La responsabilidad como actitud vital

04.09.2016 07:38

La responsabilidad como actitud vital

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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Parece que la pregunta prioritaria, ante todo, es: ¿Cuál es nuestra responsabilidad en este acontecimiento, el de la existencia del universo o pluriverso, así como del supuesto multiverso; en este acontecimiento de la vida, en sentido biológico, en el planeta Tierra? No es posible eludir esta pregunta, utilizando los argumentos que se quiera, más elaborados o menos elaborados. No porque estamos para algo, preformado o predeterminado. Sino porque simplemente estamos, independientemente de que sepamos dónde, porqué y cómo. El estar, es decir, el existir, nos convierte no solamente en existentes; en el caso de la biodiversidad del planeta, en vivientes. Sino también en responsables ante no solamente nuestra propia vida singular, sino, también, en responsables ante la proliferante vida planetaria.

 

No hay que entender esto como si se tratara de un imperativo categórico, de una exigencia moral; la responsabilidad, de la que hablamos, se refiere a la participación en el mundo efectivo, en el planeta, en el universo, así como en la sociedad y la ecología de la biodiversidad. Participar no quiere decir ser indiferente, anodino, abstenerse de participar, mantenerse al margen. Sino, mas bien, las connotaciones se dan en sentido activo. Comenzando con la significación más neutral, podemos decir que se trata de tomar parte. Eso ocurre independiente que se quiera o no hacerlo. Solo el hecho de estar ya es un tomar parte en el mundo y en el universo, así como en la sociedad y en el Oikos.  Siguiendo con otra connotación más cercana, se puede decir que lo que ocurre, también independientemente a lo que se quiera y desea, es integrar; se forma parte de del tejido espacio-temporal; se integra en contextos compuestos. A esta presencia, que no se da sin ámbitos de relaciones, no se puede soslayar e ignorar, como si diera lo mismo que aconteciera o no. Simplemente, esta presencia se da. Otra connotación significativa, cercana a las anteriores, que supone darse, si se quiere, espontáneamente, es contribuir. Se contribuye con la presencia, con la participación existencial, por el solo hecho de existir. Lo mismo se puede decir con la significación de concurrir.  En cambio, cuando se avanza en las connotaciones significativas de participar, en el sentido de actividades y prácticas,  ya no se puede interpretar la significación como si se diera solo espontáneamente, independiente del deseo, la voluntad, el querer; en estos casos, ocurre que la participación connota la incidencia en los contextos; por ejemplo,  la significación de intervenir supone acciones vinculadas a la voluntad. Cuando se habla de jugar, se alude a una intervención lúdica. Algo parecido sucede, contando con la decisión dada, con la significación de asociarse.  Algo parecido se puede decir con la significación de compartir, así como de componer.

En consecuencia, la responsabilidad  tiene que ver con el participar. La responsabilidad, en tanto concepto, puede adquirir no solo significaciones variadas, sino también sentidos diferentes; dependiendo de los contextos, las problemáticas, las preocupaciones, las demandas, así como también las finalidades propuestas. Quedémonos con aquéllas connotaciones que tienen que ver con la responsabilidad en el contexto de la sociedad; sociedad que supone el contexto inherente de la comunidad.  También de las cohesiones sociales, como la familia nuclear, extendida, compuesta o de otra índole cultural; quedémonos, tomando en cuenta las contextualizaciones correspondientes a las contexturas escogidas; por ejemplo, el contexto ecológico de la biodiversidad del planeta.

 

No se habla de la responsabilidad en el sentido institucional, como el cumplimiento con las reglas de la institución. La responsabilidad no es una consecuencia de la estructura de reglas de la institución; aunque se comprende que de la responsabilidad que habla el Estado, la sociedad institucionalizada, la familia, las instituciones de la sociedad civil, sea precisamente ésta; la responsabilidad formal. Que tiene valor en lo que respecta a la cohesión institucional. Cohesión, también formal, que, sin embargo, se asienta o se sostiene sobre cohesiones efectivas, que no son necesariamente institucionales, sino vitales. La responsabilidad de la que hablamos, tiene que ver con el acontecimiento de la existencia y el acontecimiento de la vida. Esta responsabilidad es, más que una exigencia, un hecho; si se quiere, atributo de la potencia; en el caso de las sociedades humanas, de la potencia social. Como las sociedades humanas forman parte de la constelación de sociedades orgánicas, por lo tanto, de los ecosistemas de la biodiversidad del planeta; entonces, se trata, también, de responsabilidad en los ciclos vitales ecológicos de la biodiversidad del planeta.

 

Para decirlo, en el leguaje heredado, la experiencia social acumulada, la memoria social actualizada, nos muestran la vivencia de la responsabilidad; interpretada desde los distintos  corpus teóricos, así como de los distintos mandamientos morales u otras narrativas, afincadas en costumbres o habitus. Estas vivencias son decodificadas por paradigmas religiosos, simbólicos y alegóricos, morales y teóricos, políticos; sin embargo, se trata de responsabilidades representadas o de la representación de la responsabilidad, que puede adquirir solidez social, cuando los agenciamientos concretos de poder, las instituciones, convierten las representaciones en conductas.

No se entienda, lo que decimos, como si tratara, ahora, de de-construir   el sentido de responsabilidad formal e institucional. Esto amerita toda una reflexión sobre las mallas institucionales y su incidencia  en las conductas, los comportamientos y las decisiones individuales y colectivas. Sino de comprender el alcance del existir y el vivir.

 

Dejaremos aquí estas reflexiones teóricas sobre la responsabilidad. Queremos usarlas, de manera efectiva, en el análisis crítico del poder, del Estado, de la política restringida. En el análisis del desenlace, en sentido metafórico,  en la historia reciente, del periodo gubernamental “progresista” del PT en Brasil.

 

 

Hablemos de la responsabilidad en la coyuntura; que es tanto, responsabilidad individual, grupal, colectiva y social. En este sentido, parece que la responsabilidad en la coyuntura del desenlace político,  tiene que ver con el desenlace mismo. Es decir, para hacerlo fácil, con la participación, individual, grupal, colectiva y social, en lo que respecta a la forma de asumir el desenlace. Como dijimos, nadie está exento de responsabilidad; como hemos aclarado, más de una vez, no se habla, de ninguna manera, de culpabilidad. No hay indiferencia posible, ni tampoco neutralidad. Sin aludir a las demandas de las “ideologías”, la responsabilidad, independientemente de los postulados “ideológicos”, exige, no una definición, opción, tendencia, en los comportamientos y conductas; sino una actitud ante el contexto del que se trate.

 

En esto no caben argumentos como el que se justifica diciendo: de acuerdo a  mi religión, de acuerdo a la moral, de acuerdo  a mi cosmovisión, de acuerdo a mi “ideología”; así como argumentos como de acuerdo a las normas establecidas por el Estado o la sociedad institucionalizada. Estos argumentos corresponden a discursos de legitimación de las acciones emprendidas. La responsabilidad corresponde a la actitud comprometida con la vida, con los ciclos de la vida. La responsabilidad es entonces para con la vida.

 

Por otra parte y en el mismo sentido interpretativo anterior, la responsabilidad corresponde al mero hecho de formar parte de la comunidad, de la sociedad, del mundo. La responsabilidad, entonces, el participar, activa la voluntad, por así decirlo; de esta manera, interpretando desde la filosofía moderna, tiene que ver con la libertad. Déjenos mantenernos todavía en esta perspectiva filosófica, para deducir que podemos decir que la responsabilidad connota, de manera inmediata, la libertad. Ser responsable es ser libre; no obligado.

 

Quizás, aquí se marque una diferencia con el concepto de responsabilidad filosófico moderno; así como también con las significaciones menos retóricas, como las morales e institucionales. La responsabilidad no depende de los valores vigentes, tampoco de las exigencias y normas institucionales, ni de las reglas establecidas, allí donde se esté. La responsabilidad es, ante todo, la inmediata compulsión de la vida.

 

Dicho de modo muy simple, la responsabilidad ante la vida, es vivir; la responsabilidad ante la sociedad, es preservar las cohesiones sociales, que es distinto a preservar las instituciones. Puede que la cohesión social implique abolir instituciones y crear otras. La responsabilidad para con el país, ya entrando en terrenos simbólicos, en un periodo y coyuntura determinados, es conseguir que todo lo que contiene el país, que es un concepto, así como una representación, sea liberado; dejando que la potencia social contenida, liberada, pueda crear ámbitos de relaciones armónicos; pueda participar en el mundo armónicamente con los otros países.

 

Lo que llama la atención, en las sociedades modernas, en las sociedades institucionalizadas, estatalizadas,  es que en las “responsabilidades” que cobijan, no se tienen en cuenta las responsabilidades cruciales con la vida, la sociedad, la comunidad, el cuerpo, la biodiversidad del planeta. Pretendiendo, insosteniblemente, reducir la responsabilidad a formalismos, a reglas institucionales; incluso, en el mejor de los casos, a imperativos categóricos. No se trata, ahora, de descalificar este formalismo, estas reglas, estas normas institucionales, ni estos imperativos categóricos, sino de explicarse  esta hipostasis. Una representación institucional, expresándonos de manera suave, no puede sustituir  a la responsabilidad existencial y vital, que es el estar en el mundo, en el universo, en el territorio; compartir con la sociedad y con los ciclos vitales ecológicos.   No hay punto de comparación. Esa, la exigencia de la responsabilidad institucional, por más pertinencia que pueda tener en el periodo y la coyuntura que le toca,  resulta una manera de eludir la responsabilidad existencial y vital.   

Ahora bien, la responsabilidad, el actuar, en consecuencia, no es abstracta, como si solo se redujera a aclaraciones conceptuales; como si se pudiera actuar, en general, en cualquier parte, de la misma manera. La responsabilidad, el actuar, en consecuencia, es concreta y especifica; está definida singularmente en un momento, lugar, situación y problemáticas determinadas. Entonces, la responsabilidad no puede ser concebida como abstracción conceptual, como norma general, como se hace institucionalmente; se trate de reglas sociales o de principios morales. La responsabilidad, comprendiendo la complejidad convergente, en el sentido inmanente; así como, complementariamente, en el sentido trascendente. Articulando los planos y espesores de intensidad en el lugar, en el sentido que le da Milton Santos, corresponden a la decisión individual, también a la decisión colectiva, como predisposición corporal a actuar de determinada manera.  Este actuar se da, solo se puede dar, en un lugar, en un momento, en un contexto, en una sociedad, respecto a una  problemática o problemáticas conformadas.

 

Cuando un pueblo es sometido al ejercicio del poder, a la economía política generalizada, entre las economías políticas componentes, a la economía políticas del chantaje, parece que la responsabilidad social tiene que ver con la actitud respecto al poder, respecto a las dominaciones polimorfas; así como en relación a las bifurcaciones efectuadas, que separan lo abstracto de lo concreto, valorizando lo abstracto, desvalorizando lo concreto. Tiene que ver con la relación con la economía política del chantaje.

 

 La responsabilidad es, entonces, la actitud integradora para con la vida y la existencia, abarcando sus distintos planos y espesores de intensidad articulados.  Así también, con el cuerpo, el grupo social, la comunidad, la sociedad. Por ejemplo, en la coyuntura crítica, correspondiente a la caída del PT, a su destitución del gobierno, parece que los desafíos a la responsabilidad individual, grupal, comunal, social, tienen que ver con la oportunidad del presente.   En el caso de la coyuntura del desenlace político del periodo del “gobierno progresista”, la responsabilidad tiene que ver con  este desenlace; no en el sentido de que se tiene responsabilidad respecto a que se haya dado el desenlace, tal como se ha dado; el desenlace no depende de lo que se haya hecho o no se haya hecho. Sino del juego y el peso de los campos de correlaciones de fuerza. Tiene que ver con  el desenlace, que es la figura metafórica que usamos, pues se trata de actuar respecto al desenlace.  Este actuar, no es cualquier actuar, decidido o inducido; este actuar, que denota acción, es el participar en el devenir del mundo efectivo.

 

El “gobierno progresista” ha caído, el periodo del “gobierno progresista" se ha clausurado. La responsabilidad no tiene que ver con restaurar, reponer, al “gobierno progresista”; tampoco con repetir la misma ruta. Así como no se trata de ser indiferentes; mucho menos con apoyar a  las versiones de la restauración neoliberal.   La responsabilidad, en este caso, tiene que ver, primero, con aprender de la lección histórica. Después, con  abrir rutas que abandonen la situación estructural  del poder, el círculo vicioso del poder. Abriendo senderos hacia la resolución de problemas acumulados; que es la única manera de experimentar y gozar de nuevas auroras.

 

¿Qué significa resolución de problemas en la coyuntura del desenlace? Quizás, para lograrlo, se requiera, primero, comprender ¿qué ha pasado y por qué?   Esto requiere de  predisposición para hacerlo; este hacerlo, no solo es tarea individual, sino colectiva. Necesita de deliberación social. De ninguna manera, la recurrencia a  “verdades” institucionalizadas. En consecuencia, es menester exponer y escuchar, acerca de la problemática en cuestión. Esto, esta práctica deliberativa, que, por lo menos, se planteó teóricamente; a su vez requiere de  espacios y espaciamientos, forjados por prácticas deliberativas sociales. Estos espacios y espaciamientos no son los del Congreso bicameral, tampoco los virtuales de los medios de comunicación. Los espacios institucionales del Congreso y los espacios virtuales de los medios de comunicación son espacios no deliberativos; donde se interrumpe, mas bien, la deliberación.  Donde se difunde la alocución de la impostura de la deliberación. Ahí el pueblo no encontrará el lugar y la oportunidad de la reflexión colectiva, sino la impostura de la discusión; cuando se dice cualquier cosa, estando ya decididas las posiciones, por orden partidaria.

 

Segundo, si se logra construir una compresión colectiva, con toda sus variantes internas, con todas sus particularidades interpretativas, con todas las connotaciones posibles y todas la denotaciones definidas; en definitiva, si se logra  debatir, discutir, deliberar, reflexionar,  parece que la responsabilidad tiene que ver con el consenso; la formación de consensos colectivos.

 

En tercer lugar, la responsabilidad tiene que ver con la acción colectiva. No está en manos del Estado, de los aparatos “ideológicos”, ejecutivos, legislativos, judiciales, del Estado, el cumplir con la responsabilidad. Mas bien, el Estado está construido para eludir la responsabilidad.  El lado mágico del Estado, funciona, no para deliberar, reflexionar, aprender, sino  para encantar; el lado bélico del Estado, no está para garantizar el cuidado de uno mismo, de la ciudad, de la sociedad, sino para amenazar o, si es necesario, para reprimir.  

 

En cuarto lugar, la responsabilidad, que corresponde a la vida misma, sus ciclos vitales, su capacidad creativa, tiene que ver con el desacato a toda la parafernalia normativa y reglamentaria del Estado. Pues el acato a estas leyes, normativas, reglas, del poder, equivale a renunciar a la potencia social, a la libertad creativa, a la constitución e institución de la asociación mundial de pueblos del mundo.

 

En quinto lugar, la responsabilidad tiene que ver con activar la potencia social, vinculada a la potencia ecológica, formando parte de la potencia cósmica: Esta acción equivale a crear, como crea la vida, proliferante, inventora constante.

 

En sexto lugar, comunicarse con los seres del universo.

         

 

 

                                                        

 

 

 

                              

 

   

 

         

 

 

                                                        

 

 

 

                              

 

   

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Contrapoder y episteme compleja

 


 

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Objetivo del programa:

Umbrales y limites de la episteme moderna, apertura al horizonte nómada de la episteme compleja.

 

Metodología:

Cursos virtuales, participación virtual en el debate, acceso a la biblioteca virtual, conexión virtual  colectiva. Control de lecturas a través de ensayos temáticos. Apoyo sistemático a la investigación monográfica. Presentación de un borrador a la finalización del curso. Corrección del borrador y presentación final; esta vez, mediante una exposición presencial.

 

Contenidos:

 

Modulo I

Perfiles de la episteme moderna

 

1.- Esquematismos dualistas

2.- Nacimientos de del esquematismo-dualista

3.- Del paradigma regigioso al paradigma cientifico 

4.- Esquematismo ideológico

 

Modulo II

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1.- Teórias de sistemas

2.- Sistemas autopoieticos 

3.- Teorías nómadas

4.- Versiones de la teoria de la complejidad

 

Modulo III

Perspectivas e interpretaciones desde la complejidad

 

1.- Contra-poderes y contragenealogias 

2.- Composiciones complejas singulares

3.- Simultaneidad dinámica integral

4.- Acontecimiento complejo

 

Modulo IV

Singularidades eco-sociales 

 

1.- Devenir de mallas institucionales concretas

2.- Flujos sociales y espesores institucionales

3.- Voluntad de nada y decadencia

4.- Subversión de la potencia social

 

 

Temporalidad: Cuatro meses.

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Defensa de la Monografía. Defensas intermitentes de Monografías: Una semana después de cada finalización.



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