El ángel caído y el pez alado

02.01.2017 08:53

El ángel caído y el pez alado

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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En el Canto I, Altazor se enfrenta a sí mismo[1]. Se pregunta: ¿Por qué perdiste tu primera serenidad? La otra pregunta es: ¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa con la espada en la mano? La tercera pregunta es: ¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios? La cuarta pregunta: ¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser? La quinta pregunta: ¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce de todos los vientos del dolor? Y la última de la estrofa: ¿Dónde estás Altazor? La primera respuesta es una descripción de lo que le pasa y de lo que ocurre en su entorno:

 

La nebulosa de la angustia pasa como un río
Y me arrastra según la ley de las atracciones
La nebulosa en olores solidificada huye su propia soledad
Siento un telescopio que me apunta como un revólver
La cola de un cometa me azota el rostro y pasa relleno de eternidad
Buscando infatigable un lago quieto en donde refrescar su tarea ineludible[2]

 

 

La inquietud de Altazor se expresa en preguntas que podríamos llamar ontológicas; la primera respuesta o reacción a las preguntas corresponde a una descripción cósmica, o sea en tono cosmológico, combinado con la elocuencia de metáforas intensas en su combinación trágica y, a la vez, alucinante; por el juego de cuadros en el cosmos y en la Tierra. Entre medio de la preguntas aparece una afirmación, que es como la ratificación misma de la preguntas o su extensión, pero, también una anticipada respuesta; no una descripción. Estas perdido Altazor.

 

Partiremos de esta respuesta anticipada, estas perdido Altazor. Podemos empezar a caracterizar el Canto I; se trata de una composición poética que busca descifrar metafóricamente la aventura de este extravío, de esta pérdida; no en un laberinto, sino en una caída indetenible. Que tiene como su espesor subjetivo una angustia incontrolable. ¿Es una toma de consciencia histórica, como dirían los camaradas de Huidobro? ¿Es una angustia existencialista galopante y desbocada? ¿O se trata de la interpelación crítica a la humanidad, a su civilización moderna? Claro que efectuada de manera poética. Incluso puede ser todo esto junto, imbricado, en el viaje de la escritura, que acompaña a la caída, en su paracaídas, de Altazor.

 

Estamos ante una composición poética profusa en metáforas abismales e intrépidas, ante un juego lúdico extremo, donde la metáfora hace de trampolín en la alegoría del entramado cosmológico, que envuelve e incide en la alegoría dramática de la decadencia humana. Con Friedrich Nietzsche podríamos decir, del nihilismo de la modernidad. Estas dos alegorías, a su vez, envuelven o condenan al vacío o al sin-sentido, que adquiere significación de ausencia en la alegoría de la soledad. Por eso el verso dice:

 

Estás perdido Altazor
Solo en medio del universo
Solo como una nota que florece en las alturas del vacío
No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza

 

 

Es esta soledad la que se convierte en núcleo o nuez del entrelazamiento entre las tres alegorías citadas. Es la alegoría de la soledad la que está rodeada y envuelta por las otras alegorías; sin embargo, es la alegoría que sobresale por su impacto metafórico; irradiando incluso en las otras alegorías, afectándolas, en su propia trama alegórica. Altazor está solo, cae solo, medita en su soledad y sobre su soledad. Observa desde ella al universo, en su devenir, y a la Tierra en sus órbitas recurrentes. Está solo en la inmensidad del cosmos salpicado de estrellas, causadas por la pedrada de un cometa en la concavidad muda del universo, que dibuja ondas, como en un estanque; como al estallar el agua, al golpe de piedra, la multiplicidad de los fragmentos salpican como gritos incontables.

 

Se puede decir que la soledad de Altazor está poblada por el acontecimiento mismo de la vida y la existencia; es una soledad universal. ¿Es un universo de soledades o el universo mismo está solo? No hay respuesta; la certeza no inmediata, sino provisoria, es que el tiempo es implacable. En el canto se escribe:

 

Altazor morirás. Se secará tu voz y serás invisible
La Tierra seguirá girando sobre su órbita precisa
Temerosa de un traspiés como el equilibrista sobre el alambre que ata las miradas del pavor
En vano buscas ojo enloquecido
No hay puerta de salida y el viento desplaza los planetas
Piensas que no importa caer eternamente si se logra escapar
¿No ves que vas cayendo ya?
Limpia tu cabeza de prejuicio y moral.
Y si queriendo alzarte nada has alcanzado
Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo de la sombra
Sin miedo al enigma de ti mismo
Acaso encuentres una luz sin noche
Perdida en las grietas de los precipicios

 

 

En este momento de la poesía, el poeta le dice: Altazor morirás. Es una condena categórica; pero, inmediatamente después, le da una oportunidad: Acaso encuentres una luz sin noche
Perdida en las grietas de los precipicios.
El poeta relativiza el papel implacable del tiempo. No es que se vuelvas inmortal, sino que el tiempo no es la ley, por así decirlo, sino que quizás, en plena caída, en las grietas de los precipicios, se pueda encontrar una luz al fondo del túnel. Volvemos a la relatividad, dependiendo de los referentes. El consejo es que limpies tu cabeza de prejuicios  y del teatro de la moral. Le dice: Déjate caer sin parar tu caída sin miedo al fondo de la sombra
Sin miedo al enigma de ti mismo.
La certeza no provisional, mas bien, la intuición, es que el enigma de ti mismo posiblemente se encuentre en las grietas de los precipicios.

 

El poema, el canto, se debate en sus propias convulsiones, en sus propios dilemas. Presenta sus posibilidades y alternativas; lo hace no teóricamente, ciertamente, sino en el despliegue de tramas dramáticas, cuyos tejidos se expresan en la intensidad simbólica de los mitos. El canto de Altazor adquiere una tonalidad trágica cuando el poeta presenta la rebelión humana en el contexto de la marcha del destino, como si fuese fatalidad. Sin embargo, también adquiere una tonalidad liberadora, mejor dicho creativa,  cuando disuelve el destino en la irrupción lúdica del azar. El canto es una reflexión, por así decirlo, poética; es decir, a la vez, metafórica, sensible, paradójica, lúdica, azarosa, inscrita en la afirmación del azar.

 

El poeta no solamente se enfrenta a sí mismo, a toda su complejidad subjetiva, sino se enfrenta también al campo de posibilidades. Todo está abierto y a la vez clausurado, si detenemos la caída. Dando ejemplo de los estereotipos de la crítica literaria, se podría decir que se trata de una “poesía vanguardista”, por lo menos, en su tiempo. Sin embargo, esta caracterización, en vez de  valorar el canto, lo disminuye, al moverse en el esquematismo dualista vanguardia/retaguardia, progresismo/conservadurismo. El canto I de Altazor, como el conjunto de los cantos, no pueden ser definidos ni caracterizados en los parámetros del dualismo esquemático, que utiliza la crítica literaria. El canto abole los dualismos y se interna en la proliferación de las paradojas.

 

El poeta, como contrastando nuevamente, en otro nivel del despliegue del poema, vuelve a la fatalidad. Dice: Todo se acabó, como si se hubiera llegado al fin, al desenlace. Pero, lo dice para mostrar el extremo de la fatalidad. Define, si se quiere el marco donde sucede el acontecimiento impredecible. Efectivamente, nada se acaba; todo sigue, desplegándose, desenvolviéndose, abriendo otras salidas. Altazor se encuentra interpelado por sus dilemas y disyuntivas. No los resuelve, es verdad, pero, los enuncia, los presenta en la exposición metafórica y versada. Esto es lo importante, describir el campo de posibilidades de los desenlaces; no optar por ninguno. ¿Dejar al azar o caer en el destino?

 

 

Todo se acabó
El mar antropófago golpea la puerta de las rocas despiadadas
Los perros ladran a las horas que se mueren
Y el cielo escucha el paso de las estrellas que se alejan.
Estás solo
Y vas a la muerte derecho como un iceberg que se desprende del polo
Cae la noche buscando su corazón en el océano
La mirada se agranda como los torrentes
Y en tanto que las olas se dan vuelta
La luna niño de luz se escapa de alta mar
Mira este cielo lleno
Más rico que los arroyos de las minas
Cielo lleno de estrellas que esperan el bautismo
Todas esas estrellas salpicaduras de un astro de piedra lanzado en las aguas eternas
No saben lo que quieren ni si hay redes ocultas más allá
Ni qué mano lleva las riendas
Ni qué pecho sopla el viento sobre ellas
Ni saben sí no hay mano y no hay pecho
Las montañas de pesca
Tienen la altura de mis deseos
Y yo arrojo fuera de la noche mis últimas angustias
Que los pájaros cantando dispersan por el mundo

 

 

El cuadro dibujado y pintado por la estrofa poética es trágico; sin embargo, las figuras son intensas en sus ondas metafóricas, si nos permiten hablar así. Siguiendo con esta metáfora de la onda, la longitud de onda es amplia; sus cumbres son altas y sus valles se hallan en las profundidades; entonces, las caídas, en el movimiento de las ondas, son fuertes y hasta, como dijimos, abismales. Las contrastaciones, articuladas por la metáfora intempestiva, son extremas, como en un cuadro surrealista. Vicente Huidobro es un poeta extremo, radical, de las alturas, como las cumbres de la cordillera de los Andes; así como en las caídas rápidas y profundas en los pisos ecológicos, que caen en vertical, hasta llegar a valles profundos y a la inmensa costa. Huidobro es un poeta porteño, pero también de las aldeas solitarias y melancólicas. Es un poeta crítico de la modernidad; por eso mismo,  con una comprensión lucida de la vertiginosidad desbocada de la modernidad, desvaneciéndose en su premura.

 

La poesía da cuenta del deshielo; es la muerte. Pero, también es una caída; esta vez de búsqueda en el fondo del océano. La configuración metafórica, su onda figurativa vuelve a subir; la visibilidad se agranda con el vaivén de las olas y la esfera lunar asciende en su fuga aérea, después de haber navegada hasta alta mar. Aparecen las metáforas del espejo, como en el fenómeno de reflejo de las ondas, donde el firmamento de estrellas titilantes se repite en los arroyos mineros. Seguidas por la metáfora de iniciación religiosa, para continuar con la metáfora del choque de la piedra en el estanque. Este juego y combinación de metáforas variadas, deriva en una descripción del evento; esta vez, evaluando el alcance de su conocimiento. Lo que acaece no sabe por qué ocurre, tampoco lo que quiere; no tiene voluntad; simplemente ocurre. A la descripción figurativa, le sigue de nuevo la irrupción metafórica; se trata de una comparación entre la pronunciación de la naturaleza y el tamaño de la pasión subjetiva. Comparación imposible en teoría; empero, pertinente e indispensable en poesía. Los últimos versos de la estrofa poética, acuden a la metáfora de la catarsis; buscando liberarse de la angustia. Culminando con la metáfora de la banda de aves, que ejecuta la tarea de la diseminación.

 

Podemos decir que la imaginación poética no es homogénea, sino, mas bien, heterogénea. El cuadro metafórico, por así decirlo, nos ofrece una pluralidad y variabilidad, además de variedad, de figuras. Se trata de una composición metafórica, podríamos decir abigarrada o barroca, si los términos de abigarrado y de barroco no estuvieran cargados de significaciones heredadas y sedimentadas. De todas maneras, lo que vale anotar, es esta variedad, colorida y semántica, en el tejido metafórico.

 

El canto de Altazor; por lo tanto, el Canto I, es vibrante y ondeante, recorriendo su ruta con subidas y bajadas. Un poema es movimiento, nunca una inmovilidad, la del cuadro de la clasificación de metáforas o de la interpretación literaria. Detener el movimiento del poema es hacer lo que hace la botánica con la naturaleza; arranca sus hojas, sus tallos, sus raíces, las diseca, para estudiarlas; lo que analiza es naturaleza muerta, por lo tanto, no naturaleza, no vida. Lo mismo, cuando se detiene el poema y se lo analiza en su inmovilidad de hielo, donde se puede estudiar el cuadro metafórico disecado, lo que se analiza es el poema muerto, nunca el poema vivo; es decir, la poesía.

 

 

Se puede sugerir, como ya lo hemos hecho, una lectura nietzscheana del poema. Sin caer en definiciones teóricas, que no van a dejar de ser pretensiosas, podemos decir que la crítica de la religión, la crítica del cristianismo, explicita e implícita, en la poesía, hecha con el despliegue figurativo en curso, se efectúa a la manera del anti-filósofo Friedrich Nietzsche. La religión y, por lo tanto, el cristianismo, forman parte de la historia nihilista, la de la larga decadencia. En el canto se escribe:

 

Abrí los ojos en el siglo
En que moría el cristianismo.
Retorcido en su cruz agonizante
Ya va a dar el último suspiro
¿Y mañana qué pondremos en el sitio vacío?
Pondremos un alba o un crepúsculo
¿Y hay que poner algo acaso?
La corona de espinas
Chorreando sus últimas estrellas se marchita
Morirá el cristianismo que no ha resuelto ningún problema
Que sólo ha enseñado plegarias muertas.
Muere después de dos mil años de existencia
Un cañoneo enorme pone punto final a la era cristiana
El Cristo quiere morir acompañado de millones de almas
Hundirse en sus templos
Y atravesar la muerte con un cortejo inmenso
Mil aeroplanos saludan la nueva era
Ellos son los oráculos y las banderas

 

 

El poeta habla o se sitúa en el siglo XIX, el de las luces, y en el comienzo del siglo XX, el siglo ultimatista, según Alain Badiou. Según Altazor, lapso en que moría el cristianismo. La metáfora es dura y hasta cruel; quizás sea ese el propósito. Expresar la imagen de la agonía de manera contundente. Es una aseveración militante y, si se quiere, optimista. Imagina una sociedad liberada del fetichismo religioso. Para los lectores de finales del siglo XX y principios del siglo XXI, puede parecernos, esta certeza, una ingenuidad; pues el cristianismo sigue vivito y coleando, como se dice popularmente. No podemos sacar al poeta de su propio presente y de su contexto histórico-político-cultural; sobre todo, en la entre-guerra mundial. Independiente si se comparte o no esta aseveración, por cierto, poética, no teórica, por cualquier motivo que sea, esta intencionalidad es la que motiva las metáforas anti-cristianas. No se narra como en el Anticristo de Nietzsche, donde el anti-filosofo o crítico de la filosofía y del nihilismo expone una crítica intempestiva y elegante, no de la religión, ni del cristianismo, exactamente; sino se trata de una deconstrucción en el despliegue de una interpretación bellísima de Jesús, el último cristiano que murió en la cruz. Nietzsche muestra su asombro por el crucificado, la valoración de su fuerza o voluntad, además de su manejo erudito de la Biblia. En Altazor nos encontramos con una crítica militante al cristianismo, expresada en metáforas radicales. La estrofa culmina con un contraste notorio; se lanza una figura apocalíptica, la del hundimiento, para luego compensarla con una metáfora modernista, se podría decir. Se trata del saludo tecnológico. También se expresa, más adelante, un saludo marxista:

 

Millones de obreros han comprendido al fin
Y levantan al cielo sus banderas de aurora
Venid venid os esperamos porque sois la esperanza
La única esperanza
La última esperanza

 

 

Quizás lo maravilloso de la poesía es que no se rige por la coherencia teórica ni conceptual; se libera de estos amarres, de estas exigencias. Se mueve, aparentemente, de una manera asombrosamente contradictoria y hasta incoherente. La Virgen y Dios reaparecen intermitentemente. El poeta militante no se hace problemas, después de haber acabado con el cristianismo. La coherencia, para seguir usando este término ampliamente, se encuentra en otra parte, en otro juego narrativo; la transparencia, la sinceridad, la confesión. Mostrando el choque de convicciones estratificadas y optadas, el choque de sentimientos e ideología. Todo esto se expresa en el lenguaje elástico de las metáforas. Esto constata la estrofa siguiente:

 

Soy yo Altazor el doble de mí mismo
El que se mira obrar y se ríe del otro frente a frente
El que cayó de las alturas de su estrella
Y viajó veinticinco años
Colgado al paracaídas de sus propios prejuicios
Soy yo Altazor el del ansia infinita
Del hambre eterno y descorazonado
Carne labrada por arados de angustia
¿Cómo podrá dormir mientras haya adentro tierras desconocidas?
Problemas
Misterios que se cuelgan a mi pecho
Estoy solo
La distancia que va de cuerpo a cuerpo
Es tan grande como la que hay de alma a alma
Solo
    Solo
          Solo
Estoy solo parado en la punta del año que agoniza
El universo se rompe en olas a mis pies
Los planetas giran en torno a mi cabeza
Y me despeinan al pasar con el viento que desplazan
Sin dar una respuesta que llene los abismos
Ni sentir este anhelo fabuloso que busca en la fauna del cielo
Un ser materno donde se duerma el corazón
Un lecho a la sombra del torbellino de enigmas
Una mano que acaricie los latidos de la fiebre.
Dios diluido en la nada y el todo
Dios todo y nada
Dios en las palabras y en los gestos
Dios mental
Dios aliento
Dios joven Dios viejo
Dios pútrido
            lejano y cerca
Dios amasado a mi congoja

 

 

La poesía es una reflexión sensible, que adquiere su expresión en el tejido metafórico, pero, también en la inmanencia del devenir sentido; así como en la melodía inherente al poema. El poema es música; por lo tanto, reflexión musical. La potencia de la poesía, que, como dijimos, es poiesis, creación, se encuentra en la conjunción de estas múltiples formas del pensamiento vital; no del pensamiento muerto, no del abstracto, el de la razón fantasma. El pensamiento poético nos vuelve a los espesores dinámicos e integrados de la vida. Pensamiento complejo, que se encuentra articulado plenamente al cuerpo y a la memoria y a la experiencia social.

 

Soy yo Altazor el doble de mí mismo
El que se mira obrar y se ríe del otro frente a frente
El que cayó de las alturas de su estrella
Y viajó veinticinco años
Colgado al paracaídas de sus propios prejuicios
Soy yo Altazor el del ansia infinita
Del hambre eterno y descorazonado
Carne labrada por arados de angustia
¿Cómo podré dormir mientras haya adentro tierras desconocidas?
Problemas
Misterios que se cuelgan a mi pecho
Estoy solo
La distancia que va de cuerpo a cuerpo
Es tan grande como la que hay de alma a alma
Solo
    Solo
          Solo
Estoy solo parado en la punta del año que agoniza
El universo se rompe en olas a mis pies
Los planetas giran en torno a mi cabeza
Y me despeinan al pasar con el viento que desplazan
Sin dar una respuesta que llene los abismos
Ni sentir este anhelo fabuloso que busca en la fauna del cielo
Un ser materno donde se duerma el corazón
Un lecho a la sombra del torbellino de enigmas
Una mano que acaricie los latidos de la fiebre.
Dios diluido en la nada y el todo
Dios todo y nada
Dios en las palabras y en los gestos
Dios mental
Dios aliento
Dios joven Dios viejo
Dios pútrido
            lejano y cerca
Dios amasado a mi congoja 

 

 

No se trata de ser exhaustivos respecto a la estrofa poética, que acabamos de citar. Algunas características metafóricas son las mismas que señalamos antes; también, obviamente, hay otras características figurativas, sobre todo, en lo que respecta a la variedad combinada las formas metafóricas. Sin embargo, no se trata de hacer una lista, ni tampoco una clasificación, sino de descifrar, por así decirlo, ciertas claves, mejor dicho, ciertas estructuras poéticas del canto. Solo diremos que, en la estrofa citada, podemos sugerir el encuentro de una estructura compuesta, compuesta de distintas intenciones, por así decirlo. Una primera parte, dedicada a la auto-identificación y auto-definición, quizás autocrítica; una segunda parte, dedicada a la autoevaluación; una tercera parte, que sitúa el contexto del poeta, de una manera cosmológicas; una cuarta parte, donde la ontología, inherente al poema, se convierte en una recurrente alusión al símbolo de la totalidad y la creación, Dios.

 

 

En el canto encontramos una autodefinición de la propia poiesis. El poeta define su propia experiencia poética; escribe:

 

Anda en mi cerebro una gramática dolorosa y brutal
La matanza continua de conceptos internos
Y una última aventura de esperanzas celestes
Un desorden de estrellas imprudentes
Caídas de los sortilegios sin refugio
Todo lo que se esconde y nos incita con imanes fatales
Lo que se esconde en las frías regiones de lo invisible
O en la ardiente tempestad de nuestro cráneo


La eternidad se vuelve sendero de flor
Para el regreso de espectros y problemas
Para el miraje sediento de las nuevas hipótesis
Que rompen el espejo de la magia posible

Liberación ¡Oh! sí liberación de todo
De la propia memoria que nos posee
De las profundas vísceras que saben lo que saben
A causa de estas heridas que nos atan al fondo
Y nos quiebran los gritos de las alas

La magia y el ensueño liman los barrotes
La poesía llora en la punta del alma
Y acrece la inquietud mirando nuevos muros
Alzados de misterio en misterio
Entre minas de mixtificación que abren sus heridas
Con el ceremonial inagotable del alba conocida.
Todo en vano
Dadme la llave de los sueños cerrados
Dadme la llave del naufragio
Dadme una certeza de raíces en horizonte quieto
Un descubrimiento que no huya a cada paso
O dadme un bello naufragio verde
Un milagro que ilumine el fondo de nuestros mares íntimos
Como el barco que se hunde sin apagar sus luces.
Liberado de este trágico silencio entonces
En mi propia tempestad
Desafiaré al vacío
Sacudiré la nada con blasfemias y gritos
Hasta que caiga un rayo de castigo ansiado
Trayendo a mis tinieblas el clima del paraíso

 


 

El poeta reconoce la violencia del poema; violencia, por cierto, de la irrupción intempestiva de las figuras paradójicas, incluso de la composición poética. La llama gramática dolorosa y brutal. En este reconocimiento nos encontramos con la confesión; es una experiencia dolorosa, compensada, para decirlo, en el contraste, sobre todo, como reacción expresiva, en la brutalidad de la elocuente configuración portentosa. La poesía asesina conceptos; no solo las metáforas, las alegorías metafóricas, sino también las sensaciones, las percepciones, la musicalidad y melodía, que corresponden, por así decirlo, ilustrativamente, a otro lenguaje, el de las notas y la armonía vibrante y ondulante de la música, destruyen los conceptos. En la onda metafórica, como anotamos antes, se contrasta; en este caso, el acto de destrucción con la esperanza. La misma que se halla en las dinámicas molares del universo, así como en la intimidad biológica del humano, en la filigrana de los huesos del cráneo.

 

Liberación de la angustia, pero también liberación de las propias entrañas. ¿De la digestión trabajosa? Así mismo, liberación de la memoria; entonces olvido. ¿Un recomienzo constante? ¿Un nacimiento permanente? Sin embargo, liberación acotada, mejor dicho, que enfrenta obstáculos; voluntad de liberación inhibida. En contraste, como posibilidad, otra vez, la onda metafórica trepa hacia la cumbre. Otras capacidades corporales quiebran los obstáculos; el arte y la técnica del encantamiento, que interviene de otra manera, afectando otros planos y espesores de la realidad. Así como también el soñar despierto.

 

La poesía sentimental, sensible, afectiva, se agita en llanto; lleva al extremo sus pasiones, desatando la inquietud ante nuevos desafíos, que aparecen en el camino. Elevados en lo desconocido, emergido de socavones míticos como heridas abiertas, acompañadas de los ritos anunciados de la aurora repetida. Sin embargo, todo esfuerzo es inútil, pues el eterno ciclo de lo mismo se repite. Es preferible optar por las claves de las quimeras de una sola pieza, completas. Es preferible el código del hundimiento, la confianza arraigada en perspectiva estática. Es preferible el hallazgo retenido o el prodigio luminoso, develando las profundidades insondables de nuestras intimidades ocultas, como el barco que se hunde sin apagar sus luces. Esta figura del naufragio aparece intermitentemente en el canto de Altazor.  Después del hundimiento, el ángel caído desafiará al abismo; encontrando en la caída una nueva emergencia. El ritmo del poema es, además de intenso, ondulante. Interpelado en el vacío la nada, desatará el fulgor que devuelve la atmósfera terrenal del paraíso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 
 

 


[1] Esta es una interpretación de parte del Canto I. La otra parte, como la otra mitad, será interpretada en otro ensayo. Esto no solo por la extensión del poema, sino por un corte arbitrario, que encuentra como dos partes. La primera, dedicada a la lectura del ondulante viaje de Altazor, a la paradoja de la caída y subida; la segunda, dedicada a lo que denominaremos la rebelión de Altazor.

[2] Ver de Vicente Huidobro Altazor, el Canto I. https://www.vicentehuidobro.uchile.cl/altazor_canto1.htm

 

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2.- Nacimientos de del esquematismo-dualista

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