Cuando la máquina del poder no funciona

20.02.2017 23:00

Cuando la máquina del poder no funciona

 

Raúl Prada Alcoreza

 

 

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Cuando la máquina del poder no funciona se para o, en su caso, es un desbarajuste, es una armatoste no funcional. Eso pasa cuando no acoplan sus engranajes, sus piezas; cuando no ensamblan sus partes. La disfuncionalidad se generaliza. Estas máquinas de poder no solo están como destartaladas, sino que su apariencia aparatosa hace creer que funcionan, tanto a sus operadores como a sus usuarios. En estas circunstancias se ocasionan escenarios donde lo que se dice desentona con la trama; los actores no coordinan sus papeles, confunden libretos. Incluso del desbarajuste se puede pasar a lo grotesco; llamémosle lo grotesco político. Los disfraces, en vez de convencer y hasta seducir a los espectadores, se hacen tan evidentes; el disfraz por el disfraz, la exacerbación del disfraz se hace estridente. El espectáculo ya no es ni siquiera trágico-cómico, ni tampoco solo cómico, ni siquiera solo ridículo, sino grotesco; por ejemplo, ver a disfrazados de “revolucionarios” hacer gala de una retórica tosca y torpe a todas luces. La política se ha vuelto burlesca.

 

Otro ejemplo, un espectáculo burlesco se da cuando, como discos rayados, se repiten los mismos argumentos ante cualquier conflicto. El reciente conflicto de la coca, relativo a la concurrencia de los “espacios tradicionales” y los “espacios excedentarios” del cultivo de la hoja de coca, la concurrencia de dos geografías del cultivo de la hoja de coca, la pugna geográfica entre los Yungas y el Chapare, ha sido catalogada por voceros del gobierno como “conspiración”. Y como no podía faltar en el argumento trillado y sin ingenio, detrás está la embajada norteamericana.  No se les ocurre, por nada, tener como referente la causa del conflicto, la expropiación de mil hectáreas del cultivo de la hoja de coca a los Yungas, para regalárselos a las federaciones del trópico de Cochabamba, del Chapare. Podrían hacerlo, argumentando otros motivos; empero, hacen desaparecer este referente, que es la madre del cordero.

 

Esta conducta desorientada y hasta desorbitada es pues síntoma del desbarajuste de la máquina del poder de la forma de gubernamentalidad clientelar. La imaginación brilla por su ausencia, también la picardía criolla, a la que nos acostumbraron políticos hábiles y bribones. Hay pues miseria, a todas luces, en estos ilustres personajes de un gobierno en plena decadencia.

 

Por otra parte, en los argumentos vertidos por toda la gente oficialista, la del gobierno, la de los aparatos de Estado, la de la masa elocuente de llunk’us, no responden para nada a la cuestión; sobre todo, al pedido de explicación por parte de ADEPCOCA, de por qué se le quitan mil hectáreas a los Yungas y se los entregan al Chapare. Hacen como si no existiera tal problema, como si no haya que dar explicación de nada. ¿En qué clase de mundo creen que habitan estos personajes tristes y grises?

 

Para el colmo, en el momento de mayor estridencia de esta torpe retórica y desmembrada política, presentan un montaje grotesco. Teniendo como protagonista a una señorita de fama mediática, inmiscuida en una telenovela de romances inconclusos y forzados; acompañada de bochornosos hechos de corrupción galopante y corrosión institucional, que involucran a altos dignatarios del Estado. De esta telenovela, de mala calidad, se ocuparon tanto “oficialistas” como la llamada “oposición”; tanto los medios de comunicación, de mediocre desempeño informativo y comunicacional, así conjuntos de televidentes, atrapados en el drama descabellado. Nadie puso atención en lo evidente, en lo sencillo y simple de los sucesos. Lo que no se puede negar, pues están las firmas de los dignatarios y su participación como conductores del ejecutivo, en la adjudicación delictiva de concesiones y proyectos, sin cumplir con las normas de contratación de bienes y servicios, a una empresa china de mala fama internacional; que, además, no ha cumplido con ninguno de sus contratos millonarios. Este es un delito contra el Estado, donde se inscriben los sellos de la firma del principal dignatario de Estado. Todos los que ocultan y encubren este delito contra el Estado son cómplices; los funcionarios, desde los de abajo hasta los más altos; los representantes del pueblo, por supuesto, en este caso, oficialistas; los militantes del partido de gobierno; además de los medios de comunicación, que se encargan de generar cortinas de humo.

 

Toda la pantomima no hace otra cosa que poner nuevamente en evidencia al que se quiere encubrir, nada más ni nada menos, que al propio presidente. La torpeza llega a extremos asombrosos; un director de canal de televisión, que supuestamente es privado, pero que está comprometido hasta el tuétano con el apoyo mediático al gobierno, dice que ha sido el editor responsable del video montado, donde aparece la señorita mencionada. Pretende ser este video montado la continuidad de otro video, el de “El cartel de la mentira”; elaborado, editado y armado por comunicadores argentinos; obviamente del mismo estilo, el desgarbado populismo. Ambos videos presentan sus más tangibles debilidades; el forcejeo manipulador de los hechos, la falta de coherencia narrativa, la notoria intención del guion, además de la pobre argumentación, que no convence a nadie, salvo a los convencidos. La diferencia entre los dos videos del montaje es que el primero, “El cartel de la mentira”, tiene, por lo menos, cierta consistencia técnica, si se puede hablar todavía de esto; en cambio, el otro, ni siquiera muestra este atributo.

 

Solamente con estos dos síntomas del desbarajuste de la máquina de poder de la forma de gubernamentalidad clientelar, podemos ponderar, aunque sea por impresiones y deducciones, los alcances de la decadencia; esta vez, en una etapa avanzada, donde el desbarajuste y la disfuncionalidad son las características más elocuentes del desmoronamiento político. Lo que interesa es comprender cómo ocurre este disfuncionamiento de la máquina de poder.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anotaciones

 

Anotación 1

 

Las máquinas de poder sirven para ejercer el poder; es decir, para dominar, para realizar las formas polimorfas del poder. En este ejercicio se emplean variadas técnicas- hablamos de técnicas de poder -, que buscan ser acompasadas entre ellas. Técnicas jurídicas; técnicas jurídico-políticas; técnicas polivalentes y multifuncionales, propiamente políticas; técnicas ideológicas; técnicas comunicacionales, acompañadas, claro está, por las técnicas de poder más tradicionales, a pesar de su actualización. Hablamos de las técnicas de la represión, de la disuasión; que, a su vez, vienen acompañadas por “técnicas”, usando inapropiadamente este término, coercitivas, de violencias, tanto físicas como simbólicas. Para referirnos al cohecho, a la coerción, a la corrupción, a los procedimientos múltiples y detallistas de la economía política del chantaje. Estas pluralidades de técnicas requieren estar coordinadas y orientadas a los fines del Estado, en prioridad, y a los fines de gobierno, en segundo lugar. Se supone que conjuntos de estas técnicas, diferenciadas y clasificadas, de acuerdo a sus métodos y procedimientos, tienen que manejarse proporcionalmente; dependiendo de los casos y de los empleos, de las contingencias y de las coyunturas. Sin embargo, cuando algún conjunto clasificado adquiere proporciones desmesuradas, angostando a los otros conjuntos de la composición técnica del poder, puede generarse el desbarajuste y la disfuncionalidad en el ejercicio del poder. Sobre todo, cuando se trata de los procedimientos paralelos del lado oscuro del poder, de las formas paralelas del poder, las no institucionales[1].

 

 

Anotación 2

 

El ejercicio del poder, el uso de las máquinas de poder, que suponen composiciones y combinaciones de diagramas de poder diferenciados, en la era de la simulación, sobre todo, en la modernidad tardía, recurren a las manifestaciones espectaculares de las formas aparentes. Nos referimos no solamente a las formas aparentes que inventa la ideología, sino a las máscaras, a los disfraces, a las cortinas de humo, a los montajes, a la publicidad y propaganda mediática. Cuando estas formas aparentes toman la delantera; es más, cuando desbordan y casi es a lo único que se atiende y preocupa a los actores de la política, puede ocasionarse el predominio espumoso de lo espectral, de la actuación forzada y del disfraz manifiesto. Entonces, es más el disfraz que la representación del drama; es más la estridencia de lo falso que el propio discurso; es más la sobreactuación sin contenido que la coherencia argumentativa.

 

 

Anotación 3

 

Las máquinas de poder cuentan con operadores, quienes las hacen funcionar. Cuando no hay operadores, propiamente dichos, sino improvisados, la máquina puede estropearse y funcionar mal.

 

 

Anotación 4

 

En los usos de las máquinas de poder se tiene como orientaciones o, si se quiere, manuales y objetivos; llámense programas o proyectos; es más, en el mejor de los casos, Constitución. Cuando faltan estos orientadores, puede generarse precisamente la desorientación en la propia conducción de gobierno y en el conjunto del manejo institucional. Al final, no se sabe dónde se va.

 

 

Anotación 5

 

En las formas de gubernamentalidad, conocidas en la historia política, no ha dejado de darse una cierta distancia entre lo que se dice y lo que se hace. Cuando estos márgenes de distancia son manejables, la diferencia factual puede ser administrada de una u otra manera; tanto operativamente, solucionando en algo la distancia, o, de manera demagógica, haciendo circular una retórica convincente. Empero, cuando esta distancia es muy grande y no es manejable de ninguna manera, puede ocasionarse no solamente desconcierto generalizado, tanto en el gobierno, en los aparatos del Estado, en el mismo partido oficialista, como en la sociedad y en la opinión pública, sino incompetencia generalizada para resolver cualquier problema.

 

 

Anotación 6

 

En la historia política el poder, las formas de poder, históricamente dada, siempre han estado asociadas con la corrosión institucional y la corrupción. Esto no necesariamente afecta destructivamente al manejo y al ejercicio del poder, mientras se logre demarcar las fronteras, por así decirlo, de lo institucional y lo no institucional, el lado luminoso del poder del lado oscuro del poder. Sin embargo, cuando el lado oculto del poder invade, atraviesa y hasta subsume al lado luminoso del poder; cuando las lógicas imperantes ya no son, por lo menos, de manera incidente, las institucionales, sino las “lógicas” de las formas paralelas del poder, no institucionales y del lado oscuro del poder; indudablemente se genera la preponderancia de la cartografía perversa de la economía política del chantaje. Cartografía perversa que subordina al Estado, que subordina a la propia economía nacional al funcionamiento dominante de la economía política del chantaje.

 

 

Anotación 7

 

Usando conceptos del psicoanálisis, no del todo apropiados, pero ilustrativos, podemos decir que entre el principio de realidad y el principio del placer se da como una combinación concurrente, en el ejercicio del poder. Si no se pierde del todo el principio de realidad, si no se refugian en las burbujas de la ceremonialidad del poder, los protagonistas políticos, todavía se puede atinar a actuar con alguna coherencia en la realidad efectiva. Sin embargo, cuando se pierde el principio de realidad, cuando el principio del placer no solamente es preponderante, sino absoluto, es de esperar que los gobernantes actúen en el mundo de sus fantasías, cuando en el mundo efectivo se encaminan al abismo.

Conclusiones

 

En las anotaciones hechas no hemos mencionado la incumbencia de las características del perfil político e ideológico, tampoco de la forma de gubernamentalidad atingente; esto lo hemos hecho en otros escritos[2]. Lo que interesa, ahora, es buscar interpretaciones, mas bien, metodológicas, por no decir, “técnicas”, forzando el sentido político de los procedimientos empleados, del desbarajuste del “gobierno progresista”.  Independientemente de las características que mencionamos, llama la atención la desarticulación de la máquina de poder; en otras palabras, su anulación, paradójicamente por el abuso del uso de la máquina de poder; ciertamente, y esto lo hace explicable, en sentido clientelar y prebendal. Perdiendo toda otra perspectiva política, de las connotaciones políticas, de los otros sentidos y significaciones políticas.

 

Estamos asombrosamente ante un aparatoso, por más paradójico que parezca decirlo, desmoronamiento de una forma de gubernamentalidad, la clientelar, llamada también populista; identificada o autonombrada como “gobierno progresista”.  No decimos, de ninguna manera, que por que es “progresista” este gobierno se cae; tampoco porque es populista; que, mas bien, podrían considerarse como ventajas políticas, debido a la convocatoria. Sino, que, independientemente de estas características, se llega rápidamente a la descomposición política, debido al manejo improvisado del gobierno, a la exacerbación clientelar y prebendal, a la descomunal ideología de la autocomplacencia; sobre todo, a la invasiva corrosión institucional y corrupción galopante.

 

Ciertamente, esto de la disfuncionalidad de las máquinas de poder no solo es un atributo del “gobierno progresista” boliviano, ni tan solo de los distintos “gobiernos progresistas”, que se han dado en Sud América - obviamente con las diferencias de cada caso -. Sino de todas las formas de gubernamentalidad estatales en la modernidad tardía, en la fase de la dominación del capitalismo financiero del ciclo del capitalismo vigente. También aquí, hay que distinguir diferencias y particularidades. Además, si bien la disfuncionalidad de las máquinas de poder ha avanzado bastante, esto no quiere decir que ha desarticulado completamente a las máquinas de poder en ejercicio, volviéndolas inservibles. Sino, sobre todo, en la mayoría de los casos, que las máquinas de poder han dejado de ser eficaces como lo eran antes. Nuestro caso de reflexión, el desbarajuste de la máquina de poder de la forma de gubernamentalidad clientelar boliviano, es sobresaliente por haber ido más lejos que la ineficacia relativa de las máquinas de poder; ha llegado al extremo de la desarticulación maquínica, de la incoordinación institucional, de la disfuncionalidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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