces del mal augurio que aplauden el naufragio.

Llama la atención que ante una consigna revolucionaria, como es la del gobierno provisional revolucionario, que forma parte de la memoria colectiva de la lucha de los pueblos, se desgarren las vestiduras, como lo hacen los más declarados defensores de la formalidad burguesa. En realidad, esta gente, que se inviste de “revolucionaria”, no es otra cosa que impostores y simuladores. Cuando se enfrentan a la crisis política, como la que vivimos, cuando hay que defender críticamente el “proceso”, cuando hay que tomar medidas de emergencia para reconducir el “proceso”, dan un grito al cielo ante propuestas de un gobierno de reconducción, que emerja de la movilización. La falta de formación, de experiencia política, de compromiso,  de imaginación y de consistencia, les lleva a acudir a argumentos tan estrambóticos, dignos de un conservador declarado, aproximando el concepto del gobierno provisional revolucionario con el golpe de Estado.

Estos llunk’u quieren ahora tomar la pose de seriedad,  de llamada de atención, acudiendo a una forzada ironía, para intentar lo que hace la pose de formalidad de la institucionalidad colonial, moderna y liberal; impresionar con su reiterativo simbolismo formal. Es una nueva mascara, después de avalar la expansión inverosímil de la corrupción, el clientelismo y el prebendalismo. Sobre todo después de avalar el modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente y la consolidación del Estado rentista. Lo más grave es que los llunk’u han decidido defender, como confesos nacionalistas, su Estado, el Estado-nación, dispositivo de la dominación del orden mundial, que administra y transfiere los recursos naturales de las periferias al centro del sistema-mundo capitalista, declarando la guerra al germen del Estado plurinacional, que se encuentra en la Constitución, en los territorios indígenas, que quiere ocupar el gobierno popular y entregar a las empresas trasnacionales extractivistas; germen que se encuentra en las naciones y pueblos indígenas, en el proletariado nómada, en el pueblo boliviano, que ha confiado en la oportunidad histórica. La pose de seriedad cae por su propia artificialidad, pues no es serio esconder la alarmante corrupción, tampoco el estancamiento de las nacionalizaciones, reducidas al procedimiento capitalista de compra de acciones, entregando el control técnico de la explotación y producción hidrocarburífera a las empresas trasnacionales. Esta pose de seriedad y “madurez” es extravagante en este contexto. Estos “llunk’u” creen, como en el caso del disfraz de héroes de rebeliones y revoluciones pasadas, que el ropaje transmitiría, por arte de magia, a sus conservadoras almas el espíritu de aquellos tiempos. Nada más dramático es verlos simulando cuando lo único que hacen es desprender prácticas, acciones, pensamientos, conservadores, prejuiciosos y restauradores.

El problema del itinerario de todas las revoluciones ha sido este decurso sinuoso; las “vanguardias”, por así decirlo, comienzan la “revolución”; después, uno de los sectores conservadores, más hábil, que el que defiende el antiguo régimen, opta por incorporarse, pero lo hace para dirigir, controlar y limitar al máximo los alcance de la revolución. Se puede identificar pues quiénes son estos “termidoranos”, terminadores de la “revolución”, que tempranamente  han mostrado estas aptitudes para el realismo político y  el “pragmatismo”. Lanzan tesis insólitas e insostenibles teóricamente y empíricamente como la del capitalismo andino-amazónico; tesis que ante la avalancha de críticas, la barnizan con la tesis del socialismo comunitario, que termina siendo lo mismo, a pesar del uso manipulador de los términos. Después acuerdan con la oligarquía regional una convocatoria a la Asamblea Constituyente, que limita y controla a la Asamblea Constituyente.

 Sobre todo el ideólogo del realismo político y del “pragmatismo” criollo boliviano, ha interpuesto sus buenos oficios para la elaboración de la convocatoria a la Asamblea Constituyente por parte del Congreso, cuando el poder constituido no tenía ninguna competencia para intervenir en un acontecimiento que forma parte de la auto-convocatoria del poder constituyente, los movimientos sociales anti-sistémicos. La insurrección popular ya había convocado a la Asamblea Constituyente en la guerra del agua (2000), en la marcha del CONAMAQ y del CIDOB por la Asamblea Constituyente (2002),  en la guerra del gas (2003) y en las jornadas de mayo y junio de 2005. Es este personaje pre-claro el que ha permitido la introducción  de la aritmética de las decisiones de los 2/3 en la ley de convocatoria a la Constituyente, es el mismo personaje que ha intervenido infructuosamente, mandando a sus alfiles, con órdenes, que desencadenaron la crisis de los 2/3 en la Asamblea Constituyente, llevándola a casi el colapso, pues no se sesionó por aproximadamente siete meses. A pesar de los errores mayúsculos, éste estratega, que más se parece al “metafísico del fracaso”, del que escribe Augusto Céspedes, continúa con sus ingeniosas intervenciones. El Congreso es el que amplía el mandato de la Constituyente, cuando era la propia Asamblea Constituyente la que podía tomar esta decisión. No contento con estas intervenciones violatorias contra el poder constituyente, encarnada en la Asamblea Constituyente, termina llevando a revisión el texto constitucional aprobado por la Asamblea Constituyente en Oruro. La revisión la hace nada mas ni nada menos que el Congreso, convertido en constitucional; el poder constituido revisa el 30% de la Constitución aprobada. Estas revisiones son conservadoras, limitantes, y demoledoras respecto a los objetivos de la Constitución. Se anula la reforma agraria, mostrando un evidente acuerdo del gobierno con los terratenientes, como ahora lo hacen al aprobar una pausa para la función económica y social, favoreciendo a los terratenientes. Ya queda como anécdota recordar que en esa revisión cambian la disposición transitoria de Oruro, que decía reelección indefinida, por la disposición transitoria que se promulga, donde se contabilizan los mandatos anteriores a la vigencia de la Constitución. Esto sumado a que sólo se puede reelegir una sola vez consecutiva, descarta la postulación inmediata del presidente a la reelección, si es que no se hace una reforma parcial a la Constitución.

No es pues casual que esta lumbrera tenga tanta influencia en el gobierno, en el Congreso y en los demás órganos del Estado. Hay un proyecto de poder antelado. Tardó tiempo en decidirse a participar como candidato a la Vicepresidencia el 2005, pues había otro proyecto, llevarlo a él como candidato, pues se argüía que el MAS iba a empatar con la derecha, entonces era indispensable pensar una tercera alternativa. Las vinculaciones con empresarios brasileros, después con el gobierno brasilero, se dan con anticipación. Dados estos antecedentes no se podía esperar otra cosa cuando el entonces Ministro de Minería e Hidrocarburos, Andrés Soliz Rada se opone a firmar un convenio con Brasil que comprometía el gas húmedo, llevándose energía no pagada bajo el concepto de compra de gas seco, pues atentaba contra el Decreto Héroes del Chaco y contra los intereses del Estado[99]. El estratega atiende una llamada de Marco Aurelio García, entonces asesor de Lula da Silva, que se queja de que su ministro no quiere firmar el convenio. El aludido llama al ministro y le pide la renuncia. ¿Qué clase de conducta es esta? ¿Patriótica? ¿Seria, madura, realista? Tiene un nombre, más allá de las poses; es servir a los interese de otro Estado y de las empresas trasnacionales de ese Estado. Es ser agente de los interese de la burguesía internacionalizada brasilera, que tiene un proyecto geopolítico hegemónico regional, diseñado en el IIRSA.

No hablemos de la poco valiente actitud de no reconocer quién dio la orden en la represión de Chaparina a la VIII marcha indígena en defensa del TIPNIS, que habla de por sí de un perfil psicológico conflictivo, vulnerable y caótico, a pesar de las apariencias de seriedad, de determinación y de seguridad. Dejemos pendiente su papel despótico en el conflicto del TIPNIS, conflicto que devela el carácter anti-indígena de un gobierno extractivista. Situémonos en el tema de la reelección, escandalosa de por sí, pues la Constitución promulgada es clara e indiscutible; no puede haber reelección, salvo si hay reforma constitucional y referéndum, consulta que podía mas bien fortalecer la reelección del presidente y darnos la oportunidad de re-conducir el proceso, contado con acuerdos en la campaña. ¿Por qué se lleva al presidente a una reelección impuesta, forzada de manera grotesca, mermando su apoyo? El personaje en cuestión no estaba habilitado, pues el Congreso del MAS no lo había elegido; por primera vez sólo había elegido a Evo Morales como candidato a la presidencia. Por otra parte, la misma Constitución dice equidad de género y alternancia. No había por donde. La tramoya es idear una estrategia sagaz, consultar al TCP sobre la interpretación capciosa de la mayoría del Congreso, buscando en la consulta su habilitación. Conocemos la resolución del tribunal, con lo que la eminencia termina habilitada, saltando la voluntad orgánica del MAS. ¿Por qué se hace esto, arriesgando la propia candidatura del presidente?

Ya es voz popular que el que gobierna es el clarividente estratega del realismo político y del “pragmatismo”, que ha armado toda una estructura de poder en el Estado, que le permite controlar e influir en todas las decisiones que se tomen en el aparato burocrático.  Es posible que esta imagen popular sea exagerada, además derive de la teoría de la conspiración; de todas maneras da una imagen de las percepciones populares sobre el manejo del poder en las gestiones del gobierno popular. Creo más bien que lo que se ha dado es una lenta marcha de deterioro, una lenta entrega a las estructuras de poder local, regional y local. Al principio se metieron en cosas grandes que creían que podían controlar, contando con la autoestima insuflada de líder, por una parte, y la autoestima de intelectual, por otra parte; empero, el peso de las estructuras, diagramas y agenciamientos de poder, pudieron más que el imaginario egocéntrico. Terminaron convertidos en engranajes de estructuras de poder. Los que gobiernan no son ellos, sino estas lógicas de expansión, de concentración y de acumulación, en el contexto de la geopolítica  del sistema-mundo capitalista. Además creo, que los dignatarios involucrados, ni se dan cuenta que ha corrido mucha agua bajo el puente; creen todavía que están en una atmósfera parecida a la de 2006, cuando la potencia social, la legitimidad y la credibilidad eran aplastantes. Ahora prepondera el desencanto, la desmoralización, la duda; en los sectores más críticos, aparece ya una actitud interpeladora.

Estas consideraciones tocan aspectos de un itinerario escabroso de hechos, que han sido tratados en varios textos y análisis críticos, sin pretender ser exhaustivas, tan sólo dando muestras de un patético perfil paranoico y de un desiderátum que repite la condena de las “revoluciones”, cuando no se desmonta el poder y se destruye el Estado, construyendo una transición, como, en nuestro caso, el Estado plurinacional comunitario y autonómico. Al respecto, el Movimiento sin Tierra de Brasil, afiliado al PT, decía de su gobierno, que no es que el PT ha tomado el poder, sino que el poder ha tomado al PT. Esta apreciación es válida también para nosotros.

Los únicos laberintos que se observan en esta historia son las de un gobierno que ha confundido la “realidad” con el teatro político y el montaje publicitario, también se observa el laberíntico esfuerzo de descalificar la crítica por parte de escritores apologistas.

     

Una prospección política

Vamos a hacer una prospección de la geográfica política en la coyuntura, a partir de las reacciones oficialistas a las declaraciones de la diputada Rebeca Delgado y la propuesta de reconducción del proceso; ya la tercera, en lo que viene desde el 2009. En estos últimos meses se han dado lugar reuniones de discusión de diputados críticos del MAS y críticos del gobierno, que ejercieron funciones en el aparato administrativo. En las reuniones se hicieron conocer los puntos de vista, las evaluaciones particulares del proceso, los análisis de coyuntura y la expectativa en el plazo inmediato, sobre todo cotejando la proximidad de las elecciones “nacionales”. Lo que une a todas las posiciones es la voluntad de reconducción del “proceso” de cambio, considerando que se encuentra atravesado por contradicciones profundas, por lo tanto experimentando una crisis política. Cuando se dio a conocer la convocatoria a una reunión pública, que citaba a todos, es decir, militantes del MAS, organizaciones sociales y críticos; lo primero que hicieron los portavoces oficialistas es decir que los “disidentes” se están reuniendo secretamente para afectar al presidente. ¿Por qué se dice esto? Cuando fue la diputada Rebeca Delgado la que anunció públicamente y convocó a la reunión. ¿Por qué se dice que los de la reunión quieren afectar al presidente? ¿Por qué querrían hacerlo? ¿Qué hay en esta sospecha de que se conspira contra el presidente? ¿Por qué se insiste tantas veces en este tema? ¿No hay otras razones?

Después de la reunión pública, cuando se hacen declaraciones sobre la misma, las reacciones van a subir de tono. Declaraciones de funcionarios de alto rango buscan minimizar los que ocurre, afirman de que no hay crisis del MAS, sino se trata de desvaríos de los “libre pensantes”; también buscan descalificar a Rebeca Delgada, así como a todos los que se reúnen, nuevamente señalados como “resentidos”. En relación al planteamiento general sobre la reconducción del “proceso”, no dicen nada, suponiendo que no hay tal, pues el “proceso de cambio” goza de buena salud. Lo que ha causado hilaridad y zozobra es la propuesta de gobierno provisional revolucionario, como resultado operativo de la voluntad de reconducción; un gobierno de emergencia, que salga de la movilización general, que se proponga la reorientación en la perspectiva de la Constitución, que establezca las bases mínimas para la profundización del “proceso”. Bases que consisten en la rearticulación del bloque popular, retomando su protagonismo, impulsando la democracia participativa y las transformaciones institucionales. Fortaleciendo y posicionando al bloque popular de cara a las elecciones. En este caso las reacciones han sido variadas; unos han acusado a la propuesta de golpismo, otros han dicho que con esto se devela las intenciones del grupo de reunidos, los “libre pensantes” y “disidentes”; también se ha dicho que es una propuesta descabellada, incluso resultado de un extravío; en este sentido, también se ha interpretado como “febrilidad filosófica”.

La propuesta del gobierno provisional revolucionario no es compartida por todos los reunidos, aunque escucharon varias veces la propuesta, como consecuencia del análisis crítico del proceso. Por lo tanto, no se puede decir que esa es la intención de los “disidentes” o “libre pensantes”.  Empero, ¿qué intención tiene la propuesta del gobierno provisional revolucionario? No es otra que reconducir el “proceso”. El problema está en cómo se reconduce el “proceso”. Si no se tiene un instrumento operativo para hacerlo, la reconducción se convierte en una tarea difusa y dispersa. Ciertamente, en términos hipotéticos, se puede pensar en un escenario donde los gobernantes, el gobierno entero, sea convencido y cambien de actitud. Este escenario parece poco probable, dada la experiencia de las dos gestiones de gobierno popular; cuando se intentó hacerlo, discutir, deliberar, observar, demandar, los que plantearon observaciones, críticas, incluso tímidas, demandas de las organizaciones, se encontraron con oídos sordos. El supuesto de los gobernantes es que no pasa nada; que todo va bien, viento en popa; que los logros del “proceso” son innegables; en todo caso, se trata de presiones, cuando vienen de parte de las organizaciones sociales, para lograr influencia. No parece posible pues reencausar con el mismo gobierno. Cuando se habla de un gobierno de emergencia para la reconducción del “proceso” de cambio, no se trata pues de un gobierno que administre la crisis o el manejo rentista del Estado, sino de un gobierno de emergencia que pueda sacar al “proceso” de su propia crisis. Esto requiere de potencia social, de energía y voluntad de transformación, de movilización general, por lo tanto, de la articulación activa y dinámica de las organizaciones sociales. El gobierno provisional revolucionario requiere de consensos asegurados, de acuerdos compactos, de un programa mínimo de reorientación del proceso, además del apoyo comprometido de todas las partes involucradas.

Ahora bien, la propuesta no contempla cerrar el Congreso; al contrario, mantenerlo, pues el Congreso debe liberarse de sus ataduras y determinaciones inducidas desde el ejecutivos, debe emanciparse de su subordinación para fiscalizar y legislar como manda la Constitución. Sobre todo el Congreso debe desprender desarrollo legislativo constitucional, es decir transformador; lo que no ha hecho hasta ahora. Por lo tanto no se trata de un gobierno provisional revolucionario fuera de los marcos democráticos institucionales. Tampoco la propuesta contempla desentenderse del presidente, de ninguna manera; es el presidente el que debe convocar a conformar este gobierno de emergencia y de reconducción del proceso. ¿Entonces para qué es la movilización? La movilización general ha abierto este “proceso”, es la movilización general la que puede reconducirlo.

Volviendo a las reacciones oficialistas, tenemos el siguiente mapa: todos los reaccionantes colocan al presidente como argumento; es prácticamente un Dios, la divina providencia, el símbolo y el referente único del “proceso”. ¿Por qué hacen esto? ¿Es necesario? ¿El presidente necesita semejante fetichización? Es al revés, estos adoradores de la imagen necesitan del caudillo, pues sin él no serían nada. Se trata de una estrategia de poder; todos los aduladores, los iconoclastas, los apologistas, montan una estrategia de sobrevivencia sobre la base precisamente de estas alabanzas, de estos cantos de grandeza, de esta tesis del único e indiscutible y absoluto sujeto del poder y de la representación. Por eso hay un gran esmero en hacer conocer su incondicionalidad servil. El problema es que el presidente no requiere de toda esta parafernalia; en estricto sentido, no la necesita. Se tiene ganada su legitimidad. Lo que es imprescindible es contar con aparatos transformadores, de incidencia en los cambios, que pueden ser avanzados en unos casos, más lentos en otros casos; empero, de lo que se trata es de ocasionar las transformaciones institucionales, no conservar las instituciones del antiguo régimen, como hasta ahora se lo ha hecho. Equipos de este tipo requieren de objetividad, de miradas críticas, de participación, de control social, de planificación integral y participativa, con enfoque territorial. De ninguna manera encerrarse en los procedimientos burocráticos, menos en la indigna conducta servil de la adulación y alabanza permanente.

Paradójicamente, los llamados llunk’u, los alabadores, aduladores, serviles, sumisos, obedientes, defensores enceguecidos, son los que terminan cavando la tumba del “proceso”, del gobierno y del presidente, pues debilitan la potencia social, debilitan las fortalezas del mismo “proceso”, debilitan incluso las defensas mismas del “proceso”. Esta apuesta por la apología del gobierno no hace otra cosa que conducir al desastre. Llama la atención el apego de estas prácticas, preservadas, reiteradas, que conducen al abismo. Ocurre algo parecido a la seducción de la muerte. Es como un desafío, se tiene tanta seguridad en sí mismos, el manejo del poder llega a inflamar tanto los egos e imaginario de la impunidad, que se apuesta a seguir adelante, a pesar de la secuencia de errores y dramáticos conflictos. El poder y la muerte se acercan demasiado, llegan a la proximidad seductora, de tal forma que se arriesga la destrucción misma.

Volviendo nuevamente a las reacciones, ¿qué sería eso de “febrilidad filosófica”? Hay en el sentido común, una especie de fábula, en relación a la novela del Quijote de la Mancha, sobre todo de su figura alucinante. Aunque no se haya leído el libro se dice que el Quijote, porque leyó muchos libros, se ha vuelto loco, por eso hace lo que hace, se enfrenta a molinos de viento, es un idealista. Esta interpretación común, aunque se acerque y tenga analogía con algunos rasgos de esta novela ejemplar, no expresa en su complejidad el drama vivido por el anti-héroe, sobre todo el abandono de un mundo, el medieval, y la llegada de otro mundo, el moderno. Sin embargo, este prejuicio es usado comúnmente. Lo ha usado el ministro de la presidencia. Se hace crítica entonces por el pecado de “febrilidad filosófica”, es decir por locura; alguien tendría que estar loco al criticar la perfección del gobierno y la armonía del proceso. Se hacen propuestas políticas radicales por “febrilidad filosófica”; nadie puede hacerlo “normalmente”, sino por locura, se puede proponer una movilización contra el gobierno. Al respecto, ya no se sabe que es más grave, el supuesto de perfección o el supuesto de locura para descalificar. En todo caso, en ambos argumentos, se evidencia el gesto hedonista de la autoridad satisfecha consigo misma. Algo parecido podemos decir ante la acusación de extravagancia. No puede ser sino extravagante una propuesta que cuestione la legitimidad del poder; todo se puede permitir, toda crítica, menos el cuestionamiento al poder mismo. Respecto al poder hay que mantener la formalidad de las relaciones, las formalidades normativas e institucionales, no se puede pedir trastrocamiento, ni siquiera cuando se trata de momentos de crisis y por lo tanto de emergencia. Aquí también nos encontramos con la pose de seriedad y recato institucional; cuanto más pomposa es, cuanto más vacua es también; la pose esconde vacíos.   

Estamos entonces ante un mapa de reacciones que muestran mas bien a un gobierno altamente vulnerable; lo único que hace es defenderse. Estamos ante un Congreso subordinado y sometido a órdenes; que sirve, además de aprobar leyes elaboradas por el ejecutivo, para castigar a las “libre pensantes”. La reunión de la bancada del MAS congresal, que dice que ha sido de debate ideológico y político, en realidad ha sido el escenario inquisidor donde se ha castigado a las “disidentes” y “libre pensantes”, senadora y diputada, quienes han tenido que escuchar ocho horas de vilipendios. A esto se llama discusión ideológica, el escarmiento. Por eso el vicepresidente, que ha dirigido la sesión, ha terminado diciendo que se trataba de niñas y de niñerías; ahora se les pide retractarse o serán sometidas a la expulsión. Estamos ante un MAS demolido, expoliado de sus posibilidades,  sometido a la obediencia, con el argumento de que el debate es interno y no sale afuera; sólo sale afuera lo consensuado. Lo que pasa es que lo único que sale afuera es la voz oficial, construida unilateralmente por una sola persona, que se considera sabia.

Este mapa nos muestra que no se quiere crítica, mucho menos autocrítica; que no se quiere corregir errores, mucho menos reencausar nada. Se hará lo mismo que se ha hecho antes, basarse en la imagen del presidente, aunque esté devaluada; exigir disciplina y obediencia a los militantes, aunque cada vez estén menos dispuestos a hacerlo; convencer por medio de la propaganda y la publicidad, aún cuando hay menos gente que se la cree; hacer campaña con entrega de obras, aunque estas no aparezcan o sean un disminuido producto de lo programado y presupuestado. Sin embargo, hay algo nuevo, que no lo es tanto, en comparación con otros gobiernos que utilizaron el mismo tema en momentos de crisis; se trata del tema marítimo; el recurso del tribunal de la Haya sirve muy bien a la campaña, uniendo a todos los bolivianos en la causa, aun cuando lo que se pide es lo mismo que se tiene, exigir a Chile a dialogar.        

 

Conclusiones

1.   La coyuntura es la de un momento crucial, que va a tener repercusiones en el porvenir. Si bien todo momento lo tiene, hay coyunturas de mayor incidencia que otras debido a lo que se juega en su presente. La coyuntura de la que hablamos se juega nada más ni nada menos que el porvenir del “proceso” de cambio.

 

2.   Lo que se devela en la crisis del “proceso” de cambio, atravesado por profundas contradicciones, es el problema moderno de la cuestión del poder. Las revoluciones no se pueden zafar de esta herencia, de sus estructuras y sus lógicas dominantes, mas bien las reproducen de una forma anacrónica y absoluta. En el decurso, las revoluciones terminan atrapadas en las mallas y redes del poder, convirtiéndose en una expresión exasperada y defensora del poder. Particularmente se devela este problema en la relación que tienen las revoluciones con el Estado-nación.

 

 

3.   La reconducción del “proceso” aparece a veces como figura solitaria, a veces como declaración de las organizaciones sociales, a veces como postulado de las marchas, sobre todo de las marchas indígenas, también aparece como tema en las conversaciones populares; empero, todavía no se ha vuelto una voluntad colectiva.    

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los alfiles y caballos del modelo colonial extractivista

 

Valgan las metáforas, esta vez la comparación con el ajedrez. Los jugadores de ajedrez sabemos que los alfiles y los caballos son piezas claves en el desempeño del juego. Los alfiles para los movimientos oblicuos y profundos, los caballos para las maniobras en el “terreno” próximo. Usamos esta metáfora para identificar estos movimientos diagonales y estas maniobras “locales” en el campo político y en el campo económico. También sabemos que el gran juego de control sobre las reservas de recursos naturales no renovables es ejecutado por las grandes empresas trasnacionales de la minería y de los hidrocarburos, en intima vinculación con el sistema financiero internacional, los gobiernos de los países de residencia, además de los cipayos nativos de las periferias del sistema-mundo capitalista. Las estrategias de control, de la efectuación del control, el dominio sobre los recursos naturales estratégicos, de parte de las trasnacionales, no podría darse sin la colaboración de agentes del capitalismo internacional, en su versión actualizada; dominio y hegemonía del sistema financiero mundial, monopolio de las empresas trasnacionales, expansión intensa del modelo extractivista e irradiación de la corrupción, incorporando a altos funcionarios de los gobiernos en esta estrategia de despojamiento y desposesión.

En Bolivia, en el llamado gobierno popular, fungen de “alfiles” y “caballos” del modelo colonial extractivista, personajes que hacen gala de realismo político y pragmatismo, además de ventilar a los vientos un enaltecido cinismo. A estas alturas ya no queda duda de lo que se juega en el TIPNIS, de lo que está detrás de la carretera que atravesaría el núcleo del territorio indígena y parque. El mismo gobierno se ha encargado de adelantar que los parques están comprometidos para ampliar las concesiones hidrocarburíferas. Las concesiones a PETROBAS y PDVSA en el núcleo del TIPNIS ya no se pueden ocultar. La carretera era, principalmente, para facilitar la logística de la exploración en el territorio indígena, que, además, cuenta con título comunitario de propiedad, entregado por el propio presidente a las comunidades del TIPNIS el 2009. Esta aseveración no excluye que también se jueguen otros intereses, vinculados a la expansión de la frontera agrícola de la hoja de coca excedentaria, fuera del fortalecimiento de la burguesía comercial de la región, teniendo en cuenta la irradiación de la geopolítica regional de la burguesía internacionalizada brasilera; geopolítica que se traga a una carretera menor en la gravitación espacial de las carreteras transoceánicas, que se orientan al Pacífico.

Sobre todo los “alfiles” desempeñan una labor demoledora de las últimas defensas populares e indígenas respecto del modelo colonial extractivista. La labor de estos “alfiles” es destrozar a las organizaciones indígenas, dividirlas, cooptar a los dirigentes vulnerables, sabotear la democracia comunitaria, confundir, anexar a los colonizadores del polígono siete en la estrategia colonizadora, que no forma parte del territorio indígena del TIPNIS, sino que ya forma parte de la zona de avasallamiento, mayoritariamente titulada en forma privada e individual.  Estos “alfiles” son los agentes del capitalismo dependiente del modelo colonial extractivistas; son los mejores aliados de los intereses de las empresas trasnacionales. Hablan a nombre del “desarrollo”, como antes hablaban otros “alfiles”, esta vez del proyecto liberal, primero, y del proyecto neo-liberal, después; sólo que esta vez lo hacen a nombre del Estado y no de la libre empresa y el libre mercado. Comparando, los “alfiles” nacionalistas son más destructivos, no tanto por los niveles del entreguismo, como lo hicieron los neo-liberales, sino por que presentan  como si fuese  una actitud soberana entregar el control técnico de la exploración y explotación de los recursos naturales a las empresas trasnacionales, como si formara parte del crecimiento económico el expandir el modelo extractivista, ahora a nombre del Estado, de los intereses del Estado, del “progreso” y del “desarrollo”.  

Estos tardíos nacionalistas, no pelean el control técnico de la exploración y explotación, de la producción y de la comercialización, como lo hicieron los nacionalistas del periodo heroico; lo que hacen es entregar el control técnico a las trasnacionales, por el procedimiento de los contratos de operaciones. Se contentan con expandir estadísticamente las arcas del Estado rentista. A estos tardíos nacionalistas no se les puede pedir que comprendan que, en la actualidad, el “progreso” y el “desarrollo” son meras ilusiones del capitalismo tardío; que esta cuestionado el “desarrollo” y el “progreso”, que se requiere otro horizonte civilizatorio para salir de la dominación colonial del sistema-mundo capitalista. Para ellos, esto es discurso de “jardineros” al servicio de los intereses imperialistas. Esta manera de enfocar la problemática, de parte de los nacionalistas tardíos, devela por lo menos dos cosas; una relativa al determinismo económico, la otra relativa al anacronismo histórico. Primero, su apego al modo de producción capitalista; no tienen en mente otra cosa, para ellos esa es la “realidad”; al socialismo se va por el camino de la revolución industrial, en el mejor de los casos, por la expansión extractivista, en el peor de los casos. Segundo, su concepción anacrónica del imperialismo; tienen en mente la figura difundida del imperialismo antes de la segunda guerra mundial; no han podido actualizar esta figura, no han  podido concebir las transformaciones del imperialismo y del capitalismo. Tienen, en resumen, una concepción de principiantes sobre el imperialismo. Eso les favorece a su política extractivista, que algún ideólogo nacionalista tardío ha llamado, con toda inocencia, geopolítica de la Amazonia. Por lo tanto, se puede concluir, que su discurso anti-imperialista, que lucha con un fantasma del pasado, no con las formas concretas del imperialismo y del capitalismo colonial en la contemporaneidad, es el mejor dispositivo disuasivo de la penetración imperialista contemporánea.

Uno de los “alfiles” ha dicho que la verdad se impone. Se refriere a adelantar con una ley la construcción de la carretera que atravesaría el núcleo territorial del TIPNIS. Ha dicho también que la VIII y la IX marchas indígenas, en defensa del TIPNIS, eran políticas, al servicio de intereses. Se nota que este “alfil” tiene muy poca, escasa, casi ninguna consideración sobre la Constitución. ¿Para qué se ha escrito una Constitución, que es expresión de las pasiones y los objetivos de la movilización general y prolongada de 2000 al 2005? ¿Para regocijo propagandístico y teatral del grupo de poder que se ha montado en la cresta de la ola de las movilizaciones? ¿Para legitimar lo contrario que establece la Constitución, el Estado-nación, el modelo extractivista, el capitalismo dependiente, la continuidad de las estructuras coloniales? Los “alfiles” y “caballos” no parece que reflexionen sobre estos temas; se trata mas bien de consciencias cínicas, a diferencia de las consciencias desdichadas, las que se encuentran desgarradas. En sus actitudes soberbias, empero cada vez menos solventes, se desprende el vínculo que tienen con las empresas trasnacionales,  el modelo extractivista y el Estado rentista. Dice el “alfil” que la carretera se diseñó hace diez años, que ya estaba aprobada; ¿de qué habla? De una continuidad política, del desprecio a las naciones, los pueblos y comunidades indígenas, desprecio epidérmico de las élites gobernantes. Esto no es más que las expresiones crepusculares de la colonialidad. La “realidad” para los nacionalistas tardíos se resume a pocos referentes comunes: Estado-nación, “desarrollo”, que no es otra cosa que capitalismo dependiente, “progreso”, que no es otra cosa que carreteras. Esta escasez imaginativa es la que sostiene la política realista y el pragmatismo, que en el fondo, no son otra cosa que cinismo descarnado.

El problema no es el cinismo, puesto que es un perfil subjetivo; cualquiera, que no se tenga mucho aprecio, puede serlo, si quiere. El problema es que este descaro de la conducta es el instrumento petulante para cubrir la penetración del capitalismo de despojamiento y desposesión, la forma concreta del imperialismo contemporáneo. El problema es que este desplante pedante es hoy la retórica de la colonialidad, despreciativa de lo indígena, de la madre tierra, de las dinámicas y ciclos de la vida. El problema es que con este comportamiento abusivo se vuelve a despreciar al pueblo, a la democracia, a la participación, a la voluntad del constituyente, que es la voluntad del poder constituyente, es decir de los movimientos sociales anti-sistémicos. Estamos ante la efectuación desalmada de las formas grotescas del poder.  ¿La “verdad” se impone? ¿Cuál “verdad”? La “verdad” descarnada del poder que produce “realidades” con el martillo de la violencia, del monopolio de la violencia, simbólica, física y psíquica.

¿Cuál es el costo de esta política extractivista? La destrucción de los territorios indígenas, de los ecosistemas, de los seres y ciclos de la vida, la muerte de la Constitución y del “proceso” de cambio, que se suponía que era descolonizador, anti-capitalista, anti extractivista, en defensa de las naciones y pueblos indígenas originarios, en defensa de los seres de la madre tierra, en la perspectiva del vivir bien,  de un horizonte civilizatorio alternativo. Ciertamente los “alfiles” y “caballos” del modelo colonial extractivista no reflexionan sobre estos temas, pues para ellos la “realidad” no es otra que lo que tiene a mano el poder.    

 

 

 

 

Las ficciones del realismo político

Dedicado a Rebeca Delgado

 

El realismo político

Vamos a hablar de los límites del realismo politico. El realismo político más que una teoría es una perspectiva, una manera de apreciar la llamada “realidad”, que no es otra cosa que una representación; en este caso una representación disminuida a lo que se considera “realidad”, es decir, la percepción conformista de las condiciones dadas. Las condiciones objetivas y subjetivas dadas, aparecen entonces como límite impuesto por la “realidad”. Esta tesis es un poco como el complemento simétrico de la tesis del fin de la historia; esta última tesis propone el fin, el acabamiento, la realización plena de la historia; no hay un más allá. La anterior tesis, la del realismo político, propone el fin de las posibilidades, de las potencialidades, de las capacidades creativas. Las condiciones están dadas como una regla eterna impuesta por la providencia de la historia, que para los realistas es una especie de fatalidad. Entonces la tesis conservadora del fin de la historia tiene su complemento en la tesis del realismo político del fin del comienzo, la inmovilidad de las condiciones. Ambas tesis son conservadoras.

Ahora bien, el realismo político tiene varios modos de expresión; uno de los más conocidos es la onda descriptiva, que se esmera en hacer descripciones de lo que hay, de lo que se cuenta, de los recursos. La onda descriptiva llega al extremo de reducir las descripciones a las cifras; adquiere una forma de exposición aparentemente estadística, pues usa cuadros e indicadores; pero esto no es más que forma descriptiva reducida a lo conmensurable. Está muy lejos de usar las teorías estadísticas, sobre todo el tratamiento de los problemas de medida y las exigencias en la construcción de indicadores. Es pues una pose de legitimación esta pedantería de las exposiciones oficiales, llenas de cifras, para cubrir sus vacíos cualitativos. Pero, bien, resulta que uno de los modos del realismo politico es esta forma descriptiva de la “realidad”. Otro modo es el formalismo, defensor del institucionalismo y seducido por las apariencias; la apariencia de seriedad, por ejemplo. Esta es quizás la posición más conservadora del realismo político, pues considera a las instituciones como eternas y garantizadoras del orden. De aquí al prejuicio jurídico, como núcleo de la “realidad” social no hay más que un paso; este modo jurídico, que se presenta, en principio como respetuoso de las leyes y las reglas, termina, en la forma de su adulteración, en la manipulación mañosa de las leyes y las reglas. También hay otros modos de expresión del realismo político; daremos el ejemplo de uno más, con pretensiones teóricas; se trata de la perspectiva lineal de la historia. En este caso se concibe un tiempo lineal y sucesivo; sobre este presupuesto se construye la teoría la “revolución” por etapas. Ésta también es una posición conservadora, pues aplasta la potencia social, desconociendo la complejidad del espacio-tiempo concreto de lo histórico social.

En la contemporaneidad, también durante gran parte del siglo XX, sobre todo durante las experiencias “revolucionarias”, el realismo político sirve y ha servido, para limitar las posibilidades de las “revoluciones”. En Bolivia, durante la experiencia del llamado “proceso” de cambio, que todavía vivimos, el realismo político ha detenido la fuerza social de las movilizaciones anti-sistémicas y ha limitado al máximo las posibilidades de las transformaciones institucionales. El realismo político, después de haber sido apoyado y promovido en todas las instancias institucionales, en todas las políticas públicas, después de siete años de gestión, se encuentra en crisis, interpelado, ante la imposibilidad de explicar la “realidad” de los conflictos y contradicciones, sobre todo la evidencia de sus propias imposibilidades, al no poder reducir lo que llama “realidad” al prejuicio de sus representaciones conservadoras.

 

El conflicto de los “libres pensantes”

El planteamiento de reconducción ha causado no solo zozobra en los y las llunk’u, aduladores y apologistas, sino también hilaridad y desesperación. Ya perdieron los estribos. El ataque se dirige a Rebeca Delgado, cuya actitud digna y valiente no sólo les molesta sino les cuestiona, pues desmorona su máscara de “disciplina”, al descubrir no sólo el más indigno servilismo, sino haberse entregado al más descarado prebendalismo y clientelismo, impulsado por la cúpula gobernante, particularmente por el vicepresidente. La desesperación del vicepresidente y candidato a su reelección inconstitucional es notoria, hasta turbadora; ha dicho que las “bartolinas”, las mujeres campesinas afiliadas a la CNMCIOB “BS”, así conocidas, que se oponen a su candidatura, son de derecha. En su imaginario frenético se ha convertido en el referente de lo que es izquierda y lo que es derecha; en esto, en estas clasificaciones insólitas, en esta exaltadas definiciones del enemigo, ha ido más lejos que George Busch, cuando en la declaración de la guerra infinita contra el terrorismo, después del 11 de septiembre, ha dicho que el que no está con nosotros, refiriéndose al gobierno estadounidense, es enemigo. El vicepresidente dice prácticamente lo mismo, sólo que con el aditamento de decir que las y los que no están con su candidatura son de derecha. En su imaginario se ha convertido en el referente supremo de lo que es izquierda y lo que es derecha. Nadie antes, ni el más alucinado fanático, se le ha ocurrido semejante clasificación e identificación política.

¿Por qué se hace esto? No basta decir que es extravagante esta definición de izquierda y derecha; es menester comprender por qué se llega a este extremo, sin guardar las apariencias ni recato alguno. ¿Qué hay detrás? ¿Por qué el vicepresidente se ha vuelto tan indispensable, que el mismo llega al extremo de afirmar que los y las que están en contra de su candidatura son de derecha, sin que nadie del gobierno, del MAS, tampoco el mismo presidente, digan nada; mas bien parecen apoyarlo y defender esta insólita postura? ¿Depende tanto el presidente del vicepresidente? ¿Depende tanto el gobierno del vicepresidente?  Incluso el Congreso y los demás órganos de poder del Estado. ¿Ocurre lo mismo con el MAS?

Ante semejantes preguntas sólo podemos proponer una hipótesis de interpretación.

 

Hipótesis

Ante la premura de gobernar y administrar el aparato público desde el 2006, se tuvo que tomar decisiones sobre la base de dos alternativas: 1) El camino de la utopía; es decir, de la construcción alterativa y alternativa; o 2) el camino del realismo político; es decir, la modificación paulatina y diferida de lo que hay. La decisión no era fácil, por lo menos en el sentido de aceptar lo que parecía más plausible a los ojos de los conductores. Se requería una argumentación que justificase la decisión. La construcción de esta argumentación estuvo en gran parte a cargo del vicepresidente; esto debido a su formación académica y el manejo de teorías, que se pueden considerar “revolucionarias”. No es que se inclinase por las consecuencias de estas teorías, sino que las teorías sirvieron de premisas para sacar otras consecuencias, sobre todo introduciendo el supuesto de que las condiciones objetivas y subjetivas no estaban dadas. La conclusión realista fue que se tiene el Estado para transformar; esta es la “realidad”, lo demás es “utopía”, en el sentido de irrealizable. A partir de esta conclusión se podía considerar una estrategia “pragmática”, que se basa primordialmente en un camino de reformas, que preparen el camino para cambios, más radicales, más adelante. Entonces las transformaciones se podían diferir; lo que importaba, por el momento, era administrar bien lo que se había tomado, el Estado.

Empero, como se está en el tiempo “real” de la historia concreta, no en el tiempo imaginario de la teoría, había que enfrentar mandatos de los movimientos sociales; estos mandatos se encontraban en la Agenda de Octubre; que puede resumirse a dos consignas, la nacionalización de los hidrocarburos y la convocatoria a la Asamblea Constituyente. Estas tareas encomendadas por el pueblo no se podían eludir; exigían desde ya ir un poco más allá del realismo político. Las tareas fueron asumidas por el gobierno; empero, acompañadas con la dosis de “pragmatismo”. El resultado fue una combinación extraña de invención y realismo político. Las dos medidas, la nacionalización de los hidrocarburos y la convocatoria a la Asamblea Constituyente, tuvieron que ser corregidas constantemente desde la perspectiva del realismo político. Por eso se llegó a los contratos de operaciones que disminuyeron los alcances del Decreto “Héroes del Chaco”, por lo tanto, restricción de la misma nacionalización. También por eso se limitaron los alcances de la Asamblea Constituyente, después, se limitaron los alcances de la misma Constitución.

Hay que anotar que hay por lo menos como dos planos que hay que distinguir; una cosa es lo que se planea y otra cosa es la práctica. Las “lógicas” de las prácticas no responden a la lógica de la teoría, a la lógica de la estrategia planeada. Las prácticas despiertan otros juegos, otros sentidos, otras consecuencias. El “pragmatismo” desencadenó otros decursos no-planeados. En poco tiempo el gobierno se encontró atrapado en “contradicciones” no predichas, antagonismos dramáticos, difíciles y hasta imposibles de solucionar por la vía del realismo político. Ante semejantes desafíos el ideólogo del realismo elaboró una teoría, expuesta en Las tensiones creativas de la Revolución[100]. Nuevamente se tranquilizó a los gobernantes, autoridades, representantes y dirigentes; estamos ante tensiones creativas en el seno del pueblo. Sin embargo, si bien el discurso era tranquilizador, no podía, no tenía los recursos, para domesticar la dinámica incontrolable de los conflictos. Sin embargo, se siguió adelante con esta tranquilizante y adormecente explicación.

Se puede observar entonces que el teórico del realismo político juega un papel importante, no sólo en la “ideología” pragmática del gobierno y del MAS, sino también como premisas para las políticas públicas que se implementaron, así como para el desarrollo legislativo desplegado. También jugó un papel importante en el enfrentamiento de los conflictos; se encontraron los argumentos para justificar la represión y los deslindes con sectores populares y con pueblos indígenas. El problema radica en que el contraste es cada vez mayor entre lo que se esperaba y lo que resultó como consecuencia de las políticas públicas y el desarrollo legislativo aplicados. A tal punto que podemos decir, sin temor a equivocarnos, que asistimos a una crisis política del llamado “proceso” de cambio. A estas alturas, vale preguntarse: ¿es conveniente seguir manteniendo este realismo político y el “pragmatismo”? ¿No es más bien aconsejable hacer una evaluación crítica del “proceso” en curso, y quizás buscar otra perspectiva teórica y política, que abra el decurso de otras alternativas prácticas? ¿Por qué insistir en la misma perspectiva, que parece que lleva a un desastre político? ¿Por qué hay tanta resistencia a deliberar y reflexionar sobre estos temas?

La teoría del realismo político fue indispensable para un gobierno que había optado por el “pragmatismo”, la cautela política, el reformismo. Si la opción hubiera sido otra, seguramente esta teoría hubiese sido inútil, hasta peligrosa. Después de dos gestiones de gobierno el uso del realismo político no parece lograr los resultados esperados, fuera de haber ayudado a administrar el aparato de Estado tomado. Este uso ha desatado problemas no contemplados por la estrategia “pragmática”. Sin embargo, para el gobierno sigue siendo indispensable este realismo político; ahora por razones justificadoras, pues se ha decidido seguir adelante, a pesar de todo, con la continuidad de la misma estrategia “pragmática”. Esta es quizás la razón por lo que la presencia del vicepresidente se vuelve obsesivamente indispensable para los gobernantes, sobre todo para el presidente.

Ahora bien, ¿en el conflicto interno reciente, calificado como el de los “libre pensantes”, por qué se ataca, por parte del gobierno y los voceros oficiales del Congreso, con tanta vehemencia, a la diputada Rebeca Delgado? ¿Por qué causó tanto malestar la revisión del Proyecto de Ley de Extinción de Bienes, efectuada por parte de Rebeca Delgado, cuando fungía de presidenta de la cámara baja? ¿Por qué provoca semejantes ataques desproporcionadas cuando observa el procedimiento inconstitucional de la reelección del presidente y del vicepresidente? ¿Por qué se le acusa de todo, hasta de la incoherente y desvariada acusación de “golpista”, cuando la diputada promueve reuniones de reflexión, de análisis y de deliberación sobre el “proceso” de cambio? ¿Qué representa Rebeca Delgado para el imaginario adormecido de los defensores fanáticos de la estrategia del realismo político, defensores, mas bien, de una práctica política reducida al clientelismo y prebendalismo? Rebeca Delgado es una amenaza para esta práctica prebendal y clientelar, para este conformismo cómodo, para este “pragmatismo”, que adquiere ribetes corrosivos en su ejercicio oportunista. No se puede perdonar a alguien que desde las propias filas no es cómplice de lo que acontece. Se entiende entonces la conmoción que provoca en espíritus conformes, que ya se habían acostumbrado al usufructúo de su mayoría absoluta aplastante, la que no les exigía mayor esfuerzos en las aprobaciones legislativas. El ataque es despiadado, sin miramientos, se opta por la guerra sucia; a esta labor descomedida se presta incluso la ejecutiva del Ministerio de Transparencia y Lucha contra la Corrupción. Se habla de delito de influencias, cuando se olvidan de toda la corrosión prebendal y clientelar practicada extensamente en el Congreso, en el gobierno y el toda la institucionalidad del Estado. Esta práctica es conocida y experimentada por los y las que ahora denuncian, como gran cosa, el supuesto delito de influencias, exigiendo auditoría a la gestión de Rebeca Delgado, cuando ésta prácticamente se la hizo cuando entregó la presidencia de diputados. Sin embargo, no se hace auditoria de las gestiones del Congreso; la Contraloría brilla por su ausencia. No hay resquemor en acusar sin mirarse a sí mismos; no hay pudor de hablar de inconducta sin atender a las propias conductas. Estamos ante un mundo cambalache, problemático y febril.

¿Cuáles son los escenarios hipotéticos en el futuro inmediato? Empezaremos con lo probable. Dadas las circunstancias, que las expresaremos en términos de correlación de fuerzas, es probable que el gobierno y la mayoría congresal impongan la continuidad del realismo político, acompañado con su consecuente “pragmatismo”, ya maleado, convertido en oportunismo, prebendalismo y clientelismo. Seguiremos con lo menos probable. El otro escenario, menos esperado, es que se llegue a un acuerdo por efectuar una evaluación crítica del “proceso”, se logre la deliberación colectiva de las organizaciones sociales, del MAS, y de las instancias estatales, buscando salidas a la crisis política. Ahora continuamos con lo improbable. El tercer escenario no parece posible, por el momento; hablamos de la reconducción del “proceso”, contando con una movilización general que nos saque del adormecimiento, del conformismo y de las complicidades múltiples. Logrando operar intervenciones democráticas participativas en transformaciones institucionales, apuntando a la transición transformadora y la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico.

4.   Como no somos partidarios del realismo político, apostamos; en primer lugar, por la reconducción del “proceso”; en segundo lugar, por la posibilidad de un consenso. En cambio, luchamos consecuentemente contra la continuidad del realismo político, que consideramos nos lleva al derrumbe de lo que queda del “proceso” de cambio.

 

Crítica al esquematismo maniqueo

Asistimos desde hace un buen tiempo a una reducción juzgadora que llamaremos maniqueísmo. Decimos que se juzga, pues se ha sustituido el análisis por el “juicio”, en el sentido jurídico, incluso de condena, no en el sentido racional. Para este maniqueísmo el mundo se divide entre buenos y malos, entre justos e injustos, entre realistas y utopistas, entre amigos y enemigos; en fin, la lista puede ser larga. Entonces los maniqueos se colocan del lado de los buenos, de los justos, de los realistas, de los amigos; los demás son condenados. El gobierno ha hecho gala de este maniqueísmo, llevándolo al extremo de la vulgarización; la llamada oposición de derecha también lo hace, reclamándose de institucionalista y defensora del Estado de Derecho; incluso las izquierdas, sobre todo tradicionales, son maniqueas cuando anteponen su proyecto “revolucionario” como valedero, descalificando lo que ocurre efectivamente. Una de las formas de expresión del maniqueísmo se muestra en la simple hipótesis de la teoría de la conspiración; el supuesto es que hay grupos de conspiradores que dirigen la historia; de aquí se deduce la conclusión de que hay traidores; en nuestro caso se dice que hay traidores del “proceso” de cambio. Entonces toda la explicación histórica se reduce a personas, al problema de las personas, de lo que son y de lo que no lo son. Esta explicación maniquea de la teoría de la conspiración se parece al guión de una novela, pero sin los atributos literarios e intuitivos de la novela.

El acontecimiento político es complejo, supone multiplicidades de singularidades, por lo tanto de posibilidades; no puede reducirse a la perspectiva insuficiente del realismo político, menos al cuento sospechoso de la teoría de la conspiración. El decurso de un “proceso” no depende de personas, de lo que hagan o dejen de hacer, sino que se encuentra “producido”, por así decirlo, por múltiples composiciones, juegos, interrelaciones, que podemos identificar hipotéticamente como “estructuras”, puestas en práctica, puestas en escena, alianzas, relaciones, intereses, conflictos, lucha de clases, guerra anti-colonial. Dicho en términos resumidos, no aconsejables para tratar la complejidad, en relación a la incidencia en el “proceso” nos enfrentamos a “estructuras” y mapas institucionales, a subjetividades constituidas, a relaciones enquistadas y dominaciones internalizadas. De lo que se trata, con el objeto de incidir en el acontecimiento, es de desmantelar estas estructuras, estas instituciones, de suspender las relaciones enquistadas, estas relaciones de dominación internalizadas. Ahora bien, estas tareas no se efectúan solas, como vanguardias incomprendidas, insufladas de gran voluntad. Las incidencias son posibles si se logra compartir perspectivas críticas y voluntades de cambio con los colectivos sociales, si se participa en las dinámicas moleculares sociales, que son como la materialidad social e histórica de la alteratividad y de la creación de alternativas. De lo que se trata entonces es de compartir, convivir, con las dinámicas moleculares, buscando que su alteratividad micro-social, se convierta, en un momento, en alteratividad molar, transformando las instituciones y las “estructuras”.

¿Qué queremos decir con todo esto? Que los llamados “procesos” políticos y sociales, encaminados a transformar, no se dan por los buenos deseos de las vanguardias, ni tampoco como resultado de una estrategia “revolucionaria”, se dan como acontecimientos en momentos de crisis múltiple del Estado, de las representaciones, de los valores institucionalizados, obviamente en el contexto de la crisis orgánica del capitalismo, dependiendo de su ciclo vigente. Lo que se experimenta como “proceso” es lo que compartimos como acontecimiento; no se trata de que sea una condición dada, como en el caso de las hipótesis del realismo político, sino de una complejidad, la misma que hay que comprender y entender en sus dinámicas moleculares y molares. Por lo tanto, no es, de ninguna manera, pertinente, desentenderse del “proceso” experimentado, sino de vivirlo plenamente buscando romper las resistencias y los obstáculos históricos. Parafraseando nuevamente a Albert Camus[101], si los “procesos” de cambio caen en la decadencia, debemos sufrir con el “proceso”, no alegrarse de su decadencia, sacando lecciones de esta experiencia dramática. En otras palabras, de lo que se trata es de prolongar su decurso buscando la oportunidad de realizar sus posibilidades y potencialidades.              

 

              

 

 

 

 

 

 

La política como campo de fuerzas

 

El llamado análisis político, sobre todo el relativo al comentario político, ha reducido el análisis al comentario; comentario de lo que hace o deja de hacer el gobierno, de sus contradicciones, de sus faltas. Incluso pueden pretender un balance y sopesar lo positivo en contraste con lo negativo. Este análisis supone que la política se concentra y resume en el gobierno.  Este es un punto de vista nucleado en la gestión de gobierno. Esta perspectiva no alcanza a ver el contexto en el que se mueve el mando y la autoridad política, perdiendo de vista la interacción del gobierno, si se quiere, usando una metáfora sistémica, con su entorno. Las claves para entender lo que hace o no hace la jurisdicción y administración gubernamental, sus contradicciones, sus faltas, sus aciertos, sus balances, se encuentran precisamente en esta interacción. Por lo tanto este tipo de análisis se queda sin explicación o deja muchas preguntas pendientes.

Sin embargo, tampoco es suficiente con abrirse al contexto, manteniendo la perspectiva, que llamaremos “sistémica”, sin mayor discusión, por razones ilustrativa, pues el concebir un centro y un entorno, si se quiere una periferia, es establecer, como conjetura espacial, la predominancia del centro, la iniciativa del centro,  respecto de una subordinación y de una pasividad del entorno. Eso tendría que demostrarse primero, antes de sólo suponerlo. Sin embargo, el suponer el centro es desde ya tener una pre-concepción de la política, reducida a gestión de gobierno, reducida a gestión pública, a administración de conflictos, en torno al ejecutivo, aunque se tome en cuenta a los demás poderes del Estado. En el mejor de los casos, es el Estado, el que se convierte en el centro y la sociedad en el entorno.

¿Cómo explicar el Estado sin la interacción con la sociedad? Ahora bien, tampoco se trata sólo de interacción, manteniendo la perspectiva que hemos llamado “sistémica”, pues queda por demostrar que, para explicar las dinámicas políticas es necesario colocar al Estado en el centro del campo de fuerzas de la política. Esta centralidad forma parte del imaginario estatal. Al respecto, no basta decir que se trata de diferentes perspectivas, que se puede tener una perspectiva estatal, como se puede tener una perspectiva societal, en la cual la preponderancia radica en las dinámicas sociales. De lo que se trata es de comprender cómo funciona el campo de fuerzas de la política, independientemente de estas perspectivas.

Partamos, de manera diferente, del juego horizontal[102] de perspectivas, tratando de percibir el acontecimiento político desde su multiplicidad de singularidades. Este es un cambio, no de perspectiva, sino de construcción de la mirada y de constitución de la comprensión, retomando la experiencia de la percepción social, es decir, retomando la experiencia social como matriz de la memoria social. Desde esta manera de articular perspectivas, horizontalmente,  el gobierno es una de las fuerzas en el juego, en la dinámica y la correlación de fuerzas en el campo político. El Estado es una maraña de fuerzas, más o menos afines, que también juegan, con sus pesos, sus direccionalidades, sus tendencias, en el campo de fuerzas de la política.  Las otras fuerzas no es que sean sociales, a diferencia de las fuerzas del Estado, pues las fuerzas del Estado son también sociales; sólo que son fuerzas sociales capturadas en la malla institucional del Estado. En lo que respecta a las otras fuerzas, hablamos de fuerzas sociales no capturadas por las mallas institucionales; en unos casos, no del todo; en otros casos, preservando su autonomía creativa.

La política concebida como campo de fuerzas, donde las fuerzas actúan en la horizontalidad del despliegue de sus dinámicas físicas, nos exige comprender la mecánica de las fuerzas en su mutua y plural afectación. La fuerza del gobierno no actúa en espacio vacío, sino en un espesor habitado por fuerzas convulsionadas. De lo que se trata es de explicarse la actuación del gobierno no sólo por voluntad de sus gobernantes, que es lo que se acostumbra, sino a partir de la interacción con las fuerzas del campo político. Lo que hace el gobierno también depende de lo que dejan hacer o impiden hacerlo las otras fuerzas. Con esta tesis salimos de la casilla jurídica-política, que evalúa la actuación del gobierno a partir del cumplimiento o incumplimiento de las leyes. También marcamos la diferencia con las teorías que se explican el comportamiento gubernamental por la voluntad o falta de voluntad de los gobernantes.

Sin hablar de corresponsabilidad de todas las fuerzas del campo político en el comportamiento del gobierno, pues lo de corresponsabilidad tiene una connotación moral, sino hablando de la incidencia de todas las fuerzas, podemos sugerir que todas las fuerzas inciden en el comportamiento del gobierno, dejando hacer o impidiendo hacerlo. Contando, claro está con el peso de las fuerzas concurrentes.

Al respecto es ilustrativo y aleccionador observar, que cuando las fuerzas, que se movilizaron para dar apertura un proceso de cambio, se conforman con lo conseguido, que puede ser la llegada al gobierno de la opción considerada propia, el gobierno considera este conformismo como un permiso para actuar como vea conveniente. Este conformismo es un dejar hacer, permitiendo que la fuerza del gobierno se explaye en las consecuencias de sus incursiones políticas. Estas incursiones políticas y sus consecuencias cuentan no solamente con el aval de las fuerzas sociales, sino que estas fuerzas sociales se limitan a una función pasiva. Al hacerlo, su conformismo y pasividad afecta a la fuerza gubernamental, dejando que las tendencias inherentes se desplieguen libremente, por así decirlo.  Si estas tendencias son conservadoras, que es lo más probable, pues se trata de funcionarios interesados en administrar, no en transformar, las tendencias gubernamentales van a limitar los alcances abiertos y posibles del proceso de cambio.

Entonces debemos explicarnos la crisis de un proceso de cambio no solamente por los errores de los gobernantes, tampoco por sus perfiles personales, sus caprichos, sino, sobre todo, por el conformismo generalizado en los que se movilizaron por la apertura del proceso de cambio.

Ciertamente las fuerzas sociales que se movilizaron no son las únicas otras fuerzas del campo político, sino parte de estas fuerzas. Hay otras que también intervienen en el decurso de los sucesos e inciden en el comportamiento del gobierno.

De estas otras fuerzas, visibles, podemos identificar a las que se reconocen como de oposición, que visto, como fuerzas, no como reducidas expresiones partidarias, corresponden a fuerzas sociales. Se trata, en primer lugar, de fuerzas sociales vinculadas a dominios económicos, culturales, monopolio de relaciones y de influencias; se trata de fuerzas sociales nucleadas, acostumbradas al mando y a la administración.

En el contexto, también están otras fuerzas, de magnitud más amplia, vinculadas a dominios profesionales, también a dominios técnicos, también a saberes urbanos específicos, como el conocimiento y desplazamiento en los recorridos de lugares de entretenimiento, en el recorrido del manejo de redes urbanas de amistades, en el manejo de las técnicas de impacto comunicativo. Estas fuerzas sociales, más numerosas y dispersas, que las nucleadas, inciden en las selecciones de opciones, también en los cómputos electorales. Aunque no se puede generalizar una amalgama de tendencias, en este caso, se puede decir, con cierta incertidumbre, que estas fuerzas tienden a lograr la estabilidad, el equilibrio, las pausas, ya sea en coyunturas de cambio o, al contrario, en coyunturas regresivas.

Las fuerzas populares, las vamos a llamar así, por razones de simplificación ilustrativa, contienen una pluralidad de estratificaciones sociales, perfiles, transiciones, incluyendo a las variaciones del proletariado, a las variaciones migratorias a las ciudades, no sólo por antigüedad, sino por procedencia, además de las polifacéticas formaciones sociales “rurales”. De ninguna manera se descarta la participación en el espesor de lo popular de los estratos profesionales, técnicos, de redes urbanas afincadas en sus dominios de la ciudad visible. Todo depende de las características de los periodos, de las perspectivas que tejen los discursos ideológicos. Ciertamente, lo popular es cuantitativamente más numeroso, son fuerzas que cuentan, además de las cualidades que contienen, con la “fuerza” de la cantidad.

Estas fuerzas identificadas no son todas las fuerzas del campo político. Hay otras, menos visibles, opacas que, sin embargo, pueden incidir con mayor influencia en el comportamiento del gobierno. ¿Cuáles son estas fuerzas? ¿Qué clase de fuerzas son estas? ¿Dónde se encuentran? Cuando hablamos de campo político no se crea que el campo, que es una representación abstracta de los espesores donde se desplazan las fuerzas, se circunscribe dentro las fronteras de la geografía política del país; de ninguna manera. Estamos en un mundo no solamente globalizado, sino integrado, en el sentido de su concomitante articulación; un mundo compenetrado. Un mundo de espacios entrelazados. No hay afuera, ni exactamente adentro. Todo está entrelazado. Estas certezas, que devienen de la experiencia social contemporánea, adquieren mayor connotación cuando nos referimos al campo económico.

Las fuerzas de las que hablamos son como los nervios del cuerpo del sistema-mundo capitalista. Una economía-mundo integrada por el sistema financiero mundial; sistema financiero hegemónico y dominante, que ha desplazado la valorización del capital, de su subsunciones formales y reales, a la valorización especulativa. Sistema-mundo, que en la actualidad, conforma dos dimensiones reproductivas del capital. Una aparente, la que podemos llamar ficticia, pues se basa en la especulación y en la inflación; la otra, “real”, en el sentido material, que definitivamente sostiene la valorización especulativa, que no tendría ninguna consistencia,  si no fuera por la valorización material. Esta valorización material tiene su base primordial en el expansivo modelo extractivista, cada vez más destructivo, debido a las tecnologías de efectos desbastadores en uso. La valorización real se efectúa por despojamiento y desposesión, la valorización ficticia es matemática.

Estas fuerzas actúan no solamente en el campo económico, sino también en el campo político. En el campo político se conectan con el Estado y los gobiernos a través de contratos, convenios, concesiones, proyectos, programas y leyes. Estos contratos se aplican, se realizan, se ejecutan técnicamente, haciéndose posibles a través de los canales financieros. Los congresos, los poderes legislativos, son los que ratifican estos contratos, convenios, concesiones, proyectos, programas y leyes. El cuadro de la participación de estas fuerzas del sistema-mundo capitalista, de la economía-mundo capitalista, en el campo político especifico del país, es como de una malla envolvente. Están las representaciones, las oficinas de las representaciones, los personeros de las empresas, localizados en lugares identificados. Pero también están las reuniones, los lobby’s, los acuerdos,  las unidades técnicas,  como movimientos crono-gramados y agenda-dos. En los espacios concretos, están la geografía de las concesiones, así como la geología de las concesiones, son los territorios donde funcionan los enclaves trasnacionales. Los vínculos con altos personeros de gobierno y presidentes, gerentes y directores de empresas públicas son los nudos de influencias y complicidades. También deberíamos nombrar, en este espaciamiento, a los pasillos de tránsito; abogados o directores técnicos de las empresas públicas terminan contratados en las empresas trasnacionales. Toda esta malla, tejida de meollos, es como parte de la topología del sistema-mundo capitalista en el campo político. Esta parte topológica es ciertamente estratégica.

La influencia de las fuerzas “trasnacionales”, las llamaremos así, para no buscar un término teórico adecuado, sobre todo teniendo en cuenta la mirada genética de la teoría de los campos, es determinante, sobre todo cuando los gobernantes son vulnerables a sus encantos.

Entonces, la tesis es la siguiente:

La dinámica de las fuerzas en el campo político, entendiendo como una de esas fuerzas al gobierno, no solamente da lugar a una especie de resultante, en la geometría de estas fuerzas, sino afecta diferencialmente a todas las fuerzas involucradas. El comportamiento de la fuerza gubernamental se explica por la mecánica de estas fuerzas, por la geometría de estas fuerzas, también por la afectación de esta mecánica, de esta geometría, de estas dinámicas, en periodos y coyunturas determinadas.

Al respecto, es caricaturesco pretender explicar el comportamiento gubernamental a partir de la conjetura moral de la culpa.  Esta interpretación es sugerentemente compartida por “derechas” e “izquierdas”; ambas parten del paradigma de la culpabilidad. Ambas son profundamente cristianas. Esta crítica, de ninguna manera, sostiene tampoco la interpretación gubernamental; una interpretación, que también usa la teoría de la culpabilidad para defenderse y para explicar sus propios dramas y contradicciones. Sólo que, en este caso, la culpa la tienen los otros, los de la oposición, los conspiradores, el “imperialismo”.  La culpa circula como discurso, en unos y en otros. Este discurso devela el conservadurismo encarnado en unos y otros.

La crítica activista recorre su mirada por el campo político, busca develar, a través de las contradicciones, los síntomas, la sucesión de hechos, el mapa de los eventos, las formas complejas de la reproducción del  poder y de las dominaciones polimorfas. De ninguna manera busca culpables, sino busca comprender las relaciones, las estructuras, los diagramas y las cartografías de fuerzas en las que están insertos los personajes, ilusionándose que controlan y deciden, cuando son apenas engranajes de formas de poder.

La hipótesis interpretativa que hemos manejado, a propósito de la segunda etapa del proceso de cambio, la que corresponde a las gestiones de gobierno, es que el gobierno progresista ha repetido el guión de la trama del poder, con otros personajes, en escenarios retocados con otros coloridos[103]. Sin embargo, los desenlaces son conocidos. Los cambios se dan como acontecimientos políticos, empero, en la medida que los “revolucionarios” no desmontan el Estado, no desmantelan los diagramas de poder, terminan convertidos en los nuevos “contra-revolucionarios”, que reprimen al pueblo a nombre de la “revolución”. El desenlace sucinto es que la “revolución” por este decurso termina tragada por la restauración descomunal del Estado, termina formando parte de la reproducción inaudita del poder.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los tejidos y manejos del poder

 

No hay que buscar el poder sólo en los grandes escenarios, también es menester encontrarlo en los pequeños ambientes, teatros menores, en comparación con el escenario estatal y la magnificencia del gobierno central; por lo tanto encontrarlo en los eventos cotidianos, en los hechos minúsculos e intrascendentes. Ver cómo funciona en los lugares menos relevantes que aquellos dónde se expresa la soberanía como símbolo mayúsculo. Preguntarnos por ejemplo qué se juega en una elección de las presidencias de la cámara baja y de la cámara alta del Congreso. ¿Por qué tiene que intervenir el presidente del Estado y jefe del partido en estas elecciones? ¿Por qué tiene que decidir quién va presidir la presidencia del Senado? Se entiende que sea importante tratándose de la Asamblea Legislativa, pero, ¿por qué intervenir en elecciones donde el partido oficial es mayoría y está garantizada la elección y el control de esa mayoría? ¿Por qué los nombres de la presidenta del senado y la presidenta de diputados son imprescindibles para el presidente? ¿Por qué no pueden ser elegidas las personas y representantes de ambas presidencias del Congreso por los propios asambleístas? Parece que para la presidencia de diputados hubo consenso o se construyó un consenso, después de largas negociaciones; empero que, para el caso del Senado, no se había logrado este consenso, las fuerzas estaban divididas, es más, la mayoría se inclinaba por otras personas, vinculadas a sus regiones y bancadas, en tanto el presidente eligió otra persona, después de un discurso anacrónico que se refería a la sucesión monárquica del poder; el hijo del soberano, el hijo del hijo del soberano, y así sucesivamente. Por último se quedó con el nombre que impuso el supremo. Se acató la decisión del presidente, a pesar del notorio malestar de los senadores y senadoras.

En el análisis no nos interesa saber quién ha sido nombrada presidenta de cada una de las dos cámaras, no interesa sus nombres; no es un problema de personas, sino se trata de comprender por qué le es tan imprescindible intervenir al presidente en esta elección. En general, se puede decir que el presidente no es ajeno a toda elección, sea de federaciones, de confederaciones sindicales, particularmente campesinas, sea de alcaldías, sea de la “nacional” del partido, sean de las departamentales del partido, así como de las elecciones relativas a la Asamblea Legislativa. Esta es una preocupación constante que se comprende que se dé; empero, ¿por qué intervenir, si los que eligen son partidarios? ¿No se tiene confianza? ¿Por qué se tiene que intervenir incluso en contra de los elegidos por las propias bases? ¿No es acaso mejor que las bases se fortalezcan a través de sus propias dinámicas? ¿Este control vertical no debilita más bien al propio partido y a las organizaciones sociales, así como a las instituciones del Estado? ¿Qué nos dicen estas intervenciones de los tejidos y manejos de las relaciones de poder?

Una primera hipótesis de interpretación tiene que ver con la forma y el modo de ejercer la política, con el modelo de organización sindical de la política. Remontando su propia historia, el MAS viene de las organizaciones sindicales campesinas; su principal experiencia se encuentra en las luchas sindicales campesinas, particularmente en las luchas de las Federaciones Sindicales Campesinas del Trópico de Cochabamba. Hay pues una memoria política vinculada a estas luchas, íntimamente ligada a las formas de organización de los sindicatos campesinos. También a sus formas de elección y selección de los dirigentes, que tienen que ver con las alianzas territoriales, la acumulación de fuerzas y la formación de bloques. La experiencia de la larga lucha en la defensa de la hoja de coca, en pleno contexto de guerra de baja intensidad, templa a estas organizaciones sindicales campesinas. La represión, las acciones punitivas policiales y militares de la interdicción,  obligan a estas organizaciones a adquirir un perfil semi-clandestino, un compromiso de exigente lealtad y fidelidad con los objetivos de la lucha; lucha en defensa de la hoja de coca que adquiere, en el transcurso, un discurso anti-imperialista, por las características propias de la guerra de baja intensidad. Se trata de organizaciones sindicales campesinas que exigen disciplina respecto a las determinaciones de las asambleas. Como se puede ver, una de las características de esta experiencia sindical es que se trata de organizaciones de lucha, obligadas a organizarse para la defensa territorial, además de contar con la disponibilidad y capacidad de convocatoria; estamos ante organizaciones sindicales que aprenden a preparar y a desplegar una serie de marchas de cocaleros y cocaleras a la sede de gobierno, en defensa de la hoja de coca. Estas marchas son ya legendarias, forman parte de la historia de las Federaciones Cocaleras del Chapare y también de las Federaciones cocaleras de los Yungas de La Paz. En estas movilizaciones, en esta defensa territorial, en esta alianza territorial de los sindicatos campesinos, se formaron los dirigentes cocaleros, principalmente su líder primordial y ahora presidente del Estado.

Este es el estrato más antiguo y más importante del MAS; estos dirigentes que emergieron de estas luchas en defensa de la hoja de coca. Otros estratos posteriores se añaden al anterior, sobre todo después de las elecciones de 2002, cuando el MAS se convierte en la segunda fuerza política del Congreso. Los otros estratos van a ir modificando el perfil y la estructura del MAS, sobre todo cuando se suman contingentes de las ciudades. Pero, antes de entrar en esto, es indispensable seguir a estos dirigentes sindicales campesinos, del estrato matricial; lo que pasa con ellos, sobre todo cuando asumen tareas de gobierno, tareas en la Asamblea Constituyente y en el Congreso.

Es indudable que llegar al gobierno implica un gran desafío, sobre todo cuando no se cuenta con la experiencia de la administración pública. Era indispensable cerrar filas, defender al flamante gobierno indígena y popular ante las contingencias que puedan venir. Se comparte el entusiasmo del pueblo, después de las elecciones de 2005 y la contundente victoria por mayoría absoluta. La asunción al gobierno es apoteósica, llena de símbolos promisorios; tanto en Tiwanaku como en la Plaza Murillo. En Tiwanaku se despeja el cielo cuando llega Evo Morales, deja de lloviznar, se forma una aureola bordeada por colores del arco iris. Era una aureola llena de luz radiante. Lo que sucedía era asombroso y fue comentado por la gente que asistió a la ceremonia. En el palacio de la Asamblea Legislativa, el vicepresidente entrega el bando al presidente, quien no contiene sus lagrimas de emoción. El discurso inaugural de la gestión es convocativo y de invitación a vigilar el proceso, invitando a los amautas a participar y orientar, urgiendo al pueblo a la crítica si hay equívocos y errores. Esto ocurría mientras ancianos campesinos aymaras lloraban en las veredas de la plaza, ancianos emocionados e incrédulos todavía ante los eventos trastrocadores que acontecían. Fue una gran fiesta, así como son las revoluciones al inicio de su desenvolvimiento.

Lo que vino después es como enfrentar las formas concretas de gobierno, posteriormente al entusiasmo. Al escoger gobernar se tuvo que dejar el impulso de la rebelión, se tuvo que optar por el realismo, entonces por administrar los recursos del Estado, sobre todo sus ingresos, y distribuirlos. Para esto se necesitaba que la maquinaria siga funcionando, para que esto ocurriera también se necesitaba de los técnicos y funcionarios que sabían hacerla funcionar, pues formaron parte de esta maquinaria. La diferencia radicaba en el discurso, también en la procedencia de los nuevos gobernantes, a quienes se tenía, en principio, temor. Habían ganado fama en años de lucha. Sin embargo, estos “guerreros” dejaron de serlo en otro contexto, en el contexto del campo burocrático. Al principio se sentían desubicados en esos grandes salones, en esos palacios, que eran símbolos arquitectónicos contra lo que habían luchado. Después, se acostumbraron a mandar a quienes antes aborrecían, los funcionarios que los trataban mal. Con un tiempo más transcurrido de experiencia en el gobierno, terminó gustándoles el mando. Claro que hubo otras diferencias, se pudo ampliar los ingresos del Estado mediante la nacionalización de los hidrocarburos; si bien, esto mejoró los márgenes de distribución, se siguió haciendo lo mismo; captar ingresos y distribuirlos mediante el presupuesto general de la nación, después de la Constitución llamado presupuesto general del Estado.  Había una alegría por haber aprendido a manejar este know-how administrativo público, con ayuda de “técnicos” afines, nombrados ministros. También una alegría no disimulada por haberlo hecho mejor que los gobiernos anteriores. Desde una perspectiva administrativa no se les puede reprochar; el problema no es precisamente una mala administración, como creen los voceros de la derecha. El problema es que hicieron lo mismo y quizás mejor que los gobiernos neo-liberales. El problema es que los dirigentes quedaron atrapados en las redes administrativas e institucionales del Estado.

Ciertamente los dirigentes no estaban solos en las tareas de la administración del Estado, contaron con otros estratos de masistas, que ingresaron después de las elecciones de 2002, además de contar con los funcionarios heredados de anteriores administraciones. Fuera de dirigentes y campesinos de base, que son el primer estrato, se sumaron sectores populares urbanos, ciertos estratos de las clases medias, e infaliblemente trabajadores, cooperativistas mineros y obreros. El partido o movimiento, como quiera llamarse, creció de una manera in-controlable. Se ganaron las elecciones de 2005 por mayoría absoluta; el MAS era indiscutiblemente la principal fuerza política del país. Es esta colectividad la que es mayoría en la Asamblea Constituyente. Allí este conglomerado tuvo su primer gran desafío, construir un instrumento jurídico y político para transformar el Estado. Allí se aprendió a compartir y formarse en la discernimiento de sus propias diferencias, a convivir en la adversidad y a construir dramáticamente el pacto social. Sin embargo, también en la Asamblea Constituyente se recurrió a una forma de organización política para encarar el desafío; la forma de organización a mano y conocida era la sindical y territorial. Se optó por esta forma de organización, buscando adaptarla al nuevo contexto político, sobre todo al escenario deliberativo de la Asamblea Constituyente.         

 Esta adecuación de la forma de organización política sindical fue problemática. Sacada de su contexto la forma de organización territorial campesina resultaba incongruente para las tareas deliberativas, para las tareas de comisión y las tareas de elección de la directiva. La democracia de la asamblea sindical, que era ciertamente deliberativa en su propio contexto, recurriendo a la propia retórica sindical, no se pudo rehacer ni repetir en la Asamblea Constituyente, tampoco en el Congreso y menos en el gobierno. El condicionamiento de estos escenarios de la deliberación liberal, de la administración jerárquica y vertical gubernamental, transformaron las formas del sindicalismo campesino. Ya no valían tanto las decisiones de las asambleas, eran mas bien decisivas las decisiones del presidente, quien seguramente tomaba determinaciones consultando al gabinete o algún entorno estrecho allegado al caudillo. Como era, además de presidente del Estado, presidente de las Federaciones del Trópico de Cochabamba, líder popular y cabecilla del MAS, se suponía que la deliberación debería llegar de las bases a las más altas dirigencias, que en este caso ya eran mandos del Estado. Esto no ocurrió, pues se trataba de dos formas de organización política, la sindical y la estatal, que no podían sincronizar. La combinación de ambas formas resulto en un “síntesis” autoritaria. Entonces se asumía las decisiones del presidente como si fuera la decisión de todos, aunque la construcción colectiva no haya ocurrido. Los dirigentes sindicales del primer estrato del MAS interpretaban esta actitud como que el presidente no se puede equivocar. Los otros estratos del MAS, se encontraron insertos en el hechura de la forma de organización política sindical recurrida; en ese contexto, debían acatar las decisiones del presidente, y cumplir con la orden disciplinadamente. De alguna manera, la justificación de que el presidente no se puede equivocar también fue asumida por estos estratos, por las otras organizaciones sociales involucradas, incluso por  las organizaciones indígenas originarias, que tenían cierta autonomía de organización y de deliberación, contando con sus propias decisiones. El entusiasmo del que venían, la confianza que imperaba, el sentimiento de bloque, coadyuvó a justificar esta forma de decisiones no democráticas. Esta forma de operar trajo muchos problemas, se cometieron errores, se puso en peligro a la Asamblea Constituyente, pero se siguió delante de la misma manera sin dejar ventilar la crítica y la autocrítica. El clima compartido se puede describir como una atmósfera de concomitancias, explicada por la coyuntura, había que entender que se luchaba con la derecha y era indispensable cerrar filas. Este itinerario se repitió en los otros escenarios institucionales, incluso en los municipios. La decisión del presidente era la voz de todos. A pesar de ciertos desacuerdos y algunas protestas, se terminaba aceptando esta forma de conducir. La Asamblea Constituyente tuvo que atravesar dos crisis graves que casi la llevan a la periclitación, la crisis de la aritmética de las decisiones, la de los 2/3 o mayoría absoluta, y la crisis de la “Capitalía”. Empero el peso de la mayoría era gigantesco; esta diferencia casi desmesurada permitió salvar los atolladeros. El problema era que esta forma de conducir se convirtió en costumbre, se arraigó en las prácticas gubernamentales y se cristalizó como obediencia, en la forma de organización política sindical. El sindicato ya no fue nunca lo mismo que era antes, un escenario de deliberación de la asamblea; se convirtió en una organización que acataba disciplinadamente las decisiones del presidente, una organización cooptada. Los dirigentes, los representantes y altos funcionarios de los otros estratos del MAS, en el gobierno, asumieron las prácticas de la administración pública liberal. El procedimiento entonces se institucionalizó. Las decisiones del presidente fueron legitimadas por la aceptación de todos y por la forma gubernamental de proceder.

Todo era revisado celosamente por el estrecho grupo de colaboradores del presidente, los nombramientos de ministerios, los nombramientos de jefes de bancadas, los nombramientos de coordinadores de comisiones, los nombramientos de candidatos. A pesar de haber acarreado tensiones y no pocos conflictos, se siguió adelante con el procedimiento. Cualquier discusión al respecto era tomada como indisciplina o desacato, incluso como favorable a la derecha, por lo tanto era descalificada de inmediato. Cuando se pasó de la primera gestión de gobierno a la segunda y se enfrentaron conflictos mayores como los del “gasolinazo” y el del TIPNIS - una vez de haber atravesado la culminación de la ofensiva de las oligarquías regionales, que optaron por oponerse a la aprobación de la Constitución, inclinándose al recurso de la violencia, tomando instituciones e involucrándose en  la masacre de El Porvenir, en el departamento de Pando -, este procedimiento autoritario, avalada por el gabinete, el MAS y las dirigencias campesinas, se convirtió en el mecanismo que apañó la proliferación de las corrupciones, la corrosión institucional, la violencia desmesurada del Estado y el aval de una casta política, convertida en indispensable, en el trámite de la reproducción de un sistema político corroído por prácticas de poder paralelas y colaterales.

La descripción de este panorama político no tiene nada que ver con la aludida definición del “centralismo democrático”. Si se recurre a este enunciado, estarecurrencia es una muestra patética del desajuste que hay entre el imaginario político del sujeto de la enunciación y la efectiva práctica política. Es una invocación al fantasma de los bolcheviques para que vengan a salvar al último “bolchevique”, para amparar una conducción política caudillista. El uso del concepto de “centralismo democrático” llama la atención por dos razones; no sólo por el gran contraste entre el enunciado invocado y la efectiva práctica política, sino también por la misma historia de este “centralismo democrático”. El “centralismo democrático” condujo al comunismo de guerra, donde las decisiones se concentraron en el comité central del partido comunista, comunismo de guerra del que nunca se salió. El “centralismo democrático” llevó a la forma política centralizada del estalinismo, fenómeno estatal por excelencia totalitario, donde la dictadura del partido se convirtió en la dictadura del patriarca de la patria socialista. A todas luces es un desatino usar el argumento del “centralismo democrático” para justificar un procedimiento caudillista y carismático.

A estas alturas, después de la elección de la presidencia del senado, se puede decir que los mandos de la conducción del gobierno y del Estado se encuentran atrapados en la estructura de un procedimiento autoritario. Ya no pueden salir del mismo; se trata de un funcionamiento mecánico. El presidente y el entorno más estrecho del caudillo no pueden dejar que estas decisiones queden en manos de los asambleístas, la presencia del soberano tiene que manifestarse en todo. Los colaboradores en todas las instancias de representación tienen que quedar a cargo de las personas que han demostrado fehacientemente la lealtad y la obediencia a las órdenes emitidas. La fidelidad con las consignas es premiada. El objetivo es lograr la conexión y la articulación más homogénea y dócil a la voluntad del soberano, así como del grupo estrecho de colaboradores, más aún si se trata de un periodo electoral. Mucho más si el ejecutivo, el gobierno, la conducción política, son interpeladas por las organizaciones sociales, incluso por grupos del propio partido.

Como se puede ver, se ha perdido la perspectiva democrática, la perspectiva asambleísta de la democracia participativa, el ejercicio plural de la democracia. Estas son las únicas prácticas políticas que pueden defender, profundizar y fortalecer el proceso de cambio. Se ha optado mas bien por el desarme de lo popular; se le ha quitado al bloque popular sus dinámicas propias de organización y deliberación. Se ha vulnerado la defensa del proceso, sustituyendo el proceso de transformaciones por la defensa de una casta política, que se considera a sí misma la encarnación del proceso. En estas condiciones le resulta más difícil al MAS afrontar sus tareas electorales; es difícil repetir las mismas lealtades que antes, cuando hay un deterioro mayúsculo en las convicciones, cuando un grueso de los militantes se encuentran frustrados.  Los conductores creen que todo se puede resolver con el control y el monopolio del aparato de Estado, que de alguna manera sustituiría a la falta de entusiasmo y a la carencia de convicción. Esta es una creencia que muestra más desesperación que seguridad; en el fondo se intuye el problema, pero se prefiere ignorarlo.

La otra hipótesis de interpretación de esta forma de poder autoritario, donde en el centro se acción se encuentra el caudillo, es la que plantea que cuanta con más disponibilidad de fuerzas se dispone, ya sea en votos y adhesiones, es cuanto más se manifiesta la tendencia a la centralización del poder en pocas manos. ¿Por qué ocurre esto? Parece paradójico, cuanto menos preocupación se puede sentir por la vulnerabilidad es cuando más se insiste en controlarlo todo, incluso en los detalles; menos se confía, incluso en los partidarios, en los dirigentes, en las organizaciones sociales que abrieron el proceso. ¿Por qué a mayor disponibilidad de fuerzas, incluso mayor legitimidad, se busca mayor centralización, control y concentración de poder? ¿Qué tiene el poder que preocupa tanto a sus agentes, operadores, sobre todo a sus conductores y dirigentes? La disponibilidad de fuerzas choca con la distribución democrática de la potencia social; la acumulación y el uso de las fuerzas terminan recayendo en mandos, en cambio la acción y el flujo de la potencia social requiere de composiciones espontáneas y acordadas, requiere entonces de deliberación y asambleas, de la construcción participativa y colectiva de la decisión social. En el acontecimiento que más se requiere de la mayor disponibilidad de fuerzas posible, la guerra, por lo general, se opta por la centralización de los mandos, la unificación de las fuerzas y las voluntades, para lograr los desplazamientos coordinados de los combates. Tomada la política como la continuación de la guerra por otros medios, el Estado es un complejo dispositivo que no ha abandonado el escenario de la guerra; el Estado está estructurado por una centralización jerárquica de mandos, no deja de ser un aparato de guerra. ¿Contra quién está en guerra permanente el Estado? Los gobiernos que se hacen cargo del Estado experimentan esta tendencia a la concentración y centralización, actúan en conformidad buscando el control total. El ejercicio democrático, la deliberación, la participación son un estorbo. Lo que importa ya no es tanto el mandato popular, sino cumplir con esta lógica inherente de concentración y centralización de poder, que además se realiza a nombre de los mandatos populares. Aunque se cuente con un mapa institucional, normas institucionales y administrativas, leyes, incluso una Constitución como mandato, el impulso primordial no es legal ni administrativo, sino a la concentración y centralización del poder.

El caudillo no gobierno sólo, se apoya en un núcleo de confianza. A lo largo de las gestiones de gobierno se forman amistades y complicidades, se selecciona por descarte un grupo de confianza, no sólo los más cercanos y los más íntimos del presidente, sino los más eficaces en la colaboración y asesoramiento. La conformación de un grupo de decisión última, algo así como la última defensa, pero también la primera en importancia en la toma de decisiones, es parte de estratificación en la administración del poder. Se comparte gran parte del tiempo de de sus vidas, entregadas al ejercicio de gobierno, se conocen no solamente en las reuniones oficiales, sino que se convive conllevando preocupaciones, amarguras, alegrías; se llegan a conocer mejor, terminan siendo los habitantes solitarios del mundo cerrado del poder. Cada uno de los miembros del núcleo de poder tiene como sus propias redes, sus influencias, sus dominios. También tienen sus personas de confianza repartidos en el aparato estatal, incluso algunos en las organizaciones sociales. Es de esperar entonces que haya interés en ciertos nombres para la presidencia del Senado, también en otros cargos, en la postulación a gobernación, incluso en las coordinaciones de comisiones. Entonces los juegos de poder se hacen más variados, se abren a distintas opciones. De lo que se trata es de lograr mayor control y prevenir contingencias; entre los congresistas hay dirigentes ligados a sus regiones, que consideran que deben responder a sus regiones y a sus mandatos. Estos dirigentes pueden convertirse en problemáticos, dado el caso. O como ocurrió con Rebeca Delgado, que siendo presidenta de la cámara baja, decidió responder a su mandato constitucional, al reclamo de organizaciones sociales, como los gremialistas y transportistas, incluso de organizaciones regionales, en el asunto de la controvertida ley de bienes. Nadie puede osar semejante acción deliberativa, legislativa y fiscalizadora, pues no cuenta con el visto bueno del núcleo cupular. Por eso es importante el control de las presidencias y de las comisiones encargadas; en consecuencia, de los partidarios hay que seleccionar a los que no tengan atisbos de convertirse, en algún momento, en problemáticos.

Como puede verse esta es la lógica del control; vigilancia, concentración y centralización del poder, aparentemente eficaz, a los ojos del núcleo del poder, pues garantiza el cumplimiento de la voluntad concentrada del poder. Empero, lo que no ve este núcleo de poder, es que esta lógica merma la capacidad organizativa, destruye la dinámica propia de la Asamblea Legislativa. Al convertir a la Asamblea Legislativa en un apéndice del ejecutivo, ha descartado un espacio indispensable de legitimación, que sólo se puede realizar si hay deliberación, apertura a las propias deliberaciones populares, madurando y experimentando el desarrollo legislativo como parte de una experiencia constructiva. La mejor defensa del proceso no puede ser otro que el ejercicio democrático, el ejercicio plural de la democracia, el ejercicio participativo y de control social. Al núcleo de poder todo esto le parece una pérdida de tiempo; para este grupo lo práctico y realista, contando con la mayoría absoluta, los dos tercios del Congreso, es ejecutar las medidas tomadas por el ejecutivo, operando con la aprobación del legislativo. Esta “certeza” en su “correcta” posición los empuja a exigir disciplina en el cumplimiento de lo que vendrían a ser ordenes. Esta “certeza” se afirma en la creencia de la claridad y objetividad de sus análisis de coyuntura. A pesar de varios traspiés del ejecutivo, no se inmutan de los errores, prefieren suponer que se trata de incomprensiones o, en el peor de los casos, de conspiraciones.

La experimentación del poder produce fenómenos peculiares; uno de ellos es lo que llamo la desconexión con la “realidad” efectiva; otro es que los propios conductores se cavan su propia tumba al descartar todas las defensas democráticas del proceso; preferir las defensas “militares”, las defensas “fortalezas”, creyendo que el cerrar filas es la mejor defensa. Lo único que han hecho con este comportamiento es aislar la “fortaleza” de la sociedad y empujar a la sociedad en contra de la “fortaleza”. Se trata de una conducta paradójica, una política de control que ocasiona consecuencias que no controla. Este aislamiento del poder es uno de los fenómenos más notorios en el desenvolvimiento político en la modernidad y capitalismo tardíos.

En relación a la crisis política, que es crisis del proceso, también crisis del Estado, por lo tanto crisis del poder, crisis manifestada en sus contradicciones profundas, hay dos interpretaciones que observamos por su simpleza y esquematismo; una es la que se coloca en una posición programática, dice que si hubiera habido un programa revolucionario, un partido revolucionario, compuesto por militantes profesionales, otro hubiera sido el cantar, el proceso hubiera sido revolucionario. Los que emiten esta interpretación se basan en lecturas parciales e incompletas de la revolución rusa, tienen como una caricatura de este acontecimiento histórico, una caricatura como la de los dibujos animados, donde los personajes pierden rasgos humanos y se caracterizan por representar una sola convicción y determinación reiterativas. Han dejado de lado la historia efectiva y la complejidad de situaciones que tuvo que atravesar esa revolución. Armados por una caricatura pretenden realizar una revolución pura en su propio país, noventa  y seis años después de este acontecimiento trascendental. Creen que se puede hacer una revolución como acto de voluntad y como logro de la imaginación. Por lo tanto, la crítica a lo que ocurre es deducida de esta interpretación esquemática; el proceso estaba destinado al fracaso pues esta conducido por pequeños burgueses, por una burguesía emergente; el populismo engaña a las masas y no observa las leyes dialécticas de la historia. La ausencia de la conducción del proletariado, de su dirección y programa revolucionarios, muestran de antemano el fracaso de este proceso.

Esta interpretación apoya la inmovilidad política a nombre de la pureza de la revolución. Esta interpretación en la actualidad, está lejos de la utilidad que tenía la versión inaugural de la revolución permanente y la tesis de transición difundida en la década de los años cuarenta del siglo pasado, cuando se aprobó la Tesis de Pulacayo. La utilidad de la Tesis de Pulacayo, fuera de formar parte de la constitución del proletariado minero boliviano, fue de servir de herramienta de interpretación de los procesos sociales y políticos en las formaciones sociales periféricas del sistema-mundo capitalista. Se convirtió después en el programa del proletariado boliviano y tesis de la COB. En aquél periodo heroico la teoría de la revolución permanente y la tesis de transición eran instrumentos interpretativos que se usaban para intervenir en las luchas concretas del proletariado y en las coyunturas específicas de la temporalidad política. No como ahora, cuando se ha reducido el discurso “revolucionario” a un esquematismo ingenuo, que sirve para inmovilizarse políticamente. No se participa en las luchas concretas del proletariado minero, que enfrenta las contradicciones más complejas del modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente. El proletariado minero ha sido abandonado de la preocupación activista, dejado en la experiencia contingente de un capitalismo salvaje. El sindicato de maestros no sustituye al proletariado, como se pretende en las actuales versiones de este discurso “radical”.

La anterior versión esquemática viene de la izquierda. Otra versión, mas simple, e incluso más ingenua, viene de la derecha. La “crítica” de los voceros de los partidos de derecha denuncian la corrupción, el autoritarismo, las políticas económicas provisionales del gobierno, como si éstos fenómenos administrativos no se hubieran dado en sus gobiernos neo-liberales. Colocan al pasado inmediato, cuando gobernaron, como si hubiera sido un ejemplo de paz y de institucionalidad. Como si el caos y el “barbarismo” se dieran en el gobierno de Evo Morales Ayma. Esto equivale a inventarse un paraíso terrenal en el pasado inmediato, descargando todos los males de la política al gobierno indígena y popular. El problema no es éste, justamente en esto no hay diferencia entre el presente gobierno y sus gobiernos pasados. El problema es que el presente gobierno se parece demasiado a sus gobiernos. En este sentido parece una continuidad de las viejas prácticas políticas, prebéndales, corrosivas, de los circuitos de influencia y las redes de corrupción. ¿Cuál es la diferencia? La corrupción era privilegio de los doctorcitos, ahora  se ha democratizado, se ha vuelto popular. Para esta derecha no pasó nada, no hubo crisis política del Estado, de la clase política, del modelo neoliberal, de los partidos políticos, de las formas y monopolios de la representación. Tienden a obviar la movilización general de 2000 al 2005, o optan por explicarla a partir de la conspiración; algo parecido a lo que hace el gobierno actual, sólo que al revés. Esta derecha continúa con su crítica a la Constitución, o la usa parcialmente, de una forma des-contextuada, para contrastar con lo que no cumple el gobierno; continúa su crítica al Estado plurinacional, defendiendo la unidad nacional, defendiendo al Estado-nación. En su ingenuidad no se da cuenta que precisamente en esto coincide con el gobierno, que ha restaurado al Estado-nación, que se enfrenta a las naciones y pueblos indígenas originarios, quienes exigen la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico. La propuesta de la derecha es ofrecer volver al Estado de derecho, que garantice la propiedad privada y la inversión extranjera, criticando las nacionalizaciones. Las nacionalizaciones se han reducido a compra de acciones, como se hace en otros lados, incluso en Estados Unidos, que es el modelo económico de la derecha neoliberal. El gobierno popular ha continuado, expandido y profundizado el modelo extractivista que ha preponderado en la historia económica de Bolivia. Este rasgo continúa, además de prorrogar la característica de Estado rentista. La diferencia radica en el discurso, y también en las medidas sociales de corto alcance, coyunturales, como las relativas a los bonos. El problema que no puede ver la derecha, pero si lo tiene claro el pueblo, es que la “revolución democrática y cultural” se ha quedado en el camino, más cerca de sus gobiernos neo-liberales, más lejos del horizonte abierto por la Constitución.

Con esto no se dice que el gobierno popular es lo mismo que los gobiernos neo-liberales, no se puede llegar a este extremo de no leer la diferencia, extremo a la que llega cierta izquierda supuestamente “radical”. El gobierno popular no es neo-liberal por la sencilla razón de que emerge de un proceso semi-insurreccional de luchas sociales que se enfrentan al modelo neoliberal (2000-2005), su política económica arranca con la nacionalización de los hidrocarburos, aunque haya sido imparcial, y continua con otras nacionalizaciones, aunque sean montajes propagandísticos, evidentemente efectuados por compras de acciones. Se propone fortalecer al Estado como empresario, aunque esto quede en planes y no terminé de realizarlos; además de inclinarse por la inversión social, aunque esto no termine de efectuarse en la gran escala que se requiere, con impacto en el mediano y largo plazo. Ciertamente hay parecidos, entre el gobierno popular y los gobiernos neo-liberales, principalmente en lo que respecta a las políticas económicas monetaristas. Empero estos parecidos no los convierte en equivalentes. Tampoco las empresas estatales en hidrocarburos y minerales se han librado del control técnico de las empresas trasnacionales, de la presencia de estas empresas en el campo económico. Sin embargo, es insostenible afirmar que se trata de un gobierno neo-liberal. El problema del gobierno popular no es que sea neo-liberal, aunque esté más cerca de los gobiernos neoliberales que de la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico; el problema del gobierno popular son sus contradicciones y limitaciones en el proceso de transformaciones, el haberse convertido en un obstáculo para el cumplimiento y la realización de las transformaciones estructurales e institucionales establecidas por la Constitución.

Los tejidos y manejos del poder del gobierno popular son una continuidad de los tejidos y manejos del poder de los gobiernos liberales, nacionalistas, dictatoriales, populistas y neoliberales anteriores, a lo largo de la historia política republicana. Estos tejidos y manejos tienen que ver con la formación de clientelas, por medio de procedimientos prebéndales, la reiteración de recorridos de circuitos de influencia, la reproducción de estructuras de corrosión y corrupción, las llamadas prácticas de poder paralelas. La formación de grupos afines, la mantención de personas de confianza, la conformación de redes de operadores. Ciertamente estas prácticas son más notorias en los gobiernos nacionalistas, en los gobiernos populistas y en el actual gobierno indígena y popular, pues sus bases sociales y convocatorias son ampliamente mayores que el apoyo y la convocatoria de los gobiernos liberales, dictatoriales y neo-liberales. Lo que interesa al respecto no es el cumplimiento de la norma, las leyes, la institucionalidad, la administración pública; lo que interesa en el hilado del poder, en el manejo de las relaciones de poder, es la configuración de amistades y complicidades como garantías personales en el cumplimiento de las políticas gubernamentales y la voluntad del núcleo conductor. Esta es una dimensión intersubjetiva del poder, de reconocimiento mutuo de los más afines de los afines, de los más leales de los leales, de los más confiables de los confiables. Los que reclaman plena institucionalidad de los cargos, entre ellos los convenios de los organismos internacionales, deberían saber que esta instancia de las complicidades personales se dan en todos los gobiernos del mundo. Si se quiere, se trata de la relación “afectiva” de las relaciones de poder. La seguridad de la fluidez de las directrices, de las transmisiones y las conducciones, radica, al final, en la confianza en los concebidos como suyos. La supuesta racionalidad, en sentido kantiano, de la administración del poder en el Estado moderno, no ha podido borrar estas prácticas y esta dimensión “afectiva” basada en las confianzas y complicidades.

Terminamos como comenzamos; uno de los secretos de las formas de reproducción del poder, de su conservación, prolongación, efectuación minuciosa, se encuentra en esta dimensión de las relaciones personales, intersubjetivas, de las amistades que sostienen una de las formas de efectuación de la política, una de las formas que llamaremos “afectivas” por la exigencia del reclamo de confianza que tienen los que conducen y gobiernan.

¿Cómo escapar de esta condena, de esta repetición de lo mismo? Se dice  que no hay peor derrota que no haber intentado. Las claves para intentar hacer otra cosa se encuentran en la Constitución; la definición del sistema de gobierno como democracia participativa, el ejercicio plural de la democracia; democracia directa, representativa y comunitaria. En el capítulo sobre participación y control social se define la participación como construcción colectiva de la decisión política, construcción colectiva de la ley y construcción colectiva de la gestión pública. También se encuentran claves en una propuesta de nueva gestión pública, trabajada en un equipo inter-ministerial, a cargo del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas, el Anteproyecto de Ley de Gestión Pública Plurinacional Comunitaria e Intercultural, donde se plantea, como base de las transformaciones estructurales e institucionales, encaminadas a la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, el pluralismo institucional, jurídico, administrativo, normativo y de gestiones. Se propone transformar la gestión mediante la planificación integral y participativa, con enfoque territorial, la ejecución y el seguimiento con control social, la evaluación participativa y la retroalimentación ajustada y corregida. Se propone además una gigantesca Escuela de Gestión Pública donde no solamente se formen los servidores públicos, sino también los que van a hacer control social. También se propone el gobierno electrónico, un gobierno paralelo virtual, que viabilice la transparencia, permita el acceso a la información, y logre la participación de todos, de la gente, de las organizaciones, de las comunidades. De la misma manera el Plan Plurinacional del Vivir Bien, que fue aprobado por el gabinete de políticas sociales de una manera insólita, pues buscaban un instrumento para mejorar la baja gestión y la baja ejecución, sin atender a concepción que recogía de la Constitución los tres modelos de transformación estructural; el modelo político del Estado plurinacional comunitario; el modelo territorial, expresado en el pluralismo autonómico; y el modelo económico, concebido como economía social y comunitaria. Los tres modelos eran contenidos, atravesados y articulados por el macro-modelo del Vivir Bien. En esta perspectiva, de los instrumentos de la transformación, se contaba también con el Anteproyecto de Ley de la Madre Tierra, elaborado por el Pacto de Unidad, después convertido en Proyecto de Ley, en discusión y acuerdos con el gobierno y la Asamblea Legislativa. Este proyecto, que conservaba el espíritu del anteproyecto, fue desecho por el gobierno y la Asamblea Legislativa, sin respetar los acuerdos con las organizaciones sociales, para elaborar una ley más de desarrollo integral que de la madre tierra. Como puede verse, se contaban con propuestas para una transición transformadora; sin embargo, todo esto ha sido descartado por el gobierno y el núcleo de poder. Han preferido ignorar los mandatos constitucionales y descartar la discusión del Anteproyecto de Ley de Gestión Pública Plurinacional Comunitaria e Intercultural, así como el Plan Plurinacional del Vivir Bien, del mismo modo la Ley de la Madre Tierra. La vocación del gobierno no es precisamente democrática, participativa, tampoco transformativa. Como hemos dicho, su vocación es conservar y prolongarse en el poder. Este rasgo no lo distingue de los otros gobiernos de la historia política de Bolivia.

       

        

                                                                                     

 

 

 

 

 

 

¿Quiénes son los enemigos?

 

El presidente, en el Ampliado del MAS, en Cochabamba, declara enemigos a los y las que critican al gobierno y al MAS. Vamos a intentar un análisis de las connotaciones, teóricas y políticas, de esta declaración hostil.

 

 

El concepto de lo político

 

Una idea estructurante de la política ha sido la definición del enemigo. La política se ha conformado y constituido en esta práctica constante de definición del enemigo. Carl Schmitt ha planteado una teoría en relación a esta concepción de la política. En el Concepto de lo político Carl Schmitt escribe: La diferenciación específicamente política, con la cual se pueden relacionar los actos y las motivaciones políticas, es la diferenciación entre el amigo y el enemigo[104]. Refiriéndose a esta diferenciación básica de lo político el teórico nacional socialista dice: La diferenciación entre amigos y enemigos tiene el sentido de expresar el máximo grado de intensidad de un vínculo o de una separación, una asociación o una disociación. Un poco más abajo aclara:

 

El enemigo político no tiene por qué ser moralmente malo; no tiene por qué ser estéticamente feo; no tiene por qué actuar como un competidor económico y hasta podría quizás parecer ventajoso hacer negocios con él. Es simplemente el otro, el extraño, y le basta a su esencia el constituir algo distinto y diferente en un sentido existencial especialmente intenso de modo tal que, en un caso extremo, los conflictos con él se tornan posibles, siendo que estos conflictos no pueden ser resueltos por una normativa general establecida de antemano, ni por el arbitraje de un tercero

"no-involucrado" y por lo tanto "imparcial".

 

Refiriéndose a la definición de enemigo, Carl Schmitt escribe:

 

El enemigo no es, pues, el competidor o el opositor en general. Tampoco es enemigo un adversario privado al cual se odia por motivos emocionales de antipatía. "Enemigo" es sólo un conjunto de personas que, por lo menos de un modo eventual — esto es: de acuerdo con las posibilidades reales — puede combatir a un conjunto idéntico que se le opone. Enemigo es solamente el enemigo público, porque lo que se relaciona con un conjunto semejante de personas — y en especial con todo un pueblo — se vuelve público por la misma relación. El enemigo es el hostis, no el inmicus en un sentido amplio; el polemios, no el echthros.

 

Este teórico nacional socialista construye el concepto de lo político a partir de la identificación del enemigo. Debemos anotar que Carl Schmitt es tomado en cuenta tanto por la intelectualidad de derecha como de izquierda, está última sobre todo por sus proximidades a la definición del enemigo y al concepto de lo político en la teoría de la lucha de clases. Carl Schmitt se apasionó con las tesis políticas bolcheviques y el concepto de guerra prolongada de Mao Zedung, considerando tanto las tesis del enemigo de clase, así como también la estrategia insurreccional y la táctica guerrillera.  Se comprende, de alguna manera, esta suerte de afinidad o empatía de un teórico que concibe la política como hostilidad con las tesis bolcheviques y maoístas, que derivan de la teoría de la lucha de clases, aunque se coloquen en diametrales y opuestas posiciones políticas. Se puede explicar ciertos parecidos debido a la concepción de lo politico y la práctica política experimentada como hostilidad. La política aparece como continuidad de la guerra. Empero, lo que queremos anotar, por el momento, es la definición del enemigo como enemigo público, no privado, no personal. ¿Qué consecuencias tiene esta definición?

 

Enemigo es otro bloque capaz de combate. No personas individualizadas. Cuando el presidente declara en el Ampliado del MAS de Cochabamba que son sus enemigos ciertas personas que critican al gobierno y al MAS, quienes ocuparon funciones en el gobierno, ¿qué quiere decir? ¿Son enemigos privados, personales, o enemigos públicos? En el primer caso, de acuerdo a la definición de Carl Schmitt, no serían enemigos políticos; en cambio, si se trata del segundo caso, lo son. Ahora bien, ¿de qué modo lo son? ¿De qué bloque forman parte? El presidente forma parte de un bloque de poder, bloque que ya tiene el control del gobierno y del Estado, que cuenta con el apoyo innegable de su partido, el MAS, además de las dirigencias de las organizaciones campesinas, la simpatía popular, aunque parece mermada por un desgaste sufrido, sobre todo durante la segunda gestión de gobierno. ¿Cuál es el bloque del que forman parte los enemigos nombrados por el presidente? ¿La clase media, como ha mencionado en su “tesis sociológica”? ¿Es entonces la “clase media” la enemiga? ¿Quiénes forman parte de la “clase media”? Según ciertos usos sociológicos marxistas, los que no son ni burgueses ni proletarios, están al medio. ¿Los campesinos son “clase media”? Para algunos marxistas, si. Parta otros, debemos hablar de lucha de clases en el campo, donde se dan dos tendencias; una, la mayoritaria, la tendencia a la proletarización; dos, la minoritaria, la tendencia al aburguesamiento. En las ciudades serían “clase media” los artesanos, los cuenta propistas, los que se baten en la nominada “economía informal”; por lo tanto, también afectados por la tendencia a la proletarización. Así como se identifica como “clase media” a los profesionales, a los pequeños y medianos propietarios de casas, automóviles, incluso terrenos, a los que cuentan con un pequeño capital, guardado en los bancos. Sobre todo en las grandes urbes se congregan estos conglomerados variantes y diferenciales de las llamadas “clase media”. ¿Entonces el gobierno del MAS enfrenta a la “clase media”? ¿El MAS contiene a parte de la llamada “clase media”? ¿Sus ministros, sus asambleístas, sus funcionarios, la mayoría de sus militantes, no son “clase media”? ¿De qué se trata entonces? ¿A qué “clase media” enfrenta el presidente?

 

Por otra parte, ¿las personas mencionadas defienden los intereses de la “clase media”? Por lo que se conoce de sus discursos, declaraciones y críticas, el conflicto con el gobierno tiene que ver con la defensa de los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, con la defensa de la Constitución, con la defensa de los postulados descolonizadores, con la defensa de los recursos naturales frente a un matizado dominio de las empresas trasnacionales, la defensa del proletariado nómada, la defensa del proyecto de Estado plurinacional comunitario y autonómico. Estas defensas no pueden circunscribirse a la defensa de los intereses de la “clase media”, aunque en parte la contengan. ¿Entonces cuál es el enfrentamiento político? ¿En el fondo, efectivamente, qué defiende el presidente?

 

Por ejemplo, en el conflicto del TIPNIS, ¿a quién defiende? Se enfrenta a las comunidades del territorio indígena comunitario imponiendo la construcción de una carretera que pasaría por el núcleo del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure. ¿Defiende los intereses de los sindicatos campesinos productores de la hoja de coca del Bloque 7? ¿Defiende los intereses de la Federación del Trópico de Cochabamba, por lo tanto de de los campesinos productores de la hoja de coca del Chapare? ¿Defiende los intereses de las concesiones petroleras a PETROBAS y PDBSA en la zona boscosa del TIPNIS; lo que vendría a ser el núcleo del área protegida? ¿Defiende los intereses mutuos del gobierno boliviano y el gobierno brasilero, comprometidos en convenios y préstamos para financiar la construcción de la carretera? Al respecto, en relación a este cuestionario descriptivo, sería más complicado preguntarse si ¿defiende el desarrollo frente al subdesarrollo, como pretende cierto discurso oficial de propaganda? También sería más complicado preguntarse si ¿defiende los intereses de la integración del país frente a la “ocupación imperialista” de la Amazonia, como pretende el libro del vicepresidente sobre la Geopolítica de la Amazonia? Estos grandes temas ya no son descriptivos, requieren una polémica más teórica, polémica que tocamos en otros textos. Ahora, preferimos mantenernos en un plano descriptivo, para poder abordar la problemática de los bloques enfrentados en la política boliviana, en la coyuntura presente.

 

No vamos a exponer nuestras hipótesis sobre los intereses que están detrás de las políticas del gobierno, ya lo hicimos en otros escritos[105]. No se trata de eso, de una interpelación o, en su caso, una denuncia, sino comprender qué significado tiene el declarar enemigos a los/las críticos/cas del gobierno y el MAS. ¿Entonces, por qué son enemigos del gobierno y del MAS? Lo primero, el ser enemigos del gobierno, parece comprobarse cuando los críticos denuncian a un gobierno entreguista, un gobierno anti-indígena, un gobierno contra-proceso, un gobierno que está en contra de la Constitución. Independiente que sea cierto o no lo que dicen, lo que queda claro es que están contra el gobierno. Lo segundo es más complicado resolver, pues las interpelaciones de los/las críticos/cas parecen dirigirse a la militancia de base para que reaccione y se incorpore a la re-conducción el proceso. Eso por lo menos quedó claro en el documento del Manifiesto de re-conducción del proceso de cambio. Hay por cierto calificaciones fuertes respecto del MAS como, por ejemplo, nuevo populismo, partido prebendal y clientelar, instrumento reducido a la convocatoria electoral, incluso se usan calificaciones más duras; sin embargo, todavía no se puede deducir que los/las críticos/cas consideren al MAS como el bloque enemigo, aunque el presidente considere enemigos del MAS a los/las critos/cas. El juego de la interpelación todavía mantiene el tono de la convocatoria a las bases. Como se puede ver, no es tan simple resolver estos dilemas, aunque el presidente los considere sus enemigos.

 

¿Ser enemigo del presidente es ser enemigo del MAS? Seguramente buena parte de la dirigencia del MAS considera que es así. ¿Es el presidente el MAS? También una parte de la dirigencia probablemente crea que es así. ¿Entonces, que son ellos/ellas si el presidente es el MAS? Si el MAS no tiene vida propia, dinámica organizativa y deliberativa, no hay partido; sólo hay un líder y la proyección de su sombra inhibidora. No se trata de negar el papel articulador de Evo Morales Ayma en la conformación y crecimiento del MAS; es indudable que Evo Morales es un acontecimiento político. ¿Pero, seguirá siéndolo? ¿Ahora, articula o desarticula, teniendo en cuenta los últimos conflictos? ¿Cohesiona o des-cohesiona? ¿Su figura interpela al poder, como lo hacía antes, o, mas bien, legitima el poder, como parece hacerlo ahora; por lo tanto, ya no interpela? En este sentido, ¿Qué significa ser enemigo del MAS? ¿De cuál MAS? ¿De la masa de votantes, de los militantes de base, de la organización misma, del movimiento que sufre su propio desgaste, de la dirigencia, de la cúpula, de la camada de llunk’u, del caudillo? Tampoco se trata de disputarle el MAS al presidente, es indiscutiblemente su líder. Se trata de comprender qué está en juego en eso de enemigos del MAS.

 

De aquí en adelante algunas hipótesis. La primera: Lo que está en juego es un estilo de gobernar y un estilo de conducir el MAS, un estilo de partido. Un mando concentrado, personalizado, apoyado por un grupo estrecho y de confianza de colaboradores. Lo que está en juego es una estructura vertical de obediencia, donde no se admiten a los “libre pensadores”. Lo que sí se puede tolerar, incluso incentivar, es el control y la disputa territorial de los sindicatos y las regiones. Empero, este gremialismo y regionalismo no sustituye a la vida política del partido, no llena la ausencia de dinámica política y de formación del partido. Lo que está en juego es una forma de gobierno parecida a la de los anteriores gobiernos, centralizada, basada en la obediencia burocrática, en la funcionalidad administrativa, que no ha cambiado, en una normativa liberal vigente y en gestiones entrabadas en la gravidez de su propia pesadez aparatosa. No vamos a entrar en otros temas, tocados en otros escritos, como los relativos al Diagrama de poder de la corrupción. Nos quedaremos con el alcance de la hipótesis hasta aquí.

 

Desde esta perspectiva, el presidente defiende estas características del MAS y del gobierno. Bajo el entendido que la situación es esta, entonces no se puede ser sino enemigos de estas características inhibidoras y despolitizadoras, además de carismáticas y verticales. Este estilo disuelve la dinámica propia de un partido, lo empuja a la inmovilidad y al quietismo, a la ausencia de deliberación y a la falta de reflexión, dejando estas “capacidades” en manos de una cúpula. Se hace evidente la peligrosidad de este estilo; es destructivo, quita las defensas y desaparece la capacidad creativa.

 

 

Crítica del concepto de lo político

 

Jacques Derrida hace la crítica al Concepto de lo político de Carl Schmitt, concepto sustentado en la diferenciación pura de amigo/enemigo. Pone en cuestión la pureza imposible de esta delimitación, además de anotar que no puede escapar a la polémica inserta en todo concepto; polemos donde se toma partido y no se puede pretender estar suspendido sobre los posicionamientos enfrentados[106]. Al respecto escribe:

 

Esta confusa impureza depende del hecho, que recuerda Schmitt, de que todos los conceptos tienen un “sentido polémico”, y esto, como vamos a ver, de dos maneras: son conceptos de lo polémico, y se los pone en práctica  siempre en un campo a su vez polémico. Estos conceptos de lo polémico no se dan más que en uso polémico[107]

 

Un poco más abajo anota:

 

Schmitt hace esfuerzos, que nos parece aquí desesperados, avocados a priori al fracaso, para sustraer a cualquier otra pureza… la impureza de lo político, la impureza propia y pura del concepto o del sentido “político”. Pues pretende además, a eso no renunciará nunca, que el sentido polémico de esa pureza de lo político sea, en su impureza misma, todavía puro[108].

 

Vamos a insistir en este tema de la impureza pura y de la pureza impura, pues aquí se encuentra la clave de la crítica al concepto de lo político de Schmitt. Derrida anota:

 

Schmitt querría poder contar con la pura impureza, con la impura pureza de lo político como tal, de lo propiamente político. Querría, este es su sueño platónico, que ese “como tal” siga siendo puro allí donde se contamina. Y que ese “como tal” elimine nuestras dudas en lo que se refiere a qué quiere decir “amigo” o “enemigo”. Más concretamente, y la diferencia es importante aquí, la duda, ante todo, no debe desaparecer por lo que se refiere a quién es el amigo y quién es el enemigo. Para que haya algo así como lo político, hay que saber quién es quién, quién el amigo y quién el enemigo, y hay que saberlo no al modo de un saber teórico, sino al modo de una identificación práctica: saber consiste aquí en saber identificar el amigo y el enemigo[109].                                   

 

El concepto de lo político de Schmitt no deja de ser estatal, aunque el mismo teórico diga que el Estado presupone el concepto de lo político. Derrida escribe:

 

El Estado presupone lo político, ciertamente, y en consecuencia se distingue lógicamente de éste; pero el análisis de lo político, stricto sensu, y de su núcleo irreductible, es decir, la configuración amigo/enemigo, tiene que privilegiar, desde el punto de partida y como único hilo conductor, la forma estatal de esta configuración: dicho de otro modo, el amigo o el enemigo como ciudadano[110].

 

¿Qué significa que Schmitt no deje la matriz estatal en la elaboración del concepto de lo político? Que lo político se piensa en relación al Estado; no se está en condiciones de pensar lo político más acá y más  allá del Estado. No se piensa, por ejemplo, la posibilidad de lo político en contraposición al Estado, en lucha contra el Estado. Esta es otra de las características de los movimientos revolucionarios, su enfrentamiento con el Estado. Esta posición no es sólo distintiva de las tendencias anarquistas, sino también de las tendencias marxistas, en los momentos más intensos de su crítica e interpelación al poder, en las enunciaciones más radicales de la crítica política. El texto de juventud de Marx de la Crítica a la filosofía del Estado de Hegel expresa muy bien esta concepción anti-estatalista; posición que adquiere concreción histórico-política con la experiencia de la Comuna de Paris. Por lo tanto, la lectura de Carl Schmitt de la literatura política marxista es sesgada; sólo le interesa la analogía de la definición del enemigo; obvia completamente la critica teórica y política del Estado. En las experiencias histórico-políticas de la modernidad, una parte de los recorridos más significativos de los movimientos revolucionarios corresponde a su lucha contra el Estado. Entonces no se puede decir que no hay política fuera de la gravitación estatal; incluso se puede decir, que la política emerge, aparece, se realiza, precisamente cuando las dinámicas y acciones que la componen escapan a la captura estatal. Se puede decir que cuando la política es capturada por el Estado la política deja de ser, ya no se hace política; se gobierna, se efectúa una forma de gubernamentalidad, se administra,  se accionan políticas públicas, que es la forma institucional de la gestión. Incluso cuando se hace oposición al gobierno se lo hace dentro de la esfera estatal; este ejercicio no es la práctica radical de la política, sino el hacer de oposición bajo las reglas del juego estatales. La política mas bien desborda los límites estatales, desconoce sus reglas del juego, pone en suspenso los mecanismos de dominación, se desplaza como tormenta con la energía de la potencia social.

 

Se puede pensar entonces otro concepto de lo político, no tejido por el hilo conductor estatal, un concepto de lo político que se figura como La sociedad contra el Estado[111]. La pregunta, en este caso, es ¿si la distinción amigo/enemigo, la definición del enemigo, juega algún papel en este concepto de lo político como crítica, interpelación, acción contra el Estado? Si fuese así, el Estado tendría que ser el enemigo; empero, el Estado no puede ser enemigo, no es alguien, es estructura, es institución, es diagrama. ¿Si el Estado no es el enemigo, qué es? Tampoco es el amigo, por las mismas razones. El Estado, en pleno sentido de la palabra, es el Orden. Un Orden conformado como espacio estriado, como campo de captura, como zonas de retención y clasificación de fuerzas, como concentración simbólica y disponibilidad física de fuerzas. La política se opone al Orden, la política se opone a la policía, como dice Jacques Rancière[112]. La política es posible como alteridad, como posibilidad y efectuación de desplazamientos respecto de las estratificaciones del Orden. La política se realiza como crítica, interpelación, acción de desborde, desplazamiento de lo estatal, de lo ordenado, de lo clasificado y normado. La política es polémica, es polemos, es, como dice Rancière, el desacuerdo mismo, la desmesura, respecto a la representación.

 

Desde esta perspectiva, la distinción amigo/enemigo, la definición del enemigo como política, no es otra cosa que una clasificación estatal, no política. Es el Estado el que define el enemigo del Estado, el enemigo público. El enemigo del Estado es el/la, los/las, que se oponen al Estado. De manera concreta, en relación al contexto de esta sui generis declaración de enemigos, de “mis enemigos”, se trata de los/las que se oponen a un Estado en tanto estado de cosas, orden particular, hablamos de un Estado-nación subalterno, por lo tanto un estilo de gobierno que reproduce la subalternidad del Estado. Del lado de los/las que se oponen, hablamos de una propuesta de alternativa, de una transformación el Estado, una transformación pluralista, comunitaria y autonómica. Estos son los/las enemigos/as del presidente.

 

Ahora bien, la teoría de la lucha de clases define un enemigo, el enemigo de clase. ¿Quiere decir esto que los marxistas, los bolcheviques, en particular, no salieron de la clasificación estatal, por lo tanto de la esfera estatal? ¿Por eso  mismo terminaron reproduciendo las clasificaciones y el orden estatal? Esta es una interpretación factible y quizás hasta adecuada; sin embargo, es posible otra interpretación. Si bien las clases suponen una clasificación estatal, aunque provengan de una clasificación económica, de acuerdo a su posición en el modo de producción capitalista, el “fin”, déjenos utilizar esta palabra teleológica, de la lucha de clases es la desaparición de las clases, por lo tanto también la desaparición del Estado. El sentido radical de la teoría de la lucha de clases es anti-estatalista. Por lo tanto, en consecuencia, lo más intenso del marxismo, lo más radical e interpelador, declara la guerra al Estado, además de declarar la guerra al capitalismo.

 

Desde la perspectiva de la interpelación indígena, desde la guerra anticolonial y la lucha descolonizadora, la guerra también se la declara al Estado, en su forma de Estado-nación, considerado el dispositivo colonial del orden imperial por excelencia. La alternativa es sociedades contra el Estado; las comunidades, los ayllus, como alternativas al Estado. No es casual pues que los hombres del Estado-nación subalterno declaren a las organizaciones indígenas, que defienden sus territorios, enemigos, manejados por ONGs y por el imperialismo. Sólo que del imperialismo del que hablan es el fantasma del imperialismo del siglo XIX y parte del siglo XX, no se refieren a las formas del imperialismo presentes y efectivas hoy, que tienen que ver con el dominio del sistema financiero mundial y la expansión desmesurada del modelo extractivista del capitalismo, que reitera violentamente la forma de acumulación por desposesión y despojamiento de los recursos naturales. Estos hombres del Estado-nación encubren las formas de dominación efectivas del imperialismo contemporáneo.

 

 

La guerra, el concepto y la metáfora

 

La guerra quiere decir conflicto armado; según el diccionario etimológico viene del germánico werr, cuya fuente es el alemán antiguo werra, que significa confusión, discordia, contienda; también proviene del indoeuropeo wers, que quiere decir confundir. Sorprendentemente se encuentra en una familia lingüística donde se hallan los términos barrendero, barrer, basura[113]. Se dice que no se puede hablar de hostilidades prolongadas hasta bien entrada la edad de piedra, cuando la comunidad logró un relativo grado de organización. Se constata esto arqueológicamente por la presencia de fortificaciones. La guerra parece formar parte intrínseca de las historias de las sociedades humanas, de sus memorias, de sus experiencias pasadas y presentes, también de sus expresiones artísticas y literarias, que figuran estos recuerdos intensos. La guerra, según Carl Schmitt es la hostilidad extrema, no solo como efectuación, sino también como posibilidad[114]. En este caso no hablamos del enemigo, en el sentido de inmicus, sino de hostis; si se quiere, el enemigo extremo, el hostil. Alguien al que se puede matar, al que hay que matar, alguien que es posible matar, sin problemas morales o jurídicos, pues se trata de la guerra, donde se suspenden los derechos. Según Schmitt el concepto político antecede al Estado y la política tiene como matriz la guerra; la política vendría a ser una prolongación de la guerra por otros medios. Entonces, de acuerdo a esta interpretación, el sentido ancestral, “originario”, de la política se encontraría en la guerra, en el concepto de la guerra, como experiencia o posibilidad. Empero, para este autor, la guerra extrema, siendo la guerra la hostilidad extrema, es la guerra civil, la guerra fratricida. Con esto, llegamos a la paradoja de que el enemigo extremo, el hostis, es el hermano. Derrida escribe a propósito en Políticas de la amistad lo siguiente:

 

No habría una cuestión del enemigo – o del hermano -. El hermano o el enemigo, el hermano enemigo, ésa es la cuestión, la forma cuestionadora de la cuestión, esa cuestión que yo planteo porque ella se me plantea a mí en primer lugar. Yo la planteo solamente desde el momento que cae sobre mí sin miramientos, en la ofensiva y en la ofensa. En el crimen o en el agravio. La pregunta me hiere, es una herida en mí. Sólo la planteo, esta pregunta, solo la planteo efectivamente allí donde me pone en cuestión. Agresión, traumatismo, guerra. El enemigo es cuestión, y mediante el hermano, el hermano enemigo, aquélla se asemeja originariamente, se asemeja indiscerniblemente al amigo, al amigo de origen (Freund) como amigo de alianza, hermano jurado, de acuerdo con el “juramento de fraternidad”, Schwurbrüderschaft. La pregunta está armada. Es el ejército - amigo enemigo[115].

 

El enemigo es el hermano. Podríamos extremar esta hermenéutica extremista y llegar a decir el enemigo es uno mismo. Esta declaración de enemigo, la concepción que encierra esta declaración, no solamente convierte la política, la diferencia política, en una guerra, en una hostilidad extrema, sino que abre la posibilidad de convertir la pugna política en un asesinato. Esta concepción de la política ha llevado al ejercicio político, a la paranoia política, a cometer el crimen político. La historia política, en sus momentos más extremos, está plagada de asesinatos políticos. Uno de los casos más notorios es el asesinato de los miembros del comité central del Partido Comunista de la Unión Soviética, ordenados por Stalin, el único miembro del comité central que quedó vivo. A esto fue reducido el centralismo democrático.

 

El convertir la política de manera inmediata en una guerra, abre la posibilidad, en el sentido que usa esta palabra Carl Schmitt, en convertir, de manera inmediata, al enemigo político en enemigo de guerra; por lo tanto, abre la posibilidad de comprender como necesidad su inminente destrucción, justificada como acto de guerra. La pasión política, el fanatismo político, la paranoia política, llevan indefectiblemente a esta posibilidad. Tal parece, que cuando se llega a un callejón sin salidas, cuando no se ven salidas para el conflicto, la contradicción la diferencia política, la única salida que se encuentra es la destrucción del enemigo, la guerra, ya sea efectiva o, en su caso, como concepto, posibilidad, y también, si se quiere, como metáfora. La guerra entendida como exterminio.

 

Después de dicho todo esto, la pregunta es: ¿Por qué no se acepta, no se tolera, la crítica? ¿Se cree que se está en la verdad suprema, fundamental, qué se es la verdad misma, ya no solamente en el sentido yo soy el Estado, sino yo soy el proceso de cambio? ¿Se cree que esto da derecho absoluto a extirpar la crítica, prohibir el pensamiento libre, incluso y sobre todo en las filas y partícipes del proceso, en tanto lucha de multitudes, movimientos sociales anti-sistémicos, naciones y pueblos indígenas originarios, proletariado nómada y pueblo boliviano? ¿O, viendo, desde otra perspectiva, se tiene la recóndita intuición de garrafales errores, de desfases irremediables, en la conducción del proceso, por lo tanto, se deduce, sin mucha convicción, que se trata de cerrar filas? En uno u otro caso, la muerte de la crítica equivale también a la muerte del proceso de cambio; esto significaría la muerte de las dinámicas moleculares propias de la vida de un proceso vital.                

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Reflexiones sobre el “proceso” de cambio[116]

 

Supongo que lo que interesa a la carrera de filosofía de la UMSA, que es la auspiciadora de este seminario, que precisamente pretende reflexionar sobre el proceso político. No tanto así como efectuar reflexiones políticas, sino teóricas, aunque, como dice Françoise Lyotard, la filosofía hace política. Intentaremos entonces una reflexión teórica sobre el llamado proceso de cambio. ¿Qué es entonces lo primero que tenemos que poner sobre la mesa de reflexión acerca del proceso? ¿La caracterización del proceso? ¿Las contradicciones del proceso? ¿Un análisis comparativo con otros procesos políticos? ¿Cómo caracterizar el proceso? ¿A partir de cómo la definen sus protagonistas? ¿A partir de la crisis de dónde emergió? Comenzaremos por definir la crisis de donde emergió el proceso; entonces comenzaremos por la caracterización de la crisis.

Como estamos en un seminario de filosofía, que se propone reflexionar sobre el proceso político, debemos priorizar, se supone, la reflexión teórica; entonces es conveniente definir dos conceptos iniciales de la reflexión, crisis y proceso. Etimológicamente crisis quiere decir momento decisivo, situación inestable; viene del latín crisis y del griego krísis, que significa punto decisivo, viene de krínein, que quiere decir separar, decidir[117]. Desde la perspectiva médica se ha hecho hincapié en el sentido de descompensación fisiológica; una ruptura del equilibrio fisiológico. De ahí al concepto de crisis en la teoría de sistemas no hay mucho trecho; la teoría de sistemas habla de crisis cuando el sistema, los subsistemas componentes, los intercambios entre ellos, la retroalimentación con el entorno, ya no puede darse; ya no hay posibilidades de reproducción del sistema. El sistema entra en crisis. Ciertamente es un concepto abstracto, tiene el sentido de crisis estructural y sistémica. Jürgen Habermas  la ha usado en este sentido, dándole también la tonalidad de problemas de legitimación. El marxismo se ha referido a la crisis haciendo referencia a la crisis estructural y orgánica del capitalismo, crisis descifrada a partir de la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción, interpretada a partir de las dificultades para mantener la tendencias ascendentes de las tasas de ganancia; crisis que también es entendida, en un marco general, como crisis de acumulación, crisis de sobre-producción, también crisis de la reproducción del modo de producción capitalista. De aquí, se pasa a las consecuencias políticas y a las crisis sociales; las crisis políticas son entendidas como crisis del Estado, las crisis sociales son interpretadas desde la intensidad de la lucha de clases. Los análisis políticos, casi en general, hablan de crisis refiriéndose a hechos diferentes; crisis de gobierno, crisis de representación, crisis del sistema de partidos políticos, crisis coyunturales específicas. Como se podrá ver, el término crisis se presta a un abanico polisémico amplio; empero, de todas maneras, no pierde su raíz; momento decisivo, situación inestable, incluso momento de ruptura, de separación.

En Bolivia se ha hablado de crisis de una manera connotativa más o menos amplia; se ha hecho alusión a una crisis múltiple del Estado, caracterizando al Estado como Estado colonial, aunque la referencia se la hacía al Estado-nación. En este contexto connotativo, la referencias más puntuales se dirigían a la crisis del modelo neoliberal, a la crisis de los gobiernos neoliberales, a la crisis de representación, a la crisis del sistema de partidos; aunque también las connotaciones alcanzaban a la crisis de la sociedad y el Estado boliviano. Interesa detenerse en estas lecturas de la crisis o, mas bien, en esta lectura del acontecer político desde la crisis.

Como se trata de reflexiones teóricas, que también llamaremos problemas filosóficos, relativas a la experiencia del proceso de cambio, vamos a tratar de identificar problemas teóricos en los análisis, las interpretaciones y los discursos referidos a la contingencia política, social, económica y cultural del proceso. En adelante haremos un repaso a lo que consideramos los principales problemas teóricos del análisis y de la crítica de la política.

Un primer problema aparece con el atributo mismo de las teorías; se trata de cuerpos hipotéticos y de tesis que arman explicaciones lógicas de los acontecimientos que observan, convertidos, si se quiere, en “objetos” de estudios. El problema no se encuentra en que los acontecimientos se conviertan en “objetos” de estudio, sino en la forma como lo hace y lo logra esta mirada, que es la teoría. La teoría forma parte del mundo como representación. Para que se entienda bien, no se desecha la teoría, el servicio de la teoría en la construcción de explicaciones y en la formación del conocimiento; el problema radica en el uso que se hace de la teoría. Los usos teóricos, al otorgarle una significación estructurada a los acontecimientos que estudian, terminan no sólo representando estos acontecimientos, en forma de recortes de realidad, sino que son concebidos como si funcionaran desde la lógica preformada por los cuerpos teóricos. Las analogías encontradas entre lógicas teóricas y las “secuencias” de los procesos inherentes a los acontecimientos ayudan a esta sustitución de los procesos por las lógicas. Indudablemente estas “reducciones” ayudan a explicar los hechos, los sucesos, los eventos y los acontecimientos, a través de la comprensión de relaciones, de estructuras, de sistemas, de composiciones más o menos complejas. Sin embargo, no hay que olvidar nunca que, el acontecimiento no es representación, no es “realidad”, que es otra representación, sino la diferencia absoluta irreductible. Por otra parte, la misma teoría experimenta su propia transformación; las teorías concurren mejorando, adecuando, desplazando, renovando e inventando nuevas explicaciones. Ciertas teorías quedan rezagadas en relación a la aparición de nuevas problemáticas, que son el resultado del desplazamiento de los horizontes de visibilidad y decibilidad de la experiencia. Otro problema radica entonces en las resistencias de las teorías a quedar descartadas; se empecinan por mantenerse, creando, como dice Karl Popper, hipótesis ad doc[118]. Al respecto de este empecinamiento, obviamente no se trata del empecinamiento de las teorías, pues éstas no son sujetos, como suelen convertirlas, por una especie de fetichismo teórico, sino del empecinamiento de los sujetos que usan las teorías. Cuando esto ocurre, se da lugar como a por lo menos tres desfases; primero, en relación a la que identificamos anteriormente, el desfase entre representación y acontecimiento; segundo, el desfase entre teoría y problemática; tercero, el desfase entre la problemática misma y otras problemáticas posibles, que se encuentran opacas o invisibles a la mirada teórica.

En relación a estos desfases, los mejores “instrumentos” para recorrer estas distancias y re-articular los desfases son: en primer lugar, la intensidad y la expansión de la experiencia social; en segundo lugar, la crítica. La virtud de la crítica es que hace visible las problemáticas, identifica los límites de las teorías y busca replanteamientos estructurales. La vitalidad de la experiencia social es que extiende, desplaza, los horizontes de visibilidad y decibilidad, por un lado, y profundiza los espesores de la subjetividad. Ambas, la crítica y la experiencia, nos permiten, posibilitan, no solamente desplazar los horizontes epistemológicos, sino también y sobre todo, replantear las relaciones y articulaciones entre teoría, experiencia, subjetividad y la experiencia de los acontecimientos.

Como dijimos a un principio, la discusión que nos trae es política; entonces también hablamos de la pasión política, de la pasión como substrato de la política. El discurso político es mucho menos cuidadoso que el discurso teórico; no se hace problema si se trata de representaciones, si estas representaciones son cuestionables y contraen problemas de configuración. Usa el discurso como si éste hablara directamente de “realidades”; no hay ni siquiera una pretensión de verdad, sino, mas bien, una pretensión de “realidad”. El discurso político está directamente vinculado con la fuerza que se emplea respecto a las materias y objetos de poder. El discurso político acompaña a la fuerza; no está para demostrar su verdad, sino está para legitimar la fuerza que se emplea. Entonces, cuando tratamos con el discurso político, no solamente respecto al horizonte de las representaciones, sus límites, en relación a la complejidad del acontecimiento, sino cuando estamos ante los límites mismos de una “ideología”, en pleno sentido de la palabra, como fetichismo del poder, estamos ante un discurso que se considera la expresión misma de la “realidad”, produce “realidades”. 

El discurso político es un dispositivo para la acción, no se plantea problemas de verdad, no tiene exactamente pretensiones de verdad, sino que, le interesa directamente incidir en los hechos. Si el discurso político alude a teorías, no lo hace tanto para manifestar su pretensión de verdad, tampoco para reflexionar sobre su propia actuación, sino que usa los fragmentos teóricos como herramientas en su disposición para la acción. Ahora bien, el discurso político puede entrar a la acción con pretensiones emancipatorias o, en su caso, de manera opuesta, puede hacerlo con pretensiones institucionales, buscando el apoyo a las políticas públicas. En ambos casos, el discurso político forma parte de la acción; en un caso, contestataria, o, de lo contrario, reforzando la institucionalidad del Estado. Lo que hay que tener en cuenta es esta característica del discurso político; desde esta perspectiva parece vano entrar en debate teórico o, si se quiere, científico con el discurso político. Aunque se dé una especie de comunicación, incluso se den respuestas por parte del discurso político, esto no quiere decir que asistimos a un debate teórico o científico, sino a un intercambio discursivo donde no se modifica el funcionamiento de la política, que produce “realidades”, tampoco el funcionamiento y las lógicas teóricas, que produce verdades. Las prácticas políticas se fortalecen, por la manera cómo manejan las teorías; las fragmentan y las usan para apoyar los propios objetivos, que son mas bien posicionamientos. Las teorías terminan vulgarizadas y de alguna manera devaluadas por este uso político; rara vez ocurre que el uso de las teorías, en los escenarios políticos, derivan en una interpelación con efectos políticos demoledores, obligando a modificaciones en las prácticas políticas. Cuando esto ocurre es que las prácticas políticas, el estilo coyuntural y periódico, correspondiente a una época, se encuentran en crisis.

Por eso, cuando nos invitan hablar del proceso de cambio, es decir, del proceso politico que se vive en Bolivia desde inicios del siglo XXI, debemos contextualizar los ámbitos de la reflexión y la discusión. Preferimos, en principio, separar, metodológicamente, el ámbito teórico del ámbito político, para después enfocar sus zonas de yuxtaposición.

 

Una mirada teórica sobre el llamado proceso de cambio

De entrada tenemos un problema teórico; proceso es un concepto teleológico, supone una finalidad, a la que se llega precisamente mediante un proceso, que pasa por etapas de aproximación. El proceso procesa, por así decirlo, las condiciones de posibilidad histórica, los medios, las fuerzas involucradas, llevándolas hacia el fin propuesto. Se trata de  una producción histórica. A propósito, el concepto de proceso es concomitante con el concepto de producción. Si estas son las características del concepto proceso, se entiende que se tienda a evaluar el proceso de acuerdo a las finalidades propuestas. No es esta valorización de ninguna manera un contra-sentido, sino mas bien algo coherente con el concepto mismo de proceso. El problema no radica ahí, sino en llamar proceso al acontecimiento político experimentado. La ventaja del concepto de acontecimiento es que no es teleológico; no supone ningún propósito, ni de la providencia ni de la historia. El concepto de acontecimiento, como multiplicidad y pluralidad de singularidades, está abierto a distintas contingencias, a diferentes posibilidades, a la aleatoriedad misma de múltiples juegos de fuerzas.

Si queremos salir del acto de juzgar el proceso, juzgar en el sentido jurídico del término, como tarea de jueces, ya sea para bien o para mal, negativamente o positivamente, observando sus desviaciones o, en su caso, haciendo apología de su consecuencia, debemos, en primer lugar dejar de hablar de proceso. Debemos decir categóricamente que no hay proceso; lo que hay, es ciertamente un acontecimiento político, en el que estamos insertos, lo que hay es una lucha entre tendencias encontradas, además de una lucha de estas tendencias en relación a las condiciones de posibilidad histórica, que casi todas ellas llaman “realidad”. Condiciones de posibilidad que las tendencias tratan de controlar o inducir para lograr sus propósitos. Lo que ocurra no depende de sus voluntades sino del juego azaroso de las fuerzas, de las contingencias, y, ciertamente, de la dosis de consecuencia que se imprime en las acciones, dependiendo de una suerte de acumulación y disponibilidad de fuerzas.

Es preferible entonces tratar de comprender la complejidad del acontecimiento político, que se vive desde el 2000, que buscar juzgarlo, de una u otra manera. Con este propósito intentaremos proponer algunas hipótesis interpretativas del acontecimiento político.

 

Hipótesis

1.   Lo que se experimenta como acontecimiento político es una lucha no sólo de tendencias voluntarias y conscientes, inherentes a los partidos, las organizaciones, los movimientos sociales, las clases sociales, naciones y pueblos, sino la lucha de estas tendencias con las condiciones de posibilidad, los desplazamientos materiales y subjetivos, que no controlan. Entonces se da como una concurrencia de desplazamientos materiales y subjetivos no controlados y tampoco suficientemente visibilizados, desplazamientos que inciden en el decurso de la actualización concreta de la complejidad en las coyunturas sucesivas.

 

2.    En la interpretación del acontecimiento político es imprescindible identificar las tendencias en juego y la disponibilidad de fuerzas con las que cuentan; además es indispensable identificar algunas de las condiciones de posibilidad histórica y de los desplazamientos materiales y subjetivos en curso, por lo menos los que parecen de mayor condicionalidad e incidencia.

 

 

3.   De las tendencias concurrentes, la que cuenta con mayor disponibilidad de fuerzas, por lo menos hasta ahora, es la tendencia oficial, la gubernamental y la estatal; tendencia dominante en el escenario. Sin embargo, esto no quiere decir que controle las condiciones de posibilidad y los desplazamientos materiales y subjetivos concurrentes. Tampoco que logre vencer y dominar a las otras tendencias en juego. Por eso la tendencia dominante está sujeta a contingencias, así como a sus propias pugnas internas. Muchas de sus acciones desatan consecuencias inesperadas para los propios actores oficiales.

 

4.   Por lo menos desde el 2009, desde la segunda gestión del gobierno popular, la otra tendencia, con disponibilidad de fuerza, si se puede hablar en singular y no en plural, como corresponde, no es, desde nuestro punto de vista, la llamada “derecha”, que comprende a los partidos conservadores, ligados a las oligarquías regionales, a la burguesía y a los terratenientes, aunque como clases sociales sigan contando con un dominio económico apreciable. La tendencia con disponibilidad de fuerza, por lo tanto, con capacidad de incidencia, corresponde a las organizaciones sociales que se ha colocado en posición crítica y demandante respecto al gobierno. De entre estas organizaciones hay que destacar a las organizaciones indígenas y la las organizaciones sindicales, aglutinadas en la COB. Fuera de estas organizaciones sociales, han tenido incidencia intermitente y coyuntural, otras organizaciones como los comités cívicos y gremialistas. Estas incidencias en los acontecimientos se comprueba en determinadas coyunturas intensas, como la que corresponde al levantamiento popular contra el “gasolinazo”, que obligó al gobierno a retirar la medida; también en el Conflicto del TIPNIS, sobre todo con la llegada de la VIII marcha indígena, que obligó al presidente a promulgar una ley en defensa del TIPNIS; así como la actual movilización y huelga indefinida de la COB, que obliga al gobierno a revisar y discutir su promulgada ley de pensiones.

 

5.   La otra tendencia con disponibilidad de fuerza y capacidad de incidencia son las clases económicamente dominantes, como la burguesía, los agro-industriales, los banqueros. La burguesía recompuesta, que no necesariamente se confronta con el gobierno, al contrario, ha optado por incidir en sus políticas públicas, sobre todo económicas; tiene una comprobada incidencia en el decurso de los acontecimientos.

 

 

6.   En el contexto internacional, del cual Bolivia forma parte ineludible, las empresas trasnacionales, el sistema financiero internacional y el contexto del orden mundial, conforman lo que podemos llamar las estructuras condicionantes en el mercado mundial y en el orden mundial y regional. Estas estructuras condicionantes llegan a convertirse en tendencias en  juego, en el contexto del país, a través de los agentes y agenciamientos operativos.

 

7.   En el mismo contexto internacional, mas bien regional, debemos citar a otras estructuras condicionantes, cuya presencia trata de compensar la influencia y la incidencia de las estructuras condicionantes internacionales, dominantes y hegemónicas. Estas estructuras de compensación son los gobiernos afines de la región, los organismos de integración, como el ALBA, el UNASUR y el CELAC, además del MERCOSUR y la Comunidad Andina.

 

 

8.   Ciertamente también se encuentran como tendencia de incidencia, en este contexto de tendencias en juego, la que comúnmente se ha identificado políticamente como “derecha”; hablamos de partidos políticos conservadores. Aunque debilitados desde el 2008, tienen representación en el Congreso, en menos de 1/3, además de controlar dos gobernaciones, fuera de la vocería que adquieren en los medios de comunicación.

 

9.   Otra tendencia, cuya disponibilidad de fuerza es mas bien local que “nacional”, con cierto impacto regional, es la relativa a un posicionamiento de centro, con variantes de centro-izquierda y variantes de centro-derecha, por las últimas alianzas electorales logradas.

 

 

10.       En lo que respecta a las condiciones de posibilidad histórica, podemos nombrar a la condición estructural de Bolivia en la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Como parte de las periferias y su condicionamiento histórico como país condenado al extractivismo, al modelo primario exportador, y al Estado rentista, la dependencia ha llegado formas extremas, limitantes, obstaculizadoras y generando un circulo vicioso gravitante.

 

11.       Otra condición de posibilidad histórica tiene que ver con lo que llamaremos la historia de las estructuras subjetivas de las sociedades, de las naciones y de los pueblos. Estas estructuras subjetivas son como las memorias de estas sociedades, de estas naciones y de estos pueblos; pero, también sus estados de ánimo. Como dijimos en otro texto[119], cuando hablamos de estructura lo hacemos metafóricamente, mucho más cuando nos referimos a estructuras subjetivas. No podrían darse tales estructuras, ni como una macro-estructura que comprenda la memoria y el estado de ánimo de un pueblo, ni como micro-estructuras que se hallaran inscritas en cada uno de los individuos. Sencillamente se trata de una manera de organizar la explicación y el análisis, corriendo el riesgo de convertir a la estructura en un sustituto del sujeto, sujeto de la filosofía o de la psicología, convirtiéndola en algo así como la combinatoria inherente al funcionamiento de una composición dada; en este caso de una multiplicidad de subjetividades. Recurrimos auxiliarmente y provisionalmente a este concepto de estructura para usarlo como nombre comodín, como nombre de algo, en este caso de experiencias, memorias y ánimos de pueblos. Lo que interesa es esto último, pues, suponemos, que las experiencias, las memorias y los ánimos, de las sociedades y de los pueblos, se sedimentan y estratifican en sus imaginarios, de tal suerte que se convierten como en condiciones de posibilidad subjetivas.

 

12.       Otra condición de posibilidad histórica tiene que ver con el mapa institucional, en otras palabras, la cobertura institucional en relación a la extensión de la misma sociedad. El mapa institucional puede abarcar más o menos la extensión misma de la sociedad, puede capturar torrentes constantes de las dinámicas moleculares sociales, en zonas más o menos extensas de la reproducción social; en este sentido incide preponderantemente en la orientación de la reproducción social, convirtiéndola en el substrato primordial del Estado. Cuando el mapa institucional tiene una cobertura tan grande como la extensión misma de la sociedad, el Estado habría integrado a la sociedad a la reproducción misma del Estado; hablaríamos de un Estado realizado y consolidado. Este es el objetivo de los que propugna la consolidación del Estado-nación. En todo caso, un mapa institucional extenso y articulado, un Estado-nación integrado, hacen de maquinarias abstractas de poder lo suficientemente gravitantes como para incidir en el decurso de los acontecimientos, sin necesidad de controlarlos.

 

13.       Otra condición de posibilidad histórica puede ser nombrada como mapa de las organizaciones sociales, que hacen como contraste del mapa institucional. El accionar de las organizaciones sociales, su convocatoria, sus demandas, sus movilizaciones y luchas, puede oponerse a los agenciamientos concretos de poder de las instituciones, por lo tanto, puede desordenar la consistencia del mapa institucional, o, en su caso, de manera distinta, en por lo menos, algunos casos, puede reforzar los efectos de poder del mapa institucional.

 

 

¿Cuál es el problema de este cuadro de hipótesis? En primer lugar que es un cuadro, por lo tanto una pintura y un punteo de tendencias y de condiciones de posibilidad histórica, a las que se ha llegado analíticamente, diferenciando, líneas, aspectos y tópicos, incluso temporalidades. Una vez hecho esto, son como fichas de un rompecabezas, a las que hay que volver a reunir encajando, para armar el cuadro. El problema es que se le atribuye “vida” propia a cada una de estas fichas separadas, como si estuvieran animadas y fuesen autónomas, cuando esto no ocurre en absoluto. En “realidad” estas fichas separadas ni tienen vida propia, ni son autónomas, ni funcionan separadas. No hay fichas separadas, todo ha funcionado efectivamente como conjunciones complejas y articuladas; no hay tal separación analítica. Esto es parte del fetichismo teórico, del que hablamos al principio. Por lo tanto, si asumimos el acontecimiento como configuración espacio-temporal, como matriz múltiple y compleja, en la cual nos encontramos insertos, no es posible pensar analíticamente, separando piezas, para estudiar sus relaciones y causalidades. Es menester pensar pluralmente el acontecimiento como multiplicidad de singularidades.

 

Con esta aclaración y esta advertencia, podemos aproximarnos a éstos propósitos del pensamiento pluralista, usando las hipótesis, en hipotéticos movimientos, flujos, torrentes singulares, en constante composición y re-composición.

 

 

Aproximaciones al acontecimiento político

 

Quiero retomar esta aproximación al acontecimiento político recordando una apreciación altamente, sugerente y esclarecedora, que pronuncio Vicky Ayllón en la presentación de un libro de Luis Tapia sobre los grupos roqueros de la ciudad de el Alto y la Ciudad de la Paz[120].  Vicky Ayllón dijo que el problema de dar nombres a los grupos, de nombrarlos, no sólo cómo se nombran a sí mismos, de acuerdo a la identificación de su banda, sino el nombre que les atribuye el autor, al calificarlos de underground, es hacerlos existir de esa manera, atribuirles un sentido, el valorado por el investigador; además el nombrar a unos y no nombrar a otros, es como hacerlos existir a unos y condenar a la in-existencia a otros, por lo menos a aquella existencia documentada por los libros[121]. Por lo demás, el libro de Luis Tapia es el resultado de una investigación vivencial, pues el investigador era amigo de los grupos roqueros y los visitaba donde tocaban. Además de mostrarnos otra de las facetas de este teórico e investigador, el libro tiene la virtud de alumbrar en la oscuridad refugiada del underground de los jóvenes rebeldes. Volviendo a Viky Ayllón, quiero tener en cuenta esta observación, pues cuando escribimos sobre el acontecimiento político, también nombramos y terminamos dando existencia escrita a lo que nombramos, atribuyéndole un sentido, el del analista, teórico, intérprete, escritor y activista. Se produce entonces una “captura” de las experiencias múltiples y singulares en el sentido teórico asignado. De alguna manera esta significación se convierte en código de intercambio, en sentido compartido, en la medida que los textos se difunden y  son apropiados. Puede ocurrir, a su vez, que los textos difundidos sean usados por otros portadores de discursos, entonces los sentidos que circulan vuelvan a ser “capturados” por otras composiciones discursivas. Pero, lo que interesa, en este caso, es que las singularidades del acontecimiento son “capturadas” por otras singularidades, conformando composiciones, de sentido, que llegan a ser políticas, debido al uso en el tráfago de las fuerzas. ¿A dónde apuntamos con esto? No es posible decir la verdad del acontecimiento político, pues tal verdad no existe; lo que se dan son distintas perspectivas, dependiendo de los referentes. Algunas perspectivas son más compartidas que otras, en la medida que su uso sea más difundido, además de lograr mayor “captura” que otras perspectivas.

 

Al respecto, no estoy seguro del alcance de la difusión de los análisis críticos del colectivo Comuna respecto al seguimiento de los movimientos sociales del 2000 al 2005, tampoco de la expansión de las “capturas” logradas de las singularidades de los acontecimientos; empero, de alguna manera, sus libros fueron referencia para la academia y la discusión política. En este sentido, es conveniente revisar los sentidos y significaciones teóricas y políticas asignadas por Comuna al acontecimiento político de las movilizaciones sociales de ese periodo. Algo que se compartió con otros colectivos y activistas, además de los voceros de las organizaciones sociales involucradas, además de organizaciones políticas, es haber nombrado esta experiencia multitudinaria como proceso. Entonces ya este concepto conducía la interpretación y el análisis en una dirección teleológica; el proceso semi-insurreccional, pues así se hablaba y se escribía, conduce los levantamientos, las rebeliones, las resistencias, las luchas, las movilizaciones, hacia finalidades inscritas en la memoria indígena y en la memoria popular. Estas finalidades no podían ser otra cosa que la descolonización y la nacionalización de los recursos naturales; de estas finalidades, compartidas por las organizaciones sociales, se encontraron otras finalidades más definidas y de efecto estatal. Hablamos de las figuras concebidas de la transformación estatal. Al principio estas figuras tenían que ver con las distintas perspectivas de lo que se entendía por descolonización, por una parte, y nacionalización, por otra parte. Por ejemplo, el CONAMAQ entendía por descolonización la reconstitución del Collasuyu y del Tawantinsuyu; el CIDOB ya había trabajado la idea del Estado plurinacional; las organizaciones campesinas hacían hincapié en la reforma agraria, aunque compartían distintas propuestas sobre la transformación del Estado, desde las propuestas por las organizaciones indígenas hasta las propuestas socialistas, pasando por la consolidación del Estado-nación. Las organizaciones sindicales de los trabajadores no abandonaron el horizonte definido por sus tesis legendarias, el socialismo, aunque también compartían fuertemente la idea de la consolidación del Estado-nación, recurriendo a su memoria nacional-popular.

 

La forma como se llega a definir la finalidad del Estado plurinacional social-comunitario, fue lograda en reuniones, seminarios, talleres, conferencias y “congresos” del Pacto de Unidad. A esta significación del proceso se llega por el camino de “capturas” de singularidades. Son las organizaciones sociales, las dirigencias de estas organizaciones, los asesores de las organizaciones, las ONGs de apoyo, los dispositivos de “captura”, que coadyuvan a componer una interpretación más o menos compartida. Es así como la finalidad del Estado plurinacional social-comunitario fue asumida orgánicamente. Es así también como el proceso fue interpretado como una producción política del Estado plurinacional social-comunitario. Empero, que la finalidad compartida orgánicamente por el Pacto de Unidad sea la del Estado-plurinacional social-comunitario no quiere decir que el Pacto de Unidad controlaba todas las variables en juego en el contexto de las fuerzas; era la voluntad del Pacto de Unidad, que de ninguna manera garantiza per se que el decurso de los acontecimientos desatados conduzca a tal finalidad. Este decurso no depende de la voluntad orgánica, incluso si llegara a comprometer y convencer a otras fuerzas, como ocurrió en la Asamblea Constituyente, sino del juego y del peso de las fuerzas puestas en juego, de las tendencias, su gravitación, y de las condiciones de posibilidad histórica, la condicionalidad e incidencia de las mismas. Por eso, podemos decir que lo que hacen el Pacto de Unidad y, después, la Asamblea Constituyente, en este recorrido, también Comuna, es estructurar una voluntad, interpretando el acontecimiento político como proceso. El MAS, como “partido” político, va terminar de asumir, en su generalidad, este discurso, “capturando” también sentidos y singularidades. No vamos a detenernos en cómo haya entendido el MAS la finalidad Estado plurinacional comunitario autonómico, que corresponde a los desplazamientos logrados en la Constitución respecto del Estado social comunitario del Pacto de Unidad. La interpretación oficial más se parece a la “captura” del símbolo caudillo de la gama de significaciones del proceso, que ya era una interpretación teleológica del acontecimiento político experimentado multitudinariamente. Lo que interesa, por el momento, es que se construye un sentido común sobre el acontecimiento experimentado colectivamente, se le llama proceso, al que se le asigna una finalidad, el Estado plurinacional comunitario y autonómico.

 

Los límites de este sentido común, de esta interpretación compartida, de esta lectura del acontecimiento como proceso, aparecen prontamente ante las dificultades evidentes de construir un Estado plurinacional comunitario y autonómico. Lo sugerente, ante la constatación de los problemas de la interpretación, son las hipótesis ad hoc que se crean, para conservar a la interpretación construida. El gobierno dice que ya se ha logrado el Estado plurinacional comunitario y autonómico; la crítica, que llamaremos de “izquierda”, dice que no se ha alcanzado este objetivo, que más bien nos mantenemos en el Estado-nación, restaurado y consolidado. La derecha asume que eso que tiene ante los ojos es el Estado plurinacional, aprovechando sus resultados para criticarlo, buscando, mas bien, restaurar el Estado de derecho. En otras palabras, todos asumen la finalidad enunciada como referente suficiente para evaluar el proceso. De esta manera, todos terminan juzgando el proceso desde la perspectiva de su finalidad.

 

Como dijimos, el acontecimiento no se reduce al proceso; hay un campo de posibilidades abierto. Por donde vaya el decurso, depende de las contingencias, la disponibilidad de fuerzas de las tendencias y de la gravitación de las condiciones de posibilidad históricas. Esto no quiere decir que no se tengan objetivitos, que no se tengan finalidades, tampoco, mucho menos, que haya que renunciar a la voluntad. Lo que no se puede hacer es reducir la complejidad del acontecimiento a la idea de una secuencia preformada, la de proceso por ejemplo, y confiar, que como estamos en un proceso, la secuencia de los eventos seguirá la lógica de una producción planificada. Como no ocurre esto, cuando los hechos contrastan con la idea de proceso, sobre todo con sus finalidades no logradas, las tendencias en pugna generalmente recurren a explicaciones fáciles. La tendencia radical tiende a explicarse la no realización plena del proceso debido a inconsecuencias, incluso a traiciones; la tendencia conservadora, ya acomodada en el gobierno, tiende a explicar la incomprensión de la crítica debido a una conspiración interna, que termina apoyando a la derecha derrocada. Las pugnas internas al bloque “revolucionario” arrecian, a pesar de los esfuerzos por acallarla y ocultar la presencia de tendencias. Lo que comúnmente se llama “derecha”, se explica lo que ocurre como si hubiera esperado que pase; dice que no podía ser de otra manera, cuando el Estado se hace cargo de la economía, vuelve a comprobarse que es un mal administrador. A la “derecha” todo le parece el fracaso del socialismo; entonces cree volver a ratificar sus aseveraciones sedimentadas en su concepción de fin de la historia; el mundo no puede llegar a ser otra cosa de lo que es.

 

Se trata de distintos planos, por así decirlo. Un plano o plano-meno, plano de intensidad, es el del acontecimiento; otro plano, mas bien de representación, el que corresponde a la idea que se tiene del acontecimiento, que en este caso es la idea de proceso, donde se presenta la voluntad estructurada como programa, finalidad, constitución. Pretender mantener la idea que se tiene, en este caso, la de proceso, a pesar de las contrastaciones, es un suicidio. Lo aconsejable es conocer mejor la complejidad del acontecimiento, mejorar las representaciones que se tienen, adecuar la voluntad estructurada y la estructura de la voluntad a la complejidad puesta en juego, adecuar las finalidades, mejorando también las formas de intervención y los agenciamientos de transformación. Lo que importa es comprender mejor cómo funcionan las fuerzas puestas en juego, cómo funcionan las dinámicas moleculares, cómo funcionan las composiciones moleculares, también cómo funcionan las composiciones molares. En una coyuntura concreta, un periodo y contexto específicos, qué efectos institucionales se dan, qué efectos transformadores provocan las movilizaciones, cuáles son las consecuencias del forcejeo entre el mapa institucional y el mapa de las organizaciones.

 

Ahora bien, este saber del acontecimiento no es deducción teórica, sino efecto de la acumulación de la experiencia activista y de los movimientos sociales. Este saber colectivo puede convertirse en teoría; esto ayuda a tener una comprensión novedosa del acontecimiento y de la experiencia social de las recientes movilizaciones y luchas. Esta dinámica interpretativa forma parte del aprendizaje social y colectivo, del desplazamiento de los horizontes de visibilidad y decibilidad, de la acumulación de experiencia. Ante esta exigencia, esta vertiginosidad y volatilidad de la imaginación social, inducida por los desplazamientos de la experiencia, se oponen desesperadamente resistencias representativas, que se adhieren a lo que pretenden que son cuerpos fijos teóricos, verdades eternas. Es de estas posiciones conservadoras, de esta ilusión de verdad, de las que se alimentan los “aparatos ideológicos” del Estado, ahora tomados por los “revolucionarios”. Esta es una negativa al aprendizaje y una clara muestra de la convicción de que se trata de defender el poder tomado, por lo tanto una renuncia a las transformaciones.

 

Sin embargo, el mismo peligro la experimenta el ala radical del proceso; al mantenerse en esta representación teleológica del acontecimiento politico. Tampoco quiere aprender de la experiencia al explicar lo que acontece por las inconsecuencias y traiciones. Hay que abandonar definitivamente la teoría de la conspiración. No sirve, es pueril y simple, como para ayudar a comprender la complejidad, el juego de las fuerzas,  las dinámicas moleculares y molares, las relaciones y las estructuras de poder en juego.

 

En relación a lo que acabamos de escribir, es menester proponer un segundo grupo de hipótesis; ahora de carácter dinámico, ya no como cuadro.

 

 

Hipótesis dinámicas

 

1.   El acontecimiento politico que vivimos, cuya referencia inicial acordada es fines del siglo XX y principios del siglo XXI, acontecimiento múltiple en cuanto a la proliferación de hechos, eventos, sucesos y desplazamientos diversos, acontecimiento registrado en la experiencia plural de las multitudes, sociedades, pueblos, clases sociales, se mueve en un espacio-tiempo curvo, no-lineal, que no se reduce tampoco a un solo plano, sino mas bien comprende múltiples planos en un espesor magmático.

 

2.   Cuando estalló la guerra del agua, entre fines de 1999 y principios de 2000, había distintas posibilidades de secuencias contenidas; una de ellas, es la experimentada. La experiencia vivida se resume en la siguiente secuencia: La primera victoria del bloque popular, de la Coordinadora del Agua y por la Defensa de la Vida; la renuncia del gobierno de coalición a la Ley de Agua; la aceptación, a regañadientes, de la salida de la empresa trasnacional del agua, Aguas del Tunari, subsidiaria de la  Bechtel; la continuidad de la movilización general hasta la segunda guerra del gas, mayo y junio del 2005, pasando por la primera guerra del gas, en octubre del 2003, la caída del gobierno de Sánchez de Lozada, la primera sucesión constitucional, la renuncia de Carlos Mesa, la segunda sucesión constitucional; la victoria electoral del MAS, la asunción del gobierno por el primer presidente indígena. Como otros decursos posibles, se podría dibujar, por ejemplo, el siguiente: el gobierno de coalición podía no sólo aceptar lo que aceptó, sino podía revisar su política privatizadora, amortiguando sus impactos, buscando resolver el conflicto social. ¿Qué hubiera pasado si los gobiernos de coalición hubieran aprendido la lección de la derrota, en vez de insistir en el proyecto, de una forma represiva, acusando a los dirigentes de las movilizaciones como terroristas, incluso narcotraficantes? Por otra parte, ¿qué hubiera ocurrido si no se daban las movilizaciones, bloqueos y sitio de ciudades, indígenas y campesinos de septiembre de 2000? Decimos eso, pues en la CSUTCB se dio al respecto una discusión; no todos estaban de acuerdo con la movilización y el sitio. En la discusión se impuso la tendencia radical, que terminó conduciendo la movilización, los bloqueos y el sitio a las ciudades. La proximidad entre uno y otro evento, la guerra del agua y el sitio a las ciudades, terminó impregnando a los acontecimientos, a los movimientos sociales involucrados, un halo de corriente incontenible, de rebelión desbordante indetenible. Lo que vino después contó con este impulso de continuidad semi-insurreccional. Lo que queremos decir es que, si se dio lugar la secuencia de eventos que se sucedieron no fue porque había una lógica inscrita en un proceso desenvuelto en la historia reciente, sino porque en el contexto de las fuerzas en pugna, de las tendencias evidenciadas, de las condiciones de posibilidad histórica y las condiciones de posibilidad subjetivas constatadas, las fuerzas insubordinadas, rebeldes, movilizadas, lograron mantener la convocatoria abierta de la movilización, radicalizando sus objetivos. Ante este desafío popular, las fuerzas que defendían a los gobiernos de coalición recurrieron a la represión ascendente, llegando, de este modo, a la masacre en la ciudad de El Alto, en octubre de 2003. Este fue un momento no sólo de alta intensidad de las luchas, quizás el de más alto nivel, sino también una coyuntura de encrucijadas, además de punto neurálgico de decisiones. ¿Qué hubiera pasado si la toma de la ciudad de La Paz por medio millón de movilizados y movilizadas, que bajaron de la ciudad de El Alto, hubiera tomado el Palacio Quemado? Lo que querían algunos grupos radicalizados. ¿Qué hubiera pasado si el alto mando del ejército hubiera decidido defender al gobierno de Sánchez de Lozada, intervenir, generando una escalada de violencia ascendente de la represión? ¿En ambos casos, guerra civil? ¿Si esto ocurría, cuál hubiera sido el desenlace? En todo caso, es de prever que cualquier modificación en los hechos ocasionaba desplazamientos en los sucesos, aunque sean estos desplazamientos próximos a los hechos acaecidos. Lo que finalmente sucede no acaece por el decurso o la implicación de una lógica histórica implacable, sino por la combinatoria de singularidades, que al moverse, ocasionan distintos desenlaces.

      

3.   Con esto no se quiere decir que todo es azar y aleatoriedad, que estamos ante potencias ciegas e incontrolables; no, de ninguna manera. El acontecimiento conjuga, combina, contiene, múltiples singularidades en juego y en constante composición, desprendidas de sus dinámicas moleculares; esto es contingente. Empero, en el contexto de estas combinaciones, juegos de fuerza y composiciones, entre la voluntad organizada y estructurada de movimientos sociales, organizaciones y pueblos, las acciones múltiples de la movilización general intervienen afectando al conjunto de las combinaciones, empujando a su incidencia en un determinado sentido. En la medida que esta voluntad organizada tiene una amplia y profunda convocatoria, cuenta con una acumulada disponibilidad de fuerzas, entonces su participación e incidencia en el decurso de los acontecimientos es preponderante.

 

4.   El desenlace de los acontecimientos no es controlable; no es posible una ingeniería social que controle todas las variables intervinientes y pueda producir los hechos planificadamente. Lo que se puede es, de alguna manera, prever una banda de probables y posibles resultados, como una curva contingente de eventualidades efectivas.

 

 

Conclusiones

 

Ahora bien, dónde nos conducen los dos grupos de hipótesis que presentamos. En primer lugar,  que hay que renunciar a la teleología; dejar de proponerse finalidades, a partir de las cuales juzgamos y evaluamos el proceso, que es la metáfora teleológica, que sustituye al acontecimiento, reduciéndolo a la lógica histórica preformada. Este fue el error del socialismo, llamado científico, que no abandonó la concepción del socialismo utópico, que el mismo criticó. También puede ser el error del proyecto de construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, como otra alternativa, más completa y compleja, pos-capitalista, que la diseñada por la dictadura del proletariado. Hay que aprender de las revoluciones llamadas democráticas de los siglos XVIII y XIX; ante la complejidad del acontecimiento político, social, económico, cultural, ecológico, es preferible establecer el punto de partida, con las reglas del juego bien establecidas; lo que venga después, dependerá de el ejercicio democrático, del juego de fuerzas, de los consensos que se formen. Las reglas del juego democráticas fueron la igualdad política y jurídica, con la ampliación al voto universal, incluso el pluralismo liberal. Entre las reglas del juego de un proyecto descolonizador y pluralista, además de social y ecológico, deben plantearse la igualdad y equivalencia de las mismas condiciones de posibilidad para las culturas, las lenguas, las instituciones propias, las naciones y los pueblos; además de plantearse la igualdad económica y social para todos, como garantía de las mismas condiciones de posibilidad. Por otra parte, es indispensable reconocer y garantizar los derechos de los seres de la madre tierra, comprendiendo a los ciclos vitales. En cuanto respecta al mapa institucional, se debe conformar una cartografía de nuevas instituciones, de organizaciones sociales, de organizaciones populares y de pueblos, de organizaciones de las diversidades subjetivas, que garantice el ejercicio de la democracia participativa, directa, comunitaria, representativa de todos. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Consciencia desdichada y dialéctica colonial

 

¿Qué se puede esperar de personas que declaran que no importa que se vulneren derechos, lo que importa es lo que decide la bancada? En esta declaración por lo menos hay dos rasgos sintomáticos; uno es el relacionado a la suspensión de los derechos; el otro es mantener la línea política, pese a quien pese, pase lo que pase, vulnere o no derechos. En el primer rasgo vemos claramente la la manifestación desenvuelta y desmesurada del poder; lo real es el poder, los derechos son simplemente enunciados. En el segundo rasgo tenemos el ejemplo más evidente de la complicidad y concomitancia; la bancada, los nuestros han decidido. La línea del partido como determinación. Ciertamente esta declaración tiene distintas connotaciones dependiendo de dónde se la emita. En relación al segundo rasgo, no estamos ante un discurso leninista, por así decirlo; no es partido de vanguardia que define una estrategia insurreccional para la toma del poder por parte de los trabajadores. No hablamos de esta línea política, tampoco de esta situación. El poder ya está tomado, por así decirlo, o, por lo menos, ya se es gobierno. No es un partido de vanguardia el que se plantea una línea política insurreccional o, en su caso, de medidas transformadoras, estructural e institucionalmente. Se trata de un “movimiento” que no ha llegado a construirse como un instrumento político de las organizaciones sociales; tampoco su perfil es de un partido de gobierno. Se trata de un instrumento político que no gobierna; nunca se le consulta sobre la estrategia a seguir, las tácticas con las que se va operar, menos sobre las políticas públicas que despliega el gobierno. Es un “movimiento” político reducido a la convocatoria electoral. La línea política la decide el ejecutivo, donde no necesariamente se encuentra la gente del “movimiento” popular, sino los hombres y las mujeres de confianza del presidente o del vicepresidente. A estas alturas del partido, ya da lo mismo.  El discurso se emite en el escenario del Congreso; el tema es minúsculo, contratos de personal de senadores. ¿Puede haber una línea política sobre esto? Hay un reglamento, está la Constitución, además de contar con el derecho de los senadores a conformar su equipo. Ocuparse de esto, tener una reunión  de bancada para decidir sobre temas reglamentados y constitucionalizados, no solamente mostraría las grandes ocupaciones del “partido”, fuera de atentar contra los procedimientos administrativos. Más grave aún es haberse inventado una reunión de bancada, que nunca se dio. Esta improvisada e inventada declaración muestra más desesperación que determinación, más banalidad que algo de seriedad. Ciertamente esto no es una muestra de madurez en quien divide la sociedad entre adultos mayores y “niños”.

El Congreso no puede ser, por lo menos no está destinado para eso, un lugar donde se pisoteen derechos, aunque esto ha venido ocurriendo en relación a los derechos fundamentales y los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, en relación al derecho del pueblo a participar en la construcción colectiva de las leyes, como dice la Constitución. Que un senador diga que no importan los derechos ya habla mucho de este senador. ¿Qué lleva a decir semejante cosa? ¿Cuál es la psicología que se manifiesta en esta declaración? El Congreso, que además se nombra como Asamblea Legislativa Plurinacional, debe garantizar el sistema de gobierno de la democracia plural y participativa, el ejercicio plural de la democracia, directa, representativa y comunitaria.  Debe garantizar el cumplimiento de los derechos. Que se emita una declaración del tipo no importan los derechos precisamente en el Congreso, ya habla mucho del respeto que se tiene por esta Asamblea Legislativa Plurinacional.

Lo que se puede constatar es que no hay línea política de partido, no hay consulta de bancada; lo que hay es un conjunto de decisiones arbitrarias del pequeño grupo dominante del partido, seleccionado como el de los más leales y obedientes. Se vislumbra también los perfiles de una psicología desconcertada, una psicología que no encuentra punto de apoyo. Ha perdido sus referentes pasados, sindicales, de lucha campesina; se encuentra en un espacio de poder donde para mantenerse en la jerarquía se tiene que ser sumiso y obedecer, no la línea que discute y construye la bancada, sino la línea decidida por el otro grupo, de mayor jerarquía y poder, de clarividentes del ejecutivo. ¿Qué pasa en el alma, por así decirlo, de un ex-dirigente campesino que ya no puede hacer valer su voz, ni discutir, tampoco consulta a sus bases, más bien es cuestionado por ellas, que, en vez de esto tiene que someterse a las determinaciones del mando que no se discute? Hay como la experiencia de la desdicha en todo esto. Una sensación de navegar sin rumbo, pero, mejor no preguntarse sobre esta deriva. Lo que queda es tener fe en las órdenes de los mandos supremos, no cuestionar nada; lo importante es mantenerse en el grupo privilegiado de voceros, aunque la vocería se reduzca a la transmisión de ventrílocuo, lo que importa es contar con las direcciones, el control de comisiones y representaciones. Este “pragmatismo” de sentido común, que más bien es un oportunismo, vacía el contenido de los discursos políticos y las declaraciones de los representantes, de los hombres que han escogido este camino de la sumisión y la obediencia.

Es realmente una pena lo que ha hecho el poder con los dirigentes sindicales; les ha quitado su orgullo,  la dignidad que tenían, ha evaporado de su memoria la historia de las luchas en las que participaron. El poder los ha vuelto llunk’u. Entonces estamos hablando de una destrucción moral, ética y psicológica. A este paso ya no quedaran dirigentes que puedan defender el proceso y acompañar su profundización; sólo tendremos soldados al mando de generales que llevan al proceso al abismo, generales constructores de la derrota de la guerra anticolonial y anticapitalista. Amerita una reflexión profunda lo que sucede con quienes han sido luchadores y combativos en los tiempos de las resistencias, en los tiempos de la ofensiva popular, en los tiempos de la movilización general, tiempos de apertura del proceso que nos toca vivir ahora. ¿Por qué se vuelven tan sumisos, tan obedientes, tan oportunistas, tan títeres? ¿Qué ha sido de su estructura subjetiva rebelde? ¿Se ha desestructurado? ¿Se ha desmoronado con tanta facilidad; sólo bastó gozar de los privilegios que otorga el poder?

Fuera de esta hipótesis que el poder transforma, que el poder toma a los que acceden al poder, que hemos venido utilizando en varios textos, deberíamos preguntarnos también: ¿qué hace a una rebelión radical? ¿Son los objetivos que se plantea? ¿Es la profundidad de su interpelación que tocan los cimientos mismos del poder? Esta pregunta es importante para evaluar el alcance de las rebeliones campesinas en el Altiplano. Nos concentraremos en dos periodos de la rebelión campesina contemporánea; una, la que se dio después de la masacre del valle (1974), en Cochabamba,   que alcanzó a irradiarse en el Altiplano, sobre todo del departamento de La Paz; la otra, durante el 2000, que volvió a repercutir el 2003. En los dos casos la forma de organización principal fueron los sindicatos campesinos, organizados ya en 1945 en Ucureña, empero expandidos después de la Revolución de 1952.

En el segundo quinquenio de la década de los setenta el control de la organización sindical campesina pasó de manos del Estado al control independiente de la nueva expresión de la organización campesina, el katarismo. “ideología” y proyecto político cultural indianista, anticolonial, cuyas raíces se encuentran en el Partido Indio fundado por Fausto Reinaga. La resistencia campesina a la dictadura militar, la lucha por un sindicalismo independiente de la tutela estatal, se transformó en un proyecto político que retomaba como matriz y referencia histórica los levantamientos indígenas pan-andinos del siglo XVIII. La radicalidad del katarismo se encuentra en su interpelación al Estado boliviano y a la sociedad boliviana, al llamado colonialismo interno, planteando un proyecto político descolonizador. Se vuelve a plantear el problema de la tierra, después de la reforma agraria de 1953; pero, ahora se lo hacía a partir de un discurso descolonizador y haciendo referencia a la comunidad indígena. Que este proyecto político y cultural haya derivado en la formación de partidos kataristas, que incursionan en elecciones nacionales, que forman parte de frentes políticos; uno aliado al frente de izquierda de la UDP (Genaro Flores), el otro aliado al frente de derecha que planteó la candidatura a la presidencia de Paz Estensoro (Macabeo Chuilla), habla de las contradicciones inherentes al katarismo de entonces. No podemos olvidar que uno de los ideólogos del katarismo, Victor Hugo Cárdenas, termino siendo el vicepresidente de Gonzales Sánchez de Lozada, el presidente neoliberal más conotado, que en su segunda gestión de gobierno fue expulsado del país mor la movilización de la guerra del gas (2003).

La lucha sindical y la competencia política entre kataristas va a fragmentar al movimiento katarista en pedazos. La radicalidad anticolonial y descolonizadora del katarismo va quedar en el discurso, que va encarnarse más tarde en otros movimientos indígenas, mientras la práctica política va destrozar a las organizaciones kataristas, no solamente por la lucha de liderazgos y facciones, sino por su fácil adaptación a las formas y prácticas políticas peculiares del periodo republicano poste3rior a la guerra del Chaco y a la revolución de 1952. ¿Qué pasó con el radicalismo? ¿Por qué llegó tan rápido el “pragmatismo” político? ¿Se debe al condicionamiento de la organización sindical, moderna y maleable, como dicen los críticos involucrados en el proyecto de reconstitución de los ayllus, proyecto que reaparece durante la década de los ochenta? ¿O las raones y causas se encuentran en las contracciones inherentes a los movimientos indigenistas y campesinos, como plantean otros? Vamos a asumir las dos hipótesis; la del condicionamiento de la estructura sindical; y la de las contradicciones de los movimientos indígenas y campesinos.

La reforma agraria de 1953 al entregar la propiedad privada de la tierra a familias campesinas, descartando una reforma agraria comunitaria, y al institucionalizar la forma de organización sindical en el área rural, introduce una relación de representación y mediación con el Estado de carácter moderno, donde prepondera la filiación partidaria. Por otra parte, incorpora también prácticas clientelares de convocatoria electoral. Los sindicatos entonces son permeables a las lógicas de las luchas políticas externas a la comunidad. No ocurre necesariamente esto en el ayllu, donde prepondera el circuito dual de la cohesión comunitaria y la filiación es mas bien consanguínea  y territorial. Los sindicatos van a ser absorbidos por el Estado a su zona periférica; aunque se conforme una Confederación Única de Trabajadores Campesinos Tupac Katari independiente, es vulnerable y permeable a las políticas de cooptación del Estado.

La línea que separa radicalismo y “pragmatismo” político es, a veces imperceptible; se cruza esas veces sin darse cuenta, sin que se haga notar este cruzar. Los dirigentes políticos y sindicales pueden seguir considerando que siguen con la misma posición de antes, radical e interpeladora, cuando en los hechos ya ceden y se han trasladado a una política de pactos. ¿En estos momentos se da un desfase entre discurso y práctica? ¿El discurso anticolonial es usado, a partir de determinado momento, para acumular fuerzas y prestigio, usadas después para fines “pragmáticos”? ¿El “principio de realidad” es más fuerte que el principio utópico? El “principio de realidad” se vuelve condicionante precisamente debido a la presencia gravitante de las lógicas y prácticas sindicales. En estos momentos de desfase, los dirigentes se encuentran ante un dilema: continuar con el radicalismo u optar por el realismo político. Generalmente, no en todos los casos, se opta por lo segundo. El desfase entonces convierte al discurso en meramente convocativo, mas bien retórico, sin consecuencias prácticas, y a la práctica política efectiva en una consecuencia gravitante; el movimiento rebelde se termina incorporando a las formas de reproducción del Estado.  ¿Cómo explican los dirigentes este traslado de un lugar a otro del escenario político? Esta pregunta hay que inquirir a los que fueron dirigentes del sindicalismo katarista, también a los actuales dirigentes campesinos convertidos en gobernantes y en asambleístas.

La segunda rebelión campesina contemporánea reciente estalla a fines de siglo XX y comienzos de siglo XXI. Ya durante la segunda década de los noventa se dan lugar la resistencia y las marchas de las Federaciones Campesinas del Trópico de Cochabamba en defensa de la hoja de coca. En abril y septiembre de 2000 se desata la rebelión campesina del Altiplano y se extiende a todo el país. En abril se inician los bloqueos de caminos, en apoyo a la rebelión de la guerra del agua en Cochabamba; en septiembre se da lugar el bloqueo de caminos a nivel nacional y el sitio de cuatro ciudades, El Alto,, La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. La CSUTCB dirige esta rebelión campesina, que recuerda a los levantamientos indígenas anticoloniales del siglo XVIII, pasando por el bloqueo de caminos nacional efectuado por la CSUTCB en 1979. El bloqueo de caminos de 1979 fue dirigido por el sindicalismo katarista del que hablamos, bajo la dirección el legendario Genaro Flores. En cambio, el bloqueo de caminos de 2000 fue dirigido por un sindicalismo compuesto por distintas fuerzas sindicales regionales y, se podría decir, diferentes “ideologías” campesinas. Disputaban la dirección de la CSUTCB el sindicalismo del trópico de Cochabamba con el sindicalismo campesino del valle de Cochabamba; disputa que se presento como la competencia entre dos líderes campesinos, Evo Morales Ayma, de las Federaciones del Trópico de Cochabamba, y  de los sindicatos del valle de Cochabamba. El peso de ambos sindicalismo regionales era equivalente; cómo no se pusieron de acuerdo la amenaza de división de la Confederación campesina era evidente. Se optó por buscar una tercera fuerza sindical y a un tercer líder campesina que pueda mediar y mantener la unidad del sindicalismo campesino. Se consensuó que esta tercera fuerza sea la del sindicalismo campesino del Altiplano de La Paz y el líder sea Felipe Quispe, quien se encontraba encarcelado  por alzamiento armado. En esta coyuntura el sindicalismo campesino más radicalizado era el influenciado por los Ayllus Rojos, organización campesina influenciada por el Ejército Guerrillero Tupac Katari (EGTK). Felipe Quispe pertenecía a esta agrupación guerrillera y era el principal líder de los Ayllus Rojos. En la CSUTCB de entonces queda a la cabeza el líder campesino guerrillero, aunque la dirección sindical se conforma con la composición de las fuerzas sindicales regionales mencionadas. En gran parte, la radicalidad de los acontecimientos del 2000 en el campo, particularmente en el Altiplano, que vuelven a repetirse el 2003, con su prolongación hasta el 2005, se explica por la presencia de los Ayllus Rojos y la dirección carismática de Felipe Quispe. El punto más alto de la rebelión campesina fue indudablemente el bloqueo de caminos de septiembre de 2000, tanto en el terreno de las acciones como el espacio del discurso, cuando no solamente el sitio de las ciudades recuerda al sitio de La Paz por las fuerzas indígenas dirigidas por Tipac Katari, sino cuando el líder campesino de la provincia de Omasuyo lanza su tesis de las dos Bolivia; la indígena y la criolla-mestiza. El país se encontraba virtualmente ante el preludio de una guerra civil.

En las postrimerías de las elecciones de 2002, contando con el prestigio adquirido por Felipe Quispe, los Ayllus Rojos, al parecer también el EGTK, deciden, no sin desacuerdos y con fuerte discusión, conformar un partido para participar en las justas electorales, el Movimiento Indio Pachacuti (MIP). El MIP logra obtener seis diputados, cuando el MAS se convierte en la segunda fuerza en el Congreso. La experiencia parlamentaria destroza al MIP, movimiento indígena y campesino que termina dividiéndose, por último desaparece del escenario político. En cambio el MAS va a ser la opción electoral, no solamente del campo sino también urbana, en las elecciones de 2005, que llevan a la presidencia a Evo Morales Ayma por mayoría absoluta. La pregunta es: ¿Por qué los Ayllus Rojos y el EGTK, que estaban más cerca del levantamiento armado en el campo, de dirigir una guerra civil, terminan optando por formar un partido y participar en las elecciones nacionales; es decir, terminan prefiriendo por una solución pacífica? ¿A qué se debe el cambio? ¿Razones prácticas? ¿Tácticas de coyuntura o una estrategia no-consciente inscrita como lógica de estatalización?

La historia parece repetirse como una condena; todo parece como si el Estado, como matriz republicana, como acumulación institucional, es decir, como reproducción política, también como telos estructural, termina venciendo a sus adversarios, termina incorporándolos a sus ciclos cortos, medianos y largos. ¿Es así o se trata de resistencias diferidas y dilatadas que efectúan una guerra prolongada contra el Estado? Por el momento todo parece confirmar lo primero. Lo mismo ha ocurrido con el proyecto de instrumento político de las organizaciones sociales, el MAS; su resistencia en el Chapare, su articulación a las luchas de los movimientos sociales anti-sistémicos, desatados en abril de 2000, el crecimiento vertiginoso de su convocatoria electoral el 2002, su victoria contundente en las elecciones de 2005, terminan convirtiendo a la rebelión cocalera, en plena guerra de baja intensidad contra los productores de la hoja de coca, en la expresión política que estataliza a los movimientos sociales, ampliando el espacio de la reproducción estatal, y extendiendo masivamente la legitimación del Estado. ¿No hay escapatoria? Las líneas de fuga terminan capturadas por la maquinaria estatal.

Ahora vamos a detenernos en la segunda hipótesis, la relativa a las contradicciones inherentes a los movimientos indígenas y campesinos. Antes bien, tenemos que decir que no son los únicos movimientos que contienen contradicciones, en realidad todos los movimientos sociales anti-sistémicos las comprenden en su seno. Sólo que el perfil de las contradicciones no es el mismo en uno y otro movimiento social. Las contradicciones en los movimientos indígenas y campesinos tienen que ver con la contradicción entre anti-modernidad y modernidad, contradicción que suele superarse de manera dialéctica, por así decirlo, en una síntesis de reforzamiento de la modernidad enriquecida, que subsume la anti-modernidad en la reproducción ampliada de la modernidad. Es indispensable leer a Frantz Fanón para comprender esta dialéctica de la ilustración y también dialéctica colonial[122].

Tomamos la dialéctica en su sentido hegeliano, como superación de las contradicciones en una síntesis tensa, que salta de una esfera más abstracta a otras esferas más concretas, contrayendo una acumulación de determinaciones, en un desenvolvimiento en espiral cada vez más logrado, marcha hacia la realización del saber absoluto y del Estado absoluto. Esta es la forma del desarrollo del capitalismo, el desenvolvimiento acumulativo y reproductivo de la modernidad, por tanto también dialéctica colonial[123]. Tal parece que los movimientos anti-sistémicos, los movimientos anti-modernos, los movimientos anti-coloniales, los movimientos indígenas y campesinos, los movimientos anti-capitalistas, terminan reforzando la reproducción d la modernidad, del capitalismo, de la colonialidad, del Estado. ¿No hay posibilidades a otro desplazamiento distinto al dialéctico, a la subsunción de la historia a la dialéctica? La dialéctica no solamente es la filosofía de la historia, la fenomenología del espíritu, como ciencia de la experiencia de la consciencia, la ciencia de la lógica, que responde a la dialéctica del concepto, tampoco es sólo la historia del capitalismo pensada como materialismo dialéctico, es mucho más, es la forma de reproducción del capital, de la modernidad, de la colonialidad y del Estado. Considerar que esto es así es reducir todas las formas de desenvolvimiento, de desplazamiento, todos los devenires de las dinámicas sociales moleculares a la figura acumulativa de la dialéctica. El acontecimiento no puede pensarse desde la dialéctica, rompe con la reproducción ampliada del poder, del capital, de la modernidad y del Estado. El acontecimiento como multiplicidad de singularidades, solo es comprensible en tanto devenir; es decir, como metamorfosis, como transformación, como repetición y diferencia. Devenir distinto, devenir otro, devenir animal, devenir naturaleza. El desafío es entonces salir de la dialéctica antimodernidad-modernidad, lograr la diferencia radical en la alter-modernidad.

Los movimientos indígenas y campesinos se debaten en ese dilema, cómo salir de la dialéctica antimodernidad-modernidad y encontrar la ruta de la alter-modernidad. Hasta ahora se ha reforzado la modernidad y la colonialidad, saliendo de la sociedad dual de castas e ingresando a la sociedad de clases, mediante la reforma agraria. También se ha reforzado la modernidad, la colonialidad y el Estado, saliendo de la exclusión e ingresando a las estructuras y formas de reproducción del poder. Indudablemente se amplía la democracia, se avanza en las igualaciones y equivalencias; esto no está en discusión. Empero, esto también refuerza la modernidad, el capital, la colonialidad, el Estado. No se trata, de ninguna manera, de rechazar las conquistas democráticas, las igualaciones y equivalencias; al contrario, se trata de profundizarlas. De lo que se trata es de salir de la reproducción ampliada de capital, de modernidad, de colonialidad y del Estado, que son la matriz paradójica de las dominaciones, de las desigualdades, exclusiones, discriminaciones y explotaciones.

La reforma agraria ha convertido a los comunarios en propietarios privados de la tierra, ha abolido, por así decirlo, la dualidad externa de las dos sociedades, de las dos repúblicas, la republica de indios, la republica de criollos y mestizos, dualidad colonial por cierto. Empero, ha trasladado la colonialidad al interior de una sociedad de clases, ha conformado y configurado un colonialismo interno, reforzando la colonialidad con el desenvolvimiento de nuevas formas. La llegada al poder de las organizaciones indígenas y campesinas ha abolido la exclusión del poder de las poblaciones indígenas; sin embargo, ha convertido a los “indígenas” y campesinos en los  mejores defensores de la modernidad, del capitalismo, de la colonialidad y del Estado. La legitimación del Estado se ha expandido considerablemente, abarcando a las grandes mayorías indígenas y campesinas a la reproducción ampliada del poder. Así se explican las contradicciones generadas en el proceso de cambio entre el gobierno “indígena” y popular contra las naciones y pueblos indígenas originarios en el conflicto del TIPNIS. También se explica el desfase y distanciamiento entre la práctica gubernamental y la Constitución.

Ahora bien, ¿cómo se asume subjetivamente esta dialéctica colonial? Se entiende la dificultad para sumir críticamente este proceso. Para muchos se trataba de eso, de obtener tierras en 1953, de llegar y administrar el poder en 2006; como interpreta un ideólogo del realismo político, que de lo que se trata, en resumidas cuentas, es de cambio de élites. Nada más que esto, mientras sigue la misma estructura de poder, la misma estructura colonial, la misma estructura de la modernidad, la misma estructura del capital, la misma estructura del Estado. Esta interpretación de la descolonización y de la emancipación es muy pobre y obviamente colonial. Ciertamente los que piensan de esta manera se colocan en posición defensiva, defienden al gobierno y sus logros; consideran a los que critican al gobierno, develando sus contradicciones, como contrarios al proceso. Asumen la defensa cerrada del Estado, de la modernidad y del capitalismo de Estado. La guerra anti-colonial y la lucha descolonizadora habría dado un gran salto cualitativo, si es que no habría concluido, convirtiéndose en una tarea menor.

Esta concepción se manifiesta en distintas psicologías desgarradas. Al ocupar el lugar del otro, del patrón, del doctorcito,  en la misma estructura de poder, lo que queda hacer es lo mismo que éste, imitarlo, reproduciendo sus mismas prácticas. En el mejor de los casos se va simular hacer algo distinto, empero esto se reduce a la representación, a lo nominal, a lo simbólico. Los que pretenden desestructurar el poder, conformar otras estructuras, son inmediatamente desplazados y descartados. Esta pretensión es rechazada, es descartada, de ninguna manera es aceptada; de lo que se trataba es de llegar al poder y punto. Ahora se trata de conservarlo. Frantz Fanón hace la crítica a esta dialéctica colonial, dice que cuando esto ocurre, cuando se ocupa el lugar del patrón, del colonizador, simplemente se reproduce la colonialidad, la estructura colonial, ahora ocupada en la casilla vacía del patrón por el colonizado convertido en gobernante. El lugar del blanco es ocupado por el negro, empero se mantiene la estructura de la dominación blanca[124]. La descolonización no se reduce a ocupar el lugar del otro, sino a destruir la estructura colonial[125].

                   

     

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La ruta del naufragio de la apología del fracaso

 

La única respuesta de los llunk’u es no entrar al debate, prefieren escabullirlo, optando por los procedimientos más pedestres de la descalificación. Lo hacen pues se han roto ética y moralmente, son como las termitas que se comen la madera con la que se tiene que construir el Estado plurinacional comunitario autonómico. No pueden decir nada ante la evidencia de la restauración descomunal del Estado-nación, colonial y rentista.  No lo hacen pues han optado por el servilismo más indigno y adulador; en el mejor de los casos hacen apología de un gobierno atravesado por grotescas contradicciones. Olvidan que la crítica es la mejor defensa del “proceso” de cambio, que la movilización general de 2000 al 2005 es la forma de la crítica fáctica de las multitudes, y que para realizar las transformaciones demandadas por la Constitución se requiere de la crítica teórica, política y heurística. Nada de esto pueden hacer los llunk’u pues han optado por el camino del encubrimiento y la complicidad con la secuencia escandalosa de errores. Son las voces del mal augurio que aplauden el naufragio.

Llama la atención que ante una consigna revolucionaria, como es la del gobierno provisional revolucionario, que forma parte de la memoria colectiva de la lucha de los pueblos, se desgarren las vestiduras, como lo hacen los más declarados defensores de la formalidad burguesa. En realidad, esta gente, que se inviste de “revolucionaria”, no es otra cosa que impostores y simuladores. Cuando se enfrentan a la crisis política, como la que vivimos, cuando hay que defender críticamente el “proceso”, cuando hay que tomar medidas de emergencia para reconducir el “proceso”, dan un grito al cielo ante propuestas de un gobierno de reconducción, que emerja de la movilización. La falta de formación, de experiencia política, de compromiso,  de imaginación y de consistencia, les lleva a acudir a argumentos tan estrambóticos, dignos de un conservador declarado, aproximando el concepto del gobierno provisional revolucionario con el golpe de Estado.

Estos llunk’u quieren ahora tomar la pose de seriedad,  de llamada de atención, acudiendo a una forzada ironía, para intentar lo que hace la pose de formalidad de la institucionalidad colonial, moderna y liberal, impresionar con su reiterativo simbolismo formal. Es una nueva mascara, después de avalar la expansión inverosímil de la corrupción, el clientelismo y el prebendalismo. Sobre todo después de avalar el modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente y la consolidación del Estado rentista. Lo más grave es que los llunk’u han decidido defender, como confesos nacionalistas, su Estado, el Estado-nación, dispositivo de la dominación del orden mundial, que administra y transfiere los recursos naturales de las periferias al centro del sistema-mundo capitalista, declarando la guerra al germen del Estado plurinacional, que se encuentra en la Constitución, en los territorios indígenas, que quiere ocupar el gobierno popular y entregar a las empresas trasnacionales extractivistas; germen que se encuentra en las naciones y pueblos indígenas, en el proletariado nómada, en el pueblo boliviano, que ha confiado en la oportunidad histórica. La pose de seriedad cae por su propia artificialidad, pues no es serio esconder la alarmante corrupción, tampoco el estancamiento de las nacionalizaciones, reducidas al procedimiento capitalista de compra de acciones, entregando el control técnico de la explotación y producción hidrocarburífera a las empresas trasnacionales. Esta pose de seriedad y “madurez” es extravagante en este contexto. Estos “llunk’u” creen, como en el caso del disfraz de héroes de rebeliones y revoluciones pasadas, que el ropaje transmitiría, por arte de magia, a sus conservadoras almas el espíritu de aquellos tiempos. Nada más dramático es verlos simulando cuando lo único que hacen es desprender prácticas, acciones, pensamientos, conservadores, prejuiciosos y restauradores.

El problema del itinerario de todas las revoluciones ha sido este decurso sinuoso; las “vanguardias”, por así decirlo, comienzan la “revolución”, uno de los sectores conservadores, más hábil, que el que defiende el antiguo régimen, opta por incorporarse, pero lo hace para dirigir, controlar y limitar al máximo los alcance de la revolución. Se puede identificar pues quiénes son estos “termidoranos”, terminadores de la “revolución”, que tempranamente  han mostrado estas aptitudes para el realismo político y  el “pragmatismo”. Lanzan tesis insólitas e insostenibles teóricamente y empíricamente como la del capitalismo andino-amazónico; tesis que ante la avalancha de críticas, la barnizan con la tesis del socialismo comunitario, que termina siendo lo mismo, a pesar del uso manipulador de los términos. Después acuerdan con la oligarquía regional una convocatoria a la Asamblea Constituyente, que limita y controla a la Asamblea Constituyente.

 Sobre todo el ideólogo del realismo político y del “pragmatismo” criollo boliviano, ha interpuesto sus buenos oficios para la elaboración de la convocatoria a la Asamblea Constituyente por parte del Congreso, cuando el poder constituido no tenía ninguna competencia para intervenir en un acontecimiento que forma parte de la auto-convocatoria del poder constituyente, los movimientos sociales anti-sistémicos. La insurrección popular ya había convocado a la Asamblea Constituyente en la guerra del agua (2000), en la marcha del CONAMAQ y del CIDOB por la Asamblea Constituyente (2002),  en la guerra del gas (2003) y en las jornadas de mayo y junio de 2005. Es este personaje pre-claro el que ha permitido la introducción  de la aritmética de las decisiones de los 2/3 en la ley de convocatoria a la Constituyente, es el mismo personaje que ha intervenido infructuosamente, mandando a sus alfiles, con órdenes, que desencadenaron la crisis de los 2/3 en la Asamblea Constituyente, llevándola a casi el colapso, pues no se sesionó por aproximadamente siete meses. A pesar de los errores mayúsculos, éste estratega, que más se parece al “metafísico del fracaso”, del que escribe Augusto Céspedes, continúa con sus ingeniosas intervenciones. El Congreso es el que amplía el mandato de la Constituyente, cuando era la propia Asamblea Constituyente la que podía tomar esta decisión. No contento con estas intervenciones violatorias contra el poder constituyente, encarnada en la Asamblea Constituyente, termina llevando a revisión el texto constitucional aprobado por la Asamblea Constituyente en Oruro. La revisión la hace nada mas ni nada menos que el Congreso, convertido en constitucional; el poder constituido revisa el 30% de la Constitución aprobada. Estas revisiones son conservadoras, limitantes, y demoledoras respecto a los objetivos de la Constitución. Se anula la reforma agraria, mostrando un evidente acuerdo del gobierno con los terratenientes, como ahora lo hacen al aprobar una pausa para la función económica y social, favoreciendo a los terratenientes. Ya queda como anécdota recordar que en esa revisión cambian la disposición transitoria de Oruro, que decía reelección indefinida, por la que se promulga donde se contabilizan los mandatos anteriores a la vigencia de la Constitución. Esto sumado a que sólo se puede reelegir una sola vez consecutiva, descarta la postulación inmediata del presidente a la reelección, si es que no se hace una reforma parcial a la Constitución.

No es pues casual que este lumbrera tenga tanta influencia en el gobierno, en el Congreso y en los demás órganos del Estado. Hay un proyecto de poder antelado. Tardó tiempo en decidirse a participar como candidato a la Vicepresidencia el 2005, pues había otro proyecto, llevarlo a él como candidato, pues se argüía que el MAS iba a empatar con la derecha, entonces era indispensable pensar una tercera alternativa. Las vinculaciones con empresarios brasileros, después con el gobierno brasilero, se dan con anticipación. Dados estos antecedentes no se podía esperar otra cosa cuando el entonces Ministro de Minería e Hidrocarburos, Andrés Soliz Rada se opone a firmar un convenio con Brasil que comprometía el gas húmedo, llevándose energía no pagada bajo el concepto de compra de gas seco, pues atentaba contra el Decreto Héroes del Chaco y contra los intereses del Estado[126]. El estratega atiende una llamada de Marco Aurelio, entonces asesor de Lula da Silva, que se queja de que su ministro no quiere firmar el convenio. El aludido llama al ministro y le pide la renuncia. ¿Qué clase de conducta es esta? ¿Patriótica? ¿Seria, madura, realista? Tiene un nombre, más allá de las poses; es servir a los interese de otro Estado y de las empresas trasnacionales de ese Estado. Es ser agente de los interese de la burguesía internacionalizada brasilera, que tiene un proyecto geopolítico hegemónico regional, diseñado en el IIRSA.

No hablemos de la poco valiente actitud de no reconocer quién dio la orden en la represión de Chaparina a la VIII marcha indígena en defensa del TIPNIS, que habla de por sí de un perfil psicológico conflictivo, vulnerable y caótico, a pesar de las apariencias de seriedad, de determinación y de seguridad. Dejemos pendiente su papel despótico en el conflicto del TIPNIS, conflicto que devela el carácter anti-indígena de un gobierno extractivista. Situémonos en el tema de la reelección, escandalosa de por sí, pues la Constitución promulgada es clara e indiscutible; no puede haber reelección, salvo si hay reforma constitucional y referéndum, consulta que podía mas bien fortalecer la reelección del presidente y darnos la oportunidad de re-conducir el proceso, contado con acuerdos en la campaña. ¿Por qué se lleva al presidente a una reelección impuesta, forzada de manera grotesca, mermando su apoyo? El personaje en cuestión no estaba habilitado, pues el Congreso del MAS no lo había elegido; por primera vez sólo había elegido a Evo Morales como candidato a la presidencia. Por otra parte, la misma Constitución dice equidad de género y alternancia. No había por donde. La tramoya es idear una estrategia sagaz, consultar al TCP sobre la interpretación capciosa de la mayoría del Congreso, buscando en la consulta su habilitación. Conocemos la resolución del tribunal, con lo que la eminencia termina habilitada, saltando la voluntad orgánica del MAS. ¿Por qué se hace esto, arriesgando la propia candidatura del presidente?

Ya es voz popular que el que gobierna es el clarividente estratega del realismo político y del “pragmatismo”, que ha armado toda una estructura de poder en el Estado, que le permite controlar e influir en todas las decisiones que se tomen en el aparato burocrático.  Es posible que esta imagen popular sea exagerada, además derive de la teoría de la conspiración; de todas maneras da una imagen de las percepciones populares sobre el manejo del poder en las gestiones del gobierno popular. Creo más bien que lo que se ha dado es una lenta marcha de deterioro, una lenta entrega a las estructuras de poder local, regional y local. Al principio se metieron en cosas grandes que creían que podían controlar, contando con la autoestima insuflada de líder, por una parte, y la autoestima de intelectual, por otra parte; empero, el peso de las estructuras, diagramas y agenciamientos de poder, pudieron más que el imaginario egocéntrico. Terminaron convertidos en engranajes de estructuras de poder. Los que gobiernan no son ellos, sino estas lógicas de expansión, de concentración y de acumulación, en el contexto de la geopolítica  del sistema-mundo capitalista. Además creo, que los dignatarios involucrados, ni se dan cuenta que ha corrido mucha agua bajo el puente; creen todavía que están en una atmósfera parecida a la de 2006, cuando la potencia social, la legitimidad y la credibilidad eran aplastantes. Ahora prepondera el desencanto, la desmoralización, la duda; en los sectores más críticos, aparece ya una actitud interpeladora.

Estas consideraciones tocan aspectos de un itinerario escabroso de hechos, que han sido tratados en varios textos y análisis críticos, sin pretender ser exhaustivas, tan sólo dando muestras de un patético perfil paranoico y de un desiderátum que repite la condena de las “revoluciones”, cuando no se desmonta el poder y se destruye el Estado, construyendo una transición, como, en nuestro caso, el Estado plurinacional comunitario y autonómico. Al respecto, el Movimiento sin Tierra de Brasil, afiliado al PT, decía de su gobierno, que no es que el PT ha tomado el poder, sino que el poder ha tomado al PT. Esta apreciación es válida también para nosotros.

Los únicos laberintos que se observan en esta historia son las de un gobierno que ha confundido la “realidad” con el teatro político y el montaje publicitario, también se observa el laberíntico esfuerzo de descalificar la crítica por parte de escritores apologistas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alucinación del poder

Los émulos de Correa

 

 

Parece un efecto dominó o, si se quiere, efecto por difusión. Después de la clausura indebida, ilegal e inconstitucional, por parte de Rafael Correa, de la ONG Pachamama, defensora de los derechos de los pueblos indígenas y de la madre tierra, los émulos en Bolivia, continúan con el despliegue desmañado de la misma conducta despótica. El Ministro de la Presidencia ha informado sobre la decisión del gobierno de clausurar la ONG IBIS. Los argumentos usados no dejan de ser sorprendentes, a pesar del discurso tan deteriorado del gobierno contra las ONGs, que no caen bajo su control o de cierto perfil de apoyo a las organizaciones indígenas. El Ministro de la Presidencia dice que las razones de la clausura tienen que ver con la injerencia política de la mencionada ONG. ¿Cuáles son los fundamentos legales de este atentado contra la democracia, haciendo gala de un arbitrariedad institucionalizada, suspendiendo los derechos fundamentales? No hay principios legales, solo la apreciación de una injerencia política, porque se trata de una ONG que apoya al CONAMAQ y al CIDOB. ¿Esta es una “razón” suficiente como para atribuirse el cierre de una ONG, amparada por convenios, acuerdos, leyes, normas y regulaciones institucionales? ¿Es un delito apoyar a las organizaciones indígenas? Otro argumento vertido por el ministro ha sido tan insólito como el anterior. Dice que si quieren las ONGs incidir en estos asuntos, considerados “internos”, que se conviertan en partido político. ¿Para apoyar a las organizaciones indígenas, en distintos proyectos, desde culturales hasta productivos, deben convertirse en partido politico? La torpeza gubernamental no podía llegar más lejos.

Aprovechando el festejo del lanzamiento del satélite Tupac Katari, el gobierno, decide esta clausura, confiando en la distracción pública, ocasionada por la algarabía del evento, nombrado ampulosamente como relativo al “ingreso a la era espacial”.  Una vez perpetrada la desvergonzada intervención gubernamental a la sede del CONAMAQ, con una acción punitiva paralela de fuerzas combinadas de mercenarios y de policías, el ejecutivo clausura, como si nada, a una institución no gubernamental, que ha venido apoyando distintos proyectos de promoción cultural e identitario, proyectos formativos y productivos, desde la década de los sesenta del siglo pasado. Lo hace, haciendo gala del despotismo acostumbrado, suspendiendo nuevamente derechos fundamentales, como si se estuviese en un Estado de excepción no declarado. ¿Puede legalmente hacerlo? No. Viola la Constitución, las leyes y los convenios internacionales. Al respecto, el único convenio internacional que respeta es el Dakar; lo ha dicho el Ministro de Gobierno, compungido por la amenaza del CONAMAQ de bloquear el Dakar. Estas son las grandes preocupaciones del gobierno “progresista”. Con esta actitud, responde simplemente a su compulsión deportiva por las competencias internacionales, así como  su desatada inclinación bélica por acallar la voz crítica de la organización indígena de tierras altas. El gobierno “progresista” ya tiene una lista larga de atropellos a los derechos de las naciones y pueblos indígenas, violaciones sistemáticas a la Constitución. Con el atentado a la sede de CONAMAQ y la clausura de una ONG se suman estos despropósitos a esta lista. Todo un historial autoritario.

Ciertamente, ninguna instancia estatal va a defender la institución no gubernamental del atropello sufrido. Ni la fiscalía, el Órgano judicial, menos el Congreso; todo los órganos del Estado, están al servicio del gobierno, subsumidos al monopolio de la violencia estatal, arrastrados a la arbitrariedad por el despliegue de una burocracia mediocre y déspota. ¿La sociedad va decir algo al respecto? Lo hizo contra la medida del “gasolinazo”, lo hizo apoyando a la VIII marcha indígena. Pero, no se pronunció mayormente ante la irrupción violenta perpetrada contra la sede del CONMAQ. Los medios de comunicación, tanto oficiales como empresariales, que cada vez más se parecen, conforman un conjunto de aparatos de propaganda, que, a su vez, son de encumbramiento, salvo alguna excepción honrosa, no se ocuparon  mucho del asunto, a no ser la presentación de la noticia, que en muchos casos aparecía como conflicto de dos bandos. ¿Dos bandos? ¿Se puede hablar de dos bandos cuando contrastamos una organización representativa de dieciséis regiones (suyus) y una improvisación atropellada de una trucha organización indígena, sin representación, ni bases? La objetividad es lo que brilla por su ausencia en los medios de comunicación.

Las víctimas se encuentran a merced de la violencia estatal, indefensas, ante el doble atropello, el perpetrado como acción, como facticidad de la violencia, y el de estar condenados a soportar las extravagantes explicaciones de los ministros. El mensaje es claro: puedo hacer lo que me venga en gana. No importa la Constitución, la leyes, los derechos; sólo importa la predisposición intolerante del gobierno, la voluntad despótica de controlarlo todo, acallado toda crítica, toda resistencia, incluso cualquier tibia actitud de moverse por terrenos no permitidos por el gobierno. ¿La sociedad va permitir que siga este despliegue de violencia estatal, que no es otra cosa que la suspensión de la democracia? Ya lo dijimos antes, un pueblo que no lucha por sus derechos y por su Constitución, es un pueblo que ha renunciado a sí mismo y a su dignidad.

En determinadas situaciones, se pierde la noción de las proporciones; se cree que lo que se hace no tiene mayores consecuencias, pues se cuenta con el monopolio mediático del discurso, que repite lo que ya nadie cree: injerencia extranjera. La única injerencia que se da es la intrusión gubernamental en las organizaciones no gubernamentales, la intervención prebendal en las organizaciones sociales, la intromisión divisionista en las organizaciones indígenas, el manejo doloso en el Fondo Indígena, la inescrupulosa ocupación de los territorios indígenas, la complicidad en el saqueo de los recursos naturales, propiedad de los bolivianos, de acuerdo a la Constitución. Esta última injerencia inconsulta es grave, pues toda afectación a los recursos naturales y a los pueblos asentados en el entorno, requiere consulta pública y, si se trata de pueblos indígenas, consulta con consentimiento, previa libre e informada. La gama de intromisiones inconstitucionales y arbitrarias del gobierno definen un perfil desbocado, el perfil de la alucinación del poder, arrastrándonos a la expansión intensiva del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente.

A pesar de la demostración de fuerza, lo que el gobierno hace es manifestar su desesperación. Se encuentra ante un periodo electoral, en la víspera del cual no aparecen señales que anuncien la repetición de resultados parecidos o próximos a los logrados en anteriores elecciones. Todo parece anunciar, más bien, una segunda vuelta. Es difícil creer que esta situación mejore con el lanzamiento del satélite Tupac Katari, de tecnología china, que si bien puede anotarse como un paso importante en el ámbito de las comunicaciones, usando una antena espacial, mejorando el sistema de comunicaciones, este logro no borra las contradicciones profundas del “proceso de cambio”, ni los crasos errores del gobierno. No borra el camino regresivo del gobierno “progresista”, que optó por preservar el Estado-nación, reduciendo a folklore la triple condición plurinacional, comunitaria y autonómica del Estado. Menos aún, cuando los gobernantes, creen que pueden seguir con sus atropellos, sin mayores consecuencias.

Estamos ante un gobierno que levita como un espectro atormentado, suspendido sobre el drama de la “realidad”. Estamos ante un gobierno que orbita la gravitación de un imaginario delirante. Se cree portador de la voluntad de los movimientos sociales, movimientos que el mismo gobierno anuló, al cooptar a sus organizaciones, al convertir la relación con ellas en una relación prebendal y clientelar. El gobierno no conlleva ninguna voluntad de los movimientos sociales, pues ha neutralizado esta voluntad, convirtiendo a sus dirigentes en subalternos, en patéticas figuras de la obediencia y sumisión, en instrumentos dóciles de las políticas restauradoras del gobierno “progresista”. El gobierno se ha convertido en un satélite que orbita alrededor de un agujero negro, órbitas cada vez más veloces y de menor diámetro, avanzando rápidamente al horizonte de su desaparición, hasta ser tragado por la inmensa gravedad de la nada.

Es difícil saber si el pueblo va reaccionar ante esta decadencia y descomposición. Lo ha hecho antes, ante sucesos extremos. El último atropello no es un evento extremo, en la intensidad de los que ocasionaron la reacción popular; sin embargo, es, desde ya, una injusticia cometida. Ante la cual no solamente debemos indignarnos, sino exigir enmendar el desajuste y la vulneración. La crisis del proceso ha llegado lejos, no sólo se ha rifado la oportunidad histórica de la descolonización, sino que ha desencantado y frustrado tanto a la gente, que ha evaporado todo entusiasmo, arrojándola a la pusilanimidad más pasmosa. No es fácil salir de esta inercia, sobre todo cuando el gobierno ha cerrado todos los espacios de la participación democrática.

Gobiernos ““progresistas”, en la era satelital, que convierten la progresión en una regresión, que convierten la “revolución” en una contra-revolución, la transformación en una restauración, la política en una simulación, recurren a la amenaza constante, atemorizando a organizaciones y a ciudadanos, blandiendo la sombra del cierre como bandera; en el caso de ciudadanos, con la sombra del terror judicial, inventándose procesos interminables. Recurriendo, como acompañamiento a esta administración de ilegalidades, al chantaje y la coerción. Los estrategas de estos procedimientos creen que se puede conservar el poder mediante el control total, la cooptación, el clientelismo, la corrupción, la amenaza permanente, la propaganda descomunal, el montaje ininterrumpido. Nada más equivocado; así como un gobierno no puede sostenerse por largo tiempo sobre las bayonetas, tampoco puede sostenerse por largo tiempo con el recurso obsesivo de la violencia, el uso descarnado de la amenaza y la economía política del chantaje. Estos procedimientos paralelos, empero recurrentes, a lo que habrían dado lugar es a un dominio aparente de la cascara de la esfera social, carcomiendo sus propias defensas, vaciando de todo contenido a la política, deteriorando la credibilidad, destruyendo la cohesión social de las organizaciones. Lo único que se puede mantener así, en el corto plazo, incluso, alargando el elástico, en el mediano plazo, es la formalidad de las apariencias. Los estrategas de este desastre dan muestras evidentes de arrobamiento. Creen que dan pasos adecuados a su propia preservación, cuando lo único que hacen es avanzar al abismo en una noche de niebla espesa.

         

    

 

 

 

 

 

 

 

 

Los apologistas

 

 

 

Los apologistas son los intelectuales que cierran los ojos, que optan por cantar alabanzas a las supuestas revoluciones, a pesar de la evidencia de sus contradicciones. Prefieren convencerse y convencer a los demás de la marcha irremediable de la historia. Son, en pleno sentido de la palabra, ideólogos, creen plenamente en la “ideología”; la “ideología” para ellos es la realidad. No hay diferencia. Por eso no escatiman esfuerzos, ni escritos, ni discursos, para demostrar que hay cambios, que los cambios son visibles. Pero cuando lo hacen se refieren a estadísticas, como lo hacían los diagnósticos de los gobiernos derribados; pretendiendo desplegar objetividad descriptiva y cuantitativa. Ambos, los apólogos y los “economistas” comparten el mismo mito, el mito del “desarrollo”. Ambos también comparten el mismo aprecio por la comunicación, la propaganda y la publicidad. Son incapaces de ver cara a cara el acontecer, lo que ocurre, si se quiere, la historia efectiva; no entienden que todo proceso está atravesado por contrastes, contradicciones, errores, problemas; sucesos que deben atenderse precisamente para aprender de las lecciones de la experiencia, corregir los errores, comprender las contradicciones, para lograr liberar las potencias y las posibilidades, inherentes en las coyunturas. Al no hacerlo, el régimen en cuestión se enfrasca en su propia “ideología”, se queda atrapado en su imaginario, mientras, paradójicamente, se convierte en el principal obstáculo para los cambios, para las transformaciones. Paradójicamente el régimen se convierte en lo contrario de lo que supuestamente se persigue; es el contra-proceso, la contra-revolución misma, investida con el rostro de la revolución; pero, eso tan sólo es una máscara.

Los apologistas necesitan de su referente, la supuesta revolución, pues viven de eso, viven del mito de la revolución; incapaces de hacerse responsables de las tareas revolucionarias. Una de esas tareas indispensables es precisamente la crítica. Prefieren la comodidad de la consciencia revolucionaria, que no es otra cosa que remembranza de antiguos actos heroicos, de viejas revoluciones, o del comienzo mismo de la revolución presente, ahora convertida en su propia decadencia. Son como los sacerdotes, cultores, ceremoniales, buscan en los nuevos ritos, repetir la fe en la idea de la revolución.

Una de las pretensiones de los apologistas es de ser realistas; postulan el realismo político. Consideran que lo que se hace, por parte de los gobiernos revolucionarios, es lo que se pueden hacer, es lo que permiten las condiciones objetivas. Esto no es más que una pretensión, pues su miopía y ceguera para no ver las contradicciones, los errores, los problemas, los muestra, mas bien, como poco realistas, pues se inclinan por la “ideología”. Se niegan a ver las dificultades; por lo tanto, se alejan de la posibilidad de aconsejar soluciones, incluso relativas a las transiciones adecuadas. Para los apologistas todo marcha bien; los problemas son leídos como tensiones creativas. Están muy lejos de la posibilidad de un análisis esclarecedor sobre lo que acontece. Prefieren hacer lo que saben hacer, apología del estado de cosas del Estado referente de la supuesta revolución.

Estos apologistas aparecen en todas las revoluciones, después de que estas estallan, sobre todo cuando las mismas logran acceder al gobierno; son los fieles acompañantes de los líderes y dirigentes de la revolución. Los idolatran. Son los que terminan cubriendo todos los problemas, los cómplices de las derrotas; pues al ocultar los errores, los problemas, las contradicciones, coadyuvan a la decadencia de la revolución iniciada, aunque no culminada. Los apologistas de la revolución bolchevique no solo encubrieron los grandes problemas, las grandes diferencias respecto a lo esperado por la teoría revolucionaria, sino que encubrieron crímenes. Estos apologistas acompañan al régimen en sus tiempos de gloria, cuando cae no son los que van a defenderlo; algunos quizás construyan hipótesis ad hoc, para explicar lo que ha ocurrido, el porqué de la caída; sin embargo, ninguno se va a hacer nunca una autocrítica. Quedaran silenciosos, con perfil bajo, si es que no reculan y cambian de posición. De todas maneras, con otras revoluciones, volverán a aparecer nuevos apologistas, que harán prácticamente lo mismo. La historia parece repetirse como una condena, dando vueltas como circulo vicioso.

Los apologistas no producen teoría, rumian con sus cuatro estómagos la vieja teoría, a la que consideran la verdad indiscutible; en el mejor de los casos, una verdad corregible. Cuando algunos de ellos hacen análisis lo hacen en el marco de la propaganda, nunca se pone en cuestión lo que se ha hecho oficialmente. No escriben para formar al pueblo, sino para adular a los líderes y dirigentes, para convencer a los convencidos. ¿Tiene algún servicio lo que escriben en defensa de la revolución? Diremos que sus escritos forman parte de la decadencia de la revolución. La acompañan en su derrumbe lento, poniendo colores a las tonalidades grises de lo que aparecen como hechos inverosímiles.

Se trata de discursos trillados, repetitivos y poco convincentes, salvo para los convencidos. Algunos llegan a la hilaridad, pues argumentan como promotores de turismo. Hablan de escenarios espectaculares, que anuncian el futuro, muestran cuadros de colores, para dar el mensaje de alegría. Incluso, a pesar de la constancia de que los gobiernos progresistas están metidos hasta el cuello con el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, llegan a decir que se trata de tecnologías limpias. Sin darse cuenta, por su simplicidad o ingenuidad, ofrecen a las empresas trasnacionales las riquezas del país vanagloriado; oro, estaño, hierro, cobre, zinc, tungsteno, manganeso. Hablan como los “economistas” monetaristas o los “expertos” de Naciones Unidas y de los organismos internacionales; demuestran que hay cambio con indicadores estadísticos generales. El argumento se sostiene en el crecimiento económico; incluso se atreven a apoyar esta tesis economicista, repitiendo el mismo argumento del ministerio de economía, la exegesis de la inflación moderada. Nunca se pusieron a pensar que la estructura metodológica de esos indicadores sirve para otra cosa, para medir el valor ponderado de la producción anual, con el objeto de garantizar las ganancias. Indicadores, cuyo eje aritmético radica en el cálculo de los costos y beneficios; son indicadores que no tienen ninguna utilidad cuando se trata de evaluar los cambios estructurales e institucionales. Menos se ponen a pensar que el indicador de inflación, construido y acordado internacionalmente, por los institutos de estadística nacionales, tiene una estructura de la canasta familiar que relativiza el impacto económico en la estructura de gasto de las familias con escasos recursos, que viven de un salario o un sueldo magro. No lo van a hacer, pues su papel no es cuestionar los mecanismos de dominación, tampoco los que se dan de forma cuantitativa.

Como lo hacen los economistas burgueses, quienes hacen elocuente su diagnóstico “médico”. Recurren a las balanzas de flujos, ingresos en relación a egresos, saldos de cuentas corrientes. Si son positivos, entonces el “proceso” marcha. Están lejos de detenerse a reflexionar sobre el hecho contundente de la expansión de la dependencia por medio de la expansión de la economía extractivista. No se les puede pedir que ausculten en el drama de las nacionalizaciones, que terminan siendo desnacionalizaciones, al entregar el control técnico de la explotación a las empresas trasnacionales. Prefieren hablar de lo que consideran positivo, el crecimiento de la demanda interna; atribuyéndole un papel que no les corresponde, el impulso del crecimiento económico, cuando evidentemente no lo es. La explicación de la “bonanza” se encuentra en los ingresos provenientes de las exportaciones hidrocarburíferas y mineras; estos ingresos han aumentado debido a las modificaciones en los términos de intercambio. Hablar del incremento en las reservas internacionales, es hablar como lo hacen los del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, quienes, obviamente están felices, pues estas reservas benefician al sistema financiero internacional; forma hegemónica del capitalismo contemporáneo. Principal responsable de la crisis del capitalismo especulativo, crisis que la pagan los pueblos, empujados a la austeridad por las políticas neoliberales recurrentes.

No hay diferencia entre el informe de los apologistas y el informe de Naciones Unidas, remarcan la movilización social hacia las clases medias, al sobresaltar el ingreso de un contingente de la población a los estratos sociales de consumo. A esto le llaman salir de la pobreza. A estas conclusiones llegan después de revisar indicadores estadísticos. Están lejos de contrastar los indicadores con estructuras sociales cualitativas. El valor de un dato se encuentra en su articulación y correspondencia entre magnitud y cualidad. No es un problema de los datos, es un problema de los que hacen usos tan lamentables de los datos, tan poco científicos, muy alejados del método estadístico.

Ni hablar de la Constitución, la que ha sido desmantelada por el “desarrollo legislativo” gubernamental, que más es la continuidad de la legislación del anterior régimen. La Constitución no se ha plasmado en leyes, menos se ha materializado en transformaciones estructurales e institucionales. El Estado-nación ha sido restaurado y consolidado. El Estado plurinacional es apenas un cambio de nombre. Los apologistas no entran a estos terrenos, sería demoledor para ellos.  

 

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Crítica de la “razón” nacionalista

 

Dedicado a Juan Pelerman Fajardo, combatiente anarquista, maestro intempestivo, eterno militante anti-imperialista.

 

La presentación de los resultados del Censo de Población y Vivienda de 2012, sobre todo los que se refieren a la pregunta de opinión sobre auto-identificación, han ocasionado una reacción, que llamaría exaltada, sacando conclusiones apresuradas, como la que dice: ven, la mayaría de la población en Bolivia no es indígena, es “mestiza”. Dejamos constancia de nuestra posición al respecto, dijimos con anticipación que no se trataba de un censo, sino de un retroceso a una enumeración, con pretensiones de ser completa. También dijimos que había problemas con la preparación del censo, debido a la ausencia de actualización cartográfica, además de problemas en la boleta censal, pues no se mantuvo la consistencia de las preguntas de comparación internacional, no se corrigió, desde el 2001, la pregunta solitaria de opinión sobre auto-identificación,  que no viene acompañada por preguntas de control. Este tema merecería un tratamiento adecuado; tanto desde el punto de vista “objetivo”, trabajando preguntas apropiadas contando con la constatación de evidencias; tanto como desde el punto de vista de vista “subjetivo”, de opinión. Empero, a pesar de estas observaciones se ha persistido en mantener la forma de pregunta, aislada de un contexto metodológico de preguntas de control. Los medios de comunicación, la llamada oposición, además de otros “opinadores”, se enfrascaron en una discusión estéril sobre la necesaria incorporación de la pregunta sobre la auto-identificación de mestizo. No se trataba de resolver el problema, incorporando la categoría de mestizo, en una pregunta aislada de opinión. Así no se resuelven los problemas metodológicos y logísticos de un censo mal encaminado.

Los “opinadores”, los medios de comunicación, los nacionalistas, vuelven a hacer relucir la pregunta de opinión, sus resultados, atendiendo a las proporciones que salieron sobre pertenencia e identidad, obviando que no hubo un censo “científico”, que así como se llama, sino una enumeración incompleta[127]. ¿Qué discusión puede haber sobre datos inadecuados e inconsistentes, que no tienen valor estadístico?  Ninguna. Si los nacionalistas se agarran de estos resultados desesperadamente, como revancha esperada, no hacen otra cosa que mostrar su falta de seriedad en los temas y en la discusión. Lo que sí es serio, y esto interesa, además es esto lo que hacen cuando pueden, es volver a exponer su concepción nacionalista de la historia.

Antes de comenzar la crítica a la “razón” nacionalista, vamos a aclarar algunos puntos, que deberían estar despejados.

1.   La defensa de los derechos de las naciones y pueblos indígenas no es asumida porque son más o son menos, porque son mayoría o son minorías, sino porque se trata de una lucha descolonizadora. Esto es, es una lucha contra la dominación polimorfa colonial, imperial y capitalista.

 

2.   Por lo tanto, esta lucha descolonizadora tiene su legitimidad de por sí, es histórica-política; corresponde a la lucha emancipadora de los pueblos colonizados.

 

 

3.   Pretender que este problema, el de la colonialidad, se resuelve con la consolidación del Estado-nación, no es más que patentizar la continuidad del colonialismo en la forma unificada de nación mestiza y de Estado moderno, ratificando la conquista, la colonización, el despojamiento y desposesión colonial y capitalista. Desconociendo la institucionalidad de las naciones y pueblos indígenas.

 

4.   El nacionalismo es  un imaginario político que legitima la dominación de la burguesía nativa - entiéndase como se entienda esto de burguesía nativa; criolla, mestiza o indígena -, que tiene su articulación orgánica con la burguesía internacional, al formar parte ambas del control del sistema-mundo capitalista. Entonces, la pretendida independencia que persiguen los nacionalistas no es otra cosa que ilusión, pues lo que hacen es soldar las cadenas de la dependencia al complementarse con las estructuras de dominación y control mundial del capitalismo. No puede haber independencia  con un Estado-nación que administra la transferencia de los recursos naturales de las periferias a los centros del sistema-mundo, lo hagan a través de la vía privada o nacionalizando.

 

 

5.   La independencia proclamada solo puede darse por el camino de la descolonización, que además exige salir del modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente, postulado tanto por los nacionalistas, los liberales y neo-liberales.

 

6.   Entonces la defensa de los derechos de las naciones y pueblos indígenas es un requisito de partida de la descolonización. No hay una lucha anti-imperialista consecuente que no sea a la vez una lucha anti-colonial y descolonizadora. Tampoco hay una lucha por la independencia que no sea a la vez una lucha contra el despojamiento y la desposesión extractivista de la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Como no hay una lucha consecuentemente anti-capitalistas sino es una lucha consecuentemente anti-colonial y descolonizadora.

 

Dejando en claro estos puntos, podemos iniciar nuestra crítica a la “razón” nacionalista.

 

La “razón” nacionalista no es otra cosa que la reiteración discursiva y local de la razón de Estado. Lo que se llama razón de Estado se encuentra en las raíces mismas del Estado moderno, de la separación dada entre Estado y sociedad.  La razón de Estado es la razón de los juristas y burócratas,  interesados en la universalización de la ley, en la abstracción del poder, en la conformación de una maquinaria administrativa instrumental, no ligada al cuerpo del soberano. La razón de Estado eleva el concepto de Estado a verdad absoluta, principio y fin de la historia nacional. Es, en términos kantianos, una idea, un ideal. A nombre de esta idea se legitiman las dominaciones instauradas. La nación es el otro concepto ligado al Estado; en realidad, es el Estado el que construye la nación, el que formula la “ideología” nacionalista. Se construye la nación abstracta, unificada, donde desaparecen las otras identidades, las otras lenguas, las otras culturas. Esta unificación y homogeneización se efectúa recurriendo a la fuerza, por lo tanto a la violencia para imponerla. La razón de Estado es la razón de la ley, ley suprema, ley abstracta, impuesta a todos, a pesar de la diversidad y diferencia.

 

La “razón” nacionalista se basa en la razón de Estado. Lo que hace sobre esta base es desarrollar una “ideología” nacionalista propia, con sus propias particularidades, referencias y memoria. Los que han jugado un papel en las luchas emancipadoras son los nacionalismos criollos, en la llamada guerra anticolonial de las independencias. Como dice Benedict Anderson, la “ideología” nacionalista o, si se quiere, el imaginario nacionalista, arranca en las colonias de América, con los colonos opuestos y afectados por la administración colonial, que restringía sus facultades y accesos, discriminándolos en la jerarquía racial de las colonias, aunque no ocupen el último puesto de la pirámide social[128]. Este nacimiento de la “ideología” nacionalista fue recogido por los nacionalismos del siglo XX, cuando en las repúblicas conformadas, en los Estado-nación constituidos, la dominación económica imperialista se apoderó de las riquezas de los países. La “ideología” nacionalista se reformuló en la formación expresiva de los discursos populistas. Esta “ideología” interpela al imperialismo, a sus formas inscritas en el país, sobre todo interpela a las oligarquías aliadas al imperialismo. Este nacionalismo anti-imperialista popular tiene efectos de cohesión y convocatoria, logra articularse a organizaciones de trabajadores y a las llamadas clases medias, mas bien urbano-populares, repercutiendo en el campo político al reconfigurarlo. Este nacionalismo llega efectivamente al poder, como se dice, desde donde comienza su proyecto politico a partir de las medidas de nacionalización.  Estos nacionalismos populares propugnan un capitalismo de Estado, tal como lo concebimos en América Latina[129]; es decir, un capitalismo administrado por el Estado, sobre todo con el establecimiento de empresas públicas. El programa, más o menos, se puede resumir en las medidas de nacionalización, en el control del comercio exterior, en una política proteccionista, en el control del cambio y en la nacionalización de la banca.

 

Hasta ahí tenemos el carácter progresista de este nacionalismo anti-imperialista y popular. El problema del nacionalismo es su apego, como dijimos a la razón de Estado, que corresponde a la lógica de la universalización, homogeneización y generalización del poder, en su forma abstracta; esta macro-institución que incumbe al campo burocrático. El problema del nacionalismo es sostener el imaginario de una nación unificada y homogénea, “ideología” que logra materializarse por el propio ejercicio estatal, de los aparatos ideológicos del Estado, por el funcionamiento eficaz del campo escolar. Esta nación universal se impone y sustituye a las naciones concretas, diversas y singulares. El Estado entonces se reproduce en las dinámicas mismas del campo escolar; se legitima como mega-agenciamiento concreto de poder por ser la nación, la nación institucionalizada, la nación como norma y ley. El nacionalismo refuerza la gravitación estatal en su relación con la sociedad.

 

Los nacionalistas de las sociedades de las periferias del sistema-mundo capitalista consideran que el fortalecimiento del Estado es fundamental en el enfrentamiento con el imperialismo.  En este argumento se explica la razón de Estado, que, en estas condiciones, pretende ser razón anti-imperialista. ¿Hay que preguntarse si hay una razón anti-imperialista, si la razón de Estado puede convertirse en razón anti-imperialista, cuando es la misma razón de Estado que ha llevado al imperialismo? La genealogía del Estado lleva al imperialismo, al dominio de un Estado sobre otros estados, después de haber dominado a su propia sociedad. Lo que se puede comprender es la contradicción entre estados, mucho más si se trata de la relación de poder de un Estado imperialista respecto de otro Estado subordinado. En esta contradicción está claro que hay que defender al Estado subordinado frente al dominio del Estado imperialista; empero, lo que está difícil aceptar es que el Estado subordinado pueda llevar a término la lucha anti-imperialista consecuentemente, manteniéndose en la propia institucionalidad estatal. Manteniendo sobre todo una “ideología” nacionalista.

 

Ciertamente el fortalecimiento del Estado-nación subalterno es indispensable, es parte de la lucha anti-imperialista, contra su dominación, contra sus agresiones y contra su apropiación desmedida y neocolonial de los recursos naturales. No se puede pensar esta lucha sin el fortalecimiento de los estados subalternos; esto es parte de la defensa de la soberanía nacional, indudablemente. Empero, el problema es que el Estado-nación subalterno, que se confronta con el imperialismo, reproduce una dominación interna, un colonialismo interno. El colonialismo interno se puede definir no solo como continuidad del colonialismo externo, en las dimensiones locales, sino también con su trasformación estructural en las condiciones de republica y el Estado-nación.

 

En Bolivia el colonialismo interno adquiere forma de mestizaje. La nación es la nación mestiza, el Estado-nación es el Estado que nace de la revolución nacional. Es el Estado que emerge de la nacionalización de las minas, de la reforma agraria, del voto universal y de la reforma educativa. Al principio estamos ante un Estado acompañado por el pueblo armas; milicianos obreros y campesinos armados, un Estado sostenido por los sindicatos de obreros y campesinos, un Estado administrador y gestor de empresas públicas. Un Estado que postula la educación fiscal, abriendo la educación para todos. Estamos hablando de todo un despliegue instrumental en la construcción la nación y el Estado-nación, además de la representación del pueblo. Pero, todo esto, todas estas construcciones institucionales, se pueden efectuar diluyendo a las comunidades, a las naciones y pueblos indígenas, en la nación mestiza, en la sociedad mestiza. El proceso de subsunción es gigantesco, las comunidades se convierten en sindicatos agrarios, las autoridades originarias en dirigentes sindicales, las tierras comunitarias en tierras distribuidas y entregadas como propiedad privada a las familias. Las migraciones convierten a los habitantes rurales en habitantes urbanos, la escuela convierte a los niños en castellano hablantes, expandiendo el bilingüismo, si es que no desaparece la lengua nativa.

 

Esta nación, la boliviana, como cualquier otra nación, correspondiente a la construcción del Estado-nación, es una comunidad imaginada, hecha “realidad” social, si se quiere por el campo escolar. Sin embargo, el Estado-nación no logra hacer desaparecer las diferencias culturales, las diferencias lingüísticas, no logra hacer desaparecer las naciones y los pueblos nativos. Persisten, resisten, no son subsumidos del todo, mantiene sus características propias culturales, inclusive institucionales.

 

El nacionalismo comprende también una concepción histórica lineal y evolutiva. Su tesis es la transición a la sociedad moderna, al desarrollo, al bien estar, a través del crecimiento económico. En este sentido caracteriza a las comunidades indígenas como atrasadas y a las otras culturas como pre-modernas o no modernas. Las soluciones son entonces el desarrollo y la modernización.

 

Es sugerente observar la forma como el Estado y la nación se convierten en sujeto, en el imaginario social. Como si el Estado tuviera vida propia y no fuera movido por las propias dinámicas sociales, como si la nación fuera alguien, una madre, con memoria histórica, a la que hay que defender, como si esta imagen no correspondiera a una construcción estatal, transmitida e inoculada por la escuela. Las entidades jurídico-políticas se convierten en “realidad” social a través de las instituciones, se institucionalizan. La nación entonces “existe” por este armazón institucional. Es una invención estatal. La escuela o el programa escolar encuentra una historia de la nación; esta historia rastrea desde los orígenes mismos de la nación. Ésta se encontraría en la época precolonial, en las sociedades conquistadas y colonizadas. Los acontecimientos de los levantamientos y rebeliones anticoloniales se convierten en la historia de la nación que surge en su lucha emancipadora. Las conspiraciones y sublevaciones en las ciudades se convierten en escenas dramáticas de la historia de la nación. Todos los eventos, tanto los levantamientos indígenas como las rebeliones criollas, se convierten en parte de la misma historia de la nación, que avanza a su realización. La guerra anticolonial pan-andina y la guerra de la independencia son aproximadas en el relato del nacimiento de la nación mestiza. Cuando nace la nación nace desnuda, todavía incompleta, requiere seguir madurando para lograr su realización plena. Todavía tiene que experimentar, tiene que sufrir, para madurar, para formar su consciencia nacional. Las heridas que abren las guerras en el cuerpo le ayudan a adquirir consciencia histórica, las clases sociales se encuentran en las trincheras, donde mueren y se mezclan sus sangres. La consciencia nacional se forma en el drama de la guerra. Los combatientes vuelven a la finalización de los desenlaces bélicos, vuelven para recuperar el país en manos de la oligarquía. La revolución es el renacimiento de la nación, la recuperación de su soberanía; la nación puede emprender su época auténtica, cuando ella es ella misma, llevada de la mano por el Estado-nación.

 

Esta narrativa nacionalista puede ser expresada de distintas maneras, más teórica, más históricas, más descriptivas,  más propagandísticas, no importa; el formato más o menos es el mismo. Lo que importa es la conclusión; todos somos uno, el Estado-nación; todos venimos de la misma madre, la nación; por lo tanto, todos somos la nación. Esta “ideología” nacionalista, que es también una “ideología” mestiza, ha hermanado a todos, indígenas, mestizos, criollos; incluso ha hermanado a las clases sociales, pues ha logrado la alianza de clases. Los problemas coloniales habrían desaparecido, la lucha de clases habría desaparecido; lo que queda adelante es resolver los problemas de desarrollo.

 

Este relato convincente forma parte del imaginario nacionalista. El mito nacionalista es la nación. Se puede decir que los pueblos no pueden vivir sin sus mitos; los mitos constituyen la matriz estructural de las subjetividades. Empero, lo que no se puede aceptar es que el mito moderno de la nación y el mito moderno de la historia, se den a costa de la desaparición de los otros mitos constitutivos de los pueblos, componentes, si se quiere, de la “nación” del Estado. No se puede aceptar que la construcción de la “nación” del Estado equivalga a la desaparición de las naciones e identidades culturales de los pueblos componentes de la “nación” del Estado. Esto no es democrático, aunque sea republicano. El “desarrollo evolutivo” de la democracia, usando términos inapropiados como “desarrollo” y “evolutivo”, refiriéndonos a la profundización de la democracia, ha ampliado los derechos fundamentales, incorporando los derechos colectivos; en este sentido, el derecho de las naciones y pueblos indígenas a su autonomía, a su autogobierno y libre determinación. El respeto de estos derechos hace ahora a la democracia, al ejercicio de la democracia y de la política contemporánea. Desconocer estos avances es situarse en una posición anacrónica y conservadora, que además no deja de ser colonial. Esto ya no es anti-imperialismo, es mantenerse en los códigos imperiales, aunque se lo haga localmente.

 

En esta historia efectiva, lo que hay que entender es que, en el contexto contemporáneo, en la actualidad del dominio y control financiero del ciclo del capitalismo vigente, la lucha anti-imperialista, hoy, en la coyuntura de crisis orgánica y estructural, es distinta que la de a mediados del siglo pasado. En aquél entonces el movimiento nacional-popular en Bolivia se enfrentaba a la oligarquía minera, burguesía minera a la que se llamó el súper-Estado minero, que tenía en sus manos el manejo del Estado y el control de los gobiernos de turno; oligarquía minera que, además, monopolizaba privadamente la explotación y la exportación de los recursos mineros. En esta situación histórica, económica y política, el libro de Carlos Montenegro Nacionalismo y coloniaje es, además de crítica del poder de la oligarquía minera y latifundista, una convocatoria a unir la nación contra la anti-nación, que dejaba las venas abiertas por las que sangraba el país. La anti-nación identificada era lo que se llamó popularmente la “rosca minera”, que correspondía a una caracterización de la época, conocida también como la “feudal-burguesía”. En ese contexto histórico y político, el “concepto” de nación se identificaba con el concepto de pueblo, de pueblo oprimido por la “feudal-burguesía”; la lucha requería la necesaria unificación de las fuerzas populares. Se trataba de la guerra de la nación de los explotados y oprimidos contra la dominación de la “feudal-burguesía”, cuyos intereses coincidían con los intereses del imperialismo británico.

 

A pesar de las diferencias de concepción, de las diferentes perspectivas políticas, otras interpelaciones a la oligarquía minera coincidían en esta percepción histórica, que tenía como horizonte al Estado-nación. La interpelación trotskista del POR, expresada en la Tesis de Pulacayo, también concebía una lucha contra la “feudal-burguesía” en términos de unificación de fuerzas, de alianzas en un frente anti-imperialista, bajo la hegemonía de proletariado, cuya alianza fundamental era obrero-campesina. También el POR, desde el enfoque de la lucha de clases, tenía como horizonte la nación, aunque planteaba una revolución permanente, en el marco de la teoría de transición, que conduzca a la dictadura del proletariado; es decir, a un Estado socialista en transición al comunismo. Como dice, Luis H. Antezana, estas interpelaciones, la nacionalista y la proletaria, componen una formación discursiva característica, correspondiente al discurso del nacionalismo revolucionario[130]. Lo que nombro en un ensayo como la episteme boliviana[131].

 

A estas alturas, a más de sesenta años de la revolución de 1952, no se puede estar blandiendo el mismo discurso “ideológico”, como si los contextos histórico-políticos no hubieran cambiado, como si no se hubiera vivido la experiencia del “nacionalismo revolucionario”, como si no se hubieran conocido su realización, además de sus límites. Pretender luchar contra el imperialismo actual, transformado, cuya composición estructural es otra, con las armas discursivas e “ideológicas” de la mitad del siglo XX, es un error no sólo conceptual sino estratégico y táctico. No se puede entablar el combate con mapas desactualizados; es como ir a una derrota segura.

 

A estas alturas no se puede alguien arrogar la posesión de la “verdad”, menos cuando se tiene una interpretación anacrónica, como la nacionalista; interpretación débil para comprender lo que acontece en la coyuntura. Descalificar, desde la posesión de la supuesta “verdad”, a otras interpretaciones de la época en cuestión, mitad del siglo XX, y a las nuevas interpretaciones del presente. Por ejemplo, descalificar a la interpretación de Guillermo Lora   por su enfoque de lucha de clases, en la interpretación de la historia de Bolivia y de la historia del movimiento obrero. Lucha de clases que daría lugar a la desunión y no a la unificación de las fuerzas. La interpretación del POR formó parte de la misma episteme, aunque lo haga desde posiciones más radicales.

 

Por otra parte, la experiencia de los gobiernos del nacionalismo revolucionario, para no incluir a los gobiernos del nacionalismo reaccionario, las dictaduras militares, corresponde a la historia efectiva, no a la historia imaginaria; esta experiencia histórica y política ha mostrado las contradicciones del nacionalismo revolucionario y sus propios límites, cuando la república se hace nacional-popular con la revolución de 1952. El nacionalismo, de revolucionario, tiene sólo la exaltación del término y las medidas iniciales que se tomaron, como las relativas a las nacionalizaciones. La revolución queda ahí, en las nacionalizaciones; lo que viene después es reiterar la consolidación de las bases de la dependencia, como el modelo extractivista de la economía y la forma del Estado rentista. Gestiones nacionalistas que resuelven sus problemas de legitimación, en la etapa crítica del proceso político, recurriendo a la ampliación de las redes clientelares, empujando a la administración de las empresas publicas a una pesada burocratización,  a una alarmante ineficacia y, por último, a una escandalosa corrupción. Si no hay una crítica a esta práctica efectiva nacionalista, es difícil tomar en serio las “críticas” actuales de los nacionalistas a la perspectiva del Estado plurinacional comunitario y autonómico.

 

A estas alturas, tampoco se puede aceptar la crítica a la Constitución Política del Estado, concretamente a su condición plurinacional del Estado, con el argumento insostenible, que sólo vale para la diatriba, de que detrás de la constitucionalización del Estado plurinacional estaban las ONGs. Llama la atención un manejo descuidado y desinformado del tema. El Convenio 169 de la OIT de NNUU, que establece los derechos de los pueblos indígenas, no ha sido un obsequio de Naciones Unidad sino una conquista de la lucha de los pueblos indígenas del continente Abya Yala por la descolonización, por sus territorios y derechos colectivos. Se trata de una lucha de décadas, realizada por las organizaciones indígenas, en defensa de los territorios comunitarios, reivindicando la autonomía, el autogobierno, la libre determinación, en defensa de sus leguas, de sus culturas y de sus normas y procedimientos propios. El concepto de Estado plurinacional viene de estas luchas de los pueblos indígenas. Descalificar esta lucha y sus logros políticos y conceptuales, que se expresan en otra perspectiva de transición pos-capitalista, como es la del Estado plurinacional, Estado en transición, no es más que reproducir prejuicios coloniales.

 

No se tiene todavía la experiencia del Estado plurinacional, pues este Estado no ha sido construido, ni en Bolivia, ni en Ecuador. Lo que se ha hecho es preservar y restaurar el Estado-nación, convirtiendo lo plurinacional en un folklore ceremonial y de montaje político. Al respecto es aceptable un debate sobre el Estado plurinacional, sobre su viabilidad, sus posibilidades y alcances transformadores, emancipadores y liberadores. Empero, se trata de un debate, mejor si es teórico, pero no de la reiteración de una diatriba y descalificación prejuiciosa. En lo que coinciden oligarquías, conservadores, nacionalistas, vieja izquierda, ideólogos y funcionarios del gobierno, es que defienden el Estado-nación como único horizonte posible, como fin de la historia. Todos ellos comparten esta perspectiva conservadora, cuya raíz conceptual radica en la razón de Estado.

 

Sergio Almaraz Paz tenía una virtud, entre otras, haber comprendido que una revolución estaba en marcha, a pesar de sus contradicciones. Parte del trotskismo de entonces también comprendió que esto ocurría, hizo en-trismo en el MNR, para posteriormente dividir el partido y atraerlos hacia la conformación del partido revolucionario. Los “entristas” quedaron atrapados en el magma del MNR, siguiendo una ruta sinuosa que Sergio Almaraz llamó el tiempo de las cosas pequeñas. Sergio Almaraz, militante de la juventud del PIR, responsable de la célula Lenin, fundador del Partido Comunista, después expulsado de éste, entre otras cosas por leer más a Camus que a Kostantinov[132], ingresa al MNR, partido destinado a hundir una revolución hecha por obreros, campesinos y sectores populares urbanos. En este drama político, no se puede escapar a la seducción de la revolución, de comprometerse y  entrelazarse con una revolución popular; la revolución interpela, convoca, exige que se tenga una actitud clara con ella. Muchos se desentendieron de la revolución y se apartaron de las masas. Con esto no se dice, de ninguna manera, que había que entrar entonces al MNR, ya sea como “entristas” o como lo ha hecho Sergio Almaraz. Sencillamente se dice que no se podía ignorarla, como lo hicieron quienes se desconectaron de ella, desconectándose también de las masas. Ahora también hay quienes ignoran lo que ha ocurrido entre el 2000 y el 2005 con la movilización prolongada. Esta movilización de las multitudes, de los sindicatos campesinos, de las naciones y pueblos indígenas originarios, de los sectores populares urbanos y de los trabajadores mineros, es un acontecimiento insurreccional. Este acontecimiento político ha puesto en evidencia la crisis múltiple del Estado-nación, este acontecimiento insurreccional ha puesto en mesa todos los problemas no resueltos, todas las luchas y reivindicaciones, las antiguas guerras inconclusas y la presente guerra contra el Imperio.  Las dos consignas claras de esta movilización se expresaron en las agendas de los movimientos sociales; en la Agenda de Octubre se exige la nacionalización de los recursos naturales, concretamente, de los hidrocarburos; en las agendas de los movimientos sociales se exige la convocatoria a la Asamblea Constituyente, reivindicación que viene de parte de las organizaciones indígenas y de los cabildos de la guerra del agua en Cochabamba. En otras palabras, se articularon el proyecto indígena de descolonización y el proyecto nacional-popular. Esta articulación no fue dada en el marco de la “ideología” nacionalista; todo lo contrario, fue elaborada en una perspectiva pluralista. No se puede desconocer y despreciar esta perspectiva colectiva, esta construcción política colectiva, este saber colectivo, más aún, a nombre de un nacionalismo que se remonta a la primera mitad del siglo XX, nacionalismo que no ha salido de sus contradicciones y de sus enrevesadas relaciones con el imperialismo que decía combatir.

 

 

La razón de Estado

 

La razón de Estado es, en primer lugar, la aparición de una forma de gobierno que ya no es el gobierno de sí mismo, el gobierno de la familia y el gobierno de la ciudad, en el sentido de la Grecia antigua; tampoco corresponde al gobierno pastoral, al gobierno de las almas, al gobierno de la iglesia. Se trata de un gobierno terrenal, que tiene sus propias “leyes”. En segundo lugar, la razón de Estado corresponde a la racionalidad de los políticos, quienes desarrollan un tipo de raciocinio sobre temas de la política, de gobierno, de administración, de políticas públicas. En tercer lugar, la razón de Estado convierte al Estado no sólo en una idea independiente, relativa a un campo de conocimiento, sino también en una “realidad” institucional[133].

 

La razón de Estado vendría a ser la composición, la estructura y la lógica del Estado; así como también el conocimiento de esta composición, estructura y lógica, de su funcionamiento. La razón de Estado concibe al Estado fuera del campo natural, fuera de la esfera divina, forma parte de la esfera terrenal, definiendo un campo propio, el del Estado, el campo institucional. La razón del Estado es el saber sobre el Estado, más o menos planteando el conocimiento de su “esencia”. La razón de Estado es conservadora, se propone conservar al Estado y se propone el Estado como fin mismo. La razón de Estado no se plantea como problema el origen del Estado o su culminación, se trata, mas bien, de una concepción de tiempo indefinido del Estado.  La razón de Estado se propone la paz, pero no la paz del imperio, sino la paz entre los estados, la paz pensada como equilibrio entre los estados, es decir, como diplomacia. Lo más peculiar de la razón de Estado es que descubre lo intrínseco al Estado, esto es, su carácter de excepción; el Estado de excepción, su facultad inherente de suspender las leyes y los derechos para gobernar[134].

 

La razón de Estado se manifiesta elocuentemente en el teatro político, en los montajes ceremoniales del poder. El Estado se muestra apabullantemente a plena luz del día o sigilosamente  en las tinieblas de la noche, protagonizando con imágenes desmesuradas el papel dramático de la política, de una manera desmedida y presumiendo omnipresencia. Así como la razón de Estado es la exigencia de obediencia al pueblo, quien puede sublevarse, revelarse, movilizarse, a partir del descontento. Entonces, la razón de Estado es también la administración de las causas del conflicto, comprendiendo tanto las causas estructurales como las ocasionales. El pueblo aparece a la razón de Estado con sus dos rostros; como sujeto de legitimación de sus actos o, al contrario, como interpelación de los mismos[135]

 

Los nacionalistas no cuestionan el Estado, mas bien son una de sus expresiones más acabadas, una de sus “ideologías” más elaboradas; este es el límite del nacionalismo, aquí acaba su función emancipadora,  a partir de aquí su papel no solo es conservador sino hasta reaccionario. Recurre a la razón del Estado, a la necesidad del Estado, al Estado de sitio, a la suspensión de las leyes y los derechos para salvar al Estado. Se acepta la violencia del Estado para salvar los temas estratégicos, desechando los que considera temas pequeños; se sacrifica a unos, que estorban, para mantener a otros, que considera el Estado que son necesarios.

 

A diferencia de los socialistas, por lo menos los socialistas marxistas, aquellos que se llamaron comunistas, que se plantearon, como postulado en el Manifiesto comunista, la destrucción del Estado, sustituido por la asociación de productores, los nacionalistas no cuestionan el Estado. Empero los socialistas resultaron socialistas inconsecuentes al agarrarse del Estado para defenderse, al optar por el Estado para establecer la dictadura del proletariado, quedando atrapados en el funcionamiento de sus engranajes y su fabulosa maquinaria, volviéndose también extremadamente estatalistas. Es cuando el socialismo se convierte en reaccionario y represivo. El problema en ambos casos es ciertamente su límite, que no pueden cruzar, el Estado; problema que también se puede interpretar a partir de una pregunta que no se responden: ¿Cómo continuar con la emancipación, cómo convertirla en liberación?

 

En Bolivia y, al parecer, en América Latina, los nacionalistas se apegan al verdugo que dicen combatir. Dicen defender los recursos naturales de su despojamiento imperialista; empero, cuando nacionalizan las empresas transnacionales que explotan los recursos, continúan con el modelo extractivista, volviendo a entregar los recursos naturales a la vorágine capitalista, sólo que lo hacen en otras condiciones, después de haber disputado los términos de intercambio. Es cuando el nacionalismo se embarca en un discurso encubridor, atiborrado de justificaciones, inventando seudo-teorías de la revolución por etapas, prolongando la dependencia. Este nacionalismo, que se dice de soberanía, no hace otra cosa que manifestar dramáticamente su incapacidad para defender la soberanía. En definitiva, en las periferias del sistema-mundo capitalista el nacionalismo ha servido para reforzar la dominación imperialista, investida ahora con una aparente continuación de la lucha anti-imperialista, mostrando nacionalizaciones que no continúan con la transformación del modelo productivo, que no puede ser otro que salir del modelo del extractivismo.

 

Decir ahora que los pueblos indígenas, sus derechos, constitucionalizados, son los mejores aliados del imperialismo, porque detrás de sus planteamientos están las ONGs es no solo un argumento insostenible, sino también un discurso colonial. Ahora, el mejor argumento de las empresas trasnacionales, mineras e hidrocarburíferas, que encuentran en la consulta con consentimiento y previa, que encuentran en los derechos indígenas, que encuentran en los territorios indígenas un obstáculo para sus inversiones y su explotación. Los nacionalistas, coincidiendo con las empresas trasnacionales, encuentran en los pueblos indígenas un obstáculo al desarrollo. ¿No es este un acuerdo imperialista, entre los nacionalistas, los nuevos cipayos, y las empresas trasnacionales, apoyadas por el sistema financiero mundial?

 

Atacar a los pueblos indígenas es atacar a los sujetos sociales que se han levantado contra el capitalismo desde la guerrilla en la selva Lacandona hasta la movilización prolongada boliviana, en defensa de la madre tierra. La lucha anti-imperialista concreta, la  lucha anticapitalista efectiva, viene efectuada por los pueblos indígenas, así como también por movimientos sociales anti-sistémicos no-estatalistas, por lo tanto no-nacionalistas, movimientos sociales anti-sistémicos pluralistas.

 

 

¿Es un problema el mestizaje?

          

La llamada oposición y el gobierno se entrabaron en una discusión, que me parece estéril; si se incluía o no en el listado de pueblos indígenas a la categoría mestizos. Cuando el problema no era este. Técnicamente el problema planteado desde el censo de 2001, que incluye la pregunta, era que se trataba de una pregunta de opinión, que merece otro tipo de tratamiento; una metodología para preguntas de opinión, que requieren de un paquete metodológico, incluyendo preguntas de control. Sin embargo, extraña que no se haya tenido en cuenta la encuesta socio-étnica y demográfica, realizada a fines de los años noventa, con el objeto de cubrir a la población de los llamados pueblos nativos. Allí se captan varias características, mediante una boleta con preguntas objetivas, sujetas a verificación en sitio. Se trataba de introducir en la boleta censal, del censo que venía, un paquete de preguntas que permitan captar características de los pueblos indígenas, no solamente los tamaños. Sin embargo, no se sabe por qué se optó por una pregunta de opinión, aislada, que además iba a dar resultados muestréales. El mismo problema se mantuvo once años después, en el Censo de Población y Vivienda de 2012. ¿Por qué? No se sabe por qué no les interesa a los organizadores del censo discutir temas estratégicos que afectan a toda la población. Prefirieron optar por decisiones arbitrarias, derivadas del ejecutivo, que tiene escaso conocimiento de la metodología de los censos, mucho menos de demografía.

 

La introducción de la categoría mestizos en el listado no resolvía, obviamente, los problemas estadísticos heredados. ¿Es un problema saber si son mayoría los mestizos o los indígenas? ¿No es este, mas bien, un problema de poder? Hay en esta situación algunas alternativas; que sean mayoría los indígenas, sin embargo, minoría política; que sean mayoría los mestizos, sin embargo, ahora se sienten minoría política; ¿por qué? Una tercera alternativa, que ambos sean mayorías y minorías, en unos casos demográficas, en otros casos, políticas, dependiendo de la territorialidad. ¿Qué significa esto en términos políticos? ¿No se puede plantear la cuestión de otra manera? Por ejemplo, que todos sean mayorías políticas, mejor dicho que todos sean minorías políticas[136], bajo una concepción pluralista de la política. Esta discusión sobre quien es mayoría nos muestra que no se ha entendido el espíritu constituyente, la episteme pluralista, en el que mueve la Constitución.

 

Como dijimos más arriba, sobre los resultados cuestionables del censo, que no fue censo sino una enumeración incompleta, con un margen de sub-registro, por lo tanto de sub-numeración, por falta de actualización cartográfica, que podría moverse entre el 10% al 30%, no se puede discutir nada. Hay que hacer un censo de verdad, con amplia participación de la ciudadanía.

 

El vicepresidente, en el discurso del 6 de agosto ante el Congreso, en Cochabamba, dijo, refiriéndose a los resultados censales, sobre todo a este tema de la proporción de indígenas y mestizos, que mestizos es una categoría colonial de tributación, refiriéndose, seguramente, a la clasificación de la tributación “indígenal” colonial. Bueno, no sólo, pues es un término usado de manera polisémica. Ahora bien, toda clasificación racial es obviamente colonial, ahí entran los términos raciales de blanco, de color, mestizo y también indígena. Todas estas categorías son coloniales. El objetivo de abrir el censo para la cuantificación de los pueblos indígenas, en principio, nuca fue cuantos son indígenas y cuántos son mestizos, sino cuáles son las características de los pueblos nativos en su distribución territorial, rural y urbana, y que impacto estadístico tenían estas características. La incorporación de las poblaciones nativas formaba parte de la incorporación de paquetes metodológicos para producir indicadores específicos y diferenciales, con el objeto de apoyar la definición de las políticas públicas. Todo esto, que forma parte del estudio de las poblaciones, ha quedado inhibido,  y se ha preferido optar por preguntas de interés político.

 

Esta discusión estrambótica, sobre mestizos e indígenas, entre la oposición y el gobierno, se puede resolver con una aproximación; ¿Cuántos hablan lengua nativa, cuantos hablan castellano, cuántos son bilingües y hasta trilingües? Empero, lo que está en cuestión es la representación de los pueblos indígenas, de acuerdo a normas y procedimientos propios, representación donde deberían estar todas las naciones y pueblos indígenas; de lo contrario no tiene sentido hablar de Estado plurinacional, menos de Asamblea Legislativa Plurinacional. Las minorías no se representan porque son más o porque son menos; bajo el criterio de la democracia pluralista, las minorías se representan precisamente porque son minorías. Las mayorías ya están representadas. Este tema es agudo para tierras bajas, también cuando hablamos de tierras altas, en el caso de los urus, de los chipayas y otros pueblos indígenas andinos. Una verdadera discusión democrática es esta y no si los mestizos son mayoría o los indígenas, que es una discusión en todo caso colonial.

 

El vicepresidente también ha dicho que todos somos bolivianos, sólo que unos son bolivianos, en general, y otros son bolivianos con identidad particular. ¿Qué es esto? ¿Quiere decir que unos son bolivianos del Estado-nación y otros, además de ser bolivianos del Estado-nación, son también bolivianos de sus naciones y pueblos indígenas? ¿Así se resuelve el problema? Este argumento es parte de la concepción nacionalista del vicepresidente. De lo que se trata es de saber de qué manera, de qué forma, se concreta, se institucionaliza, la condición plurinacional de los ciudadanos bolivianos. El discurso del vicepresidente nos muestra cuán lejos estamos de la construcción del Estado plurinacional.

 

Lo que no se da cuenta el vicepresidente al decir, ingenuamente, que unos son bolivianos en general y otros bolivianos con identidad particular, con identidad indígena, dice, concretamente, que unos son mestizos en general y otros son mestizos con identidad indígena.  ¿Qué es ser boliviano sino mestizo? El Estado-nación de Bolivia, que nace a la independencia en 1825, como república de Bolívar, algo así, en el imaginario político de los nombres, como la esposa de Simón Bolívar, se consolida como Estado-nación cuando la república se hace nacional-popular con la revolución de 1952, después de un interregno “bárbaro” desatado por los “caudillos ilustrados” y después del lapso republicano liberal, dado con la culminación de la guerra Federal. Este Estado-nación y esta república popular constituyen e instituyen una nación mestiza. Entonces ser boliviano es ser mestizo y mestiza. ¿Se explica estas contradicciones del vicepresidente  por el desborde del inconsciente? El inconsciente se filtra a través del lenguaje, está en el lenguaje como su sentido oculto. ¿O se explican por una ingenuidad patética, que se esconde en una pretendida soberbia desmedida?               

Estelas políticas del Quijote

Critica de la racionalidad justiciera

 

Parece que asistimos a una constante experimentación de inadecuaciones entre discurso emitido, auditórium, escenario al que se dirige el discurso, mundo al que se pertenece, imágenes y percepciones de ese mundo, imágenes y percepciones de los interlocutores. Habría que averiguar si alguna vez se dio una adecuación, sino absoluta, por lo menos equilibrada, entre estos componentes del acontecimiento discursivo. Teóricamente ese fue el lugar donde y el momento cuando el discurso se daba en un auditórium concreto, donde los interlocutores estaban presentes, escuchando. Esa es la imagen transmitida por la filosofía de la Atenas antigua, esa es la imagen transmitida por la antropología de los ayllus precolombinos. Ahora, muy lejos de esos escenarios de la palabra emitida, de la retórica y la dialéctica,  de la voz comunitaria, cuando los medios de comunicación de masa ligan el discurso a millones de personas que no están presentes y se las desconoce, lo que se puede constatar, con  certeza es la inadecuación der los discursos, los escenarios,  población de interlocutores, mundo.

Cuando se emiten los discursos, los o las que lo emiten creen que los escuchan todo el mundo, por lo menos el mundo ligado a la comunicación. Se imagina un auditórium abstracto donde los radioescuchas y los televidentes están apegados al aparato escuchando y viendo. Esta es una de las inadecuaciones compartidas en el mundo moderno. No es cierto que todo el mundo escucha y ve, está atento al discurso emitido. Sólo una parte de la población conectada escucha y ve justo el programa donde se emite el discurso en cuestión. De esa parte, a unos pocos les puede interesar, otros pueden asistir con curiosidad, en tanto que muchos se toparon por casualidad. La pregunta pertinente es si los medios de comunicación de masa permiten el raciocinio público, el raciocinio social, o más bien lo adormecen, incrementando esta modorra con la creencia, equivocada, de que se trata de medios que favorecen la democracia, al difundir información y al compartir masivamente programas de debate.

Lo que es cierto es que se ha perdido la relación directa, en un auditórium concreto. No se sabe cómo llega el discurso, tampoco se sabe que piensa la gente; por más que estos programas abran espacios de opinión y de preguntas por parte del público. No se da la construcción social y colectiva del consenso, que también es una construcción colectiva de la interpretación social. Esta podría ser una primera conclusión.

A esta inadecuación se suma otra; la que tiene que ver con la ilusión racionalista. El creer que la razón es el mejor mecanismo, si se puede hablar así, de convencimiento. El prejuicio es el siguiente: la razón se impone en un mundo racional, la verdad se impone en un mundo que reclama justicia. La imagen anecdótica que se tiene, cuando se comparte este prejuicio, es que una vez demostrado racionalmente el argumento, una vez develado el error que los otros cometen, entonces, los equivocados o extraviados desandarán el camino y reconocerán sus errores o sus extravíos. Este prejuicio se basa en un juicio que supone que el mundo y la historia se mueven por la astucia de la razón. Esta es la conjetura del determinismo racional.

El mundo ni la historia se mueven racionalmente, no hay tal astucia de la razón, que como una providencia juega sus cartas para finalmente terminar de vencer, debido a sus artimañas racionales. Esa providencia racional es heredera de la providencia divina de las religiones trascendentales. Para decirlo de manera resumida, el mundo y la historia se mueven por la concurrencia del azar y la necesidad. Azar como aleatoriedad y necesidad como condicionante, estructuras y encadenamientos, conformados por las composiciones asociativas de las dinámicas moleculares.

También se puede decir que el mundo y la historia se mueven por fuerzas múltiples, variadas, diferentes, en distintos planos o campos del acontecer. Son los campos de fuerza, las correlaciones de fuerza, el afecto y el efecto de las fuerzas, lo que plasma realizaciones y desplazamientos dados en el mundo y en la historia.

La gran novela inaugural de la modernidad es Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra. En esta novela se describe al anti-héroe, romántico y “loco”, que, mas bien, nosotros creemos que es racional. El anti-héroe cree que por el sólo hecho de investirse de caballero, todo el resto, la gente va comprender e interpretar estos símbolos, reconociéndole como justiciero. Bastaba lanzarse en campaña enmendando entuertos y sinrazones para que esta campaña tenga éxito. La inadecuación del Quijote no es sólo confundir al mundo con la epopeya de caballerías, tampoco descontar la desventaja de que la gente de su presente no haya leído las epopeyas de caballería, para poderlo entender, sino el creer que el mundo es una escritura. Todo está escrito, hay destino, la razón y la justicia se imponen.

Esta es una ilusión racionalista, que llamaremos quijotesca, pues consideramos a Don Quijote, mas bien, consecuentemente racional cuando pretende usar la razón contra la sinrazón del mundo. Esta ilusión racionalista es compartida por gran parte de lo que se llama comúnmente “izquierda”. La “izquierda”, particularmente la “izquierda” radical, la única digna en nombrarse como “izquierda”, pues lo otro, con pretensiones “izquierdistas” es realismo y “pragmatismo” descarnado, es decir conservadurismo, en el mejor de los casos, o cinismo, en el peor de los casos. En este debate no entra lo que se llama comúnmente “derecha”. Este referente político no sueña, de ninguna manera, con transformar el mundo; al contrario, cree, que lo mejor que se puede hacer, es conservarlo tal como está. Entonces, esta “derecha” no está invitada a esta discusión.

La “izquierda” de la que hablamos - no vamos a dedicarnos al detalle de todos sus matices y diferencias, en los que sí son muy celosos, en distinguirse –  cree que porque tiene razón, eso basta, para convencer, por lo menos a los explotados, condenados y discriminados de la tierra. Basta entonces con emitir el discurso de crítica y el discurso de convocatoria para que el pueblo, el proletariado, las comunidades indígenas, las mujeres dominadas, se levanten y acompañen a los caballeros y damas andantes en la gesta libertaria. Esta ilusión racionalista ha frustrado elocuentemente muchísimas veces a esta “izquierda” de caballeros y damas justicieras. Para esto tienen una explicación: no han sido entendidos, las masas han sido engañadas por demagogos o han preferido conformarse, cooptados por la prebenda.

Sin poner en duda su estructura ética y moral, la que es el substrato afectivo y valórico que sustenta las acciones de esta “izquierda” radical, algo que falta completamente en los “pragmáticos” y realistas, los oportunistas y cínicos, el problema de esta “izquierda” es llevar a extremo las inadecuaciones entre discurso, auditórium, escenarios, mundo.

En la crítica vertida anteriormente, establecimos cuadros de interpretación del acontecimiento político, de la coyuntura, de la historia política y de las genealogías del poder. Una de las tesis establece que los realistas y “pragmáticos” del reformismo de turno actúan, se colocan en el escenario. Optan, en consecuencia, por los montajes y el teatro político. A esto le hemos llamado el síndrome de la simulación. En lo que respecta a la “izquierda”, podemos decir también que se comporta como estando ante un espectáculo, el espectáculo de la historia, de la dialéctica de la historia; interpretada desde una filosofía de la historia, pretendido saber absoluto de la historia. También actúa, de otro modo, obviamente, que los “pragmáticos” y realistas. Lo hace hablando a las imágenes que tiene del pueblo, del proletariado, de las comunidades indígenas, de las mujeres. Sustituye al pueblo efectivo, con sus diferencias y diversidades, con sus dramas cotidianos, por las imágenes que tiene del pueblo, del proletariado, de las comunidades indígenas, de las mujeres. Su amor sincero por ellos no llega a la piel y a los oídos de este pueblo, por la sencilla razón de que no están escuchando la voz clamorosa de los caballeros y damas andantes.

Por ejemplo, gran parte del pueblo, gran parte de los contingentes populares, todavía cree que en Bolivia se sigue dando un “proceso de cambio”. Que lo que está ocurriendo, de todas maneras, a pesar de sus contradicciones, son transformaciones sentidas. Gran parte de las comunidades campesinas consideran que el caudillo es Evo Morales Ayma, que aunque no sea la reencarnación radical de Tupac Katari, de todas maneras es un caudillo indígena, aymara, que los representa. Parte del lo popular urbano también considera, que a pesar de las profundas contradicciones del “proceso”, las palpables regresiones del gobierno, no hay, por de pronto, otra alternativa, sino la “derecha” que acecha. En estas condiciones, hacer campaña electoral por un frente de “izquierda” es estrellarse contra los molinos de viento. El pueblo no va votar por esa “izquierda”, por más ética que sea, por más razón que tenga, porque, sencillamente no la conoce, no ha tenido la oportunidad de conocerla. Sólo conoce, en la memoria reciente, las luchas de la movilización prolongada, que llevaron a Evo Morales a la presidencia. Esa es su victoria, la victoria del pueblo cobrizo. Que lo que acontece no es lo que se esperaba, cierto, pero, esta mezcla forma parte de los costos, de las impurezas, de las desdichas que acompañan como sombra a toda dicha.

Para que no se confunda, de ninguna manera se interprete lo que decimos como si se apoyara al “pragmatismo”, al realismo político, al oportunismo y al cinismo de los gobernantes. Nuestra crítica ha sido y es clara al respecto; nos remitimos a lo escrito y publicado. Los “pragmáticos”, los realistas, los reformistas, no son ninguna salida y solución a los problemas de la emancipación y liberación. Al contrario, son un gran obstáculo. Históricamente son los mejores aliados de la “derecha” tradicional, pues detienen la radicalización de los procesos emancipatorios. Lo que debe quedar claro a los y las activistas libertarias es que no sólo se debe luchar contra esa “derecha” tradicional, sino con las nuevas “derechas”, emergentes de los proyectos y experiencias políticas reformistas. Sin embargo, no es posible efectuar ambas luchas si se postula la ilusión racionalista.

Si se quiere profundizar el “proceso de cambio”, en el lenguaje usado por nosotros, o si se quiere inventar otro “proceso”, debe quedar claro, que esta profundización o esta invención, no se puede realizar sin contar con el pueblo, con el proletariado nómada, con las comunidades campesinas y comunidades indígenas, sin las mujeres. Si no se construye un consenso político con estas mayorías, no se cuenta materialmente con fuerzas para efectuar la profundización o la invención del proceso. La emancipación, la lucha política, no es un acto racional, no es un producto de las inferencias intelectuales, es la composición extraordinaria de la convulsión de las fuerzas sociales. Para asociarse y conformar estas fuerzas demoledoras es indispensable escuchar al pueblo, al proletariado, a las comunidades campesinas, a las comunidades indígenas, a lo popular urbano. Es indispensable comprender el estado de ánimo de las mayorías, es menester aprender colectivamente a interpretar la complejidad de la coyuntura, es menester construir socialmente consensos, conocimientos, saberes activistas, que puedan intervenir efectivamente en el acontecimiento político. Mientras no ocurra esto, mientras se crea que basta ser asistidos por algunos medios de comunicación, hacer conocer por estos medios la crítica, la interpelación, la proclama,  las mayorías no encontraran otra opción “pragmática” que seguir apoyando a lo único que tienen, el gobierno que han ayudado a emerger, de las profundidades de las entrañas mismas de  las propias luchas.

Por otra parte, la ilusión racionalista debe ser criticada. Es una teoría reduccionista. Ha reducido la historia y el mundo a la dialéctica abstracta de conceptos opuestos, que están lejos de expresar la complejidad plural de los acontecimientos efectivos del mundo y la historia. Esta ilusión racionalista está íntimamente ligada a una petulancia, el creerse vanguardia. Si algo nos ha enseñado las historias dramáticas de las “revoluciones”, es que estas vanguardias del presente se convierten en los verdugos de mañana. En todo caso las vanguardias llegan a tener bocetos del acontecimiento, de la complejidad inherente a los sucesos y procesos. Esos bocetos no logran abarcar la extensa y dinámica complejidad de los acontecimientos. Para enfrentar los desafíos de las emancipaciones múltiples se requiere la construcción de conocimientos colectivos  y saberes sociales compartidos, conformados en la construcción de consensos y de asociaciones activistas.

 

 

 

Conclusiones

1.   La ilusión racionalista es el prejuicio medular de la modernidad. Su enunciado elocuente es: todo lo racional es real y todo lo real es racional. Este reduccionismo determinista corresponde del vaciamiento metafísico de los espesores de los acontecimientos, que habitan y convulsionan lo que se llama la “realidad” efectiva. Esta razón moderna, racionalidad instrumental, conoce apenas las formas y líneas tenues, que ha dejado, después de despojar a la “realidad” de sus contenidos. Sobre este boceto o conjuntos de bocetos logra efectuar inferencias, intervenir instrumentalmente, afectando sus entornos, creyendo que domina la “naturaleza”, cuando lo único que hace es construir el mito del progreso y el desarrollo.

 

2.   La “izquierda” radical no ha dejado de ser moderna, compartiendo con la burguesía y la ciencia moderna, los prejuicios inherentes a esta cultura de la vertiginosidad y de la simulación. Es una “izquierda” que cree que el socialismo es revolución industrial más colectivismo, llámese soviets, consejos o comunidades. Es una “izquierda” que encuentra el socialismo después de efectuada la revolución industrial.

 

3.    Esta “izquierda”, de la que no se puede dudar de su honestidad y entrega, es parte de la estela dejada por Don Quijote de la Mancha; se inviste del traje de los revolucionarios de la historia, pretendiendo con esto, sea reconocida por los explotados y condenados de la tierra, pretendiendo iniciar una campaña de luchas, que derivaría en la “revolución” como acontecimiento dramático de la historia, abriendo un nuevo horizonte. Todo esto acontecerá como tejido de la astucia de la razón, inherente en las entrañas de la historia.

 

 

4.   Empero, es una “izquierda” solitaria, pues por los que lucha, no la escuchan ni la ven. En todo caso, algunos, podrán adivinar su figura lánguida y desafiante en el horizonte; pero, esta figura no está al alcance como para asociarse, discutir, consultar, corregirle, aprender mutuamente.

 

5.   De Don Quijote se decía que se había vuelto “loco”, para nosotros, mas bien, radicalmente racional, por leer tantas epopeyas de caballería. De esta “izquierda” podemos decir que se volvió la evocación de un excesivo racionalismo por leer tantas epopeyas revolucionarias.

 

 

6.   Bueno, de modo diferente, que el sentido común popular de la coyuntura, pues hay sentido subversivo popular en coyunturas de crisis descarnada, podemos decir, que es esta la “izquierda” que tenemos, que tenemos que contar con ella por su reserva ética, su facultad crítica, para mantener el fuego, para asociar fuerzas y construir composiciones colectivas que vayan más allá del Estado.    

 

 

La inclinación “progresista” por el capitalismo verde

 

Haciendo un poco de historia, transcribimos lo que redactamos en Figuraciones hacia el Vivir  Bien:

Las iniciativas de las naciones unidas frente a lo que llama eufemísticamente cambio climático comenzó en Bali, el 2007, con la Cumbre de la ONU sobre el cambio climático (COP 13); esta Cumbre abrió el camino hacia la Cumbre del Clima de Copenhague 2009 (COP15), a través de la Cumbre de Poznan 2008 (COP14). En la Cumbre del Clima se tenía que negociar la continuación del Protocolo de Kyoto, que vence el 2012, empero por la intransigencia o reticencia de los países más contaminantes del planeta, entre los que se encuentra Estados Unidos de Norte América, fracasa la negociación de la COP 15, que es considerada por algunos especialistas una de las últimas oportunidades para evitar una catástrofe planetaria. Después vino la Cumbre de México, que se efectúo en Cancún (COP 16), donde de alguna manera se vuelve a repetir la misma situación, el boicot de los países industrializados y responsables mayores de la contaminación; aunque esta vez se llega a firmar una resolución por mayoría, no por consenso, pues la posición de Bolivia queda al margen. La resolución tiene que ver con un fondo mundial de reforestación, de la cual participan los estados con el objeto de reforestar los territorios afectados, con lo que se termina de mercantilizar la restauración, reposición y compensación de daños, cooptando a los países afectados a la estrategia del capitalismo verde[137].

 

Las Cumbres mundiales sobre temas tan importantes como el medio ambiente y el cambio climático, han resultado encuentros burocráticos, hegemonizados por los llamados países desarrollados y por los emergentes BRICs. Después de la Cumbre de Kyoto, conocido como Protocolo de Kyoto, también como Cumbre del Clima,  donde los países se comprometieron a bajar sus emisiones de gas de efecto invernadero, no hubo avances, sino más bien retrocesos. Bolivia jugó un papel importante en la Cumbre de Copenhague de 2009 (COP15), cuando se enfrentó al discurso dominante, que justificaba la no ratificación del compromiso de Kyoto, con argumentos burocráticos y haciendo gala de un doble discurso.  Fue cuando el presidente de Bolivia habló ante cien mil activistas y convocó a los pueblos y movimientos a realizar una anti-cumbre, una Conferencia Mundial sobre el Cambio Climático y Defensa de la Madre Tierra (CMPCC). Conferencia que se llevó a cabo en Tiquipaya-Cochabamba; la misma que sacó resoluciones avanzadas en defensa de la madre tierra. En la Cumbre de Cancún (COP 16), la posición boliviana, contra el capitalismo verde, contra la venta de carbono, quedó solitaria, abandonada por los países del Alba, que firmaron las resoluciones de Tiquipaya. Después la política boliviana al respecto, en la práctica, siguió el curso que tomaron los países del Alba, la opción, aunque camuflada, del capitalismo verde.

En Cancún los países del Alba no vieron viable la posición boliviana, optaron por un camino pragmático; prefirieron acceder a los fondos de compensación por no talar bosques. Esta posición de los gobiernos “progresistas” condice con su apego al modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente. No resultaría esto contrastante con la opción del gobierno boliviano, también inclinado a expandir y profundizar el extractivismo minero, hidrocarburífero y de la ampliación de la frontera agrícola. Sin embargo, el gobierno boliviano, por lo menos en lo que respecta a los foros internacionales, mantuvo una posición de defensa de la madre tierra, por exigir a los países desarrollados ratificar el compromiso de Kyoto de bajar las emisiones de gas, incluso en las resoluciones de Tiquipaya de bajar en un 50% estas emisiones. Posteriormente a Cancún, con la salida de Pablo Solón, quien llevaba adelante esta política, la posición boliviana se debilitó y retrocedió en toda la línea. Claro está, que discursivamente, se esfuerzan en mantenerlas apariencias.

En la COP19, llevada a cabo en Varsovia, los países desarrollados y los BRICs volvieron a hegemonizar las resoluciones. Es más, eludieron los temas principales pendientes. Las expectativas eran que, por lo menos, las partes involucradas, particularmente los países desarrollados, formulen compromisos serios de reducciones de emisiones, medibles reportables y verificables. Teniendo en cuenta responsabilidades comunes, aunque diferenciadas, además de tomar en cuenta las responsabilidades contraídas históricamente, como deuda ambiental y colonial. Por otra parte, se esperaba que los países desarrollados se fijen operativamente obligaciones para el traspaso de financiamiento público. Con el objetivo de lograr los 100 mil millones de dólares anuales para el 2020, haciendo posible las acciones de mitigación y adaptación. Particularmente en los países llamados “en desarrollo”. Se esperaba también el diseño de un sistema de mecanismo de daños y pérdidas para atender a las poblaciones afectadas por desastres climáticos, comenzando a cubrir los requerimientos de los países más pobres. Aclarando los compromisos de financiamiento[138].

Las expectativas quedaron nuevamente frustradas. Los “países desarrollados” volvieron a obstaculizar el avance sobre de estos temas pendientes. De manera distinta, en contraste, lo que se ha efectivizado es la apertura al financiamiento privado, en el marco del capitalismo verde. El compromiso de Kyoto quedó en el olvido; en vez de su ratificación, cada vez más suspendida, se minimizaron los compromisos, alargando indefinidamente la permanencia de la peligrosa emisión de gases de efecto invernadero.

La posición boliviana no dejó de ser declarativa, empero débil, sin mayores consecuencias. La fuerza interpeladora volvió a radicar en la “cumbre” paralela de la sociedad, que en las calles, volvió a hacer patente la hipocresía de Naciones Unidas. A propósito, en un artículo de balance de la COP19, Martín Vilela, escribe:

Bajo las actuales reglas de negociación, con el restringido mecanismo de participación social, y los intereses nacionales de crecimiento económico como prioridad será imposible lograr un acuerdo, por esto es muy alentador que una gran alianza de la sociedad civil ha logrado hacer temblar las salas de negociación, explicando que no serán cómplices del crimen que se está cometiendo en este escenario de negociación y que exige que se tomen acciones urgentes y necesarias[139].


Se puede colegir, teniendo en cuenta la historia frustrante de las Cumbres mundiales, que no se puede esperar mucho de estas Cumbres burocráticas, que forman parte del orden mundial. La esperanza no está ahí, espacio institucional del imperio, que forma parte de los escenarios de legitimación de la dominación mundial, sino en los pueblos, en la lucha de los pueblos, en una alianza de los pueblos en defensa de la madre tierra y de la vida, en contra del capitalismo, financiero y verde, extractivista y de despojamiento y desposesión.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una cartografía de un poder periférico

 

¿Cómo podemos obtener un mapa del poder, de cómo se expande, se distribuye, se conforma el poder, de cómo funciona, si no es a través de sus reacciones ante lo que siente como amenaza? En la distribución de estas reacciones, en la intensidad de sus respuestas, en el carácter de las mismas, sus diferencias y su jerarquía. Estamos ante un poder conformado sobre la base de una movilización general, que duró seis años, entonces un poder que absorbe la potencia social de esta movilización. Como todo poder diferencia potencia de poder, captura potencia, para utilizarla en función de la lógica estatal, lógica centralista y monopólica,  lógica que produce la estatificación espacial, la clasificación y jerarquización del espacio. El Estado es la concentración absoluta de la violencia, la misma que prohíbe a ser usada por quienes no son el Estado, en estricto sentido, es decir, no pertenecen al campo burocrático. El poder entonces acumula potencia capturada en su propia reproducción institucional. Hasta aquí, generalidades, que puede compartir todo poder. Sin embargo, se distinguen por su evolución en el “tiempo” histórico, también se diferencian por el lugar dónde se desarrollan y consolidan, en qué lugar geográfico de la geopolítica del sistema-mundo capitalista. Estas diferencias adquieren un perfil singular en las periferias, donde sus historias coloniales son tan densas que ocasionan gravitaciones propias, obligando a adecuaciones institucionales, donde la violencia adquiere perfiles locales y regionales, sobre todo cuando se trata de las pervivencias coloniales y sexistas. Las autoridades y representantes suelen reproducir, de manera marcada, los rasgos heredados de la dominación colonial.

Las autoridades y representantes de un poder devenido de la movilización, derivado de las elecciones, que concentraron el voto en los candidatos del partido popular, ocuparon el lugar del otro, el lugar de las autoridades y representantes de las clases dominantes. El problema es que, al ocupar el lugar del otro y no desmontar la arquitectura estatal liberal, terminaron cumpliendo las mismas funciones de dominación, incluso hipertrofiando los rasgos más torpes y grotescos del poder. El desprecio a las formas democráticas, sobre todo a la deliberación, se asentaron dramáticamente; el usufructúo de los cargos para fines privados ha adquirido proporciones inverosímiles; el recurso a la manipulación, al montaje y a la propaganda ha llegado al extremo de que la información de los medios de comunicación ha sustituido a toda preocupación por contar con una retroalimentación empírica. La “realidad” se ha vuelto la ficción del burócrata fiel a la apología del gobierno.

El programa de viviendas populares se ha reducido a un gigantesco cartel propagandístico, detrás del cual no hay nada o casi nada, empresas fantasmas se llevaron el financiamiento evaporándolo, lo poco que se ha hecho terminan siendo casas de menor valor a lo programado, a pesar de la inflación de los costos, por lo tanto casas con defectos de contrucción y no del todo apropiadas. Pero, a pesar de la amarga experiencia de poblaciones y comunidades que esperaban que se cumpla con las promesas, los burócratas corruptos han encontrado sus métodos de disuasión para acallar las quejas; se compromete a los dirigentes de base, se amenaza con no construir si se denuncia, si se denuncia señalan a los denunciantes como de la oposición. Nadie hace la labor de fiscalización; si un técnico es descubierto y cuestionado, sobre todo cuando son evidentes los contrastes entre lo programado y ejecutado, a lo único que atina a decir al interpelador es preguntarle si es de la oposición.  La red de complicidades es tan extensa que logra detener la avalancha de quejas y ocultarlas.

Si revisamos caso por caso, en otros temas, que no son los de la vivienda, vamos a encontrar perfiles análogos, aunque se diferencien en magnitud, adquieran otras características debido al carácter del rubro en cuestión. En algunos casos se complica por las resistencias de los usuarios, en otros casos se facilita por la misma concomitancia de las empresas involucradas, sobre todo las empresas trasnacionales. Entonces estamos ante un perfil del poder que repite un recorrido constatado, el poder genera corrupción. Lo que pasa que en los lugares adquiere particularidades propias, sobre todo cuando se trata de la perseverancia de formas relativas a la colonialidad. Llama la atención que sean los gobiernos populares, que tienen la tarea de erradicar la corrupción, terminen siendo los que lo expandan más y lo encubran más. No se distinguen de las élites de las clases dominantes, salvo por la extensión y proliferación mayor.

El discurso populista, que servía como convocatoria, termina convirtiéndose, con el transcurso del tiempo, en el escaso recurso que tiene el gobierno popular para mantener su imagen comprometida. En la medida que la distancia es mayor entre discurso y “realidad” el uso de la demagogia es también mayor, resulta ser un síntoma de la desesperación, ¿por problemas de legitimidad?, ¿por problemas de culpabilidad? Es difícil saberlo; quizás haya que sugerir una hipótesis alternativa. Decir, por ejemplo, que en la medida que se hace más grande la distancia entre discurso y “realidad” entonces se crea un vacío, una especie de silencio, de duda, que es llenado desesperadamente con volúmenes de propaganda y publicidad. También la agresión aumenta, no solamente verbal. El bloque comprometido con estas relaciones de poder clientelar, prebendal y corrupta se siente cada vez amenazado, no acepta preguntas, petición de informes, ni siquiera de los propios militantes del partido, algunos que tímidamente se atreven a cumplir con sus funciones. Se dice que sólo fiscaliza la oposición, como si todos tendrían que entender lo siguiente: que todos son cómplices de lo que ocurre, aunque no participen, por lo tanto no pueden inquirir nada. Por eso, todos terminan comprometidos o, en su caso, amenazados.

 

         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una prospección política

 

Vamos a hacer una prospección de la geográfica política en la coyuntura, a partir de las reacciones oficialistas a las declaraciones de la diputada Rebeca Delgado y la propuesta de reconducción del proceso; ya la tercera, en lo que viene desde el 2009. En estos últimos meses se han dado lugar reuniones de discusión de diputados críticos del MAS y críticos del gobierno, que ejercieron funciones en el aparato administrativo. En las reuniones se hicieron conocer los puntos de vista, las evaluaciones particulares del proceso, los análisis de coyuntura y la expectativa en el plazo inmediato, sobre todo cotejando la proximidad de las elecciones “nacionales”. Lo que une a todas las posiciones es la voluntad de reconducción del “proceso” de cambio, considerando que se encuentra atravesado por contradicciones profundas, por lo tanto experimentando una crisis política. Cuando se dio a conocer la convocatoria a una reunión pública, que citaba a todos, es decir, militantes del MAS, organizaciones sociales y críticos; lo primero que hicieron los portavoces oficialistas es decir que los “disidentes” se están reuniendo secretamente para afectar al presidente. ¿Por qué se dice esto? Cuando fue la diputada Rebeca Delgado la que anunció públicamente y convocó a la reunión. ¿Por qué se dice que los de la reunión quieren afectar al presidente? ¿Por qué querrían hacerlo? ¿Qué hay en esta sospecha de que se conspira contra el presidente? ¿Por qué se insiste tantas veces en este tema? ¿No hay otras razones?

Después de la reunión pública, cuando se hacen declaraciones sobre la misma, las reacciones van a subir de tono. Declaraciones de funcionarios de alto rango buscan minimizar los que ocurre, afirman de que no hay crisis del MAS, sino se trata de desvaríos de los “libre pensantes”; también buscan descalificar a Rebeca Delgada, así como a todos los que se reúnen, nuevamente señalados como “resentidos”. En relación al planteamiento general sobre la reconducción del “proceso”, no dicen nada, suponiendo que no hay tal, pues el “proceso de cambio” goza de buena salud. Lo que ha causado hilaridad y zozobra es la propuesta de gobierno provisional revolucionario, como resultado operativo de la voluntad de reconducción; un gobierno de emergencia, que salga de la movilización general, que se proponga la reorientación en la perspectiva de la Constitución, que establezca las bases mínimas para la profundización del “proceso”. Bases que consisten en la rearticulación del bloque popular, retomando su protagonismo, impulsando la democracia participativa y las transformaciones institucionales. Fortaleciendo y posicionando al bloque popular de cara a las elecciones. En este caso las reacciones han sido variadas; unos han acusado a la propuesta de golpismo, otros han dicho que con esto se devela las intenciones del grupo de reunidos, los “libre pensantes” y “disidentes”; también se ha dicho que es una propuesta descabellada, incluso resultado de un extravío; en este sentido, también se ha interpretado como “febrilidad filosófica”.

La propuesta del gobierno provisional revolucionario no es compartida por todos los reunidos, aunque escucharon varias veces la propuesta, como consecuencia del análisis crítico del proceso. Por lo tanto, no se puede decir que esa es la intención de los “disidentes” o “libre pensantes”.  Empero, ¿qué intención tiene la propuesta del gobierno provisional revolucionario? No es otra que reconducir el “proceso”. El problema está en cómo se reconduce el “proceso”. Si no se tiene un instrumento operativo para hacerlo, la reconducción se convierte en una tarea difusa y dispersa. Ciertamente, en términos hipotéticos, se puede pensar en un escenario donde los gobernantes, el gobierno entero, sea convencido y cambien de actitud. Este escenario parece poco probable, dada la experiencia de las dos gestiones de gobierno popular; cuando se intentó hacerlo, discutir, deliberar, observar, demandar, los que plantearon observaciones, críticas, incluso tímidas, demandas de las organizaciones, se encontraron con oídos sordos. El supuesto de los gobernantes es que no pasa nada; que todo va bien, viento en popa; que los logros del “proceso” son innegables; en todo caso, se trata de presiones, cuando vienen de parte de las organizaciones sociales, para lograr influencia. No parece posible pues reencausar con el mismo gobierno. Cuando se habla de un gobierno de emergencia para la reconducción del “proceso” de cambio, no se trata pues de un gobierno que administre la crisis o el manejo rentista del Estado, sino de un gobierno de emergencia que pueda sacar al “proceso” de su propia crisis. Esto requiere de potencia social, de energía y voluntad de transformación, de movilización general, por lo tanto, de la articulación activa y dinámica de las organizaciones sociales. El gobierno provisional revolucionario requiere de consensos asegurados, de acuerdos compactos, de un programa mínimo de reorientación del proceso, además del apoyo comprometido de todas las partes involucradas.

Ahora bien, la propuesta no contempla cerrar el Congreso; al contrario, mantenerlo, pues el Congreso debe liberarse de sus ataduras y determinaciones inducidas desde el ejecutivos, debe emanciparse de su subordinación para fiscalizar y legislar como manda la Constitución. Sobre todo el Congreso debe desprender desarrollo legislativo constitucional, es decir transformador; lo que no ha hecho hasta ahora. Por lo tanto no se trata de un gobierno provisional revolucionario fuera de los marcos democráticos institucionales. Tampoco la propuesta contempla desentenderse del presidente, de ninguna manera; es el presidente el que debe convocar a conformar este gobierno de emergencia y de reconducción del proceso. ¿Entonces para qué es la movilización? La movilización general ha abierto este “proceso”, es la movilización general la que puede reconducirlo.

Volviendo a las reacciones oficialistas, tenemos el siguiente mapa: todos los reaccionantes colocan al presidente como argumento; es prácticamente un Dios, la divina providencia, el símbolo y el referente único del “proceso”. ¿Por qué hacen esto? ¿Es necesario? ¿El presidente necesita semejante fetichización? Es al revés, estos adoradores de la imagen necesitan del caudillo, pues sin él no serían nada. Se trata de una estrategia de poder; todos los aduladores, los iconoclastas, los apologistas, montan una estrategia de sobrevivencia sobre la base precisamente de estas alabanzas, de estos cantos de grandeza, de esta tesis del único e indiscutible y absoluto sujeto del poder y de la representación. Por eso hay un gran esmero en hacer conocer su incondicionalidad servil. El problema es que el presidente no requiere de toda esta parafernalia; en estricto sentido, no la necesita. Se tiene ganada su legitimidad. Lo que es imprescindible es contar con aparatos transformadores, de incidencia en los cambios, que pueden ser avanzados en unos casos, más lentos en otros casos; empero, de lo que se trata es de ocasionar las transformaciones institucionales, no conservar las instituciones del antiguo régimen, como hasta ahora se lo ha hecho. Equipos de este tipo requieren de objetividad, de miradas críticas, de participación, de control social, de planificación integral y participativa, con enfoque territorial. De ninguna manera encerrarse en los procedimientos burocráticos, menos en la indigna conducta servil de la adulación y alabanza permanente.

Paradójicamente, los llamados llunk’u, los alabadores, aduladores, serviles, sumisos, obedientes, defensores enceguecidos, son los que terminan cavando la tumba del “proceso”, del gobierno y del presidente, pues debilitan la potencia social, debilitan las fortalezas del mismo “proceso”, debilitan incluso las defensas mismas del “proceso”. Esta apuesta por la apología del gobierno no hace otra cosa que conducir al desastre. Llama la atención el apego de estas prácticas, preservadas, reiteradas, que conducen al abismo. Ocurre algo parecido a la seducción de la muerte. Es como un desafío, se tiene tanta seguridad en sí mismos, el manejo del poder llega a inflamar tanto los egos e imaginario de la impunidad, que se apuesta a seguir adelante, a pesar de la secuencia de errores y dramáticos conflictos. El poder y la muerte se acercan demasiado, llegan a la proximidad seductora, de tal forma que se arriesga la destrucción misma.

Volviendo nuevamente a las reacciones, ¿qué sería eso de “febrilidad filosófica”? Hay en el sentido común, una especie de fábula, en relación a la novela del Quijote de la Mancha, sobre todo de su figura alucinante. Aunque no se haya leído el libro se dice que el Quijote porque leyó muchos libros se ha vuelto loco, por eso hace lo que hace, se enfrenta a molinos de viento, es un idealista. Esta interpretación común, aunque se acerque y tenga analogía con algunos rasgos de esta novela ejemplar, no expresa en su complejidad el drama vivido por el anti-héroe, sobre todo el abandono de un mundo, el medieval, y la llegada de otro mundo, el moderno. Sin embargo, este prejuicio es usado comúnmente. Lo ha usado el ministro de la presidencia. Se hace crítica entonces por el pecado de “febrilidad filosófica”, es decir por locura; alguien tendría que estar loco al criticar la perfección del gobierno y la armonía del proceso. Se hacen propuestas políticas radicales por “febrilidad filosófica”; nadie puede hacerlo “normalmente”, sino por locura, se puede proponer una movilización contra el gobierno. Al respecto, ya no se sabe que es más grave, el supuesto de perfección o el supuesto de locura para descalificar. En todo caso, en ambos casos, se evidencia el gesto hedonista de la autoridad satisfecha consigo misma. Algo parecido podemos decir ante la acusación de extravagancia. No puede ser sino extravagante una propuesta que cuestione la legitimidad del poder; todo se puede permitir, toda crítica, menos el cuestionamiento al poder mismo. Respecto al poder hay que mantener la formalidad de las relaciones, las formalidades normativas e institucionales, no se puede pedir trastrocamiento, ni siquiera cuando se trata de momentos de crisis y por lo tanto de emergencia. Aquí también nos encontramos con la pose de seriedad y recato institucional; cuanto más pomposa es, cuanto más vacua es también; la pose esconde vacíos.   

Estamos entonces ante un mapa de reacciones que muestran mas bien a un gobierno altamente vulnerable; lo único que hace es defenderse. Estamos ante un Congreso subordinado y sometido a órdenes; que sirve, además de aprobar leyes elaboradas por el ejecutivo, para castigar a las “libre pensantes”. La reunión de la bancada del MAS congresal, que dice que ha sido de debate ideológico y politico, en realidad ha sido el escenario inquisidor donde se ha castigado a las “disidentes” y “libre pensantes”, senadora y diputada, quienes han tenido que escuchar ocho horas de vilipendios. A esto se llama discusión ideológica, el escarmiento. Por eso el vicepresidente, que ha dirigido la sesión, ha terminado diciendo que se trataba de niñas y de niñerías; ahora se les pide retractarse o serán sometidas a la expulsión. Estamos ante un MAS demolido, expoliado de sus posibilidades,  sometido a la obediencia, con el argumento de que el debate es interno y no sale afuera; sólo sale afuera los consensuado. Lo que pasa es que lo único que sale afuera es la voz oficial, construida unilateralmente por una sola persona, que se considera sabia.

Este mapa nos muestra que no se quiere crítica, mucho menos autocrítica; que no se quiere corregir errores, mucho menos reencausar nada. Se hará lo mismo que se ha hecho, basarse en la imagen del presidente, aunque esté devaluada; exigir disciplina y obediencia a los militantes; convencer por medio de la propaganda y la publicidad, aún cuando hay menos gente que se la cree; hacer campaña con entrega de obras. Aún cuando hay algo nuevo, que no lo es tanto en comparación con otros gobiernos que utilizaron el mismo tema en momentos de crisis; se trata del tema marítimo; el recurso del tribunal de la Haya sirve muy bien a la campaña, uniendo a todos los bolivianos en la causa, aun cuando lo que se pide es lo mismo que se tiene, exigir a Chile a dialogar.        

 

 

Bloques electoralistas

 

Se entiende que en etapas electorales todos se metan de lleno a las campañas. Lo han hecho los del gobierno, los de la oposición, los del centro; prácticamente todos, a excepción de la posición que busca la reconducción del “proceso” de cambio. Reconducción, que dice no se puede hacer por la vía electoral. Sólo la movilización general puede reconducir el “proceso”. En este escenario, no llaman la atención los argumentos que vierten los frentes electoralistas; ni los de la oposición, ni los del centro; incluso, podríamos decir, ni los del frente oficialista; en general todos usan sus discursos en aplicación de convocatoria al potencial votante. Pues todos justifican la incursión electoral desde sus posiciones consolidadas. La oposición pretende ser la representación de la defensa de la democracia, el centro pretende ser el fiel representante de la institucionalidad constitucional. El gobierno pretende ser la genuina expresión del “proceso” de cambio. En este escenario electoral, lo que llama la atención son los argumentos vertidos por el vicepresidente a propósito del pacto electoral entre sectores obreros y sectores campesinos. Dice que los campesinos, los obreros, lo popular, se han unido; dice que las ojotas, las polleras y los guardatojos se han fusionado en un bloque popular invencible, a la cabeza del presidente Evo Morales Ayma. Este discurso lo emite en un pedestal electoral, en una concentración electoral  de sectores afines al oficialismo. El sentido de su discurso no puede sino ser electoralista.

El bloque popular indígena, campesino, proletario, urbano-popular, es el que abrió el “proceso”, le dio lugar, mediante una movilización prolongada (2000-2005). El bloque popular forma parte intrínseca del “proceso”. El bloque popular es tanto la subjetividad enaltecida como la disposición “material”, corporal, de las movilizaciones y de las luchas sociales. ¿Por qué convertir al bloque popular en un bloque electoral? Con esto se le quita lo fundamental que contiene, su capacidad concentrada de voluntades transformadoras, otorgándole un papel doméstico, como el de apoyar una candidatura. Por otra parte, este mismo bloque popular es el que ha sido destruido por el oficialismo. El ejecutivo y sus operadores han dividido el Pacto de Unidad, separando a las organizaciones indígenas, que asumieron un papel contestatario y de defensa de la Constitución. Después dividieron al CIDOB, en el mar de contradicciones y antagonismos del conflicto del TIPNIS. Antes, no dejaron que el MAS se organice y se estructure como partido o como instrumento político, organizando paralelas a todo nivel; nacional, departamental, de las circunscripciones. El oficialismo quería una caricatura de “bloque” popular, quería una subordinación completa de las organizaciones sociales bajo el mando del gobierno. Es esto precisamente lo que ha logrado, en gran parte, al cooptar las dirigencias de las organizaciones sindicales y de las organizaciones sociales, al separar a las organizaciones rebeldes.

Sobre la base de esta destrucción sistemática del poder popular, por parte del oficialismo, sobre la estructura de las ruinas, sobre el soporte destrozado de lo que queda, en el marco de organizaciones prebendales y clientelares, sin capacidad de lucha, sin capacidad de movilización, pues la han perdido al optar por prácticas paralelas del poder, se da un nombre rimbombante a este espejo del poder, a este espejo del gobierno, en el plano social. Se habla de “bloque” popular invencible.

Estas son las paradojas que se han repetido una y otra vez, a lo largo de la historia dramática del “proceso” de cambio. Como dijimos antes, se ha sustituido el “proceso” de cambio, abierto por los movimientos sociales, por la simulación, por el montaje y la representación de la ceremonialidad del poder. En la atmósfera de la simulación, no interesa que el “proceso” se realice, lo que importa es que se crea que ocurre eso, aunque no acontezca esto. El diagrama de la simulación corresponde al teatro de la representación. La política de los políticos, la práctica política de la clase política, ha reducido a eso, a caricatura, el acontecimiento democrático de la política, al artificio de la simulación y al imaginario conservador de las representaciones. Es esto lo que pasa, no se puede escapar a la reproducción del poder, en sus distintas formas, perfiles y matices. El poder requiere de la simulación para persistir, convenciendo a la gente de que lo que se dice, lo que se difunde como propaganda, lo que se publicita, lo que se representa es “real”. En la práctica desbordante de la simulación han caído tanto gobiernos conservadores como progresistas. En eso no se distinguen, salvo la forma del discurso, en los circuitos colaterales y correlativos del discurso, en el uso de los “objetos”, los “conceptos” y los “sujetos” del discurso.

La pregunta es: ¿si los propios simuladores creen en la simulación, que la simulación, el montaje teatral, es lo que efectivamente ocurre? Este es el punto. Pues si no cree, si saben de la diferencia entre representación y “realidad”, “propaganda” y “realidad”, la situación nos llevaría a considerar una de las variantes de la teoría de la conspiración. En cambio, si creen en lo que dicen, si no se dan cuenta de la diferencia entre discurso y “realidad”, la situación nos lleva a considerar la dramática historia del poder. Los investidos de poder son apenas unos engranajes de una fabulosa maquinaria rechinante de poder. A pesar de la ceremonialidad del poder, donde se les otorga atributos de líderes, caudillos, hasta de “libertadores”; estas creencias, que pueden ser populares, son polvareda ante el funcionamiento depredador del poder. Los líderes, los caudillos, los “ideólogos” del poder, no son más que marionetas en un guión establecido.

El drama de los “revolucionarios” que toman el poder, que se quedan con él, en vez de destruirlo, es que el poder los adopta, los cobija, convirtiéndoles en las criaturas más patéticas del ejercicio de poder. Con el poder no se juega, no hay astucia que valga; el poder es como un campo gravitatorio, hace que los “objetos” y “sujetos” orbiten de una cierta manera. No importando que características tengan; en unos casos las velocidades serán más rápidas, en otros casos las órbitas serán mayores y distantes. El poder no perdona, exige sacrificios, entrega total. Si se pretende quedarse, formar parte del poder, no hay alternativa, se tienen que acatar las reglas del juego. No cuestionar los núcleos orgánicos del poder; no cuestionar los ejes de la reproducción del poder, el campo institucional y el campo burocrático; no cuestionar a la forma Estado como cartografía centralizada, como monopolio de la violencia, como monopolio administrativo y de las leyes. Si el discurso es pretensiosamente “revolucionario”, el discurso es aceptable, en las composiciones del poder, en tanto este discurso solo ocasione ilusiones.

El procedimiento electoral es el procedimiento de reproducción de la clase política. Esto se da tanto en gobiernos conservadores, así como en gobiernos progresistas. La diferencia de los gobiernos progresistas es que, a veces, se mueven en los umbrales de la simulación y de prácticas prácticas transformadoras, sin animarse a cruzar el limbo. Cuando esto ocurre, los gobiernos se enredan en ambos “escenarios”, en ambos espaciamientos, que comprenden agenciamientos diferentes; la simulación es acompañada por modificaciones institucionales, redistribuciones del ingreso, desplazamientos de relaciones, apoyo movilizado de la gente. Cuando esto no ocurre, cuando lo único que diferencia a los gobiernos progresistas y los gobiernos conservadores es el discurso, las características del discurso, los “objetos”, “conceptos” y “sujetos” del discurso, entonces los gobiernos progresistas caen en una suerte de cinismo. No hay otra “realidad”, sino ésta, no hay otro uso del “poder”, sino éste, no hay otra alternativa, sino ésta, la que conducimos. Esta es pues la tesis del fin de la historia. Más allá de nosotros, los gobiernos progresistas, no hay nada.

El problema histórico-político, en las perspectivas abiertas por los movimientos sociales anti-sistémicos, es que con las elecciones, con los resultados electorales, cualquiera sean estos resultados, gane o pierda el MAS, se vaya o no a una segunda vuelta, el “proceso” estaría muerto si es que no hay reconducción movilizada del “proceso”. No hay salida electoral. Es vano el esfuerzo por organizar un “frente de izquierda”; no tiene futuro si no emerge de una movilización general. En un ambiente de polarización electoral, entre el MAS y la oposición, un “frente de izquierda”, conseguiría, en el mejor de los casos, una pírrica suma de votos, que a lo mejor habilitan algunos diputados. Esa pírrica votación legitimaría el accionar de un gobierno progresista, que ha usurpado el nombre de los movimientos sociales. ¿Qué hacer entonces en una coyuntura electoral donde no hay señales de una movilización general en defensa del “proceso”? El problema se complicaría mucho más si se diera una segunda vuelta, donde competirían el MAS y un frente de oposición. ¿Qué hacer en este caso? ¿Insistir con la movilización general, la reconducción del “proceso”?

Estos dilemas son imprescindibles, no podemos dejar de tomarlos en cuenta. Nadie puede hacerse a un lado, sustituir lo que acontece por las razones críticas de un fundamentalismo “intelectual”. Este comportamiento equivale a expectar, mientras los sucesos se desencadenan. Usando los términos acostumbrados, de “izquierda” y “derecha”, aunque no adecuados, diremos que un “frente de izquierdas” no se forma con el propósito electoral, de responder a la premura electoral. Se supone que un “frente de izquierdas” responde al requerimiento de unificar fuerzas, en la perspectiva de convocar al pueblo a la movilización, por la consecución de transformaciones estructurales e institucionales. En este sentido llama la atención las agitaciones efectuadas por sectores de “izquierda”, proponiéndose la tarea de atender a la compulsa electoral. La posibilidad de un “frente de izquierdas” no se encuentra en la convocatoria electoral, sino en la posibilidad de lograr una movilización general por… En esto radica la discusión entre las “izquierdas”. Mientras unas desconocen taxativamente la existencia de un “proceso” político, interpretando más bien este periodo como la continuidad del anterior, neoliberal, otras reconocen la existencia del “proceso” de cambio, señalando sus contradicciones. La interpretación de la coyuntura y del periodo es algo sobre lo que tienen que ponerse de acuerdo las “izquierdas” antes de formar un “frente”. Sin embargo, algo que debería quedar claro para las “izquierdas”, dada la experiencia de la historia de las luchas sociales y políticas, es que no pueden, no se encuentra en su inherencia y composición, organizativa y política, ser electoralistas. Que ciertas “izquierdas” hayan caído en esa compulsa estadística no justifica que se tenga que caer en lo mismo. Para las “izquierdas” las elecciones deben ser sencillamente la ratificación de victorias políticas anteriores, donde se ensambla la empatía popular.

El gobierno está embarcado en elecciones, pues está en el gobierno, y su forma de reproducción es a través de elecciones. El gobierno tiene al MAS, como instrumento electoral, como referente para la convocatoria a los votantes. El gobierno apuesta con todas sus fuerzas a las elecciones; compromete a todas las organizaciones sociales, que pueda preservarlas en los espacios de su dominio. En esta atmósfera de control, no es de ninguna manera extraño que el gobierno haya pactado con la dirigencia de la COB; esto lo venía haciendo desde tiempo atrás. Nadie puede hacerse al desentendido. Los conflictos recientes entre el gobierno y la COB no necesariamente tienen que considerarse como avisos de ruptura de la COB, de hoy, con el gobierno progresista. Ambos, la COB y el gobierno, se consideran formar parte del “proceso de cambio”. Lo que sorprende es que cierta “izquierda” haya depositado sus esperanzas en la dirigencia de la COB, cuando se conformó el Partido de los Trabajadores (PT). La actual dirigencia de la COB no es la misma que la de 1952, que emerge de una revolución armada, tampoco es la misma que la de 1963, cuando los mineros se enfrentaban en Sora-Sora contra el ejército, menos aún es la COB de la Asamblea Popular (1971). Esta COB no es el poder dual, tampoco ha sido el bastión en la movilización prolongada de 2000 al 2005, cuando se abrió el “proceso” en cuestión. Es otra COB, cuya dirigencia medra a la sombra de la leyenda combativa minera y del proletariado boliviano; empero, se encuentran muy lejos de encarnar las legendarias luchas del proletariado. Estamos ante una dirigencia prebendal y clientelar, estamos ante una dirigencia que se circunscribe a la mera lucha economicista, teniendo como principal conflicto, el conflicto con las cooperativas mineras, donde se encuentran otros trabajadores mineros, explotados por el capitalismo salvaje. Esta COB ha optado por la lucha fratricida entre hermanos proletarios, unos sindicalizados, otros cobijados por las llamadas cooperativas mineras. No es pues sorprendente que esta dirigencia haya pactado con el gobierno; la dirigencia está escogiendo a un probable ganador.

¿Hay o no traición en esta conducta de la dirigencia cobista? Alguien diría, depende cómo se mire. Si partimos que es esta misma dirigencia la que ha empujado a la formación del PT, se puede colegir, apresuradamente, que esta dirigencia ha traicionado a su propio proyecto. Si vemos que el mismo bosquejo adolecía de proyección, desde un principio, por conformarse atraída por los resplandores electorales, para afrontar la compulsa votante, ya tenemos, de entrada, la delimitación de los alcances representativos del PT. Si bien se consideraron enunciativamente tópicos estratégicos del programa “revolucionario”, como el curso de verdaderas nacionalizaciones, expropiando a los expropiadores, además de dejar claro el impulso emancipatoria de los trabajadores, estos enunciados no dejan de ser declarativos, cuando en los hechos el interés era participar en las elecciones. Por otro lado, como dijimos, la confianza no puede depositarse en una dirigencia diletante. Al hacerlo, se ha confundido la memoria heroica del proletariado boliviano con el presente conformista. Las ilusiones se pagan irremediablemente en política. El “frente de izquierdas” no puede apostar a ilusiones, sobre la base de “cuadros” ausentes. Las tareas que deberían hacerlas las “izquierdas” no las va a ser la astucia de la historia.

Los problemas que afrontan las “izquierdas” son mayúsculos. En el caso de que se encuentran enfrentadas a un gobierno progresista, entiéndase como se entienda este denominativo, por lo menos se debe contar con la sensibilidad política de comprender las diferencias de este gobierno progresista con los gobiernos anteriores; diferencias que no los salvan, de ninguna manera, de la crítica. Segundo, por lo menos, se debe responder a la pregunta: ¿por qué el pueblo, lo popular, se ha entusiasmado con esta forma de gobierno, al menos, a los inicios de su gestión? Ciertamente, lo difícil es definir el periodo y la coyuntura; ¿es o no un “proceso de cambio”, entrabado en sus contradicciones? No vamos a pedirles a las “izquierdas”, que no creen en este enunciado de “proceso”, que reconozcan que éste se ha dado, que se manifiesta en la sucesión de hechos, donde la “plebe” invade los espacios públicos. Lo que se le pide a estas “izquierdas” es que explique, coherentemente, por qué considera que este “proceso de cambio” no existe, no se ha dado, tomando en cuenta los intensos eventos del periodo. No puede esta “izquierda” seguir respondiendo mnemotécnicamente de acuerdo al esquematismo usual; el enfrentamiento universal entre burgueses y proletarios. Cuando lo que importa es comprender como se da, de manera concreta, en sus formas específicas, la lucha de clases, en una coyuntura determinada y en una formación social dada.

Es indudable que se comparte con estas “izquierdas” varias críticas al gobierno. No efectuó la nacionalización de los hidrocarburos, dio marcha atrás con los contrato de operaciones, ha entregado el control técnico de la producción a las empresas trasnacionales, no se cumplió la agenda de octubre, el gobierno no respeta los derechos adquiridos de los trabajadores, vulnera sus derechos con una ley neoliberal que administra las AFPs, el gobierno se ha vuelto un gobierno anti-indígena al desatar la represión en contra la resistencia del TIPNIS. En fin, la lista es larga; empero, estas características del gobierno no lo convierten en un gobierno equivalente a los gobiernos neo-liberales; la relación con lo nacional-popular, la relación con lo campesino, es distinta. Por esto es importante caracterizar el periodo como “proceso”, aunque esté entrabado en sus propias contradicciones, incluso, en el peor de los casos, aunque haya muerto. La fuerza de la interpelación al gobierno se encuentra precisamente aquí; el gobierno se ha desentendido del “proceso”, se ha convertido en un contra-proceso. La convocatoria es al pueblo para que defienda su proceso, de los usurpadores catapultados.

En la medida que estas “izquierdas” no valoricen las luchas sociales desatadas el 2000 y que continuaron imparablemente hasta el 2005, se distancia del acontecimiento que explica lo que está pasando; por lo tanto, no se liberan de su obstáculo epistemológico, que le impide ver y escuchar lo que acontece. También se produce un distanciamiento político, hablemos de un obstáculo político, que le impide actuar; se distancia de la vinculación con lo nacional-popular, con las naciones y pueblos indígenas, también con el proletariado, que en su gran mayoría no está sindicalizado, sino es un proletariado nómada. La lucha no es la misma en contra de los gobiernos progresistas, no es una lucha parecida a las anteriores, como lo fueron los combates contra los gobiernos neo-liberales. Para describir figurativamente los condicionamientos de las luchas sociales en el marco de los gobiernos progresistas, diremos que se define como en un intervalo; el intervalo de esta lucha contra el diletantismo y demagogia del gobierno progresista se puede resumir de la manera siguiente: se trata del paso del apoyo crítico al paso de la crítica sin apoyo.

La convocatoria política de las “izquierdas” no puede ser otra que la convocatoria al bloque popular movilizado que abrió el “proceso” en cuestión. ¿Sino, a quien se convoca? ¿A un proletariado abstracto, que no está presente? El pueblo que puede salir a las calles y los caminos es el pueblo que ha abierto este “proceso”. El pueblo salió a las calles y los caminos, lo hizo sin las “izquierdas”; puede volverlo hacer. ¿Pueden darse la oportunidad estas “izquierdas” de aprender de su pueblo, de su experiencia, de sus saberes? ¿Puede reeducarse la “izquierda” para fusionarse con la potencia social, la que emerge en las crisis? ¿Puede esta “izquierda” apoyar la construcción colectiva de un contra-poder? Este es el dilema.

                               

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Crisis militar y colonialidad

 

En la Asamblea Constituyente no se tocó el régimen de las Fuerzas Armadas y de la Policía, se mantuvo tal cual la anterior Constitución, por orden del Presidente. La demanda de los suboficiales es legítima interpretando la integralidad de la Constitución. No puede avanzarse en la construcción del Estado Plurinacional comunitario y autonómico sino se efectúan transformaciones estructurales e institucionales, fundamentalmente en aquellas instituciones que son los lugares de emergencia, es decir, de defensa, del viejo Estado, que no desaparece, mas bien, se lo restaura. Las Fuerzas Armadas y la Policía siguen siendo las mismas instituciones, fiel derivación de las centralidades y burocracias del Estado-Nación. Ni siquiera se dieron transformaciones que tienen que ver con la defensa del “proceso de cambio”; el mismo cuoteo político, la misma obediencia y subordinación disciplinaria de los ejércitos del siglo XIX y XX. En el continente, particularmente en Bolivia, las mismas discriminaciones institucionalizadas. Lo grave es que nadie se sorprenda de estas conductas continuistas y perseverantes en los códigos coloniales de estas instituciones; desde el presidente hasta los oficiales de alto rango, pasando por el vicepresidente. Todos toman como algo natural la estructura colonial, discriminadora, burocrática, e ineficaz militarmente. Todos ocultan estas graves falencias con seminarios, talleres y foros sobre la descolonización. ¿Cómo se puede entender estas contradicciones evidentes?

Los oficiales de alto rango, los gobernantes, los funcionarios y políticos oficialistas, creen que es suficiente con estas ceremonias, estas reuniones, estos seminarios, sobre descolonización. Es como un culto; repetir de memoria frases y consignas que se pretenden  descolonizadoras; incluso las mesas que pueden haber puesto en consideración requeridas transformaciones, por más mínimas que sean, son escamoteadas a la hora de las conclusiones o de las memorias. El discurso descolonizador en el gobierno es un canto a la bandera; en la práctica, perduran habitus discriminadores, raciales, patriarcales, acompañados por violencias conocidas, desatadas por los mandos sobre los soldados, suboficiales y hasta oficiales. Ahora también sobre la mujeres, las que no dejan de sufrir vejámenes de parte de sus camaradas.

Los medios de comunicación al comentar las marchas de los suboficiales ponen adjetivos como “insólito”, “increíble”, “desacostumbrado”, para intentar describir y comprender lo que pasa. Para estos medios también es normal que en las instituciones de defensa y del orden se mantenga la disciplina heredada, acompañada por jerarquías y estratificaciones. Si bien no apoyan la demanda de los suboficiales, los medios hablan de violencias orgánicas. De todas maneras, sorprende que no se ponga en mesa la gran diferencia, la gran distancia, de estas arquitecturas armadas y de estos dispositivos de defensa y del orden, con las transformaciones estructurales e institucionales que establece la Constitución. Cuando los suboficiales dicen que no puede haber oficiales de primera y oficiales de segunda, ponen en el tapete no sólo el problema de las jerarquías heredadas, no sólo, algo que es importante, la estructura racial y las relaciones raciales inherentes a estas instituciones, sino también la misma organización de un ejército, una armada, una policía, que mantienen formas burocráticas, que en el mundo contemporáneo no son, de ninguna manera efectivas, ni en la movilización y desempeño militar, ni  en el cuidado de las ciudades.

Este gobierno se ha pasado de lado sobre cuestiones estratégicas, de defensa, incluso de orden, orden dinámico, por cierto. Se trata de un gobierno apegado a la demagogia, creyendo que con esta locución se solucionan los problemas. La verdad es que estamos ante un gobierno que no cuenta con una estrategia de defensa del “proceso de cambio”, por lo tanto del país donde debería darse este “proceso”. Estamos ante instituciones armadas y del orden donde los oficiales se contentan con recibir su sueldo cada mes y contar con los beneficios que les otorga la institución. Son otros funcionarios más. La preparación militar queda en generalidades geográficas, en una distribución espacial de cuarteles, que deja vacíos, en las fronteras; más preocupados por controlar las ciudades, los centros del conflicto, incluso a los contrincantes policías. El servicio militar, fuera de seis meses de cierta preparación en armas, terminan el resto del tiempo en “chocolateadas”. La formación de oficiales deja mucho que desear, en cuanto a la actualización de contenidos, tecnologías, información. Están muy lejos de haber estudiado seriamente las guerras, la experiencia en las guerras de los ejércitos, incluso las guerras que están cercanas, las que nos ha tocado sufrir. Si esta es la formación de los oficiales, qué se puede esperar de la formación de suboficiales.  En el Colegio Militar se han introducido materias universitarias, como si esto mejorara la formación. La formación de un militar, mucho más si se trata de un militar de un Estado en transición, embarcado supuestamente en un “proceso de cambio”, no puede ser un colaje de materias. Es indispensable tener en cuenta los perfiles apropiados de un ejército que debería contar con la capacidad de la movilización general de un pueblo armado, para la defensa del “proceso”. Estos temas pasan desapercibidos. No se van a resolver con cambios de símbolos, con nuevos saludos, con nuevos estribillos, con discursos superficiales sobre la descolonización. El servicio militar de la cual se sienten tan orgullosos los militantes de base del MAS no es más que un dispositivo colonial, un dispositivo de articulación estatal, de estatalización, es decir, de institución imaginaria de la nación, aunque el mismo servicio pueda servir para el juego de prestigio en las comunidades.

La descolonización es el desmontaje de los aparatos del Estado-nación, de su arquitectura institucional, de sus códigos coloniales, así como de sus códigos pretendidamente modernos. La descolonización implica la des-constitución de sujetos subalternos y la constitución de sujetos emancipados. La descolonización es liberar potencialidades, capacidades, creatividades, memorias sociales.  Estas tareas no son atendibles demagógicamente, requieren subversiones de las praxis, desmontaje de habitus, de jerarquías instituidas; requieren destrabarse de las mallas institucionales que capturan y atrapan cuerpos. Los recorridos de la descolonización comienzan por  tomar en serio la condición intercultural, retoman prácticas participativas, profundizan el ejercicio de la democracia en su sentido pluralista. En lo que compete a las transformaciones pluralistas, comunitarias, interculturales, que atañen a las necesarias mutaciones de las instituciones de defensa y del orden en cuestión, es indispensable su territorialización, las gestiones territoriales de defensa y de cuidado de la población.

La asonada de los suboficiales es una buena oportunidad para leer los signos de la crisis, no solamente del “proceso de cambio”, sino también del Estado. Es un buen momento para aprender, analizar sin tapujos, evaluar críticamente el “proceso” que naufraga. Así como es una gran oportunidad para efectuar cambios. Sin embargo, es de más probable que el gobierno actué como siempre,  como lo ha hecho en distintas crisis, la de los cooperativistas y mineros, la relativa a las de la demanda de autonomías regionales, como las dadas en Potosí, como las del “gasolinazo” y el conflicto del TIPNIS. Es de esperar que el gobierno recurra a la justificación de lo que hay, volviendo a cubrirse con su ilusoria propaganda, cerrando los ojos y los oídos a lo que ocurre, optando por la represión. El gobierno habría perdido la oportunidad de reconducir, de retomar cursos abandonados, desde la primera gestión, encaminándose a un hundimiento, lento o más rápido, dependiendo de las circunstancias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dirigencia de llunk’us

 

La dirigencia de lo que un día fue el Pacto de Unidad, es decir, las tres organizaciones campesinas y las dos organizaciones indígenas originarias, estas últimas divididas por la intervención gubernamental, se ha apresurado, sin consultar a sus bases, sin previas asambleas, simplemente por comedida, a apoyar al gobierno y a la jerarquía castrense en la crisis militar, puesta en evidencia por la asonada de los suboficiales. Los argumentos son de libreto: defensa del “proceso” contra el golpe militar en ciernes.  Se nota en esta alocución no solamente una repetida mecánica discursiva, pronunciada con falta de ingenio, pues no se les ocurre otra cosa que acusar de sedición, sino también la asombrosa desconexión con lo que ocurre. Incluso si quisieran defender al gobierno en su diletantismo, en su regresivo comportamiento, se debe tener, de alguna manera, una conexión con lo que acaece. Empero, parece que la dirigencia cooptada, que ya no responde a las bases sino a las instrucciones del ejecutivo, levita en las nubes de la propaganda, cumpliendo un papel patético de subordinación y llunk’iriu.

Esta dirigencia cooptada habla de defender la Constitución. ¿Qué clase de defensa es esa? La constitución establece como sistema de gobierno la democracia participativa, el ejercicio plural de la democracia, directa, comunitaria y representativa. La constitución establece la construcción colectiva de la ley, de la decisión política y de la gestión pública. Lo que piden los suboficiales es que mínimamente, aunque sea por aproximación, se den pasos hacia este cumplimiento y mandato constitucional. La reacción del gobierno, de la jerarquía militar y del Estado-nación es represiva, se ha dado de baja a más de setecientos suboficiales. ¿Esta es una defensa de la Constitución? ¿La dirigencia sabe de lo que habla, ha leído la Constitución, la ha entendido?

El Estado plurinacional supone la muerte del Estado-nación, las transformaciones pluralistas, comunitarias, interculturales y participativas; implica el pluralismo institucional, administrativo, normativo y de gestiones. En lo que respecta a las Fuerzas Armadas, la transformación plurinacional, intercultural y comunitaria configura un ejército popular, cuya matriz es el pueblo armado. Ciertamente en este ejército popular desaparecen las jerarquías y estratificaciones raciales. No comprender esto es hablar de la Constitución sin ton ni son, en la práctica aniquilar el nacimiento de la mariposa, la construcción del Estado plurinacional. Esta dirigencia es la expresión más patética de la colonialidad cristalizada en los huesos. Su sumisión al poder, su apego y obediencia a la institucionalidad colonial vigente en el Estado-nación restaurado, su inclinación por el beneficio personal, su corrosión moral y prácticas prebendales, comprometida por corrupciones, desvío de fondos, hablan elocuentemente de la reiteración del comportamiento colonial del colonizado; el deseo del amo, de ocupar su lugar. Esta dirigencia es el brazo social de un gobierno entrabado en su crisis, un gobierno que recurre a la represión en su desesperación; que recurre a la demagogia buscando convencer, pero solo lo hace con los convencidos. Esta dirigencia, en plena crisis de representación, pues no responde a la representación orgánica, conformada por una democracia comunitaria, por la selección consensuada y en asambleas, sino al dedo digitado desde el gobierno, es la que se lanza contra la rebelión de los suboficiales. Es la misma dirigencia que se estrelló contra las comunidades indígenas del TIPNIS, es la misma dirigencia que avaló las leyes inconstitucionales promulgadas por el gobierno; seguramente también va avalar la Ley Minera, que ha sido declarada por el propio presidente como una traición a la patria, aunque después el mismo presidente reculó, dejando que sólo se discuta el artículo 151 y otros más, cuando toda la Ley vulnera la Constitución y atenta contra la propiedad de los recursos naturales de los y las bolivianas.

¿Qué valor tiene lo que dice esta dirigencia? Sólo el valor de toda amenaza, blandiendo el chicote contra toda crítica al gobierno y a los que han usurpado el “proceso de cambio”. El contenido de lo que expresan no puede ser más colonial. Su apego a la institucionalidad colonial es manifiesto. Tendrían que mover  camiones de gente, pagados por el gobierno, de una manera no orgánica, pues saltarían toda la estructura orgánica de las organizaciones sociales; traerlos a la sede de gobierno y enfrentarlos a los hermanos suboficiales y sus esposas. ¿Qué sentido tiene esta amenaza? Es de todo reaccionaria; se coloca del lado de los que se oponen a la descolonización, a las transformaciones estructurales e institucionales. La dirigencia es parte del contra-proceso y de la vulneración sistemática a la Constitución.

Ante este panorama lamentable de las representaciones sociales, es indispensable exigir congresos orgánicos, abrir el debate y la evaluación del “proceso” en las comunidades,  en las subcentrales, en las centrales, en las federaciones y en las confederaciones. Esta dirigencia es un peligro para la “defensa del proceso”; corroe la fuerza social, la cohesión de las organizaciones, evita la formación y el aprendizaje colectivo de la experiencia del periodo y de las coyunturas, desarma de la crítica a las comunidades y a los sindicatos. En el momento de exigencias, de peligro, las fuerzas sociales estarán tan carcomidas que no habrá oportunidad de defender lo que queda del “proceso”. Los y las llun’kus se esfuerzan por mostrarse tan serviles y obedientes, creen que con esto, con decir que defienden el “proceso”, lo hacen, cuando ocasionan todo lo contrario. Son las termitas que se comen la madera con la que hay que construir el Estado plurinacional comunitario y autonómico. Usando el viejo lenguaje de la política, que se define identificando al enemigo, podemos decir, como metáfora, que esta dirigencia, sumada al llunk’iriu de los funcionarios y militantes, de los asambleístas legislativos, es el enemigo dentro de casa. Son los sepultureros internos del “proceso de cambio”.

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Itinerario de un atropello: la mueca grotesca de una “consulta” impuesta

 

Índice:

 

Breve introducción                                                                                              

Análisis de la Ley de Consulta a los Pueblos Indígenas

del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS)                  

Consideraciones sobre la Consulta y consentimiento libre e informado

Una consulta inconsulta, sin consentimiento, ni previa, tampoco libre e informada               

La mueca grotesca de la “consulta”                                                                           

                                        

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Breve introducción

En adelante ofrecemos una secuencia de textos que formaron parte de la crítica a la “razón” gubernamental - si se puede hablar así, haciendo uso de un poco de ironía cuando hablamos de razón, que podría corresponder en este caso al arte de la argumentación, al arte del convencimiento, la retórica -, crítica de lo que entienden los funcionarios sobre consulta. Nos interesa rescatar los argumentos que se vertieron, sobre todo el análisis y la denuncia, en todo el periodo que abarcan la VIII y la IX marcha indígena en defensa del TIPNIS, particularmente la fase que viene desde la promulgación de la Ley 222, la Ley de Consulta, además de comprender las coyunturas de la resistencia efectuada en las comunidades de la TCO del TIPNIS a la “consulta” espuria perpetrada por el gobierno, empleando todos los mecanismos de la violencia simbólica y física del Estado. Después presentaremos un análisis del desenlace de la “consulta” espuria del gobierno, su conclusión, en un texto que titula La mueca grotesca de la “consulta”.

El la coyuntura que nos toca, la última, la reciente, la actual, ha producido desplazamientos de la situación general del conflicto del TIPNIS; se rescindió el contrato con OAS, ésta empresa trasnacional de la construcción, o se rescindió el contrato con el gobierno, lo mismo da; el préstamo del BNDES quedó en suspenso; se formó una empresa municipal de la Construcción, residente en la zona del Chapare, a la que se le adjudicó el tramo I de la carretera en cuestión; ahora esta empresa quiere adjudicarse también el tramo II, según palabras del senador de Cochabamba Salazar; se dividió a la organización matriz de los pueblos indígenas del oriente boliviano CIDOB; se promulgó una Ley de Consulta, la que condujo a la realización de la “consulta” espuria, la misma que habría culminado el siete de diciembre; se presentó una candidatura de los indígenas de tierras bajas a las elecciones para la gobernación del Beni. Empero, estos desplazamientos de la situación no modifican la estructura misma del conflicto, que es la defensa de los territorios indígenas, institucionalizados por la Constitución como territorios comunitarios. El mapa de la situación se ha desplazado, pero el conflicto sigue. En todo esto hay que considerar por lo menos tres coyunturas; la coyuntura de la VIII marcha indígena, la coyuntura de la IX marcha indígena y la coyuntura de la resistencia de las comunidades de la TCO del TIPNIS a la “consulta” espuria. El tema del conflicto sigue siendo el mismo, la construcción de la carretera que atravesaría el núcleo del TIPNIS, partiendo en dos el territorio indígena y parque. El conflicto está lejos de haber terminado con la culminación de la “consulta” espuria, mas bien adquiere nuevas connotaciones. En el plano jurídico, la denuncia e intervención de los tribunales internacionales; antes que este procedimiento y quizás simultáneamente, una nueva exigencia de intervención del Tribunal Constitucional, por haberse violado la Constitución y la propia resolución del Tribunal Constitucional sobre el tema de la consulta. En el campo  político, la continuidad de la resistencia, la convocatoria al pueblo boliviano, la expansión de la lucha en defensa de la Constitución y del proceso contra un gobierno que está contra la Constitución y contra el proceso. En el espesor de la crisis, la profundización de la crisis múltiple del Estado-nación; crisis de legitimación, pues no está avalado el Estado-nación por la Constitución; crisis “ideológica”, pues el nacionalismo inherente al gobierno, a los órganos del Estado y al MAS se encuentra interpelado por la propia Constitución y por los movimientos sociales anti-sistémicos que abrieron el proceso de cambio; crisis política, debido a que el gobierno se instaura como un dispositivo del contra-proceso, haciendo estallar las contradicciones desgarradoras del proceso; crisis moral, debido al expandido crecimiento corrosivo del diagrama de la corrupción; crisis social, debido a que la estructura de las desigualdades subsiste, a pesar de las reformas de redistribución ocasionada por los bonos, que tienen un impacto coyuntural; crisis económica, a pesar de la aparente bonanza estadística, la acumulación de las reservas, el incremento de las arcas del Estado, pues en la medida que se continúa en el modelo extractivista se ahonda en la dependencia.

El conflicto del TIPNIS es un síntoma de la crisis y de las contradicciones que atraviesan el proceso político. Es este síntoma el que se analiza en el último apartado, La mueca grotesca de la “consulta”. El procedimiento de “consulta” perversa optada por el gobierno es el recurso escogido para legitimar la imposición de la carretera, la violencia simbólica y física del Estado contra las naciones y pueblos indígenas originarios. Este tema es analizado en los tres primeros apartados del texto, Análisis de la Ley de Consulta a los Pueblos Indígenas del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS), Consideraciones sobre la Consulta y consentimiento libre e informado, y  Una consulta inconsulta, sin consentimiento, ni previa, tampoco libre e informada. Apartados que corresponden a distintas intervenciones críticas en el curso del conflicto, por lo tanto a distintos momentos. Nos interesa presentarlos tal como salieron, en su momento, pues reflejan el estado de ánimo en un punto intenso de la coyuntura, salvo algunas pequeñas modificaciones necesarias para actualizar el texto al contexto, expresando también el mapa de las fuerzas en ese punto de intensidad, así como el grado y la variación de la polémica. Es el último apartado el que se vincula directamente con el punto intenso de la coyuntura en su actualidad.          

 

Análisis de la Ley de Consulta a los Pueblos Indígenas del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS)[140]

 

La ley parte de un artículo que no puede sostenerse, dice que el objeto de la ley es convocar a la Consulta Previa Libre e Informada; textualmente se expresa así:

 

La presente ley tiene por objeto convocar al proceso de Consulta Previa Libre e Informada a los pueblos indígenas del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure – TIPNIS, y establecer el contenido de este proceso y sus procedimientos.

 

¿Cómo pueden sostener que se trata de una consulta previa sin haber anulado el contrato con OAS[141]? – después se rescindió el contrato con OAS, empero esto fue posterior a la decisión política de construir la carretera, de la aprobación del diseño y del estallido del conflicto - ¿Cómo se puede tener cara para escribir esto y aprobarlo cuando todo el mundo sabe que el convenio y el contrato se acordaron el 2008, que el tramo I y el tramo III ya comenzaron a ejecutarse, que el tramo II forma la parte continua intermedia de estos tramos, que se hicieron tres tramos para eludir precisamente la obligación de la Consulta Previa Libre e informada a los pueblos indígenas que habitan la TCO del TIPNIS? ¿Cómo se puede seguir afirmando esto cuando se sabe que fue aprobado el préstamo del Banco de Desarrollo del Brasil para el financiamiento de la carretera? – Después quedó en suspenso este préstamo -. Todo contrasta y falsea el discurso gubernamental y de los legisladores. No puede sostenerse el primer artículo del proyecto de ley. Menos aun cuando se tiene una ley corta y su reglamento que defienden el TIPNIS, la Ley 180. Estas incongruencias matan de inicio no sólo la lógica del proyecto, sino también su legitimidad y, por lo tanto, su legalidad.

 

El artículo 2 es sencillamente descriptivo, hace un recuento de la normativa antecedente. Empero es solamente eso, describe la norma anterior sin tomar consciencia de que entra en flagrante contradicción con toda esta normativa. Hablamos de que el derecho de las naciones y pueblos indígena originario campesinos a ser consultados está establecido en numeral 15, parágrafo II, del artículo 30 y en el artículo 352 de la Constitución Política del Estado, en la Ley Nº 1257 de 11 de julio de 1991 (Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo – OIT) y en la Ley Nº 3760 de 7 de noviembre de 2007 (Declaración de Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas). Obviamente no menciona como antecedente la Ley corta, Ley 180, aprobada por el Congreso y promulgada por el presidente. El numeral 15 del capítulo 4, de la sección II, del Título II sobre los Derechos fundamentales establecidos en la Constitución, dice claramente que es obligatoria la consulta con consentimiento, previa, libre e informada cada vez que se prevean medidas legislativas o administrativas susceptibles de afectarles. Esto ya ocurrió hace cuatro años y los diseñadores del proyecto, los legisladores de mayoría, no se inmuta, continúan como si la realidad fuera cambiable a gusto de sus delirios y compulsiones. Toda la filosofía, la estructura, la composición y el sentido del texto del Convenio 169 de la OIT entra en total desaprobación de su proyecto de ley de consulta extemporánea. Mucho más si hablamos de la Declaración de Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas. Pero, los legisladores no se avergüenzan de citar estos convenios, como si no se dieran cuenta, de las abismales contradicciones entre estos convenios y su proyecto de consulta posterior. Sin embargo, no hay que asombrarse de estos comportamientos, pues ya estamos en la etapa no sólo de la paranoia del poder de gobernantes y legisladores, sino de la total enajenación. Ya confundieron la realidad con sus propios discursos y viciosas justificaciones.

 

En relación de lo que acabamos de decir hay que hacer notar que el espíritu de estas normas citadas, que hacen de antecedente a la Ley de Consulta, están enfocadas a defender los derechos de los pueblos indígenas, el derecho al autogobierno, el derecho al territorio, a la autonomía, al ejercicio de sus gestiones de acuerdo a normas y procedimientos propio  y respetando sus instituciones. También obviamente estas normas defiende el derecho a la consulta con consentimiento, libre previa e informada de parte de los pueblos indígenas. ¿Cuál es la relación entre los anteriores derechos y el derecho a la consulta? Ciertamente no pueden ser contradictorios, no es pensable una consulta que atente contra los derechos mencionados, por ejemplo una consulta que afecte a sus territorios, a su autonomía, a su autogobierno, a sus instituciones, a sus formas de gestión. Estos es impensable. Pero precisamente este impensable ha sido establecido en la Ley de Consulta del gobierno, se quiere una consulta, que además de ser extemporánea, atente contra sus territorios y derechos, en nombre nada menos que de la ilusión del desarrollo. Esta atroz contradicción ha sido aprobada por el Congreso, promulgada por el presidente y perpetrada por el Estado.   

 

El Artículo 3, que trata del ámbito de la Consulta Previa Libre e Informada, define el alcance de la ley e identifica a Mojeño-Trinitarias, Chimanes y Yuracarés que habitan el territorio indígena y parque Isiboro-Sécure, a quienes se va aplicar la consulta. Llama la atención que son precisamente estos pueblos con los que no se ha acordado el proyecto de ley; el proyecto se acordó con los sindicatos del CONISUR, que son campesinos cocaleros e indígenas, de por lo menos las comunidades incorporadas y absorbidas en el avasallamiento de los colonizadores, zona que ahora es definida como del polígono 7. Estos indígenas de tierras bajas también son cocaleros y propietarios privados afilados a las federaciones cocaleras, salvo en la comunidad Santísima Trinidad, donde aún se conserva la comunidad. Se acuerda el proyecto de ley con los que no habitan la TCO del TIPNIS. ¿Cómo se entiende esto? Es ya un mapa de contrasentidos, sinsentidos y contradicciones. ¿Cómo se puede sostener un proyecto de ley así? No se puede sostener lógicamente sino sólo en el imaginario paranoico de legisladores y gobernantes, sólo se puede sostener por la violencia desmesurada del Estado.

 

Uno de los artículos más importantes es el cuarto, el relativo a la finalidad del proyecto. Vamos a detenernos en éste para analizar su escritura y normativa. El artículo en cuestión se expresa así:

 

Lograr un acuerdo entre el Estado Plurinacional de Bolivia y los pueblos indígena originario campesinos Mojeño-Trinitario, Chimane y Yuracaré sobre los siguientes asuntos:

 

1.      Definir si el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) debe ser zona intangible o no para  viabilizar el desarrollo de las actividades de los pueblos indígenas Mojeño-Trinitario, Chimane y Yuracaré, así como la construcción de la Carretera Villa Tunari - San Ignacio de Moxos.

 

2.      Establecer las medidas de salvaguarda para la protección del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure – TIPNIS, así como las destinadas a la prohibición y desalojo inmediato de asentamientos ilegales dentro de la línea demarcatoria del TIPNIS;

 

 

 Volvemos otra vez al descaro de la exposición cuando dice lograr un acuerdo entre el Estado y los pueblos indígenas, precisamente los pueblos que no han participado y no han sido consultados en la elaboración de la ley; sus organizaciones matriciales han sido excluidas, estigmatizadas y reprimidas. Cómo se puede llegar a esta ironía macabra. En la historia se han dado esta clase de escenas donde la víctima tenía que soportar no solo el escarnio sino la propaganda de que hay acuerdo de la víctima para su sacrificio. ¡Sado-masoquismo! En los campos de concentración nazis se ponía música clásica mientras se llevaba a los condenados a la cámara de gas. Los campos de concentración japonesa en la guerra de ocupación de la China continental se nombraban como “Paraísos”. Podemos seguir, no es la primera vez que este humor negro sale como parte del talento oscuro de los dominadores y verdugos. En Bolivia se llama “consulta” al procedimiento por el cual se atenta contra los territorios indígenas y se suspenden sus derechos constitucionales. Pero continuemos, el núcleo del tema de la ley es la intangibilidad. La ley 180, la ley corta en defensa del TIPNIS, declara al territorio y parque como territorio intangible. El vicepresidente se apresuró a interpretar el sentido de lo intangible de una manera “metafísica”, como territorio intocable, como si fuera un territorio inmaculado. Algo así como espacio sagrado, separado del espacio profano. Aunque esto tenga que ver, sin pretenderlo, con la Loma Santa, en los hechos existe una zonificación aprobada por el Estado, por el SERNAP, donde se definen tres zonas, la de desarrollo sostenible, la de desarrollo comunitario y la zona vulnerable, que puede ser caracterizada como intangible, en el sentido correcto, excluida al extractivismo y el aprovechamiento que atenten contra el ciclo del bosque. ¿De dónde sacó esto, de la intangibilidad en sentido “metafísico”? No hay ningún antecedente al respecto en la normativa sobre intangibilidad, tampoco en su jurisprudencia. ¿Qué clase de interpretación es esta? Habla más del intérprete que de la propia correcta interpretación,  habla más de la psicología del intérprete que del objeto de la interpretación. ¿Algo intocable? Lo único intocable son los fantasmas, en este caso los fantasmas del vicepresidente. No existe ese territorio “metafísico”; todos los eco-sistemas son tocables, los componentes de los nichos ecológicos se tocan, los habitantes del territorio indígena se tocan. En la jurisprudencia lo intangible es para proteger a los pueblos indígenas de agentes depredadores y extractivistas, para proteger los bosques, para proteger los ecosistemas vulnerables. De eso se trata. Después de esta interpretación que puede entrar al anecdotario de la intrepidez “hermenéutica” gubernamental, vienen las jocosas demostraciones de personeros del gobierno y también de legisladores de que el TIPNIS no había sido virgen. ¿Qué quieren decir con esto? ¡Descubrimiento de conquistadores! La Amazonia estaba habitada por cientos de pueblos; los que consideraron virgen a la amazonia fueron los censos de la republica de 1900 y 1950, haciendo desaparecer por arte de magia a los pueblos amazónicos. Esto forma parte del imaginario criollo y mestizo de los siglos XVIII, XIX y parte del XX, que no considera persona al indígena, tampoco pueblo, menos habitantes, es decir población, en condiciones de reproducción social. Otra forma de hacerlos desaparecer era llamarlos salvajes, cosa que volvió a hacer el dirigente máximo de la CSUTCB, Roberto Coraites. El objetivo de este jocoso esfuerzo de los funcionarios era descalificar a los proyectos comunitarios del TIPNIS. Recurrieron a la técnica de la desinformación para estigmatizar los proyectos de turismo ecológico, que fueron aprobados por el Estado, SERNAP, y fiscalizados por el gobierno. El argumento usado es que era para millonarios. ¿Qué clase de personas son las que elucubran semejantes argumentos? Lo que se nota en todo esto es que el gobierno y los legisladores se encuentran entrampados en una guerra a muerte contra las naciones y pueblos indígenas originarios, contra sus derechos consagrados en la Constitución, contra los derechos de la madre tierra y contra la Constitución. No saben qué hacer para encubrir este velado proyecto, que probablemente de una manera no-consiente llevan adelante al optar por el modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente. La intención es clara cuando se dice:

 

Definir si el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS) debe ser zona intangible o no para  viabilizar el desarrollo de las actividades de los pueblos indígenas Mojeño-Trinitario, Chimane y Yuracaré, así como la construcción de la Carretera Villa Tunari - San Ignacio de Moxos.

 

Es posible que crean que todo lo que han hecho es un acto de astucia, sobre todo los diseñadores intelectuales del proyecto. Primero, haber introducido en la ley corta la palabra intangible, que dicen que viene propuesto por una ONG; segundo, poner en apuros a las organizaciones indígenas con este término, a pesar de que se acordó un reglamento aclaratorio, basado precisamente en la zonificación acordada entre el SERNAP y la Asamblea de Corregidores del TIPNIS; tercero, montar una marcha del CONISUR como si fuese de los indígenas de la TCO del TIPNIS, cuando era del polígono siete, que no forma parte de la TCO; cuarto, hacer un proyecto de ley donde dicen que se resuelve el conflicto, cuando lo único que hacen es atizar nuevamente el fuego. En el mismo texto se introduce solapadamente la pregunta sobre la carretera Villa Tunari-San Ignacio de Moxos, asociada al progreso, al desarrollo, a la asistencia en salud y educación, después de preguntar directamente sobre si se quiere mantener la condición de imbatibilidad del TIPNIS; cuando esta pregunta no corresponde, pues se debe preguntar por las medidas administrativas e institucionales que afecten a los territorios indígenas, como es lo de la construcción de la carretera, informando sobre el impacto ambiental, además de que es una sola zona la que tendría las características de intangible, la zona núcleo del TIPNIS . Es esto lo que se quiere; este es el oscuro objeto del deseo, deseo de los depredadores del bosque, partidarios de la ampliación de la frontera agrícola, deseo del gobierno, fue deseo de OAS y del gobierno brasilero, ahora es de una empresa de la construcción municipal del Chapare. Este es el objetivo. ¿Es astuta esta estrategia? Podemos decir que es sinuosa; para ser astuta debe controlar todas las variables, pero no lo hace, le falta contexto. Más se parece a una treta forzada cuyas consecuencias son incontrolables.

 

La ironía brutal continúa en el segundo párrafo:

 

Establecer las medidas de salvaguarda para la protección del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure – TIPNIS, así como las destinadas a la prohibición y desalojo inmediato de asentamientos ilegales dentro de la línea demarcatoria del TIPNIS;

 

Habla de salvaguarda, de protección, de prohibición, de desalojo inmediato, cuando es el mismo gobierno el que se ha comprometido con una carretera depredadora, con una empresa de la construcción corrupta, con los colonizadores que avasallan, depredan y plantan hoja de coca excedentaria, plantaciones que  afectan a las zonas tradicionales de cultivo de la hoja de coca, que atentan contra la defensa de la coca, defendiendo su uso para el acullico, la medicina tradicional y rituales, que convierten a la “sagrada hoja de coca”, inal mama, en una mercancía del comercio ilícito. ¿Cómo se puede sostener esto sin ruborizarse? Se ha llegado al colmo del cinismo. Se trata de una inversión imaginaria de la relación verdugo-victima. Es como decir, traduciendo el delirio imaginario gubernamental, “yo, depredador, digo que la construcción de la carretera, es lo mejor para salvaguardar y proteger el territorio y parque”. Lo increíble o lo aterrador es que esta inversión imaginaria auto-convenza a los diseñadores del proyecto, a los gobernantes y legisladores, que además pretenden que sea creíble por todos, por la opinión pública, la ciudadanía, el pueblo, las naciones y pueblos indígenas originarios. Es la algarabía de los comediantes.

 

El Artículo 5 trata de los sujetos del derecho a ser consultados, vuelve a mencionar los pueblos que habitan el TIPNIS. Lo irónico es que precisamente se trata de los sujetos a los que se les ha quitado todo derecho a decidir, primero aprobando el contrato con mucha antelación, comenzando la construcción de la carretera en dos tramos, reprimiendo su marcha, desconociendo la ley conquistada, la Ley 180, imponiéndoles una consulta inconsulta que busca viabilizar a como dé lugar la carretera depredadora en beneficio de las empresas y los depredadores.

 

El artículo 6, trata de las obligaciones de los Órganos del Estado Plurinacional de Bolivia, encarga al Órgano Ejecutivo, a través del Ministerio de Agua y Medio Ambiente y el Ministerio de Obras Públicas, en coordinación con las comunidades Mojeño-Trinitarias, Chimanes y Yuracarés, de llevar adelante el proceso de Consulta Previa Libre e Informada. Llama la atención que se excluya a las organizaciones matrices indígenas de esta responsabilidad. ¿Por qué desconocer la representación indígena? ¿Qué dirían si los bolivianos desconocemos a las representaciones y gobierno elegidos el 2009? Esta es pues una muestra de violencia y de discriminación absoluta. Lo que sigue tiene que ver con el financiamiento y la información. Brindar información detallada de manera oportuna. No se olvide que lo establecido en la estructura normativa de la consulta dice que la información se la hace en idiomas nativos, propios de las comunidades. ¿Lo es? ¿Lo será? ¿Por qué no la brindaron antes? Todos los acuerdos opacos y velados con el gobierno brasilero y OAS, antes, ahora con una empresa municipal, todo el tema de las sobrevaloraciones renovadas, todo el problema de la expansión inaudita de la economía política de la cocaína, sigue oculta. No parece que pueda haber transparencia en las condiciones del deterioro del gobierno a este nivel. En el numeral 4 se dice que el Órgano Ejecutivo adoptará las medidas eficaces, en consulta, coordinación y cooperación para combatir los prejuicios, eliminar la discriminación y promover la tolerancia, la comprensión y las buenas relaciones entre los pueblos indígenas, y entre ellos y todos los demás sectores de la sociedad. ¿Por qué no adoptaron estas medidas contra sí mismo cuando acordaron el proyecto, cuando reprimieron sistemáticamente la VIII marcha? Tampoco lo hacen ahora cuando imponen una ley de consulta inconsulta y depredadora, que es más continuación de la violencia desatada contra las naciones y pueblos indígenas originarios y la madre tierra. No se puede esperar que lo hagan en el futuro inmediato.

 

El artículo 7 trata de la observación, acompañamiento e informe; el artículo 8 trata del plazo; el artículo 9 trata de las etapas del proceso; el artículo 10 trata del carácter de los acuerdos de la Consulta y el  artículo 11 trata de la ejecución de los acuerdos. Se encarga al Órgano Electoral Plurinacional, a través del Servicio Intercultural de Fortalecimiento Democrático (SIFDE), de la observación y acompañamiento de la Consulta Previa, libre e informada, debiéndosele informar sobre el cronograma y procedimiento establecido para la consulta con una anticipación de 30 días. También se invita a los organismos internacionales a ser veedores. El plazo estipulado es de 120 días a partir de la promulgación de la ley.

 

Las etapas del proceso comprenden la preparación de la consulta, la instalación y desarrollo de la consulta y los resultados de la consulta. Se dice que los acuerdos logrados en el proceso son de cumplimiento obligatorio para el Estado y para los pueblos indígenas. También se dice que los acuerdos logrados, en materia legislativa o administrativa, serán ejecutados, inmediatamente después de la Consulta, por la Asamblea Legislativa Plurinacional y por el Órgano Ejecutivo.

 

En las etapas del proceso, en el apartado de instalación y desarrollo de la consulta, se vuelve a insistir en el tema de la intangibilidad del modo siguiente:

 

Consideración y definición sobre si el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure – TIPNIS, es zona intangible o no, y sobre la construcción de la carretera Villa Tunari – San Ignacio de Moxos.

 

Con este tema de la intangibilidad, con la forma de tratar la intangibilidad, descartando los acuerdos e interpretaciones del reglamento de la ley 180, se elude un marco primordial, la Constitución. En la carta magna está el artículo dos de la Constitución que declara el autogobierno, la libre determinación de las naciones y pueblos indígenas, también el reconocimiento de sus instituciones y a la consolidación de sus entidades territoriales. Con esta ley, la Ley de Consulta, se continúa con la violación sistemática de este artículo de la Constitución. Se hace todo lo contrario a la consolidación de sus territorios, se los destruye. La Constitución consagra los derechos de las naciones y pueblos indígenas, pisoteados ahora por un gobierno restaurador y extractivista. La Constitución ratifica los convenios internacionales como ley, la Constitución exige la consulta con consentimiento, libre previa e informada, cosa que no garantiza esta ley que impone una consulta extemporánea, cuando ya el burro salió de la tranca.

 

En conclusión, nos encontramos ante un nuevo dispositivo normativo inconstitucional, de la misma manera y forma como las leyes aprobadas por la Asamblea Legislativa y promulgadas por el presidente lo son. El gobierno, su Asamblea Legislativa, los órganos de poder que controla, forman parte de la logística de una estrategia condicionada y determinada por relaciones y estructuras de poder, que escapan al control del Estado por las propias limitaciones del gobierno y de la Asamblea Legislativa. Está en curso la expansión del modelo extractivista, está en curso la ampliación de la frontera agrícola, en contra de los territorios indígenas, parques y la madre tierra, está en curso la restauración del Estado-nación, liberal y colonial, en contra del mandato constitucional de construir un Estado plurinacional comunitario y autonómico. Esta es la decisión tomada; la ley de consulta inconsulta y depredadora, además de extemporánea, es un dispositivo más en este engranaje entreguista y extractivista.  

 

  

Consideraciones sobre la Consulta y consentimiento libre e informado

En un artículo sobre la Consulta y consentimiento previo libre e informado, Bartolomé Clavero describe las condiciones, características y determinaciones de la consulta en cuestión, dice que:

La consulta previa es un derecho de los pueblos indígenas que obliga a los Estados a celebrar consultas con estos pueblos en función de razones especiales que atañen solo a los pueblos indígenas y tribales ya que está vinculada con el derecho a la identidad y la integridad cultural, el derecho a conservar las propias instituciones, usos y costumbres, el derecho al territorio y los recursos y el derecho a decidir sus propias prioridades de desarrollo, entre otros. Asimismo la consulta previa significa una obligación del Estado desde el momento que el Convenio OIT-169 se ratificó y se incorporó plenamente al ordenamiento jurídico nacional con rango constitucional. Es un deber del Estado y un derecho de los pueblos indígenas. Es entonces un derecho amparado por las garantías constitucionales y cuya omisión o realización inadecuada conlleva invalidez de la norma o el acto administrativo.

 

La consulta previa es un proceso previsto para hacer efectivo el derecho a la participación de los pueblos indígenas en todos los asuntos que puedan afectar a sus personas, a sus bienes o a sus derechos individuales y colectivos. Se trata de una consulta independiente de otras a los que los ciudadanos indígenas puedan tener derecho como ciudadanos (participación en consultas para estudios de impacto ambiental, etc.). Introduce una nueva etapa en el proceso de formación de la ley u acto administrativo y exige cambios en las normas que regulan el funcionamiento de los diferentes poderes del Estado.

 

La consulta se tiene que hacer siempre en relación con el derecho de participación. Otro principio fundamental del Convenio n. 169. Consulta y Participación son principios fundamentales del Convenio que deben contemplarse siempre conjuntamente. Para garantizar un proceso de consulta acorde con el derecho internacional tenemos que realizar dicha consulta teniendo en cuenta los siguientes principios: buena fe; Igualdad de oportunidades; Información previa, oportuna y adecuada; Veracidad de la información; Integralidad de los aspectos y temas a someter bajo el proceso de consulta; Oportunidad; Participación; Transparencia; Territorialidad; Autonomía y Representatividad a través de las instituciones propias; localidad y accesibilidad al lugar de celebración de la consulta; legalidad y obligatoriedad de la consulta; jerarquía; el principio de responsabilidad por la mala fe; y la libertad[142].

 

Como se puede ver, la consulta y el consentimiento previo libre e informado comprenden toda una predisposición normativa, todo un condicionamiento de valores y de principios, que exigen a su vez responsabilidades por parte del Estado. No sólo se trata de que sea de cumplimiento obligatorio a los estados que han suscrito el Convenio 169 de la OIT, sino que tienen que también asumir las formas, los contenidos y las metodologías prescritas. No se trata de improvisar cualquier consulta, alguna que se le puede ocurrir al gobierno, sino que debe ser riguroso en cumplir con las condiciones y características establecidas. Los principios no están para adornar la exposición de la consulta, sino que los principios hacen a la consulta. Si no se siguen estos principios, no hay consulta. Entonces la consulta y consentimiento previo libre e informado es una estructura y composición normativa que no puede disociarse al antojo, debe efectuarse preservando la integridad de lo que hace a la norma y al cumplimiento de la norma. Este es el tema de fondo. Se hace una consulta cuando se cumplen todos estos requisitos. No se trata de poner un nombre, por ejemplo consulta, a una ley, para que esta sea por arte de magia una consulta con consentimiento, previa libre e informada. Se trata de mantener el concepto, la estructura del concepto, en la exposición y en la aplicación. No se ve nada de esto en el texto de la Ley de consulta del gobierno. Se nota una evidente improvisación y desconexión con el sentido y el concepto de la consulta y consentimiento libre previo e informado. Una evidente desconexión con el Convenio 169 de la OIT. Por ejemplo no cumple con ninguno de los principios establecidos en el Convenio.

Otro aspecto importantísimo es lo que respecta al significado mismo de lo que quiere decir consulta con consentimiento, previa libre e informada. Bartolomé Clavero también nos deja una clara interpretación del conjunto significativo de la consulta; dice:

Para entender correctamente el CLPI (Consentimiento Libre Previo e Informado) tenemos que asumir el significado de cada uno de los elementos que la conforman: Consentimiento significa la manifestación de un acuerdo claro y convincente, de acuerdo con las estructuras para la toma de decisiones de los Pueblos Indígenas en cuestión, lo que incluye los procesos tradicionales de deliberación. Estos acuerdos deben contar con la participación plena de los líderes autorizados, los representantes o las instituciones responsables de la toma de decisiones que hayan determinado los mismos Pueblos Indígenas. Libre significa la ausencia de coacción y de presiones exteriores, entre ellas los incentivos monetarios (a menos que formen parte de un acuerdo mutuo final) y las tácticas de "dividir para conquistar". Significa también la ausencia de cualquier tipo de amenaza o de represalias implícitas si la decisión final es un "no". Previo significa que se permite tiempo suficiente para la recopilación de información y para el pleno debate, lo que incluye la traducción a los idiomas tradicionales antes de que se inicie el proyecto. No deberá existir ninguna presión para tomar la decisión con prisa, ni ninguna limitación temporal. Ningún plan o proyecto podrá comenzar antes de que este proceso haya concluido por completo y el acuerdo se haya perfeccionado. Informado significa la disponibilidad de toda la información relevante, en la cual se reflejan todas las opiniones y puntos de vista, incluyendo las aportaciones de los ancianos tradicionales, los guías espirituales, los practicantes de la economía de subsistencia y los poseedores de conocimientos tradicionales, con tiempo y recursos adecuados para poder considerar la información imparcial y equilibrada acerca de los riesgos y beneficios potenciales.

 

Para efectuar una consulta con consentimiento, previa libre e informada se debe mantener y ser consecuentes con los significados inherentes a los conceptos. Lo que quieren decir consentimiento, previo, libre, informado, debe mantenerse en la ley, en su interpretación y aplicación. En este tema es precisamente donde se aparta abismalmente la ley de consulta del gobierno; no hay un acuerdo claro y convincente, no hay ausencia de coacción y de presiones exteriores, no se cumple con el requisito de que ningún plan o proyecto podrá comenzar antes de que este proceso haya concluido por completo y el acuerdo se haya perfeccionado, no hay la disponibilidad de toda la información relevante incluyendo la opinión de los guías espirituales. En otras palabras, en la Ley de Consulta del gobierno se han perdido todos los significados del consentimiento, de libre, de previo e de informado. Se han introducido criterios al antojo de los diseñadores de esta ley, adecuadas a las exigencias del gobierno. Esta es otra de las razones por las que no se puede hablar de ley de consulta; no lo es. Es una ley que impone dos preguntas, una sobre la intangibilidad y otra sobre la carretera. No es una consulta libre previa e informada, como ejercicio del derecho de los pueblos indígenas, tal como establece el Convenio 169; en todo caso, lo que se ha hecho, corresponde, en el mejor de los casos, a unas visitas, donde se efectúan informaciones mal intencionadas, y donde se realiza una especie de “cuestionario” corto del gobierno, que hace el gobierno a los pueblos indígenas, sin cumplir con las condiciones iniciales de una consulta. Se trata de un “cuestionario” corto  de preguntas que le preocupan al gobierno, no a los pueblos indígenas. No todo cuestionario es una consulta. Es esta una de las confusiones que debe aclararse.

Existe una jurisprudencia sobre el consentimiento libre previo e informado, uno de esos antecedentes tiene que ver con el abordaje que hace al respecto la OIT. Bartolomé Clavero hace la referencia a esta jurisprudencia; escribe:

Dentro de la OIT podemos destacar las observaciones de la Comisión de Expertos en Aplicación de Convenios y Recomendaciones en los casos de Bolivia (año 2000, 2004 Y 2005) y Paraguay 2008. Extrapolando las argumentaciones más importantes sobre el derecho de consulta podemos decir que la consulta previa debe darse respecto de cualquier tipo de actividad, que pudiera realizarse en territorio indígena. La consulta es obligatoria cuando el Estado prevé realizar actividades en tierras o territorios indígenas incluso no titulados. La consulta debe darse antes de cualquier acto administrativo, previo a la autorización de cualquier actividad de exploración y explotación. La consulta previa debe ser hecha necesariamente por el Estado. La consulta constituye un proceso y no un acto informativo, con un tipo de procedimiento y con la finalidad de llegar a un acuerdo con los pueblos afectados. La consulta genera el establecimiento de un diálogo genuino entre ambas partes caracterizado por la comunicación y el entendimiento, el respeto mutuo y la buena fe, con el deseo sincero de llegar a un acuerdo común.

 

La relevancia que la OIT otorga al derecho de consulta previa de los pueblos indígenas ha generado la realización de una Observación General sobre el Convenio No. 169 de la OIT, la cual introduce referencias importantes al derecho de consulta previa. La Comisión que realizó la Observación General no puede sino subrayar la importancia que tiene garantizar el derecho de los pueblos indígenas y tribales a decidir sus prioridades de desarrollo a través de consultas significativas y eficaces y la participación de esos pueblos en todas las etapas del proceso de desarrollo, especialmente cuando se debaten y deciden los modelos y prioridades de desarrollo. En relación a las consultas, la Comisión toma nota de dos desafíos fundamentales: Garantizar que se realicen consultas apropiadas antes de adoptar todas las medidas legislativas y administrativas susceptibles de afectar directamente a pueblos indígenas y tribales; e incluir disposiciones en la legislación que requieran consultas previas como parte del proceso en el que se determina si se otorgarán concesiones para la explotación y exploración de recursos naturales. La forma y el contenido de los procedimientos y mecanismos de consulta tienen que permitir la plena expresión - con suficiente antelación y sobre la base del entendimiento pleno de las cuestiones planteadas - de las opiniones de los pueblos interesados a fin de que puedan influir en los resultados y se pueda lograr un consenso, y para que estas consultas se lleven a cabo de una manera que resulte aceptable para todas las partes. Si se cumplen estos requisitos, las consultas pueden ser un instrumento de diálogo auténtico, de cohesión social y desempeñar un papel decisivo en la prevención y resolución de conflictos.

 

Se puede ver también que hay toda una historia en la construcción de sentido del consentimiento previo libre e informado, hay todo un trabajo sistemático en la elaboración de estos procedimientos y su propia interpretación. Por lo tanto hay un saber sobre la consulta y el consentimiento, un saber construido y acumulado a partir de dos prácticas. Una, la relativa a las trayectorias de las luchas de los pueblos indígenas, que se han concentrado sobre la demanda de reivindicaciones que tienen que ver con la recuperación de sus territorios, la búsqueda de la autonomía, el autogobierno y la libre determinación, el derechos a sus culturas, sus prácticas y sus instituciones, y un poco más tarde por el reconocimiento de la interculturalidad y la condición plurinacional. Otra, por el trabajo de investigación, de observación de los conflictos en torno a las problemáticas indígenas, incorporación de demandas, traducción de estas demandas en propuestas de normas y leyes. Este segundo eje ha sido recogido por oficinas y unidades especializadas de Naciones Unidas en temas indígenas. Es de estos organismos de donde sale el Convenio 169 y después la Declaración de Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas, después de largas series de borradores, incluso normas más específicas, conferencias, talleres y reuniones. Se puede decir que hablamos de instrumentos normativos internacionales de larga experiencia y memorias. Cuando los estados firmas estos convenios internacionales y los incorporan a sus constituciones y normativas, implícitamente asumen los contenidos, significaciones e interpretaciones de estas normas internacionales.

 

Este es el tema, no se puede eludir ni total ni parcialmente la integralidad de estos convenios; si se lo hace se están contraviniendo compromisos con la comunidad internacional. Hay por lo tanto temas y tópicos en los que los estados no pueden hacer lo que quieran, de una manera independiente de sus responsabilidades asumidas. Los derechos humanos y los derechos de los pueblos indígenas son dos de estos tópicos. Esta es otra razón por la que el gobierno no puede elaborar cualquier ley de consulta que no contenga la integralidad de las condicionantes y determinantes de lo acordado en los convenios internacionales. La ley de consulta del gobierno al desvincularse de todos estos significados, interpretaciones, procedimientos, que forman parte de un proceso de consulta, contraviene los convenios internacionales que ha afirmado. No estamos entonces ante una ley de consulta internacionalmente reconocida.

 

En las conclusiones Bartolomé Clavero resalta la obligatoriedad de los estados del cumplimiento de estos convenios internacionales sobre pueblos indígenas. El no cumplirlos sitúa la actuación de estos estados en territorios indígenas en la ilegalidad. Por lo tanto los estados que contravienen los convenios internacionales convierten a sus actuaciones en territorios indígenas en ilegales. La ley de consulta del gobierno, que contraviene los convenios internacionales ha convertido la actuación del gobierno en el TIPNIS en ilegal. 

 

Los derechos de consulta y CLPI se encuentran plenamente fundamentados en el derecho internacional de los derechos humanos y se integran en diferentes marcos normativos y jurisdiccionales que establecen obligaciones directas para los Estados. Especialmente para todos aquellos que han ratificado el Convenio No. 169 de la OIT y/o que han reconocido la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Los Estados tienen a su alcance herramientas suficientes para concretar las formas en las que debe reconocerse y aplicarse estos derechos gracias al desarrollo que se ha producido en diferentes mecanismos internacionales de protección de los derechos humanos. La aplicación de estos derechos significa una obligación irrenunciable para los Estados en cuanto que actúan como garantía para la supervivencia de los pueblos indígenas y para la protección de sus derechos humanos. La no aplicación de estos derechos por cualquier instancia jurídica o administrativa de un Estado establece responsabilidades claras de ese Estado por la violación de derechos humanos de los pueblos indígenas y sitúa en la ilegalidad cualquier actuación que se realice dentro de territorios indígenas.

                             

 

Una consulta inconsulta, sin consentimiento, ni previa, tampoco libre e informada

La pegunta que tenemos que hacernos a la altura del renovado conflicto del TIPNIS es: ¿Qué hay detrás de la imposición de una consulta sin consentimiento, sin ser previa, tampoco libre y menos informada a los pueblos indígenas del TIPNIS? Esta característica de imposición de la Ley de Consulta extemporánea queda clara para todo buen entendedor, empero los publicistas y propagandistas del gobierno hacen denodados esfuerzos por demostrar lo contrario. Al final sus pueriles argumentos se reducen a decir que una consulta es una consulta, cualquiera sea esta. Nunca respondieron a la observación de que es extemporánea porque los acuerdos y el convenio con el gobierno de Brasil se plasmaron el 2008, incluyendo el diseño de la carretera, el compromiso de préstamo del Banco de Desarrollo de Brasil y la elección fuera de toda norma de contratación de bienes y servicios de la empresa constructora OAS. Aunque ahora se haya rescindido en contrato con OAS y quede en suspenso el préstamo del BNDES, la premeditación de este contrato, del préstamo, del diseño del tramo de la carretera, la división del tramo en tres, el avance en dos fases del mismo diseño, la adjudicación del tramo uno a una empresa municipal, evidencian la situación extemporánea de la “consulta”, su forzamiento para adecuarla a la violencia simbólica y física del Estado, ara adaptarla a la violación de la Constitución y los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios. Menos se puede preguntarles a estos apologistas de la violación de la Constitución y los convenios internacionales sobre pueblos indígenas, por qué no se acordó el consentimiento, por qué no se efectuó libremente la “consulta”, con plena participación de los pueblos indígenas, y por qué no se informó como corresponde, transparentemente, dando pleno acceso a toda la información, en las lenguas propias y contando con la intervención de las organizaciones y las dirigencias matrices de los pueblos indígenas. Esto no se puede pedir a gente que esta obcecada en hacer propaganda de una consulta inconsulta, extemporánea, y para el colmo extractivista por los compromisos con la ampliación de la frontera agrícola para el monocultivo de la hoja de coca excedentaria, además de los compromisos de una carretera que forma parte de la geopolítica del IIRSA, es decir del proyecto de integración económica y comercial para Sud América de la burguesía internacionalizada brasilera, que ciertamente va a provocar depredación y destrucción de la región más rica en biodiversidad de Bolivia y corazón del ciclo de agua en el centro de la geografía política, articulado ecosistemas diversos colindantes.

Renunciemos a discutir con apologistas del delito de inconstitucionalidad. Concentrémonos en la pregunta ¿qué hay detrás de todo esto? Del sinuoso comportamiento del gobierno en torno al conflicto del TIPNIS. Se llega a un acuerdo cuatro años antes sobre la carretera; cuando estalla el conflicto, se busca descalificar por todos los medios a la VIII marcha indígena, con toda clase de improperios y acusaciones insostenibles a los dirigentes indígenas, después se reprime la macha pacifica con la mayor desproporción y desborde de violencia, sin respetar los derechos fundamentales. Cuando llega la marcha a La Paz y es recibida por un millón de ciudadanos, organizaciones sociales, juntas de vecinos, el distrito catorce de la ciudad de El Alto, la COB y la Universidad Mayor de San Andrés, el gobierno se ve obligado a recular, y el presidente se compromete a una ley en defensa del TIPNIS, Ley 180, que aprueba la Asamblea Legislativa y promulga el propio presidente. Una vez hecho esto salen voces que hacen una interpretación “metafísica” del concepto de intangibilidad, como si expresase la condición inmaculada e intocable del territorio, incluso intocable para los propios indígenas y para los ciclos vitales de los nichos ecológicos, desentendiéndose de toda jurisprudencia de la intangibilidad. El presidente y el gobierno, además de otras entidades del Estado inician una contra-campaña contra la propia ley corta promulgada, azuzando a las organizaciones afines, a los diputados oficialistas y gobernadores a plantear la abrogación de la ley. Después organiza el gobierno una marcha oficialista de los sindicatos campesinos y colonizadores del CONISUR, afiliados a las federaciones del trópico de Cochabamba, propietarios privados y cultivadores de la hoja de coca excedentaria, incluyendo a los indígenas yuracares absorbidos a los sindicatos y al mercado de la coca. Con la llegada a La Paz de una marcha desolada, desacreditada, sin apoyo de la gente, el gobierno lleva a cabo su plan, el insistir en la legalización de la carretera depredadora por medio de procedimientos forzados. Se orienta ya no por la abrogación de la ley corta, que ya resultaba una medida excesiva por el descaro y la contradicción descarnada del gobierno, sino por inventarse una modalidad de “consulta” inconstitucional y fuera de la estructura conceptual de los convenios internacionales.  Diríamos, se trata de visitas inoportunas para dar informes sesgados, sin informar sobre el impacto ambiental, acompañados por un “cuestionario” corto del gobierno que introduce dos preguntas que le interesan, sobre la condición de intangibilidad y sobre la carretera que cruza el TINIS.

 

Respuestas a la pregunta

Hipótesis de interpretación

Iremos en la interpretación de los hechos y acontecimientos de lo general a lo particular.

1.   Las contradicciones profundas del proceso contraponen las gestiones del gobierno (2006-2012) al ciclo de movimientos sociales del 2000 al 2005. Las gestiones son conservadoras en relación a la apertura de las luchas sociales, las que proponen la Agenda de Octubre. Se inicia el proceso de nacionalización, empro nunca se lo concluye, es más, se definen contratos de operaciones que entregan el control técnico otra vez  a las empresa trasnacionales del petróleo. Se convoca formalmente desde el Congreso a la Asamblea Constituyente imponiendo una ley que pone límites al poder constituyente y convierte a la Asamblea constituyente en diferida, atacando su condición de originaria, además de sobrevalorar la representación de las minorías e introducir los 2/3 como aritmética de las decisiones de la Asamblea. Empero, de todas maneras, se cumple parcialmente la Agenda de Octubre. Lo que ocurre en la segunda gestión se contrapone a la primera gestión de gobierno; si en la primera se intenta cumplir con el mandato popular, en la segunda el gobierno se enfrenta al pueblo con la medida de shock del “gasolinazo” y se enfrenta a las naciones y pueblos indígenas con sus compromisos inconstitucionales, depredadores y extractivistas en relación a la carretera que atravesaría el TIPNIS.

 

2.   Una vez aprobada y promulgada la Constitución el gobierno la convierte en un texto de propaganda y de vitrina, pero no para su aplicación; en vez de realizar las transformaciones estructurales e institucionales requiere la construcción del Estado plurinacional comunitario y autonómico, opta por la restauración del Estado-nación, liberal y colonial. De este modo, en vez de encaminarse a la transición hacia el vivir bien como proyecto alternativo al capitalismo, a la modernidad y el desarrollo, como establecen las resoluciones de Tiquipaya, se encarrila en el modelo extractivista colonial del capitalismo dependiente.

 

3.    Una vez derrotada la derecha tradicional en Pando, después de los acontecimientos del Porvenir, el gobierno incursiona en nuevas alianzas que conducen a la recomposición de la burguesía, añadiéndole la participación de los nuevos ricos. Se convierte con estas nuevas alianzas en un gobierno que administra los intereses de la burguesía, los nuevos ricos, los banqueros, los terratenientes, los soyeros y los del monocultivo de la hoja de coca excedentaria, además de supeditarse a los intereses de las empresas trasnacionales.

 

4.   En este contexto, el conflicto del TIPNIS manifiesta patentemente el carácter del gobierno en relación a la madre tierra, a la crisis ecológica, a los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios. Opta por la ampliación de la frontera agrícola, por la desforestación y la depredación, transfiriendo los costos del extractivismo y de la ilusión del desarrollo a la naturaleza, empujado por los intereses del monocultivo de la hoja de coca excedentaria, por los compromisos con el gobierno brasilero y OAS, por los intereses de la burguesía agraria, agro-industrial y soyera, y por los terratenientes, renunciando a la reforma agraria y atacando a los territorios indígenas.        

 

La mueca grotesca de la “consulta”

 

Hasta aquí, antes del primer ingreso de las brigadas de la “consulta”, su fracaso, la ampliación del plazo, el segundo ingreso de las brigadas y la supuesta culminación de la misma el 7 de diciembre de 2012,   no se había realizado la “consulta” espuria del gobierno. “Consulta” que ya de por sí era nula de pleno derecho por los argumentos vertidos. No cumplía con las condiciones iniciales de la consulta, es decir, con la estructura normativa y conceptual de la consulta establecida en los convenios internacionales y en la Constitución. No contaba con el consentimiento de las naciones y pueblos indígenas originarios, no era ni previa, ni libre, ni informada. Además de no respetar los derechos de las naciones y pueblos indígenas originarios, consagrados en la Constitución; no respeta la autonomía, el autogobierno, la libre determinación, las instituciones y las normas y procedimientos propios. Tampoco respetó para nada le Ley 180, que defiende al TIPNIS, llamada ley de la intangibilidad del TIPNIS, tan abusivamente interpretada por el vicepresidente, como si se tratará de un código metafísico, creyendo que se trata de algo intocable. Con esto se muestra el desconocimiento de los altos dignatarios de la jurisprudencia de intangibilidad, aplicada en otros países, además de la propia zonificación del SERNAP, que define a una de las tres zonas del TIPNIS como altamente vulnerable, entonces a la que se puede aplicarle la norma de intangibilidad, en el sentido de que se cierra a toda actividad extractivista y de aprovechamiento que afecte el equilibrio ecológico y la sostenibilidad del bosque.

 

Lo que viene en después, es la ejecución de la “consulta” espuria, con todos los altibajos y contradicciones del gobierno. En principio, no cumplen con el primer plazo para la “consulta”; el Congreso se ve obligado a ampliar el plazo hasta el 7 de diciembre. Esta falla en la ejecución se debió a la resistencia de las comunidades de la TCO del TIPNIS a la “consulta”. Después el gobierno intenta hacer la “consulta” en Trinidad, la ciudad capital del departamento del Beni, mostrando abiertamente la descabellada concepción que tiene sobre la consulta con consentimiento, previa, libre e informada, evidenciando nuevamente la total falta de escrúpulos para llevar adelante el escandaloso atropello, sin importarle guardar un mínimo de compostura. Las autoridades salen en defensa de semejante despropósito, diciendo que una consulta se puede hacer en cualquier parte, que los protocolos de la ley de consulta no establecen dónde se la hace. Estos hechos que parecen formar parte de una comedia brutal son la crónica del itinerario de atropello a los pueblos indígenas. La realidad supera a la imaginación. Sin embargo, no fue el camino optado por el gobierno; se siguió adelante con la ejecución de la “consulta” espuria. Para esto se emplearon todos los medios de desinformación y manipulación; maniobras de los datos de las comunidades, cuáles son comunidades que pertenecen a la TCO del TIPNIS, cuáles son chacos y no comunidades, recursos a la prebenda y el clientelismo, manipulación de la información; cuando entraban a alguna comunidad, preguntando si quieren el desarrollo, el progreso, escuelas, postas sanitarias, atención del Estado; por lo tanto, si quieren esto, deben exigir el levantamiento de la intangibilidad. No se preguntó directamente sobre si quieren la carretera y por dónde, no se brindó la información requerida, como la información de impacto ambiental. No se respondió a la pregunta que merodeaba en el aire de por qué la carretera se diseñó por donde prácticamente no hay comunidades, salvo dos, y no por los las zonas aledañas a los ríos Isiboro y Sécure, zonas donde se concentran muchas comunidades. Ante la notoria resistencia de comunidades, se ingresaban a ciertas horas, se capturaban algunas familias, a veces incluso sólo una, se entregaban arroz y azúcar, se les hacía firmar la recepción, haciendo valer esto como aceptación de la carretera. La preocupación del gobierno era notoria; lo que le interesaba era suspender la condición de intangibilidad para volver a re-zonificar el territorio indígena y parque, buscando levantar los resguardos que había establecido el propio SERNAP para la zona vulnerable, el núcleo del TIPNIS.

 

Al gobierno no le interesa, de lejos, cumplir con la estructura normativa y conceptual de una verdadera consulta; tampoco le interesa guardar las apariencias. Sólo quiere contar con el simulacro de consulta para llenar aparentemente los requisitos constitucionales e internacionales; decir que el gobierno consultó y la respuesta es favorable a la carretera. Requiere cualquier documento que encubra el atropello, mostrar en los escenarios comunicativos estadísticas, aunque estas sean de dudosa procedencia, adulteradas y fraudulentas. Lo que importa es aparentar, justificar con datos. Enamorados ellos, sobre todo el vicepresidente, de una falsa objetividad. El montaje de la “consulta” debe venir acompañada por los resultados, la estadística oficial; el Estado avala semejante cometimiento y atentado contra la misma lógica estadística, pues no cumple con los mínimos requisitos de la construcción del dato. Esta comedia debe venir acompañada por la culminación de la obra de teatro, la presentación de los resultados al público. Mejor si es una presentación política con los correligionarios y en una capital departamental. Precisamente la capital del departamento amazónico del Beni, Trinidad, que cobija a dieciséis pueblos indígenas. En este escenario la desfachatez no tiene límites, se presentan los datos fraudulentos sin ningún escrúpulo, éste lo han perdido hace mucho tiempo. Se festeja su aparente triunfo ante la resistencia de las comunidades del TIPNIS. Se adelanta sin ningún desparpajo que se van a tramitar los recursos para el tramo II de la carretera, que atraviesa el núcleo del TIPNIS. Se vuelve a descargar la furia sobre la supuesta intangibilidad, volviendo a los argumentos “metafísicos” de que ni las hormiguitas podrían tocar el territorio bajo condición de intangibilidad. Esto se lo dice sin rubor, quizás sin consciencia de lo que se dice, sin consciencia del exabrupto, del sinsentido de esta elocuencia gubernamental.

 

Empero este teatro político no tiene sabor a triunfo; hay un sin sabor en el aire. El gobierno sabe que no lograron entrar como quería a la mayoría de las comunidades de la TCO del TIPNIS; se tropezó con la resistencia tenaz de las comunidades, se enfrentó a la cruda realidad de que no todo es manipulable ni objeto fácil de maniobra, a pesar de todos los recursos del Estado, toda la violencia simbólica y física empleada, toda la manipulación mediática, la complicidad del Órgano electoral, el Órgano judicial, UNASUR y las dirigencias medias cooptadas, a pesar de haber logrado dividir al CIDOB, la organización matriz de los pueblos indígenas del oriente boliviano. El gobierno ha llegado al siete de diciembre desgastado, carcomido por sus propias contradicciones, por la guerra sucia desplegada contra los indígenas. A todo esto hay que añadirle el panorama de la descomposición, los elevados y expansivos niveles de la corrupción que corroe la institucionalidad del Estado. Esta decadencia contrasta con la multiplicación desmesurada, casi desesperada, de la propaganda y la publicidad. Hasta se podría sugerir una ecuación, la proliferación propagandista y publicista gubernamental es inversamente proporcional al estado de cosas, a la situación política, desequilibrada y vulnerada en su constitucionalidad, en su institucionalidad, en lo que respecta a los objetivos caros del proceso de cambio. En esta aparente victoria, el gobierno ha perdido; ha perdido imagen, ha perdido credibilidad, ha perdido lo último de moral que habría quedado, ha perdido el horizonte del proceso, ha perdido el respeto de las mayorías y ha perdido la legitimidad.

 

                   

La respuesta indígena no se hizo esperar. En ERBOL se publica lo siguiente:

 

Los habitantes del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS) denunciaron este viernes que el gobierno no consultó a todos los habitantes de la reserva natural y realizaron una marcha de protesta en la ciudad de Trinidad; en el mismo lugar, el gobierno cumplía un acto de celebración y suscripción de actas de conclusión de la consulta[143].

 

Cerca de las 16.30, más de un centenar de indígenas, entre hombres, mujeres y niños, agrupados en la Central de Pueblos Étnicos Mojeños del Beni (CPEMB), protagonizaron una marcha de protesta en rechazo a la versión del gobierno que señala que casi la totalidad de las comunidades fueron consultadas y que todas pidieron la construcción de la carretera Villa Tunari–San Ignacio de Moxos.

 

Laida Nuñez, representante del CPEMB declaró:

 

“No es cierto que más del 50 por ciento de las comunidades están de acuerdo con la carretera, no estamos de acuerdo que la carretera pase por medio del territorio indígena, no estamos en contra de la carretera, pero que el gobierno busque que pase por otro lugar”.

 

La dirigente agregó:

 

“Nosotros vamos a seguir en la resistencia, no vamos a dejar que el gobierno divida en dos el territorio del TIPNIS y por eso estamos en protesta para que el gobierno nos escuche”[144].

 

La noticia continúa:

 

Una comisión interinstitucional conformada por Cáritas Bolivia, la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia (APDHB) y la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), que visitó a las comunidades del TIPNIS, denunció que el gobierno no respetó los usos y costumbres de los indígenas, además que el número de comunidades consultadas no coincide con los datos del gobierno[145].

 

 

En otra noticia de ERBOL aparece una denuncia de la comisión verificadora, conformada por la Asamblea Permanente de Derechos Humanos y la Iglesia Católica, que recorrió comunidades del TIPNIS para comprobar la consulta hecha por el gobierno:

 

Las brigadas del gobierno nacional ingresaron con regalos y ofrecieron proyectos a por lo menos 35 comunidades del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS) para hacer la consulta, les hicieron firmar a los indígenas las actas que decían que estaban a favor de la construcción de la carretera cuando ellos dijeron que no[146].

 

La denuncia la hizo el secretario de Organización de la Subcentral TIPNIS, Bernabé Noza, quien integró la comisión. El dirigente declaró:

 

“Les hablaron (a los indígenas) de la intangibilidad. La consulta debió decir por aquí pasará el camino, este es el impacto que ocasionará, pero no les dijeron nada de eso, sólo les dijeron que si querían salud, educación y proyectos; muchos quedaron confundidos y respondieron que sí, y las brigadas lo tomaron como un sí a la construcción de la carretera por el corazón del TIPNIS, cuando en realidad su apoyo era a los proyectos que les ofrecieron”[147].

 

El dirigente también declaró que en las 35 comunidades que visitaron se constató que los pobladores de éstas no apoyaron la construcción del polémico tramo II del proyecto carretero Villa Tunari – San Ignacio de Moxos, que atravesaría el núcleo TIPNIS.

 

En el periódico Los tiempos se difunde la declaración de la presidenta de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia, Yolanda Herrera, quien se pronunció sobre la consulta efectuada por el gobierno, después de hacer una evaluación, contando con la información del recorrido de la comisión. Se pueden resumir sus conclusiones en tres puntos: 1) Se constataron irregularidades en el desarrollo de la consulta, 2) la consulta del gobierno sembró división entre las comunidades y las familias, y 3) No se cumplió ni siquiera con el protocolo de la consulta aprobado por el gobierno[148].

 

En Otra América de sur a norte, en Radar, se transcribe lo siguiente:

 

El representante de Cáritas Bolivia, dependiente de la Iglesia católica, Marcelo Ortega, informó hoy que en cinco días de recorrido por comunidades del Tipnis (Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro-Sécure), conjuntamente con representantes de derechos humanos, constataron que el gobierno no cumplió a cabalidad con el protocolo de la consulta sobre el proyecto carretero que atravesará la zona[149].

 

El representante de Cáritas declaró:

 

“Hemos podido constatar que el protocolo no se ha cumplido a cabalidad. La consulta requiere ciertos requisitos, tiene estándares, tiene pasos, tiene procedimientos y por lo que nos han contado los mismos comunitarios, lamentablemente no se han cumplido”[150].

 

Ya con anterioridad, cuando se desarrollaba la incursión de la “consulta” espuria, se desataron las denuncias de los dirigentes de las comunidades del TIPNIS:

 

El ex-corregidor de la comunidad Puerto San Lorenzo, Hernán Maleca, denunció que el gobierno sólo consultó a siete de 45 familias que habitan en esa población y hace creer que aceptan la carretera en medio del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS)[151].

 

El dirigente declaró:

 

“Siete (familias) fueron consultadas en un cabildo pero el saldo no participó porque se fue a sus chacos, por lo tanto ellos no han visto la consulta”…“La consulta ha sido totalmente un fracaso, un fracaso, porque nosotros estuvimos bloqueando como ahora la pista pues no queremos la consulta, tampoco la carretera en nuestros territorio porque no nos va beneficiar”[152].

 

En Crónicas de América Latina sale un reportaje que se titula Desde la resistencia indígena en la comunidad  Santiago, Río Ichoa, Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro-Secure. En el reportaje se escribe el siguiente relato de la crónica:

 

Las carreteras del país siempre han estado acosadas por 2 factores: los impactos de la naturaleza y los bloqueos ocasionados por el descontento social. Los habitantes del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Secure, TIPNIS, suelen decir “el río es nuestra carretera”, y como tal, también está sometido al temperamento de la madre tierra y novedosamente al descontento de sus hijos. Tras haber sido engañados e ignorados por el gobierno luego de la VIII y IX marcha los indígenas del TIPNIS decidieron resistir en el territorio contra un proyecto de carretera que intenta ser avalado por una tardía y fraudulenta “consulta”. Comenzaron templando 2 alambres a lo largo del Río Isiboro en la comunidad de Gundonovia. El gobierno ha acusado a los habitantes y autoridades naturales de esta comunidad de impedir el paso del desayuno escolar y del personal de salud[153].

 

El  reportaje continúa:

 

No obstante este bloqueo, tiene una particularidad, es un bloqueo simbólico y selectivo. Dos alambres de púas en los que reza un cartel “Resistencia digna”, alertan sobre un territorio que le dice NO a la imposición de una carretera y de una consulta posterior, fraudulenta y de mala fe. Sin embargo los vivientes del territorio atraviesan esta barrera reduciendo la velocidad de sus motores o canoas y levantando el alambre lo suficiente como para permitirse el paso. Entran y salen de y hacia la ciudad de Trinidad sin ninguna dificultad. Entran y salen porque es su territorio. Sólo el personal del gobierno, quienes quieren imponer la consulta, está vetado de ingresar en el TIPNIS. En varias actas, los habitantes del territorio han hecho constar que el Desayuno Escolar sigue esperando en Los Puentes o en Puerto Geralda, para ser despachado sin dificultad. Pero el municipio de San Ignacio, aliado del gobierno se niega a enviarlo y cínicamente acusa al bloqueo de ser la causa para que el alimento no llegue a su destino. Personal médico, nunca hubo, a excepción de algunos enfermeros que brillan por su ausencia (igual que los guardaparques). Un centro de Salud en la comunidad de Santiago (inconcluso por un negociado) es hoy el dormitorio los murciélagos y anfitrión de la maleza que atestigua como este elefante blanco carece de quien lo atienda. La misión de Médicos Canarios que ingresaban a hacer trabajo voluntario en el territorio se ve imposibilitada de entrar por barreras burocráticas impuestas desde la gobernación del Beni, aliada del gobierno.

Estos argumentos en contra de la resistencia han sido tejidos en una especie de prosa de contrainsurgencia para desprestigiar y criminalizar la protesta social. Son sólo una excusa que además pretende justificar el fracaso de la consulta. No pudiendo ingresar al territorio más que por helicóptero o avioneta, aprovechando que la gente está trabajando en sus chacos, el gobierno ha comenzado una campaña de desinformación, sumado a la infiltración de comunarios y profesores afines a cambio de favores, prebendas y en  muchos casos amenazas.

Lo cierto es que el río también se puede bloquear. A veces la palizada (árboles que arrastra el río)  impide o dificulta la navegación pero también la dignidad sabe ponerle un límite a quien quiere invadir y dividir un territorio. Dos alambres y un cartel escrito en bolsas de yute, son el modesto símbolo resistencia que según el gobierno se hace con financiamiento de “ONGs” y de la “derecha”. Don Cecilio, en la comunidad de Santiago, donde una red de pesca bloquea el río Ichoa, hizo que su hijo Ramiro colocase un cartel “Resistencia” prestándose del profe Ismael una cartulina y un marcador. Al principio, pensé que era un error utilizar un eslogan del gobierno: “para vivir Bien”. Pero creo que don Ceci, como le decimos, es callado pero inteligente, y con este modesto cartel quiere enseñarle al Evo, al Linera y al Quintana lo que realmente significa “Vivir Bien”[154].

 

A principios de octubre de 2012, Rugidos de la madre tierra, difundía información sobre la resistencia en el TIPNIS, acontecimientos que explican por qué fracasa la primera incursión de las brigadas de la “consulta”. La información es la siguiente:

 

La dirigencia indígena en defensa del Tipnis se reunirá hoy en Santa Cruz, junto a los representantes de los 34 pueblos de Tierras Bajas y otras organizaciones, para analizar una demanda internacional contra el Estado sobre las irregularidades en el proceso de consulta y la posibilidad de presentar a un comunario como candidato a las elecciones de la gobernación en el departamento del Beni. “También analizaremos la propuesta de otra demanda internacional de los pueblos indígenas contra el Estado boliviano ya que se ha agotado a nivel nacional”, dijo el vocero de este movimiento, Youcy Fabricano. (…) Por otro lado, una comisión indígena se instaló en Puerto Totora ayer con el objetivo de continuar la socialización de las consideradas arbitrariedades en el proceso de consulta[155].

 

El corregidor del lugar, Macario Noza, declaró:

 

“Desmentimos que el Gobierno haya consultado a esta comunidad, estamos fortaleciendo la resistencia aquí y en Puerto San Lorenzo y en Gundonovia, los hermanos se han mantenido firmes”.

 

Fernando Vargas, dirigente de la Subcentral del TIPNIS, declaro:

 

“Es una trampa la información que maneja el Gobierno. Que los indígenas expresen el apoyo a los temas de salud y proyectos de desarrollo no quiere decir que acepten la carretera, más bien es una forma de chantaje para lograr un objetivo que es aceptar la carretera. No hay una mayoría que acepte la carretera”[156].

 

La Coordinadora por la Autodeterminación de los pueblos y el medio ambiente, COODAPMA, Santa Cruz, saca un pronunciamiento:

 

Ante los últimos acontecimientos suscitados en torno al Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro-Sécure y la toma de las instalaciones de la CIDOB, las y los componentes de esta organización emitimos este nuevo

PRONUNCIAMIENTO

1. Condenamos de la manera más enérgica la barbarie promovida por el gobierno entre hermanos indígenas al financiar a algunos dirigentes y grupos de choque para que vayan a violentar la sede de los pueblos indígenas de tierras bajas resquebrajando la fortaleza de la unidad de las naciones indígenas. Estos hechos de seguro tienen también el objetivo de distraer y disminuir las fuerzas en la lucha por la defensa del TIPNIS.

2. Repudiamos el uso que hace la gente del gobierno, de algunos indígenas de la nación Ayorea, que debido a su condición de extrema pobreza, en una ciudad que los discrimina, se ven obligados a sobrevivir a cualquier precio. En su momento ellos fueron expulsados también por los megaproyectos transnacionales y los terratenientes, un gasoducto y una carretera y continúan siendo acechados por la minería y los traficantes de la misma tierra que antes fue su gran territorio.

3. Como Coordinadora no defendemos los intereses de ningún dirigente en particular, ni estamos a favor ningún grupo a la cabeza de la CIDOB, sostenemos que debe prevalecer ante todo la unidad de la organización indígena y que deben ser las bases las que hagan respetar sus decisiones sin intervenciones de fuerzas estatales. Propugnamos la independencia del movimiento indígena frente al gobierno y la vieja derecha, aliados en la defensa del sistema capitalista, la opresión de las distintas nacionalidades indígenas y enemigos de las luchas de los sectores sociales.

4. Rechazamos de manera contundente la falsa consulta posterior en el TIPNIS, que no es ni previa, ni libre, ni informada y que además de no cumplir ninguna de las formalidades del legalismo y los fallos de los tribunales, está cocinada para favorecer los intereses transnacionales y de los grandes propietarios cocaleros para ocupar dicho territorio.

5. Condenamos la muerte del hermano campesino Ambrosio Gonzales Rojas quien demandaba atención a sus demandas en la localidad Caranda y llamamos a la ciudadanía y organizaciones de base del pueblo boliviano a estar atentos a estos conflictos y ante cualquier acción represiva del gobierno en el TIPNIS, pues el rechazo a la consulta post en varias comunidades es evidente. Sólo la movilización activa en las ciudades hará conocer al mundo los atropellos del gobierno del MAS vendido a las transnacionales y opresor de los indígenas[157].

La Asamblea del Pueblo Guaraní (APG), ante los graves sucesos de división de la CIDOB, ocasionados por intervenciones del gobierno, saca un manifiesto público. En el manifiesto la organización matriz guaraní se propone recuperar la unidad y la independencia política e ideológica de la Confederación Indígena del Oriente Boliviano (CIDOB)[158].

 

Como se puede ver estamos ante la secuencia de una férrea resistencia, en sus distintas fases, en sus diferentes contextos, contando con sus concretas coyunturas. El sólo hecho de la resistencia anula cualquier pretensión del gobierno de legalidad y de legitimidad de la “consulta” espuria. Ante esta realidad contundente el gobierno responde con tozudez, haciendo declaraciones optimistas, desde el punto de vista oficial, justificando, en principio los retrasos por el mal temporal, por la conspiración de ONGs, también por la intervención de la derecha, por el interés de algunos dirigentes; mostrando, después, el avance de los resultados, siempre a favor de la “consulta” gubernamental; por último, presentando los resultados positivos de la “consulta”, concluyendo que la mayoría quiere la carretera. Lo que queda claro de todo este itinerario del atropello cometido contra los pueblos indígenas es que el gobierno quiere “sí o sí” la carretera, que la quiere imponer “sí o sí”, pese a quien pese, le guste o no le guste a quien sea.  Es difícil tragarse este montaje, esta marcha forzada de una “consulta” que no lo es; no cuenta con la credibilidad de la opinión pública, ni está avalada por la estructura normativa de la consulta con consentimiento, previa, libre e informada. Los funcionarios involucrados hacen denodados esfuerzos por manifestar credibilidad. Tampoco sus expresiones son convincentes. Todo lo que hacen corresponde a un ritual; hay que mostrar optimismo burocrático, hay que formar un bloque de complicidades, hay que aparentar solvencia y seguridad, hay que mostrar estadísticas de la “mayoritaria” aceptación de la carretera, hay que cumplir con la voluntad del poder. Empero, todo ocurre como el deslizamiento de un doble desenlace polarizado; uno, que corresponde a la versión del gobierno; el otro, que corresponde a la versión de la resistencia del TIPNIS, a la que se suman las voces de otras organizaciones y otras instituciones, como las de Derechos Humanos, la Defensoría del Pueblo, la comisión verificadora, organismos internacionales, organizaciones sociales. ¿Cuál versión es real y cuál ficticia? ¿Acaso depende de quién lo dice? Las versiones tienen que ser contrastadas con los hechos, la secuencia de hechos, las evidencias, los acontecimientos, además de ser contrastadas con la Constitución, los convenios internacionales, la estructura normativa y conceptual de la consulta con consentimiento, previa, libre e informada.

Por otra parte, hay que ver en todo este itinerario de la “consulta” una secuencia de síntomas. La obcecación gubernamental por la carretera que atraviese el núcleo del TIPNIS es un síntoma, que tiene que ser interpretado a partir de sus muestras; muestras de un discurso que habla de geopolítica de la Amazonia, que habla también de integración interdepartamental, así como pronuncia palabras como progreso, desarrollo, atención a la salud y a la educación de las comunidades. Muestras también de contrastes inexplicables, como proponerse una carretera que beneficie a las comunidades trazando un recorrido donde no hay comunidades, salvo dos, trazo que, sin embargo, une a dos ciudades intermedias, Villa Tunari y San Ignacio de Moxos, que no se encuentran el en TIPNIS. Muestras también que tienen que ver con el insólito esfuerzo desmedido del gobierno por convertir la batalla del TIPNIS en su batalla principal, arriesgándolo todo. Así como muestras que tienen que ver con los discursos de descalificación gubernamental de la resistencia del TIPNIS, acusándolos desde conspiradores hasta aliados de la derecha, incluso del imperialismo. Todas estas muestras hacen un cuadro y permiten un diagnóstico. El TIPNIS se ha convertido en el lugar deseado, en el objeto oscuro del deseo, en el imaginario gubernamental, el lugar de la demanda; también el lugar del vacío, el agujero negro, que debe ser ocupado por el bien del Estado. Es como si en este territorio se realizara una guerra secreta, la guerra entre el Estado-nación y el Estado plurinacional, entre lo viable y la utopía, entre el modelo real, pragmático, y el modelo ideal, constitucional. Que también puede ser comprendida como una guerra consigo mismo, del proceso, proceso desgarrado en sus propias contradicciones profundas. Es como se llevara al extremo las cosas, las consecuencias, los actos y las acciones, conflictuando hasta sus límites a una “consciencia” desgarrada, a una “consciencia” culpable. Ocurre también como si no se pudiera parar este derrotero; un comportamiento que apuesta a la fatalidad.

El diagnóstico es complicado; nos encontramos ente la “enfermedad” del poder, ocasionada por el poder, que tiene que ver con el descontrol inscrito en los engranajes del poder. Es como si el poder adquiriera vida propia, independiente de sus relaciones, de los sujetos sociales que entablan relaciones; es como si el poder se autonomizara, se tragara a sus componentes subjetivos, les imbuyera de un halito extraño y descomunal. Los gobernantes serían gobernados por otras fuerzas que no controlan. Parece una condena o un embrujo. ¿Cómo explicar sino por qué no se opta por una actitud sensata, de espera, en vez de la beligerancia y la imposición por la fuerza? ¿Si se está tan convencido del proyecto, de los beneficios del proyecto, de los propios argumentos, por qué no esperar, deliberar abiertamente, buscar el convencimiento, dándose todo el tiempo, evitando la confrontación, ganándose mas bien la confianza? El guión parece repetirse en todos los gobiernos progresistas, en todos los procesos que se proponen cambios y transformaciones, sean reformistas o revolucionarios; el Estado es también una lógica y un diagrama disciplinario.

Dejemos en suspenso lo que ya dijimos, las hipótesis sobre la geopolítica del IIRSA, sobre el modelo extractivista, sobre el compromiso con las empresas trasnacionales, sobre el compromiso con la expansión de la frontera agrícola, en ella, con la expansión de los cultivos de la hoja de coca excedentaria; dejemos en suspenso la hipótesis de la administración gubernamental en beneficio de la recomposición de la burguesía, la alianza entre la vieja burguesía y los nuevos ricos[159]; concentrémonos ahora en la sintomatología gubernamental. Sobre todo porque no parece “racional” lo que hace el gobierno, arriesgar su destino en el TIPNIS. Llamemos a las anteriores hipótesis empíricas, que obviamente tienen que ser contrastadas y verificadas; lo que proponemos es detenernos en una hipótesis teórica, de interpretación teórica del recorrido sintomático del gobierno.         

Lo primero que hay que observar es la condición y las características del Estado; este aparato, esta maquinaria, este instrumento, que se presenta como campo burocrático, no ha cambiado, es el mismo, el Estado-nación. No se construyó, ni se dieron pasos para construir el Estado plurinacional comunitario y autonómico, no se efectuaron las transformaciones institucionales y estructurales que se requiere para hacerlo. Apartándonos, por ahora, de la discusión de si este Estado, con los atributos y las condiciones de plurinacional, comunitario, autonómico e intercultural, es posible, es viable, debate respecto al cual tenemos una posición, precisamente a favor del desmantelamiento del Estado-nación y la transición hacia el Estado plurinacional, diremos que, si se mantiene el Estado-nación, se conservan también sus diagramas de poder, entre ellos el diagrama colonial. Por lo tanto, se siguen las lógicas y las estrategias inscritas en el mapa institucional y normativo de este Estado. Las personas, los grupos, los entornos, los partidos, son componentes provisorios de estructuras sedimentadas y consolidadas. Hay matices, claro está; hay márgenes de maniobra. Se dibuja la particularidad de la coyuntura, del periodo gubernamental en curso; empero bajo un mismo formato. Para liberarse de este condicionamiento estructural no hay de otra que demoler estas estructuras heredadas, construir otra institucionalidad, adecuada a los horizontes abiertos por los movimientos sociales anti-sistémicos contemporáneos. Optar por el realismo político, por el “pragmatismo” de sentido común, es incursionar por n-esima vez por el laberinto insondable de los diagramas de poder heredados, pretendiendo engañarlos con juegos de astucias. En este laberinto se lleva las de perder, perderse en el laberinto, ilusionándose en la desolación que se avanza, que se está encontrando la salida, cuando más nos perdemos en los embrollos y círculos viciosos.

Para el Estado-nación, no sólo para los funcionarios de turno, los territorios indígenas son un anacronismo, son un atentado a la unidad soberana del Estado. La lógica institucional del Estado-nación no puede permitir autonomías, libres determinaciones, autogobiernos, pues atentan contra la soberanía nacional. Esta lógica e “ideología” fue vertida, a su modo, por los discursos de los altos dignatarios del gobierno. El nacionalismo de las élites criollas y nativas, que se opone al pluralismo de las multitudes, de los pueblos y comunidades. Las burguesías de un tipo o de otro, de un color o de otro, requieren del Estado moderno, de la unidad y homogeneidad de la maquinaria, de las instituciones, de las normas, de la administración y de la gestión, que garanticen el funcionamiento del mercado y del modo de producción, distribución, circulación, comercialización y consumo capitalista. En tanto que las comunidades, las naciones y pueblos indígenas originarios, los movimientos sociales anti-sistémicos, requieren de la profundización radical de la democracia, llevando esta profundización a la transformación del mapa institucional, al pluralismo institucional y al ejercicio de la democracia participativa. El conflicto del TIPNIS, sus sinuosos decursos, la secuencia ornamentada de los comportamientos gubernamentales, los desenlaces en las distintas coyunturas, sobre todo el desenlace de una “consulta” espuria, muestran fehacientemente que el Estado-nación sigue vigente, que lo que se ataca, precisamente, es al germen del Estado plurinacional, que se encuentra enunciativamente en la Constitución y que se encuentra fácticamente en los territorios indígenas.

Ahora bien, la “consulta” espuria no dejara de ser ilegal e ilegitima haga lo que haga el gobierno; la propaganda y la publicidad no cambian estas características, tampoco la culminación de la “consulta”, la presentación de sus resultados, el cuadro de sus proporciones, que pueden también ser tomadas como las proporciones de la ilegitimidad, de la ilegalidad, de la violencia, la imposición y la manipulación. Tampoco cambiara la característica ilegal e ilegitima de la “consulta” que el gobierno termine imponiendo la carretera, que llama irónicamente “ecológica, partiendo en dos el territorio indígena y parque, por la zona más vulnerable ecológicamente. Lo único que habrá hecho el gobierno es sellar, marcar, inscribir, la violencia estatal en los cuerpos de los pueblos indígenas, en los espesores territoriales de la madre tierra, en la memoria intangible de la historia política. El gobierno progresista pasara a la historia como sepulturero del Estado plurinacional así como el estalinismo y la burocracia del socialismo real pasaron como sepultureros de la revolución proletaria. Al respecto habría que decir que no es tan valido que la historia la hacen los humanos bajo determinadas condiciones y no a su libre albedrío, sino que estas condiciones terminan haciendo la historia, repitiéndola como una condena o un mito. De aquí es conveniente volver al planteamiento de Walter Benjamin de salir de la historia, escapar de la historia, como escritura del espacio-tiempo moderno, como historia universal, que es la historia del logo-centrismo, del fono-centrismo y del falo-centrismo, la historia de la dominación colonial y capitalista. De lo que se trata es de ingresar a otros espacios-tiempos, los espacios-tiempos cread